Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La doble vida que escondía tras la camisa blanca

No ocurrió de un día para otro.

El deseo no cayó como un rayo ni llegó entre lágrimas. Fue creciendo despacio, como una grieta fina en la loza pulida, como la humedad que se esconde tras los muros del decoro. Al principio era apenas eso: una mirada que se demoraba sobre los vestidos colgados al fondo del taller, un roce furtivo al pasar entre los maniquíes, la forma en que sus dedos se quedaban un segundo de más sobre los encajes mientras ordenaba los estantes.

Vestidos de novia. Blancos, marfil, color champaña. Escotes que dejaban la espalda al aire, corpiños ceñidos, faldas que flotaban como espuma sobre las piernas. Promesas de algo que a él nunca le estuvo permitido.

Su madre repetía que un buen vestido debía hacer llorar a la mujer que se lo probara. «Si no lloras al verte en el espejo, no es el indicado», decía. Y él asentía, callado, con la sonrisa correcta del buen hijo. Pero por dentro también lloraba, porque sabía que no eran ellas quienes debían llevar esos vestidos. Era él. O, al menos, la parte de él que nadie había conocido jamás.

Se llamaba Mateo. Hijo de padres devotos, lo habían criado entre estudios bíblicos, reuniones de la congregación y el miedo constante de ser «parte del mundo». Nunca celebró un cumpleaños. Lo educaron para ser limpio, modesto, obediente. Ya era un hombre hecho y derecho, pero seguía durmiendo bajo el mismo techo y obedeciendo las mismas reglas que de niño.

Durante años llevó camisa blanca, prendedor dorado y una sonrisa tranquila que escondía su tormenta. En el templo lo ponían de ejemplo, le daban a leer textos en las asambleas. Su madre decía que tenía «voz de varón firme», y él solo sonreía. Porque ni las oraciones ni la compañía de hombres ejemplares lograron apagar lo que sentía al mirar los vestidos del taller familiar.

Empezó imitando. No tenía ropa de mujer a su alcance, así que improvisaba: una toalla como peluca, una sábana enredada como falda. Después llegó el teléfono. A escondidas, de madrugada, veía tutoriales de maquillaje en un móvil viejo. Cómo contornear, cómo crear la ilusión de un escote, cómo caminar con gracia sobre tacones. Aprendía en silencio y borraba el historial como quien limpia la escena de un crimen.

Y más de una vez se sintió un criminal. Cada vez que un anciano de la congregación hablaba de la inmoralidad del «deseo torcido». Cada vez que se leía un versículo con voz marcial, advirtiendo contra quienes «cambian lo natural por lo que no conviene». Pero nada de eso podía contra el anhelo visceral de sentir el encaje sobre su piel.

Su primer intento serio fue casi una caricatura. Esperó a que la casa quedara vacía y se encerró en el cuarto de costura con el corazón latiéndole como un tambor. Tomó el maniquí más pequeño, el que usaban para ajustar corsetería fina, y eligió una prenda que nunca debió tocar: un corsé de encaje marfil, con ballenas firmes y broches metálicos al frente. Tardó diez minutos en colocárselo y un par de jadeos contenidos. Cuando al fin lo logró, sus costillas crujieron de sorpresa, su vientre se aplanó, y algo dentro de él encajó.

Se miró en el espejo. Descalzo, sin peluca, sin maquillaje, con el corsé torcido. Era ridículo. Pero también era glorioso. Y entre las piernas, sin buscarlo, sintió cómo la polla se le ponía dura contra la tela, atrapada, doliéndole de puro deseo. Se pasó la mano por encima del encaje y jadeó bajito, sorprendido de lo mojada que estaba la punta.

Sonrió. Después lloró. Y después, con los ojos todavía brillantes, se corrió sobre su propia mano, mirándose en el espejo, con el corsé apretándole las costillas y la respiración entrecortada. Fue la primera corrida de su vida en la que no se sintió sucio.

En el fondo, no deseaba solo vestirse como ellas. Quería ser mirado como ellas. Ser deseado como ellas. Recordaba a una modelo de lencería que había visto una madrugada, una aparición fugaz mientras cambiaba de canal: caminaba sobre tacones, el cuerpo envuelto en tiras de encaje, los labios rojos. Aquella imagen lo marcó más que cualquier sermón. Ella era una obra de arte, y él, apenas un boceto sucio que no se atrevía a imaginarse como algo más.

