La travesti nueva que el jefe quiso probar esa noche
La rutina en el club Las Camelias se había vuelto una coreografía aprendida de memoria. Cada tarde, a las seis y media, bajábamos a la sala principal donde estaba la barra larga de madera oscura. Bajábamos arregladas, perfumadas, maquilladas hasta el último detalle, con vestidos que dejaban poco a la imaginación. Bailábamos al ritmo de la música y esperábamos. Esperábamos a que un cliente nos eligiera para subir a una habitación, o al menos a que nos invitara una copa, que también dejaba unas monedas en el bolsillo.
Yo llevaba pocas semanas en la casa y todavía era la novedad. Las demás chicas me miraban con una mezcla de curiosidad y recelo, como si esperaran ver cuánto aguantaba antes de irme. Algunas me hablaban con simpatía cuando nadie las veía; otras se cambiaban de sitio en la barra para no rozarme. Pero yo no pensaba irme a ninguna parte. Había llegado hasta ahí con demasiado esfuerzo como para rendirme a la primera mirada torcida.
Cada noche era una pequeña batalla por hacerme un lugar. Aprendí pronto a leer a los clientes, a distinguir al que solo quería compañía del que de verdad iba a subir, al que pagaba sin discutir del que regateaba hasta el último billete. Pero por más que ganara copas y servicios, faltaba algo. Faltaba que la casa entera, empezando por el de arriba, me viera como a una más.
Esa noche, casi al final de la jornada, Tarek se acercó a la barra. Era el dueño del lugar, un hombre de unos cuarenta años, ancho de hombros, con una voz grave que no necesitaba levantarse para hacerse obedecer. Yo estaba terminando una copa que me había invitado un cliente pesado, de esos que tocan mucho y deciden poco. Tarek se inclinó hacia mi oído y bajó la voz hasta casi un susurro.
—En cuanto termines con ese, subes y te arreglas bonita para mí —dijo—. Esta noche la voy a pasar contigo.
—De acuerdo, así lo hago —contesté.
Sentí el corazón dar un vuelco y ponerse a latir deprisa. No era solo el deseo. Era la certeza de que esa noche podía cambiarlo todo. Que el dueño de la casa me eligiera a mí significaba algo más que dinero: significaba ser aceptada, ser una chica más entre las chicas, ganarme un respeto que ninguna copa me iba a dar.
El cliente de la barra insistía en seguir tonteando, en manosearme con esa torpeza lasciva de quien cree que pagar una copa le da derecho a todo, pero no se decidía a subir. Así que en cuanto vacié el vaso, me despedí de él con una sonrisa profesional y subí a la planta de arriba, tal como Tarek me había pedido.
Me di una ducha rápida. Volví a maquillarme con calma, esta vez para una sola persona. Elegí un body rojo de rejilla que iba de los hombros a los tobillos, con una abertura estratégica en la parte de atrás, y debajo un conjunto a juego, mínimo, del mismo rojo encendido. Me calcé unos tacones de aguja altísimos y me trabajé el pelo hasta darle volumen. Cuando me miré al espejo, supe que estaba lista. Me quedé de pie en mitad de la habitación, esperando.
Tarek llamó a la puerta media hora después y entró. Me recorrió de arriba abajo con la mirada antes de decir nada.
—Perdona la tardanza, tuve que resolver un asunto —dijo, y luego añadió, casi para sí mismo—: Vaya mujer. Estás preciosa. Con razón Bruno me decía que sois tanto o más mujeres que las mujeres.
Bruno era un camionero italiano, amigo suyo, que paraba por el club cada tantas semanas. Imaginé que de él habían salido las ganas de Tarek de probar algo nuevo.
—¿Entonces te gusto? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
—Me gustas demasiado —dijo—. Lo que no sé es si voy a estar a la altura. Es la primera vez que voy a estar con alguien como tú.
—No te preocupes por eso —le dije, acercándome despacio—. Tú relájate y deja que lleve yo la iniciativa. Vas a cambiar de opinión sobre nosotras. Échate en la cama.
