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Relatos Ardientes

Lo que pasó con el hombre trans del vestuario

Era finales de julio y el gimnasio estaba prácticamente desierto. Marcos e Iván llevaban dos horas largas entrenando cuando decidieron que ya era suficiente y se fueron a las duchas. En el vestuario no parecía quedar nadie, salvo un hombre en la ducha más alejada de la puerta. Era de estatura media, fibroso, con una barba corta y bien recortada y unos brazos trabajados que delataban años de constancia. Lo habían visto otras veces en las máquinas, pero nunca coincidían en los vestuarios.

No los oyó entrar. Fue Iván el que lo vio, solo un instante, lo justo para quedarse parado. El hombre se había girado para enjuagarse y, bajo la espuma, su cuerpo no era exactamente lo que Iván esperaba. Agarró a su compañero del brazo antes de que avanzara.

—Marcos, fíjate bien sin que se note —le susurró—. Creo que es un chico trans.

—¿El que siempre está en la máquina de remo? —Marcos entrecerró los ojos hacia la otra punta del vestuario.

—Ese. Se nota por las cicatrices del pecho. Es un tío hecho y derecho, mírale los hombros.

Los dos se quedaron en silencio unos segundos, mirándose. Tendrían ambos unos treinta y cinco años, los dos grandes como armarios, los dos curiosos por igual.

—Oye, ¿a ti esto te llama la atención? —preguntó Iván en voz baja—. A mí me pone, no te voy a mentir. No es nada raro, simplemente me da morbo.

—A mí también, la verdad. Pero con cabeza, ¿eh? Si la cosa no fluye, nos duchamos y nos vamos como si nada.

—Eso por descontado. Solo si él quiere.

Si él quiere, pensó Marcos, ya con una idea rondándole y una tensión creciendo bajo el pantalón corto de deporte.

Esperaron a que el agua dejara de correr. El hombre salió con una toalla atada a la cintura y, al verlos sentados en el banco, se sobresaltó, porque creía estar solo. Enseguida les hizo un gesto con la cabeza, cortés, y fue hacia su taquilla.

—Eh, perdona —le dijo Iván antes de que se alejara—. ¿Cómo te llamas? Te vemos mucho por aquí.

El hombre se giró. Tenía las mejillas un poco encendidas, quizá por el agua caliente, quizá por la pregunta.

—Darío —respondió—. Vosotros también venís a diario, ¿no?

—Casi. Marcos y yo somos de los fijos. —Iván se levantó despacio, sin invadirle el espacio—. Oye, te voy a ser sincero, que prefiero ir de frente. Te hemos visto al salir de la ducha, sin querer, y nos has parecido un tío guapísimo. Los dos pensamos lo mismo.

Darío arqueó una ceja, entre divertido y receloso. Había oído de todo en vestuarios como ese, y casi nunca era amable.

—¿Y eso a dónde va, exactamente? —preguntó, cruzándose de brazos, sin bajar la guardia.

—A ningún sitio que tú no quieras —dijo Marcos, todavía sentado, las manos abiertas—. Si te incomoda, lo dejamos aquí y no se habla más. Pero si te apetece pasar un buen rato con dos que llevan toda la tarde mirándote de reojo… nos encantaría.

Darío los miró a los dos, despacio, calibrándolos. Estaban buenos, eso era innegable: hombros anchos, abdominales marcados, esa seguridad tranquila de quien sabe lo que ofrece. Llevaba semanas sin acostarse con nadie y el cuerpo le pedía guerra. Pero la decisión seguía siendo suya, y eso le gustó.

—A ver si lo entiendo. ¿Os pone que sea un hombre trans?

—Nos pones tú —respondió Iván sin dudar—. Que seas trans es parte de quién eres, y eso también nos gusta. No vamos a fingir lo contrario.

La respuesta le sorprendió, porque fue honesta. Darío sonrió de medio lado, soltó los brazos y echó un vistazo rápido a la puerta del vestuario.

—No queda nadie ahí fuera, ya he mirado —dijo Marcos, adivinándole el pensamiento—. El gimnasio cierra en una hora y los del turno de tarde ya se fueron.