En el templo, reía con los demás muchachos, fingía interés por las chicas nuevas. Pero mientras ellos hacían comentarios groseros sobre alguna hermana recién llegada, él imaginaba otra cosa: que esas miradas fueran para él, que esas bocas dijeran su nombre, que esos dedos lo recorrieran con hambre, que esas pollas se pusieran duras por él.

—Oye, Mateo —dijo Bruno una tarde, dándole un codazo con sonrisa maliciosa—. ¿No te cansas de estar rodeado de novias todo el día?

Estaban sentados en un banco de piedra a la salida de la reunión, con unas gaseosas en la mano.

—¿Cómo así? —respondió encogiéndose de hombros.

—El taller, hombre. Con tu mamá ahí, probándoles vestidos a esas mujeres… eso no te pone, no sé, curioso.

—Es su trabajo —dijo Gael—. Yo no podría. Demasiada piel. Termino con ganas de rezar el doble.

—Apuesto a que Mateo ya tiene las medidas de todas en la cabeza —añadió Bruno—. Hasta las de la hermana Camila… esa sí que llena un vestido. ¿O no?

Hubo un silencio distinto. De esos que no piden carcajadas, sino respiraciones contenidas. El nombre de Camila tenía ese efecto. No hacía falta describirla: todos la habían visto.

Camila era apenas unos años mayor que él. Criada con recato, con faldas siempre hasta la rodilla. Pero ni el más casto de los atuendos disimulaba lo que la naturaleza le había dado, ni esa serenidad suya que parecía fuera de lugar entre los bancos del templo. Era la fantasía tácita de todos los hombres, aunque nadie lo dijera frente a los ancianos.

Mateo la había atendido muchas veces en el taller. Le había ajustado broches, tomado medidas, sostenido cremalleras. Y cada vez tenía que respirar hondo y fingir una profesionalidad que lo abandonaba. Pero no era deseo lo que sentía por ella. Al menos no como lo entendían Bruno o Gael. Él quería ser como Camila. Ser quien provocara esas miradas. No la quería entre sus brazos.

Quería sus curvas. Quería su poder.

Forzó una sonrisa y bajó la vista hacia una piedra que pateó con la punta del zapato.

—No me fijo en eso —dijo. Pero su voz le sonó hueca incluso a él mismo.

—Tranquilo, era broma —dijo Bruno, con esa arrogancia desganada tan suya—. Aunque, si un día te animas, igual necesitan un modelo de novios, ¿no?

Las risas que siguieron no fueron de camaradería. Tenían filo. Mateo se unió a ellas con una carcajada hueca, mientras el estómago se le revolvía. Porque conocía la hipocresía que escondían esas sonrisas: los «estudios bíblicos» a domicilio del hermano que aprovechaba la noche para follarse a la esposa del hermano ausente, las miradas cargadas entre esposas jóvenes y ancianos secos como piedras, las pantallas encendidas con vídeos de coños abiertos en los baños del templo durante las asambleas. ¿Quién era el pecador allí? ¿El que soñaba con vivir su verdad, o quienes usaban a Dios como disfraz de sus propios deseos?

***

Esa noche, ya en su cuarto, el cosquilleo en el pecho no lo dejó dormir. No era miedo. Era hambre. Una necesidad de saberse real, aunque fuera por unos segundos.

Apagó la luz y dejó las persianas a medias. El silencio de la casa lo abrazaba como un secreto compartido. Bajó el pantalón. Las medias negras, ceñidas a su piel pálida, le daban la ilusión de pertenecer a otro cuerpo, a otra vida. Se hizo una foto. Luego otra. El muslo, la curva de la cadera envuelta en elástico, la clavícula, el cuello estirado hacia atrás. Todo sugerente, delicado, como si se quitara de encima lo impuesto.

Subió las imágenes a una cuenta recién creada: malena_blanco. Un nombre que llevaba años susurrándose en la cabeza como un eco prohibido. No sabía a quién quería llegar. Solo supo que, al ver su reflejo en la pantalla, algo se acomodaba dentro de su pecho. Y, por primera vez, no sintió culpa. Miedo sí. Culpa no.

De día seguía siendo Mateo: el buen hijo, el ayudante del taller, el muchacho de voz suave y siempre dispuesto. Pero de noche, cuando la casa dormía, Malena empezaba a florecer. Era delgado, de facciones más suaves de lo que un «hombre de verdad» debía tener, con los labios carnosos y los ojos color avellana. Su cuerpo era una frontera: lo bastante masculino para pasar desapercibido, lo bastante andrógino para soñar con otro destino.

Y ya no estaba solo. La cuenta cobró vida. Comentarios tímidos primero, luego más audaces.

