Entré al gimnasio como él y salí siendo ella
Creo que mi historia es más común de lo que parece. Muchas empezamos a escondidas, probándonos la ropa de una hermana, de una prima, de la chica que nos gustaba sin atrevernos a decirlo. Pero eso será cuento para otra noche. Hoy quiero contarles cómo dejé de fingir y volví a nacer.
Siempre fui el chico delgado, el menudito, el que en la fila de la escuela quedaba hasta adelante porque nadie era más bajo. Me decían el bonito, el de cara de muñeca. A los veinticuatro años medía un metro con sesenta y dos, pesaba apenas cincuenta y tres kilos y llevaba el pelo castaño, grueso y pesado, justo a la altura de los hombros. Yo me sentía un rebelde con eso, casi un rockero. Tenía los ojos verdes, la piel muy clara y los labios rosados que todas las chicas me envidiaban. Y, aunque me cueste decirlo, tenía un trasero redondo y respingón que llamaba la atención sin que yo hiciera nada por evitarlo.
Mis amigos se burlaban. Mis amigas, en cambio, me repetían que era guapo, pero nunca sentí por ellas lo que se supone que debía sentir. No me atraían sus cuerpos. Me atraía cómo se vestían, cómo se movían, cómo eran. Las miraba con una mezcla de deseo y envidia que entonces no sabía nombrar.
En mi grupo de aquella época había una chica que me gustaba de verdad, o eso creía yo. Se llamaba Brenda. Era casi de mi estatura, quizá un poco más alta, de pelo castaño y ojos color miel. Una tarde, empujado por las bromas de los demás, reuní valor y se lo solté.
—Brenda, tengo que confesarte algo… me gustas.
Ella me sonrió con una dulzura que dolía, me abrazó y dijo sin ningún filtro:
—Eres precioso, de verdad. Pero lo único que quiero de ti son tus nalgas.
—¿Qué? —reí, nervioso, sin saber dónde meterme.
—Son perfectas —siguió, como quien explica algo evidente—. Son el culo que toda mujer querría tener y que todo hombre querría tocar.
Me quedé sin aire. Y entonces soltó la frase que me marcó durante años.
—Un chico más bonito que cualquiera de nosotras, que pesa menos que sus amigas y que mide menos de uno sesenta y cinco… no es un chico. Es una chica. Es más: desde hoy te llamas Renata.
Mi mundo se vino abajo en una sola tarde. Me hundí como nunca. Lo peor fue que la noticia corrió, y todos empezaron a decirme Rena, Renita, o directamente Renata. Cada apodo era una risa disfrazada de cariño, y yo me iba apagando con cada una.
***
Pasaron los años. Aprendí a esconderme dentro de ropa ancha, a caminar encogido, a hablar bajo. Conseguí un trabajo tranquilo como asistente en un despacho de contadores, y me convencí de que pasar desapercibido era lo más cerca de la paz que iba a llegar.
Hasta que una tarde, volviendo de la oficina, pasé frente a un gimnasio recién inaugurado. La fachada era de cristal y, desde la calle, se veían las luces cálidas y la gente moviéndose adentro. No sé qué me empujó. Nunca en mi vida había entrado a un lugar así. Pero ese día empujé la puerta.
Apenas crucé el umbral, se acercó un hombre altísimo, de casi uno noventa, con un cuerpo de atleta y una sonrisa que desarmaba. Se presentó con voz firme y amable a la vez.
—Hola, bienvenida al gimnasio. Soy Marco, instructor. ¿Es tu primera vez?
Bienvenida. Lo dijo sin pensarlo, como un reflejo, y algo dentro de mí se encendió en lugar de ofenderse.
—Sí —respondí, titubeando—. Quería saber precios y cómo funciona todo.
—Con gusto. Tenemos mensualidades, clases personalizadas, área de cardio, pesas, spinning… ¿Quieres probar hoy mismo?
Lo miré con una ansiedad que no entendía del todo.
—Sí. Quiero empezar ya. Pero no traigo ropa.
—Ningún problema. Tenemos una tienda aquí mismo, te acompaño.
***
Me llevó a un pequeño local dentro del gimnasio. Detrás del mostrador había una chica con un cuerpo de revista, el pelo recogido en una coleta alta y una sonrisa que iluminaba el lugar entero.
—Daniela, te presento a Renato —dijo Marco—. Quiere inscribirse hoy, pero necesita algo de ropa.
—Encantada —respondió ella, con una energía contagiosa—. Vamos a buscarte algo cómodo, que te quede como un guante.
Empezó a pasarme conjuntos deportivos de hombre, pero todo me nadaba. Las playeras me colgaban de los hombros, los shorts parecían faldas. Daniela frunció el ceño, me miró de arriba abajo y chasqueó la lengua.
—Mmm… así no vamos a llegar a ningún lado. A ver… ¿te animas con estos? —sacó unos leggins negros, ajustados, de tela suave—. Son de mujer, pero muchos chicos los usan para entrenar. Aquí nadie juzga a nadie.
—¿De mujer? —dije, incómodo, sintiendo el calor subirme a la cara—. No sé…
—Créeme, te van a sentar mejor que cualquier otra cosa. Mira, pruébatelos. Si no te convencen, seguimos buscando.