—Entonces más vale aprovechar el tiempo —contestó Darío, y dejó caer la toalla sobre el banco.

***

Iván se acercó primero. No se abalanzó: le puso una mano grande en la cintura, le buscó la mirada y, cuando Darío asintió apenas, lo besó. Fue un beso lento al principio, de reconocimiento, hasta que Darío le mordió el labio y todo se aceleró. Marcos se pegó por detrás, le recorrió la espalda con la palma y le besó el cuello justo por encima de las cicatrices.

—¿Así te gusta? —le preguntó al oído.

—Así me gusta —dijo Darío, con la voz ronca—. Y me gusta que preguntéis.

Lo guiaron hasta un banco más ancho, apartado de las taquillas. Darío se sentó y, al separar los muslos, los dos hombres se relamieron. Iván se arrodilló frente a él sin prisa, le acarició las piernas, le besó la cara interna de los muslos y subió poco a poco, alargando la espera hasta que Darío le clavó los dedos en el pelo.

—No me hagas esperar tanto —protestó.

—Es que quiero hacerlo bien —respondió Iván, y bajó la boca de una vez.

Darío echó la cabeza atrás y dejó escapar un gemido largo. Iván lamía con dedicación, trazando círculos lentos, leyendo cada reacción para repetir lo que le arrancaba más sonidos. Marcos, mientras tanto, se sentó al lado, le pasó una mano por el pecho y le habló en voz baja, esa voz grave que a Darío le erizaba la piel.

—Estás guapísimo así, disfrutando —le dijo—. Avísame si quieres que pare cualquiera de los dos, ¿vale?

—No paréis ni de coña —jadeó Darío.

Iván siguió, metió un dedo con cuidado y lo notó húmedo, receptivo. Lo movió despacio, acompasándolo con la lengua, hasta que el cuerpo de Darío empezó a tensarse. Cuando lo sintió cerca, apretó el ritmo, succionó con suavidad y lo sostuvo ahí, en el filo, hasta que Darío se corrió con un grito que retumbó en el vestuario vacío, agarrado a los hombros de los dos.

—Joder —murmuró, recuperando el aliento—. Qué manera de empezar.

—Esto no ha hecho más que arrancar —dijo Marcos, sonriendo.

***

Darío todavía respiraba agitado cuando se incorporó y miró a Marcos de arriba abajo. La curiosidad ya era deseo puro.

—Tú —le dijo, señalándole el pantalón—. A ver qué escondes ahí.

Marcos no se hizo de rogar. Se bajó el pantalón corto y Darío, sin dejar de mirarle a los ojos, se inclinó y se la metió en la boca. Marcos soltó un gruñido y le apartó un mechón de la frente, sin empujar, dejándole marcar el ritmo. Darío sabía lo que hacía: subía y bajaba con ansia, apretando los labios, alternando con la mano, disfrutando del poder de tenerlo a su merced.

—Madre mía, vaya boca tienes —jadeó Marcos—. Iván, este tío sabe lo que se hace.

Iván, que se había levantado para acariciarle la espalda a Darío, se rio.

—Te dije que valía la pena.

Darío se apartó un momento, con los labios brillantes, y los miró a los dos.

—Os quiero a los dos a la vez —dijo, sin rodeos—. Pero con calma, que llevo semanas en seco.

—Como tú mandes —respondió Iván—. Aquí el que pone las reglas eres tú.

Lo recostaron sobre el banco con cuidado, una sudadera doblada bajo la cabeza para que estuviera cómodo. Iván se colocó entre sus piernas y, antes de entrar, lo miró buscando el permiso. Darío asintió y le rodeó la cadera con una pierna, atrayéndolo.

—Despacio al principio —pidió.

—Despacio —repitió Iván, y empujó con suavidad, atento a su cara, deteniéndose cuando lo vio fruncir el ceño y avanzando de nuevo cuando se relajó.

Cuando estuvo del todo dentro, los dos soltaron el aire a la vez. Iván empezó a moverse despacio, masajeándole con el pulgar para que el placer no bajara, y Darío pronto le pidió más con las caderas. El ritmo subió poco a poco, los gemidos se mezclaron con el sonido húmedo de los cuerpos, y Marcos, arrodillado junto a la cabeza de Darío, le acariciaba el pecho y le susurraba lo bien que lo estaba haciendo.