«¿Esa cintura es real?»

«Me encantaría verte con un vestido largo.»

«Dime que ese cuello es tuyo…»

«Se te para todo el mundo con esas piernas.»

«¿Chupás rico, muñeca?»

Palabras que en su mundo no se decían en voz alta, pero que allí se deslizaban como dedos sobre la piel. Las leía a oscuras, con la mano metida entre las medias, y se corría en silencio mordiendo la almohada.

Esa confianza lo llevó más lejos de lo que se permitía. Una tarde, mientras hacía inventario en el taller, encontró algo fuera de lugar: una prenda delicada, hecha a mano, cuidadosamente rematada. No un corsé completo, sino una faja alta de encaje marfil, reforzada en la cintura con ballenas suaves. Al tacto, la tela irradiaba un calor dulce. No pudo resistirse: se la calzó y sintió cómo el encaje abrazaba su cuerpo, moldeaba su vientre, subrayaba su cadera.

Se miró en el espejo del taller, móvil en mano, y se tomó una foto de pie. Después, en un impulso que no supo medir, la compartió en el perfil de Malena. Un solo clic.

***

La mañana siguiente llegó con su luz perezosa de costumbre. Mateo encendió el teléfono y las notificaciones llenaron la pantalla. «100+», vibraba una en rojo. Su foto reventaba de likes y comentarios. El corazón le dio un vuelco. No lo esperaba. No tan rápido.

Volvió a mirar la imagen y se le secó la garganta. Medias negras, la faja de encaje ciñéndole la cintura, los pies descalzos sobre la madera… y detrás de él, apenas visible, el letrero dorado con el nombre bordado del negocio: «Atelier Aurora». Se había expuesto sin darse cuenta. No solo su cuerpo: su mundo, su secreto, su raíz.

Revisó los comentarios con los dedos temblando. Y entre los corazones y las frases impúdicas, un nombre que no conocía y, al mismo tiempo, sí.

@ReinaCami.

Abrió el perfil con una mezcla de duda y vértigo. Fotos. Decenas. Camila. Pero no la Camila del templo, la muchacha callada de faldas hasta la rodilla. Era otra. Labios rojos, vestidos ceñidos, escotes profundos, miradas de costado como cuchillas. En una sostenía una copa de vino y sonreía como si el mundo le perteneciera. En otra posaba frente al espejo de un baño de club, con una falda que parecía una ofensa. La misma cara, el mismo cuerpo, la misma Camila.

Volvió a su publicación. Ahí estaba el comentario de ella.

«Interesante…»

Eso era todo. Una palabra. Un susurro. Y debajo, un mensaje directo. Uno solo.

«¿Sabes lo que haces cuando te pones eso? ¿De verdad lo sabes?»

Sintió que todo se apagaba por un segundo. La confianza que lo había llevado a posar se disolvió como tinta en agua sucia. Pensó en borrar la cuenta, en negarlo todo, en decir que era una broma, una cuenta robada. No lo hizo. Releyó el mensaje una, dos, tres veces. Y algo en ese tono, entre la acusación y la complicidad, lo hizo temblar… pero también le puso la polla dura contra el pantalón del pijama.

***

Eligió la ropa con precisión automática: camisa blanca abotonada hasta el cuello, pantalón oscuro, zapatos lustrados, el saco gris que su madre le dejaba listo cada fin de semana. Todo según el molde. Pero por dentro era otra cosa.

No quiso escribirle a Camila. Eso sería aceptarlo. Pero necesitaba verla, como quien necesita una prueba de que el abismo existe.

El templo era discreto: muros beige, ventanas altas, versículos grabados en madera clara. Mateo entró con una sonrisa contenida, buscándola entre los rostros conocidos. No la vio. Y no tuvo tiempo de aliviarse.

—Mateo —lo llamó una voz grave desde un costado.

Era el hermano Linares, uno de los ancianos más antiguos. Lento al caminar, pero rápido para oler el pecado. Lo guio a una salita lateral con una mesa y dos sillas, y cerró la puerta con un clic seco.

—Quería felicitarte —dijo, con la voz de un padre que reprende con ternura—. No todos los jóvenes se mantienen firmes hoy en día. Tú das ejemplo, hijo.

Mateo tragó saliva y bajó la cabeza.

—Gracias, hermano.

—Solo una cosa —añadió el anciano, inclinándose hacia él—. Deberías comer más. Estás muy delgado. Un varón debe tener presencia: firmeza en la voz, fuerza en la espalda. ¿Me entiendes?

Mateo sintió que se le erizaba la piel.