Entré al probador y me los puse. La tela se ajustó a mis piernas como una segunda piel, y al subirlos sentí cómo se ceñía a cada curva, marcando el trasero que llevaba toda la vida escondiendo. Me vi en el espejo y, por primera vez en años, no me dieron ganas de apartar la mirada. Estaba descubierto, expuesto… y, sin embargo, una corriente extraña me recorrió la espalda. No era vergüenza. Era otra cosa, algo que ardía despacio.
Salí del probador casi sin respirar. Daniela me miró y abrió mucho los ojos.
—Te ves increíble —dijo, sin disimular—. Te marcan todo, en serio. ¿Te sientes cómoda?
La forma en que lo dijo me detuvo el corazón un segundo. ¿Cómoda? Otra vez esa palabra, en femenino, cayendo sobre mí como agua tibia.
—Sí… —murmuré—. Creo que sí.
—Perfecto. Te armo cinco juegos con este mismo corte, ya vi que te encantaron —dijo, y me guiñó un ojo.
Después vino el tema de los tenis.
—¿Qué número calzas?
—Cinco —contesté.
—Uy, en ese número sólo tengo modelos de mujer. Pero tranquilo, te busco los menos llamativos.
Volvió con cinco cajas. Los primeros eran demasiado coloridos, casi fluorescentes.
—Esos no —dije, riéndome a mi pesar—. Parezco una muñeca de aparador.
—Ja, está bien. ¿Y estos con franjas moradas?
—Tampoco.
—¿Y estos con detalles rojos? Son bastante neutros.
—Esos sí. Esos están bien.
Me los puse y me quedaron como hechos a mi medida. Daniela aplaudió bajito, encantada con su obra.
***
Vestido de pies a cabeza con todo el conjunto nuevo, caminé hasta el área de aparatos. Marco me esperaba con los brazos cruzados y esa media sonrisa que ya empezaba a reconocer.
—Perfecta —dijo al verme—. Vamos a empezar. Sube a la caminadora.
La programó y la máquina arrancó suave. A cada paso sentía cómo los leggins se ajustaban más, cómo el trasero rebotaba a un ritmo que no podía controlar. Marco me miró de reojo y no apartó la vista enseguida.
—Así, muy bien —dijo, con la voz un poco más grave—. Ese cuerpo merece que lo cuides.
Subió la velocidad. Mi pelo volaba con cada zancada, pegándoseme a la cara sudada. Entonces apareció Daniela con una liga en la mano.
—Para que no te moleste el cabello —dijo, y antes de que pudiera responder ya me había recogido el pelo en una coleta alta, rozándome la nuca con los dedos.
—Gracias —dije, con un hilo de voz.
—Te queda genial así —sonrió, y se quedó un instante de más mirándome el cuello despejado.
Cuando bajé de la caminadora, las piernas me temblaban, y no sólo por el esfuerzo. Marco volvió a acercarse.
—¿Qué te gustaría trabajar primero?
—Masa muscular —respondí, intentando sonar decidido—. Quiero verme más grande, más… hombre.
Lo dije y, en cuanto las palabras salieron, sonaron falsas hasta para mí. Marco arqueó una ceja, como si supiera algo que yo todavía me negaba a saber.
—Vamos a empezar por la parte de arriba —dijo, sin discutir—. Sígueme.
Me llevó frente a una pared de espejos y me puso unas mancuernas en las manos.
—Tres series de quince. Tú puedes.
No podía. El peso me vencía los brazos a la tercera repetición, la espalda se me arqueaba, los hombros me ardían. Estaba a punto de rendirme cuando escuché una voz suave detrás de mí.
—No, reina, así no. Estás forzando todo el cuerpo y ese peso no es para ti.
Me volteé. Era un chico enorme, de espaldas anchas y sonrisa tranquila, con una calma que parecía contagiarse al aire. Tenía algo dulce en la mirada, algo que no juzgaba.
—Toma esta —dijo, ofreciéndome una mancuerna mucho más liviana—. Haz tres series de veinte, despacio. Yo te acompaño, ¿va?
—¿Reina…? —pregunté, entre sorprendido y desarmado.
—Claro —respondió, como si fuera lo más natural del mundo—. Te ves preciosa con esos leggins, por cierto. Me llamo Iván.
Tomó una mancuerna enorme sin el menor esfuerzo y empezó a contarme las repeticiones con paciencia, corrigiéndome la postura con un roce apenas en el codo, en la cintura. Cada vez que me tocaba, una descarga tibia me bajaba por la columna. Yo asentía sin saber qué decir, mirándome en el espejo: el pelo recogido, los pómulos encendidos, el cuerpo marcado por la ropa, el nombre de chica que llevaba pegado desde la adolescencia y que aquí, por fin, no sonaba como una burla.
Por primera vez en años, en ese reflejo no vi al niño bonito del que todos se reían. Vi a alguien que empezaba a existir. Y, lo confieso, me gustó lo que vi.
—Lo haces muy bien, Renata —dijo Iván, sin que yo le hubiera dicho jamás ese nombre.
No corregí. No quise. Dejé que me llamara así, dejé que la palabra me envolviera como los leggins envolvían mi cuerpo, y sentí que algo en mi pecho se soltaba después de años de estar apretado.
Ese fue mi primer día. El día en que crucé una puerta de cristal siendo él y, sin darme cuenta, empecé a salir siendo ella.