Tarek se sentó primero, después se recostó dejando las piernas colgando por el borde, los pies apoyados en el suelo. Me arrodillé entre ellas y le pasé las manos por los muslos, apretando la tela del pantalón, subiendo despacio hasta el bulto que ya se marcaba duro contra la cremallera. Le desabroché el cinturón con parsimonia, escuchándolo respirar más hondo con cada movimiento mío. Le bajé el pantalón hasta las rodillas, después el bóxer, y liberé su polla de la ropa interior. Era grande, mucho, gruesa, limpia, circuncidada, con la cabeza roja al descubierto, una vena hinchada corriendo por el reverso y los huevos tensos, cargados, colgando pesados entre sus piernas abiertas. Una forma que invitaba a la boca.
No lo pensé. Le pasé la lengua plana desde la raíz hasta la punta, en un solo lametón largo, y lo vi arquear el cuello contra la cama. Repetí por el otro lado, más lento, deteniéndome en la corona a chuparle el capullo como un caramelo. Después me lo metí entero, hasta el fondo, hasta sentir la punta golpearme la garganta, y empecé a mamársela despacio, ensalivándola a fondo, dejando que un hilo espeso me chorreara por la barbilla hasta caerle sobre los huevos. Con una mano se los amasaba, con la otra le agarraba la base y la retorcía en sentido contrario a mi boca, buscando ese punto en el que un hombre deja de pensar.
Mis movimientos eran rítmicos, acompasados, con algún empujón hondo que lo hacía tensarse entero. Notaba cómo se ponía cada vez más dura contra mi lengua, cómo las venas se marcaban gruesas, cómo respiraba con la boca abierta y le temblaban los muslos. Llevaba mi propio compás, subiendo y bajando, tragándomela hasta atragantarme a propósito, dejando que la garganta se le cerrara alrededor de la punta hasta que se le escapaba un quejido ronco. Después la sacaba entera, la escupía bien mojada y le daba un par de cachetes con ella en la mejilla antes de volvérmela a meter.
—Qué bien lo haces —murmuró con los ojos cerrados—. Qué boca tienes, joder. Sigue, sigue así, no pares.
Estuve un buen rato así, cambiando de ritmo, alternando la boca profunda con la lengua traviesa en el frenillo, bajando después a chuparle los huevos uno por uno mientras le hacía una paja lenta con la mano llena de saliva. Disfrutaba del poder que me daba tenerlo así, deshecho, con las manos agarradas al edredón, repitiendo mi nombre entre dientes. Yo mando aquí, pensé. Aunque la casa sea suya, esta habitación es mía. Le lamí la punta con la lengua puntiaguda, hurgando el pequeño agujerito por donde ya asomaba una gota espesa de líquido preseminal, y lo escuché soltar un jadeo agudo, casi de súplica.
—Quiero más —dijo de pronto, incorporándose de golpe, con la polla apuntando al techo, brillante de mi saliva—. Pero tienes que decirme cómo se hace. Enséñame.
Le pasé un preservativo y se lo coloqué yo misma, despacio, mirándolo a los ojos mientras se lo desenrollaba centímetro a centímetro por la verga hasta la base. Después me puse a cuatro patas sobre la cama, arqueé la espalda y le mostré el culo enfundado en la malla roja, con la abertura justo donde tenía que estar. El tanga mínimo se me hundía entre las nalgas. Le pedí que se levantara y se acercara.
—Ven hacia mí despacio —le dije, apartando el hilo del tanga con dos dedos, dejando el coño a la vista, mojado, brillante, hinchado de tanto desearlo—. Despacio y con firmeza. Yo te guío.
Con una mano me abrí los labios para hacerle sitio, mostrándole el interior rosado, ya empapado. Con la otra le agarré la polla y la restregué de arriba abajo por mi raja, ensuciándomela con mis propios jugos, golpeándome el clítoris con la cabeza para arrancarme un escalofrío. Después lo llevé al punto exacto y noté el primer roce, la presión de la corona forzando la entrada, y después el empuje lento, denso, que me abrió por dentro y me sacó un gemido largo, ronco, desde el fondo del pecho.