—Sí —musitó.

Pero por dentro algo se rompía. ¿Por qué justo ahora ese comentario, esa sonrisa? ¿Habría visto algo? El sudor le corría por la espalda bajo la camisa planchada. Se sintió desnudo, como si el anciano mirara directamente a Malena, escondida detrás de los botones y el prendedor dorado.

—Sigue como vas —concluyó Linares—. La fe también se proyecta en la forma. Recuérdalo.

Esa última frase se le clavó como una astilla. Salió de la salita como quien escapa de un sueño que ha empezado a pudrirse, con las piernas temblando.

Y entonces la vio entrar.

Camila.

Por un instante, todo se congeló. Los murmullos, los pasos, la luz tenue de las ventanas: todo se desdibujó menos ella. Nunca la había mirado de verdad. No así. Su andar era tranquilo, casi flotante. La blusa celeste sin escote, la falda gris hasta media pierna, los zapatos bajos. Parecía casi monástica. Pero había detalles que no debían estar: las uñas pintadas de un rojo discreto, un anillo fino con una piedra que brillaba bajo la manga, la manera en que la falda se ceñía justo donde pedía ser notada.

Camila era una contradicción, un secreto con forma de mujer. Y él, por primera vez, lo entendía. Lo que había envidiado toda su vida no eran sus pechos ni su cintura. Era su poder.

Cuando sus miradas se cruzaron, ella sonrió. No como se sonríe a un hermano ni por cortesía, sino como quien sabe algo que el otro aún no se atreve a confesar.

Mateo caminó hacia ella como empujado por algo más antiguo que el miedo.

—¿Podemos hablar? —preguntó con un hilo de voz que intentó disfrazar de sereno.

Ella ladeó apenas la cabeza.

—¿Ahora?

—Por favor. Un momento. Es importante.

Camila lo escaneó con los ojos. Vio sus manos temblar, solo un instante, pero fue suficiente. Suspiró, dio media vuelta y lo guio por un pasillo lateral hasta una pequeña sala de estudio. Cerró la puerta con suavidad y se apoyó contra la pared.

—Jamás imaginé que fueras tú —dijo, sin dureza pero con firmeza—. Llevo una semana siguiendo a Malena. Me encantaban los encajes, las medias, ese toque seductor. Nunca pensé que eras tú.

La frase no sonó a burla. Pero fue un golpe seco, directo.

—Y tampoco pensé que en el negocio de tu familia trabajaran con esa clase de prendas —añadió, con media sonrisa—. Vas a tener que ayudarme a elegir algo lindo la próxima vez.

Mateo apenas pudo articular.

—Técnicamente… nosotros no vendemos eso —balbuceó—. Pero a veces las novias piden detalles que no están en la vitrina. Mi madre y mi tía los hacen a pedido. Es trabajo artesanal.

Camila rió por lo bajo. No de burla, sino como quien huele algo delicioso y sabe que el otro todavía no lo percibe. Se inclinó apenas, con la medida exacta para que él sintiera el roce de su aliento sin que llegara a tocarlo.

—Debe ser el paraíso —dijo—. Tener todo eso al alcance.

Sus dedos jugaban con el borde de la manga, girando el anillo despacio. Cada gesto suyo era una negación elegante del dogma. Y, sin embargo, no había vulgaridad en ella, sino una sensualidad lúcida, que se sabía poderosa y no necesitaba demostrarlo.

Mateo bajó la cabeza. No era el paraíso. Era el infierno envuelto en encaje. Y algo dentro de él se rompió.

—Desde que tengo memoria estoy rodeado de mujeres —empezó, y las palabras salieron como agua de una represa rota—. Mi madre, mi tía. Nunca me sentí uno de ellos, los de la congregación. Siempre me parecieron ajenos. Y yo fingía, todo el tiempo. Cada vez que veía una cintura marcada por un corsé, algo se encendía en mí. No era deseo por ellas. Era deseo por ser yo quien llevara eso. Por sentirme vista.

La miró. Los ojos le brillaban, pero no lloraba.

—Y tú siempre fuiste un punto ciego. Nunca quise tocarte. Quise ser tú. Tener tu presencia, ese magnetismo que atrae a todos aunque no hagas nada. Y entonces apareció Malena. Esa foto que no debí subir fue la primera vez que sentí que no estaba fingiendo.

Se quedó en silencio, el pecho dolido, como si acabara de correr kilómetros. Y esperó, como quien espera un veredicto.

