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Relatos Ardientes

El vecino que reconoció a Salomé tras la cámara

Damián tenía veintisiete años y un secreto que cabía en el último cajón de su cómoda, debajo de unos jerséis que nunca usaba. Vivía solo desde hacía dos inviernos, en un piso pequeño con una ventana de cortinas azules que daba a una calle tranquila del barrio. De día era el chico discreto que saludaba con la cabeza gacha y compraba el pan en la esquina. De noche, cuando echaba el cerrojo y bajaba las luces, se convertía en otra cosa.

Todo había empezado años atrás, casi por accidente, cuando una tarde de aburrimiento se probó un conjunto que una novia había olvidado en su casa. El roce del encaje sobre la piel le provocó un escalofrío que no supo nombrar, una mezcla de vergüenza y de algo parecido a la libertad. Desde entonces, lo que parecía un juego se había convertido en un ritual.

Tenía sus prendas favoritas: un conjunto de encaje negro, unas medias de seda que se deslizaban como agua, una bata fina que apenas rozaba sus muslos. Frente al espejo aprendió a delinearse los ojos, a marcar el arco de los labios, a colocarse una máscara de encaje que le cubría media cara. Y cuando todo encajaba, cuando el reflejo le devolvía una mirada que no temblaba, dejaba de ser Damián.

Se llamaba Salomé.

Salomé encendía la webcam y se sentaba frente a la pantalla con una seguridad que Damián jamás había tenido. No mostraba el rostro entero, solo la insinuación: la curva del cuello, la línea de la clavícula, los labios pintados que sonreían apenas. Tenía un público reducido pero leal, hombres y mujeres que se conectaban a la misma hora para verla moverse despacio bajo una luz cálida, para escribirle que era hermosa, que era distinta, que los hacía sentir cosas que no entendían del todo.

—Buenas noches, mis curiosos —decía con una voz que ensayaba más grave, más lenta de lo natural—. ¿Me extrañaron?

Entre todos los que la seguían había uno que destacaba. Su nombre de usuario era «OsoLeandro», y un número, el cuarenta y cinco. Llevaba meses sin faltar a una sola transmisión.

Leandro no era como los demás. No escribía groserías ni exigía nada. Sus mensajes tenían el peso de alguien que había vivido, que sabía mirar. «Te mueves como si supieras un secreto que el resto no merece», escribió una noche, y Salomé tuvo que apartar la vista de la cámara para que nadie notara cómo se le encendían las mejillas.

—Hay alguien por ahí que sabe halagar —murmuró, fingiendo hablarle a todos.

«Solo digo lo que veo», respondió él. «Algún día me gustaría verlo de cerca.»

Damián cerró el portátil esa noche con el pulso desbocado. Se quitó la máscara despacio, frente al espejo, y por un instante no supo si la que respiraba agitada era Salomé o él.

***

El mensaje que lo cambió todo llegó un martes lluvioso. Salomé acababa de terminar la transmisión y revisaba los comentarios con una copa de vino en la mano. La mayoría eran los de siempre. Pero uno la dejó helada.

«Ese fondo. La ventana de cortinas azules. Creo que la he visto antes, y no en una pantalla.»

El estómago de Damián se cerró en un puño. Pensó que era una coincidencia, una de esas frases que cualquiera podría escribir. Hasta que Leandro añadió, con una calma que daba más miedo que cualquier amenaza:

«Calle de los Almendros. Frente al árbol torcido. Yo vivo tres puertas más abajo.»

Damián se levantó de golpe y caminó hasta la ventana. Apartó apenas la cortina azul y miró la calle mojada. Tres puertas más abajo había una casa de fachada baja, con una luz encendida en la planta inferior. Y en el umbral, fumando bajo el alero, había un hombre grande, de barba espesa y hombros anchos, que en ese momento levantó la vista hacia su ventana, como si supiera exactamente dónde mirar.

Lo reconoció al instante. Era el vecino que cada mañana lo saludaba con una sonrisa cálida y reservada cuando se cruzaban en la acera. El que cargaba bolsas pesadas como si no pesaran. El que una vez le sostuvo el portal cuando llovía y le dijo, simplemente, «cuídate». Damián siempre había bajado la vista al pasar junto a él, sin saber muy bien por qué.

No puede ser él. No puede ser.

Pero era él.

***

Durante varios días Damián no encendió la cámara. Salomé se quedó dormida en el cajón, debajo de los jerséis. Leandro no insistió con audacia, no exigió nada. Solo dejó un mensaje, dos noches después, que decía:

«No tengas miedo. No le diré nada a nadie. Solo me gustaría conocerte de verdad. Cuando quieras, si quieres. Estaré tres puertas más abajo.»

Damián leyó esa frase tantas veces que se la aprendió de memoria. Tenía miedo, sí, pero el miedo se mezclaba con otra cosa más difícil de admitir. La idea de que aquel hombre grande, de manos toscas y voz grave, supiera quién era y aún así la deseara, encendía algo dentro de él que ningún anónimo de la pantalla había logrado encender.

Una semana después, una tarde de cielo encapotado, le respondió con dos palabras:

«Esta noche.»

***

Caminó las tres puertas con una bolsa de tela colgada del hombro y el corazón en la garganta. Dentro de la bolsa llevaba el conjunto, las medias, la máscara. Llamó dos veces, suaves, casi arrepintiéndose entre golpe y golpe.