—Ahora empuja —dije, con la voz quebrada—. Despacio, con fuerza. Métemela toda.
Tarek obedeció al pie de la letra. Sentí cómo iba ganando terreno, centímetro a centímetro, cómo me llenaba entera, cómo mis paredes cedían y se amoldaban a su grosor. El roce era intenso, casi demasiado, una mezcla de ardor y placer que me hizo gemir alto, sin pudor, empujando el culo hacia atrás para tragármela hasta que sentí los huevos golpearme el clítoris. Cada centímetro que avanzaba me arrancaba un sonido nuevo, un jadeo, un insulto, una súplica.
—Ay, así —jadeé, mordiendo la almohada—. Más, dame más, más fuerte, rómpeme.
—¿Te gusta, guarra? —preguntó él, y noté en su voz que se había soltado del todo, que ya no quedaba rastro del hombre inseguro de hacía un rato—. ¿Quién manda ahora?
—Tú —contesté, y me sorprendí a mí misma de cómo lo decía—. Tú mandas. Fóllame fuerte, quiero sentirte entero, quiero sentirte hasta la garganta.
—Pídelo bien —dijo, frenando el ritmo a propósito, dejándome al borde, meciéndose apenas, solo la puntita entrando y saliendo, torturándome—. Mientras no me lo pidas como Dios manda, no te doy más.
—No me hagas esto —protesté, retorciéndome para buscarlo, empujando el culo hacia atrás, buscando tragármela otra vez—. Te lo pido bien, te lo pido como quieras. Fóllame, por favor, méteme esa polla hasta el fondo, no me dejes así. Soy tu puta esta noche, solo tuya. Ahora sigue, joder, sigue.
—Así me gusta —dijo, y me agarró del pelo, tirándome la cabeza hacia atrás, y volvió a empujar de una sola estocada seca que me hizo gritar.
Los embates se volvieron contundentes, rítmicos, profundos. Me agarraba de las caderas con las dos manos, los dedos clavados en la piel, y tiraba de mí hacia él en cada arremetida, haciendo que el sonido de nuestros cuerpos chocando llenara la habitación. El culo me temblaba con cada golpe. Yo perdía la cabeza, gemía de un placer que tenía algo de dolor y de un dolor que tenía mucho de placer. La cama crujía. El cabecero golpeaba la pared. Mi propio cuerpo se mecía contra el suyo, buscando más, siempre más.
Me tumbó de un empujón boca abajo, se subió encima sin salir de mí y siguió embistiéndome aplastándome contra el colchón, con todo su peso encima, mordiéndome la nuca, el hombro, susurrándome guarrerías al oído. Después me hizo girar. Me puso boca arriba, me abrió las piernas hasta hacerme casi un compás, me las apoyó sobre sus hombros y volvió a hundírmela hasta la raíz. Desde ese ángulo la sentía aún más honda, tocándome un punto que me hizo ver luces. Le arañé los brazos, le clavé los tacones en la espalda, y él dale que dale, sin descanso, mirándome a los ojos mientras me follaba como si quisiera partirme en dos.
—Mírame —me ordenó, agarrándome la mandíbula—. Mírame mientras te la meto. No cierres los ojos.
Le obedecí. Y en ese cruce de miradas, con él dentro de mí hasta el fondo, sentí la primera oleada del orgasmo trepándome desde el vientre. Me corrí gritando, apretándolo con las paredes, empapándole la polla, arqueándome entera contra su cuerpo. Él ni siquiera aflojó. Me dio la vuelta otra vez, me puso de rodillas, me hizo apoyar la cara contra el colchón con el culo bien en pompa y siguió machacándome desde atrás, con las palmadas resonando en mis nalgas rojas.