Camila no respondió enseguida. Lo observó con una intensidad cálida y cruel a la vez. Después se acercó despacio y puso una mano sobre su rodilla. No fue un gesto íntimo, pero sí firme, lo bastante prolongado para que él sintiera que algo en su interior acababa de ser marcado.

—Tu secreto está a salvo conmigo —dijo en voz baja.

Por un instante, Mateo respiró. Pero entonces levantó la mirada y lo vio en sus ojos. No era compasión ni burla. Camila no lo miraba como quien guarda un secreto. Lo miraba como quien lo ha reclamado.

—Pero no te va a salir gratis —agregó, sin cambiar el tono—. Quiero verte. A ti. No a este —y señaló su camisa, su ropa impecable, su apariencia de varón modelo—. Quiero ver a Malena.

Mateo abrió los labios, pero no alcanzó a protestar.

—No te preocupes —continuó—. Podemos ir a mi casa. No hay nadie. Mi madre se fue con mi hermana a visitar a una tía enferma. Tengo la casa para mí sola hasta el domingo. —Le guiñó un ojo—. Puedes decirle a tu familia que me estás dando lecciones. «Asistencia espiritual a una hermana nueva». Algo así.

Se puso de pie con naturalidad, como si no hubieran hablado de nada fuera de lo común.

—¿Vamos?

Cuando salieron, el templo estaba lleno otra vez. Bruno y Gael, sentados al fondo, los vieron y le hicieron señas pidiendo una explicación que él no tenía. Justo antes de adelantarse, Camila se volvió y le dedicó una mirada rápida, la cabeza apenas ladeada. No una sonrisa amplia: un gesto contenido, coqueto, inconfundible. Suficiente para que más de uno lo notara.

***

La casa de Camila olía a jazmín y a ropa recién planchada. Echó el cerrojo, dejó las llaves sobre una mesa y lo miró desde el centro del salón, sin prisa.

—Arriba —dijo—. Quiero verte armar a Malena. Paso a paso.

Mateo subió detrás de ella con el corazón golpeándole las costillas. En el dormitorio, Camila sacó de un cajón una caja con prendas que él jamás habría imaginado en una hermana de la congregación: medias, encajes, un vestido oscuro de tirantes finos, una tanguita roja diminuta, un par de tacones negros. Las extendió sobre la cama como una ofrenda.

—No tengas miedo —murmuró, sentándose en una esquina del colchón con las piernas cruzadas—. Aquí adentro no hay ancianos. No hay versículos. Solo nosotras.

La palabra lo atravesó. Nosotras. Nadie la había usado para él. Con los dedos torpes, empezó a desabrocharse la camisa blanca, botón a botón, mientras ella lo observaba con esa calma de dueña del momento. Cada prenda que caía al suelo era una capa de obediencia que se desprendía. Cuando se deslizó la media por la pierna y sintió de nuevo el encaje ceñirle la cintura, las manos dejaron de temblarle.

Camila se levantó. Rodeó su cuerpo despacio, le acomodó un tirante sobre el hombro, le apartó un mechón de la frente. No era ternura. Era posesión. Lo giró hacia el espejo de cuerpo entero y se quedó detrás, su aliento tibio en el cuello de él.

—Mírate —susurró—. Esto eras. Todo este tiempo.

Y las manos de Camila no se quedaron quietas. Empezaron en la cadera, sobre la cintura del encaje, y subieron despacio por el vientre plano, por las costillas, hasta rozar los pezones a través de la tela. Malena soltó un jadeo agudo, más femenino de lo que había creído posible en su propia garganta.

—Chsss —murmuró Camila contra su cuello, mordiéndoselo apenas—. No cierres los ojos, princesa. Mírate. Mirá cómo te tocan.

Los labios rojos de Camila dejaban un rastro húmedo bajo la oreja, sobre la nuca, sobre el hombro descubierto. Una mano bajó despacio, muy despacio, siguiendo el filo del encaje hasta detenerse en el pubis. Ahí se quedó un instante, tanteando por encima de la media, y Malena sintió que el cuerpo entero se le electrificaba cuando esos dedos encontraron su polla dura, atrapada de costado bajo la faja marfil.

—Mirá lo que tenemos acá —ronroneó Camila, sin dejar de mirarlo en el espejo—. Toda una damita, con la pollita tiesa. ¿Te calienta verte así, muñeca? ¿Te calienta que te toque una mujer mientras te ves de mujer?