Leandro abrió enseguida, como si hubiera estado esperando del otro lado. La casa olía a madera y a café. Era un lugar de muebles sólidos, de estanterías cargadas, de una calidez masculina que contrastaba con la fragilidad que Damián sentía en ese instante.

—Pasa —dijo el hombre, y se hizo a un lado—. No muerdo.

Damián entró sin decir nada. Se quedó de pie en el centro del salón, abrazado a la bolsa, sin saber qué hacer con las manos.

—No tienes que ser Salomé si no quieres —dijo Leandro, leyéndole el nerviosismo en la cara—. Me basta con tomar un café contigo. Con cualquiera de los dos.

Damián tragó saliva. Levantó la vista y, por primera vez, sostuvo la mirada de aquel hombre sin bajar la cabeza.

—Quiero serlo —susurró—. Para ti.

Algo cambió en el aire. Leandro le señaló un pasillo con un gesto suave, sin tocarlo, sin apurarlo. «La segunda puerta», dijo. Damián se encerró en el baño con la bolsa y respiró hondo frente al espejo de otro.

***

Cuando salió, ya no era el chico tímido del portal. Llevaba el conjunto de encaje, las medias que abrazaban sus piernas delgadas, la bata fina abierta y la máscara cubriéndole media cara. Caminó hasta el salón con una seguridad que solo Salomé sabía fingir, aunque por dentro temblaba como nunca.

Leandro la miró desde el sillón y no dijo nada durante un largo segundo. No hubo prisa en sus ojos, ni esa hambre vulgar de los mensajes anónimos. Hubo algo más parecido al asombro.

—Eres más real de lo que imaginé —dijo al fin, en voz baja.

Se levantó despacio. Era mucho más alto, más ancho, y sin embargo se acercó con un cuidado que desarmó a Damián por completo. Sus manos grandes, ásperas de trabajo, se posaron primero en los hombros, luego subieron hasta el borde de la máscara.

—¿Puedo? —preguntó.

Salomé asintió. Leandro deslizó la máscara hacia arriba, despacio, hasta dejar el rostro descubierto. No retrocedió al ver a Damián debajo. Al contrario: sonrió, como si encontrar al chico tras la mujer fuera precisamente lo que había venido a buscar.

—Hola —murmuró—. Encantado de conocerte de verdad.

El primer beso fue lento, casi una pregunta. La barba de Leandro raspaba contra la piel suave de Damián, y ese contraste —lo áspero contra lo delicado, lo grande contra lo frágil— lo hizo jadear contra los labios del otro. Las manos del hombre recorrieron la espalda enfundada en encaje, siguieron la línea de las medias, se demoraron en cada curva como quien lee algo en braille por primera vez.

—No tengas miedo —repitió Leandro entre besos—. Aquí no hay nadie más que nosotros.

Lo guio hasta el dormitorio sin dejar de mirarlo. Cada gesto suyo era firme y a la vez paciente, una dominación que no aplastaba sino que sostenía. Damián se dejó llevar por sensaciones que solo había rozado frente a una pantalla, que siempre había imaginado al otro lado de una distancia segura y que ahora estaban ahí, calientes, reales, respirando sobre su cuello.

La lencería no se quitó del todo. Se quedó como un símbolo de aquella entrega, cada roce del encaje amplificando lo que sentía. Entre risas nerviosas, susurros y el peso tibio de aquel cuerpo grande sobre el suyo, Damián descubrió una confianza que jamás había tenido. No la confianza de Salomé frente a desconocidos, sino otra más honda: la de ser mirado por completo, sin máscara, y no querer huir.

Leandro lo trató como a algo valioso. Le susurró que era hermoso de las dos maneras, vestido de seda o desnudo de pretextos. Y Damián, por primera vez en años, no sintió la necesidad de apagar la luz.

***

La tarde se había convertido en noche cerrada cuando se despidieron en el umbral. Llovía de nuevo, finito, sobre la calle de los almendros. Damián llevaba la bolsa colgada del hombro y la máscara guardada, el rostro lavado y la cara de alguien que ha dejado de esconderse de sí mismo.

—¿Te veré mañana en la acera? —preguntó Leandro, apoyado en el marco.

—Mañana —respondió Damián—. Y esta vez no voy a bajar la mirada.

Caminó las tres puertas de vuelta bajo la llovizna, sintiendo todavía el calor de aquellas manos en la piel. Subió a su piso, encendió la lámpara y se quedó mirando la ventana de cortinas azules, esa que lo había delatado y que, sin querer, le había dado lo que llevaba años buscando.

Esa noche no encendió la cámara. No le hizo falta. Salomé había sido real durante unas horas, y Damián, por primera vez, no tuvo miedo de seguir siéndolo.

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Comentarios(4)

Cata_lec

buenísimo este, me atrapó desde el principio hasta el final 🔥

MiguelSR

Por favor una segunda parte!! me quede con ganas de saber que pasa despues con el vecino

LectoraYo_87

Que manera de contar una historia así... te metés en la piel del personaje sin querer. Muy bueno.

CuriosaMente_AR

Me pregunto si el vecino dice algo o guarda el secreto para el solo jajaja. El final me dejó pensando

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