Estuvo así casi media hora, marcando un compás que parecía no agotarse nunca, cambiándome de postura tres o cuatro veces más, hasta ponerme a horcajadas sobre él y hacerme cabalgarlo mientras me mamaba los pezones a través de la rejilla. Cuando por fin lo sentí tensarse entero debajo, cuando noté ese temblor que precede al final y el modo en que su polla se hinchó todavía más dentro de mí, me agarró de las caderas y me clavó contra él en una última embestida brutal. Dejó escapar un gruñido largo, animal, y se vació dentro del preservativo en sacudidas espasmódicas que sentí una a una. Aun a través del látex, sentí su calor, los chorros golpeando el fondo, y esa sensación me arrastró a un segundo orgasmo que me dejó temblando encima de él, gimiendo bajito, con la frente apoyada en su hombro.
Salió despacio, con cuidado, y su polla salió de mí todavía dura, envuelta en el preservativo abultado y pesado por su corrida. Se lo quité yo misma, con dos dedos, hice un nudo y lo tiré a la papelera. Lo dejé recostarse, agotado, con una sonrisa boba de hombre satisfecho y la verga aún medio erecta descansándole contra el vientre, brillante. Fui un momento al baño a refrescarme y a retocar el maquillaje. Cuando volví, él había pedido unas copas.
—¿Te gustó? —pregunté, tumbándome a su lado—. ¿Estuvo bien?
—Me encantó —dijo, pasándome un brazo por encima—. Hacía mucho que no disfrutaba así. Eres una caja de sorpresas. Por eso pedí que suban unas copas, para celebrarlo.
***
A los pocos minutos apareció Nadira con la bandeja. Era la mujer de más edad de la casa, la que llevaba más tiempo con Tarek, la que hasta esa noche había compartido su cama más que ninguna. Cuando entró y nos vio juntos, a él recostado y satisfecho con la polla todavía a la vista, a mí a su lado con el body abierto y las marcas de sus dedos en las caderas, su gesto se endureció. Apenas me dirigió la mirada, y la que me dirigió estaba cargada de algo que se parecía mucho a la envidia.
—Nadira, no te imaginas lo bien que folla esta —dijo Tarek, sin medir el efecto de sus palabras—. Sírvenos y cuando llegue la hora cierra abajo. Yo no bajo. Me quedo aquí con ella.
Nadira sirvió las copas en silencio. Me miró una última vez, una mirada larga y penetrante, antes de pedir permiso para retirarse. Tarek se lo concedió con un gesto perezoso de la mano. Ella salió murmurando algo que no llegué a entender, y supe que acababa de ganarme un sitio y, al mismo tiempo, una enemiga.
Tarek me tuvo con él el resto de la noche. Volvió a buscarme varias veces más, en distintas posturas, con la confianza nueva de quien ha descubierto un placer que no sabía que quería. Me folló otra vez de lado, con una pierna mía sobre su cadera, mordiéndome el cuello mientras me susurraba lo apretada que estaba. Me hizo mamársela una segunda vez hasta correrse en mi boca, y me hizo tragármelo todo delante de él, con la lengua fuera para que lo viera bien. Cada vez me deseaba con más ganas, y yo se lo daba todo, no solo por oficio, sino porque también yo lo disfrutaba, porque su polla se me había metido en el cuerpo y en la cabeza al mismo tiempo.
Entendí que esa había sido mi verdadera entrada en la casa. No las semanas de bajar a la sala cada tarde, no las copas con clientes pesados, sino esa noche. A los ojos de Tarek, yo ya era una chica más. Y si el dueño me veía así, las demás tendrían que verme igual. Todas menos Nadira, claro, que no daba su brazo a torcer aunque el resto de la casa ya me hubiera aceptado.
Con el paso de las semanas, Tarek empezó a buscarme con frecuencia, igual que buscaba a las otras. Cada noche, una chica dormía con él; a veces Nadira, a veces yo, a veces otra. Lo que al principio fue una conquista, una prueba que tenía que superar, se fue volviendo también rutina, como todo lo demás en aquella casa de luces rojas y música repetida.
Pero esa primera noche no la cambiaría por nada. Fue la noche en que dejé de ser la nueva, la rara, la que estaba a prueba. Fue la noche en que me convertí, por fin, en una más.
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