Malena no pudo responder. Solo un gemido tembló en su garganta. Camila le abrió los broches del frente de la faja con una destreza que asustaba, sin bajarla del todo, dejando solo la polla libre, roja y palpitante contra el encaje marfil. Con los ojos clavados en los suyos por el reflejo, la envolvió entera con la palma y empezó a masturbarla despacio, con giros lentos de muñeca, mientras con la otra mano le apretaba un pezón hasta hacerla arquearse.

—Estás mojando el encaje, sucia —le dijo al oído, y le lamió el lóbulo—. Mirá cómo te sale por la puntita. Se te ve todo. Se te ve la puta que llevás adentro.

Malena vio en el espejo la gota transparente que Camila le arrancaba con el pulgar y la extendía por todo el glande. Vio su propia cara, los labios entreabiertos, los ojos vidriosos, el pelo revuelto. Vio, por primera vez en su vida, a una mujer siendo tocada. Y esa mujer era ella.

Camila la giró de golpe. La besó en la boca sin pedir permiso, mordiéndole el labio inferior, metiéndole la lengua hasta el fondo, con una voracidad que no tenía nada de la hermana modesta del templo. Malena le respondió como pudo, torpe al principio, después con hambre, prendiéndose de su nuca, dejándose devorar. Le corría un hilo de saliva por la barbilla y no le importaba.

—Ahora me toca a mí que me mires —dijo Camila apartándose. Con dos movimientos limpios se sacó la blusa celeste. Debajo no llevaba corpiño. Sus tetas quedaron a la vista, redondas, pesadas, con los pezones oscuros y ya duros. La falda gris cayó al suelo, y no había nada debajo: solo el triángulo oscuro entre los muslos y una humedad que brillaba en la luz de la ventana.

Malena se quedó sin aire. Toda la vida había mirado a Camila desde la distancia obligada del templo, y ahora la tenía desnuda, oliendo a jazmín y a sudor, con el coño mojado casi tocándole la pierna.

—Arrodillate —ordenó Camila con dulzura filosa.

Malena obedeció sin pensar. El encaje marfil crujió al doblarse. Camila le agarró la cara con las dos manos y le acercó una teta a la boca.

—Mamála. Como si fuera tuya. Como si nunca hubieras tomado otra cosa.

Malena cerró los labios alrededor del pezón. Chupó despacio primero, después con hambre, alternando entre uno y otro, escuchando los suspiros de Camila arriba de ella, sintiendo cómo la mano de la mujer le acariciaba el pelo, la nuca, y bajaba a jugar con la polla que le seguía latiendo entre las piernas. Le apretaba el glande, se lo estrujaba, se lo soltaba, la torturaba.

—Buena chica —jadeó Camila—. Buena chica. Pero ahora te levantás. Quiero mamártela yo.

La hizo ponerse de pie. Y fue Camila la que se arrodilló esta vez, ella, la reina, la modelo, la fantasía del templo entero, hincándose sobre la alfombra frente a Malena con las tetas al aire y la polla tiesa apuntándole a la cara.

—Miráme, muñeca —dijo Camila alzando los ojos—. Miráme mamándotela. Y no dejes de mirarte en el espejo tampoco. Quiero que te veas siendo mamada como la puta linda que sos.

Y abrió la boca. Se metió la polla entera de un solo movimiento, hasta el fondo de la garganta, y Malena tuvo que agarrarse del hombro de Camila para no caerse. La lengua caliente le rodeaba el glande, subía y bajaba por el frenillo, se demoraba en la punta lamiendo el líquido que le seguía brotando. Los labios rojos de Camila se cerraban en el tronco y se deslizaban con un sonido húmedo, obsceno, que llenaba el cuarto entero. Le agarró los huevos con la otra mano y se los amasó, se los rodó entre los dedos, mientras seguía chupándola con la voracidad de quien lleva meses fantaseando.

Malena giró apenas la cabeza. En el espejo vio la escena: ella parada, envuelta en encaje marfil, con las medias negras hasta el muslo, el pelo revuelto, los pezones marcados bajo la tela, la polla desapareciendo dentro de la boca pintada de una mujer arrodillada. Nunca en su vida había visto nada tan hermoso. Nunca se había visto a sí misma.

—Voy a acabar —jadeó, apretando los dedos en el pelo de Camila—. Camila, me vengo, me vengo…

Camila le soltó la polla con un chasquido y le sonrió con los labios brillantes de saliva y presemen.

—No, no, no. Todavía no, muñeca. Falta lo mejor.