—¿Sigues queriendo a los dos? —le preguntó Iván sin parar.

—Sí —jadeó Darío—. Marcos, ven.

***

Lo reacomodaron entre los tres. Darío acabó montado sobre Iván, que se había tumbado en una colchoneta del rincón, marcando él mismo el ritmo de bajada hasta que lo tuvo dentro otra vez. Desde esa postura tenía el control, y se notaba en cómo se movía, sin prisa, rebotando con un placer egoísta y precioso.

—Así, justo así —gemía—. Me encanta tener el mando.

Marcos se colocó detrás de él, de rodillas, y le besó la nuca.

—¿Te apetece probar los dos a la vez? —preguntó, con el dedo húmedo apenas rozándole—. Si es que no, dime que no y ya está.

Darío lo pensó un segundo, todavía moviéndose sobre Iván, y sonrió por encima del hombro.

—Con mucho cuidado. Y si digo basta, paras.

—Palabra.

Marcos se tomó su tiempo. Lo preparó despacio, con paciencia, atento a cada respiración, hasta que Darío empujó hacia atrás buscándolo. Solo entonces fue entrando, milímetro a milímetro, esperando entre cada avance a que Darío le diera permiso con un suspiro o un movimiento de cadera. Cuando estuvieron los dos dentro, Darío se quedó quieto un instante, con la boca abierta, asimilando la sensación.

—¿Estás bien? —preguntaron casi a la vez.

—Estoy de lujo —respondió, y se echó a reír por lo absurdo de su propia voz temblorosa—. No paréis.

Se movieron despacio, coordinándose, atentos a no hacerle daño. Darío se dejó llevar entre los dos cuerpos, sostenido por cuatro manos firmes, sintiendo cada embestida medida y cada caricia en el sitio justo. El placer fue creciendo, denso, hasta volverse casi insoportable. Marcos le besaba los hombros, Iván le sostenía las caderas, y Darío iba perdiendo las palabras una a una.

—Me voy a correr otra vez —avisó, con los ojos cerrados.

—Pues córrete —le dijo Iván—. Te tenemos.

El orgasmo lo sacudió de arriba abajo, largo y profundo, y arrastró a los dos hombres con él. Iván se dejó ir primero, con un gruñido sordo, agarrándolo de la cintura; Marcos lo siguió segundos después, apretándole el pecho contra la espalda y soltando el aire contra su nuca.

Quedaron los tres enredados sobre la colchoneta, jadeando, sudados, riéndose por lo bajo de puro agotamiento. Nadie dijo nada durante un rato. Solo el zumbido lejano de los fluorescentes y tres respiraciones tratando de calmarse.

—Avisadme si tengo que pediros perdón por algo —bromeó Darío, todavía con la voz rota.

—El único que tendría que pedir perdón soy yo, por tardar tanto en hablarte —dijo Iván, incorporándose y buscando una toalla limpia para pasársela.

Marcos se levantó a por su móvil y se lo tendió.

—Dame tu número, anda. Esto, si tú quieres, habría que repetirlo. Y la próxima vez te invitamos a algo antes, que tampoco somos unos salvajes.

Darío miró el teléfono, y luego a los dos. Una parte de él, la que estaba acostumbrada a las miradas torcidas y los comentarios feos, casi no se creía que la cosa hubiera ido así de bien. Pero esos dos lo habían tratado mejor que la mayoría, preguntando, esperando, cuidándolo. Tecleó su número sin pensarlo demasiado.

—Que conste que normalmente no hago esto —dijo, devolviéndole el móvil con una sonrisa—. Pero igual hago una excepción.

—A la próxima ya verás —respondió Marcos—. Esto solo ha sido la presentación.

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Comentarios(3)

fanaticoLector

excelente!! me enganche desde el titulo y no pude parar. Muy bien logrado

LectorRosario

Muy bueno, tiene mucho suspenso al principio y despues todo fluye naturalmente. Ojalá haya continuación!

Nocturno_47

buenisimo!!!

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