La empujó hacia atrás. Malena cayó sentada en la cama, con la polla latiéndole al aire, la faja marfil torcida sobre la cintura, las piernas abiertas y las medias negras arrugándose en los muslos. Camila la miró desde arriba, saboreándola con los ojos, y entonces se subió a la cama. Puso una rodilla a cada lado de su cabeza. Se acomodó de manera que el coño le quedara justo sobre la boca. Malena sintió el calor húmedo antes de que la carne le rozara los labios, y le llegó el olor a mujer despierta, denso, embriagador.

—Ahora vos —murmuró Camila—. Comeme el coño. Mostrame que aprendiste bien de tanto mirarnos.

Malena sacó la lengua sin pensar. Encontró el sabor salado, dulce, denso. Lamió despacio primero, siguiendo los pliegues, aprendiendo el mapa. Encontró el clítoris duro y se demoró ahí, chupándolo, dando vueltas con la punta de la lengua, hasta que Camila empezó a gemir sin filtro, sin recato, con la boca abierta y los ojos entrecerrados, apoyando las manos en la cabecera de la cama para moverse mejor.

—Así, muñeca, así, así, así… más adentro, metela más adentro… ay, qué bien lo hacés, qué bien la lengüita, sos una perrita divina…

Malena la agarró de las caderas y la atrajo con fuerza contra su cara. Metió la lengua todo lo que pudo, la sacó, subió al clítoris, bajó al pliegue, volvió a subir. El coño de Camila le mojaba la barbilla, le mojaba las mejillas, le mojaba el cuello. El olor a mujer le llenaba la cabeza, un perfume violento y limpio a la vez. Sintió que Camila se retorcía sobre ella, que le apretaba la cara con los muslos, y en algún momento la mano de la mujer bajó por atrás y le agarró la polla y empezó a masturbarla con el mismo ritmo con el que se sacudía sobre su boca.

—Me vengo, muñeca, me vengo, comémelo todo, me vengo en tu boca…

Camila se corrió con un grito ronco, apretando los muslos contra la cara de Malena, temblando entera de arriba abajo. Un chorro tibio le inundó la boca y Malena tragó como pudo, con los ojos llorosos, chupando hasta la última contracción, sintiendo cómo el coño le palpitaba contra la lengua y le mojaba media cara.

Cuando Camila por fin la soltó, se dejó caer a un lado con una risita ronca. Se pasó una mano por el pelo húmedo de sudor, giró la cabeza, y volvió a mirarla con un hambre nueva. Le pasó el pulgar por la barbilla, recogió parte de su propia corrida y se la metió en la boca a Malena.

—Ahora quiero sentir esa polla adentro —dijo—. Toda la tarde miré la foto pensando qué se sentiría follarme a una reinita como vos.

Se puso a horcajadas encima de Malena. Le agarró la polla, la enderezó, se la restregó por los labios del coño empapado. Malena arqueó las caderas sin querer, buscándola, y Camila se rió por lo bajo.

—Tranquila, princesa. Tranquila. Yo te la meto cuando yo quiera.

Bajó despacio. Se empaló centímetro a centímetro sobre la polla de Malena, con los ojos cerrados y la boca abierta, jadeando en cada tramo. Malena la sintió apretada, ardiente, mojadísima, un guante caliente que la aprisionaba entera. Cuando terminó de bajar, cuando el coño se le apoyó entero contra el vientre, Camila abrió los ojos y sonrió.

—Ay, muñeca. Qué rica polla. Qué rica polla tenés. Y pensar que la tenías escondida debajo del prendedor dorado.

Empezó a moverse. Al principio despacio, ondulando la pelvis, dejándose sentir. Después más rápido, subiendo y bajando entera, con las tetas rebotándole libres, con las manos apoyadas en el pecho de Malena. Malena la miraba desde abajo, con la boca abierta, viendo cómo su polla entraba y salía brillante entre los muslos de la mujer más deseada del templo. La faja marfil le apretaba la cintura y le hacía sentir cada embestida en la boca del estómago.

—Tocame las tetas, muñeca. Apretámelas. Chupámelas.

Malena se incorporó como pudo, la agarró de la cintura, se prendió de una teta con la boca mientras la otra la amasaba. Camila la envolvió con los brazos, la pegó contra ella, y siguió moviéndose con la polla adentro, mordiéndole el hombro, susurrándole al oído cosas que Malena nunca había oído decir a nadie.

—Sos mi reinita, sos mi muñequita, mi puta linda de encaje. ¿Te gusta, sí? Contame que te gusta. Contame quién te está follando.

—Vos… vos me estás… —jadeó Malena.

—Decilo bien. Decilo con nombre. Sin miedo.

—Camila… me estás follando, Camila…

—¿Y vos quién sos? Decilo. Decilo ahora que la tenés adentro.

—Malena. Soy Malena.

—Muy bien, muñeca. Muy bien. Esa sos.

Camila la hizo girar. La puso boca abajo en la cama, con las medias negras hacia arriba y la faja marfil aún ceñida en la cintura. Le levantó las caderas, le abrió las piernas, y volvió a montarse encima, esta vez de espaldas, apoyando las manos en la cama y moviendo el culo contra la pelvis de Malena, cabalgándola al revés. Malena se aferró a las sábanas y empujó desde abajo, empujó con todo lo que tenía, viendo el espejo del costado en el que se reflejaba entera la imagen: Camila cabalgándola con los pechos al aire, y ella, envuelta en encaje, con las piernas enfundadas en medias, follándola como si hubiera nacido para eso.

Los muslos de Camila se tensaban y aflojaban, el culo redondo bajaba contra ella con un chasquido húmedo cada vez. Malena le clavó los dedos en las caderas, le dio una nalgada tímida y después una más fuerte, y Camila gritó de placer.

—Más, muñeca, más fuerte, dale a esta puta con todo…

Malena la nalgueó con la palma abierta y sintió el temblor del culo bajo su mano, y el coño apretándose sobre su polla como respuesta. Empujó desde abajo, con las caderas, con las piernas, con la cintura estrangulada por el encaje marfil. Cada embestida la sacudía entera. El sudor le bajaba por el cuello. La corrida se le juntaba en la base de la polla como una tormenta que no se podía contener.

—Me vengo —gimió Malena—. Me vengo, Camila, me vengo…

—Vení, muñeca, vení adentro, quiero sentir cómo se te escapa toda… llenámelo todo, chorreame ese coño…

Malena se corrió con un grito ahogado. Descargó dentro del coño de Camila una corrida larga, temblorosa, que la vació de años enteros de silencio. La polla le latía y latía y latía, disparando chorro tras chorro, y Camila no dejó de moverse, cabalgándola hasta la última contracción, arrancándole hasta la última gota, hasta que Malena se dejó caer boca arriba con las piernas todavía temblando y el pecho subiéndole y bajándole a la carrera.

Camila se levantó despacio. Un hilo blanco le corrió por el interior del muslo, se le enredó en el pliegue de la ingle, le brilló contra la piel. No se lo limpió. Volvió a acomodarse a su lado, la giró apenas, la abrazó por atrás. Le pasó una mano por la cintura de encaje aún húmeda. Le mordió la nuca con dulzura de dueña. Con dos dedos recogió una gota de su propia corrida mezclada con la de Malena y se la puso en los labios.

—Chupá, muñeca. Este es el sabor de las dos.

Malena chupó, obediente, con los ojos cerrados. Y cuando los abrió otra vez, la cara estaba frente al espejo grande, y Camila estaba detrás, apoyando el mentón sobre su hombro, con las tetas apretadas contra la espalda desnuda.

—Mi Malena —susurró—. Mi Malenita linda. Sos mía ahora. ¿Entendiste?

—Sí —murmuró Malena, y sonó a rezo verdadero por primera vez.

Y Mateo se miró. Por primera vez no había nada ridículo en el reflejo. Solo Malena, al fin entera, temblando de placer y de miedo, con el maquillaje corrido, con la corrida de Camila brillándole en la barbilla, con la polla todavía dura y el encaje marfil arrugado sobre la cadera, mientras la mujer que tenía todo el poder del mundo sonreía sobre su hombro y deslizaba una mano lenta por su cintura de encaje. Afuera quedaban el templo, las miradas, las reglas. Adentro, por primera vez, alguien la veía. Y no pensaba dejarla ir.

Ver todos los relatos de Trans

Valora este relato

Comentarios(7)

DarioNocturno

Tremendo. Me quedé pensando un rato largo despues de terminarlo.

Noelia_cba

Que final!! No me lo esperaba para nada, sigue escribiendo por favor!!!

Fabricio_mdz

La tension que se va armando desde el principio es lo mejor. Muy bien llevado.

MarisolDC

Me encanto la premisa, tan simple pero tan intensa. Uno de los mejores que lei en esta categoria

leitor_noturno42

Se nota que hay sensibilidad detras de cada parrafo, no solo morbo. Sigue asi!

ElCurioso_77

¿Hay segunda parte? Quede con ganas de saber como sigue

dani_rosario

Lo lei dos veces. La segunda uno se da cuenta de los detalles que al principio se pasan por alto, muy inteligente como esta escrito

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.