Mi vecino me pidió que fuera ella esa noche
Los días que siguieron a aquella noche en la calle fueron un desastre silencioso para Adrián. Intentó refugiarse en la rutina de siempre: la oficina, las compras, fregar los platos, ordenar un piso que ya estaba ordenado. Cualquier cosa con tal de no pensar en lo que había sentido al caminar por la acera con tacones, con el vestido ciñéndole las caderas, con la peluca rozándole los hombros.
Pero no era el miedo lo que se le quedaba pegado a la piel. Era la otra cosa. Esa descarga eléctrica que le subió por la espalda en el instante exacto en que comprendió que alguien lo había visto. Y no cualquiera. Mateo. El vecino del cuarto B, el que sonreía en el ascensor y olía a cedro.
Durante días le dio vueltas hasta marearse. Lo conocía de cruzarse en el portal, de prestarse el destornillador, de hablar del tiempo y poco más. Recordar sus ojos clavados en ella, aunque fuera por un segundo bajo la luz amarilla de la farola, le erizaba el cuerpo entero.
Era jueves por la tarde cuando llamaron a la puerta.
Adrián se quedó congelado en mitad del salón, con el corazón dando un vuelco. No esperaba a nadie, no había pedido nada. Se acercó despacio y miró por la mirilla. El estómago se le hizo un nudo. Era Mateo.
Le temblaban las manos cuando giró el picaporte. Forzó una sonrisa que le salió torcida.
—Hola, Mateo. Eh… ¿pasa algo?
Mateo se apoyó en el marco con una naturalidad que ocupaba todo el hueco de la puerta. Llevaba una camiseta blanca lisa y vaqueros gastados, nada especial, y aun así había algo en su forma de estar quieto que pesaba en el aire. Sus ojos oscuros lo recorrieron con una intensidad que dejó a Adrián desnudo sin haberle quitado nada.
—Tenemos que hablar —dijo, con la voz suave pero firme.
A Adrián se le secó la boca.
—¿De qué?
Mateo entró sin esperar que lo invitaran y cerró la puerta tras de sí. Paseó la mirada por el apartamento, deteniéndose un segundo de más en el perchero del recibidor, donde colgaba una gabardina que no era de hombre. Lo sabe. Claro que lo sabe. Te vio.
—Te vi la otra noche —soltó por fin, volviéndose hacia él.
Su cara era imposible de leer, pero había un brillo en sus ojos que le subió el calor a las mejillas. Adrián tragó saliva y bajó la vista a sus propios pies descalzos.
—Yo… no sé de qué me hablas.
Mateo dio un paso. Bajó la voz hasta volverla casi un secreto.
—No te hagas el tonto. Te vi en la calle. Arreglada. —Hizo una pausa, y la mirada le bajó lenta por el cuerpo, como si lo midiera de nuevo con la ropa que llevaba en la cabeza—. Estabas preciosa. Se me puso dura ahí mismo, en la acera, viéndote andar con esos tacones.
Adrián se quedó sin aire. No podía estar oyendo eso. Quería correr, esconderse, cerrar una puerta entre los dos. Pero algo en la forma en que Mateo lo miraba lo mantuvo clavado al suelo.
—¿Por qué lo haces? —preguntó Mateo en voz baja, ladeando la cabeza.
Adrián dudó, con la mente acelerada. Nunca se lo había contado a nadie. Ni a sus amigos de toda la vida, ni a la familia, ni a ninguna de las dos mujeres con las que había salido y a las que había dejado antes de que se acercaran demasiado. Pero había algo en el tono de Mateo, una curiosidad sin asco ni juicio, que le aflojaba el candado del pecho.
—Siempre me gustó —admitió, con la voz apenas por encima de un susurro—. Desde muy crío. Cómo se siente la tela, cómo me miro al espejo cuando soy ella. Cómo me hace sentir… —La frase se le apagó. No tenía palabras para algo que llevaba toda la vida guardado.
Mateo asintió despacio, como si lo entendiera de verdad.
—¿Y la otra noche? ¿Por qué saliste así, a la calle?
Las mejillas de Adrián ardieron todavía más.
—No lo sé. Supongo que quería sentir cómo era. Que alguien me viera.
Una sonrisa cómplice tiró de los labios de Mateo.
—¿Y cómo fue?
Adrián lo miró, sorprendido de que preguntara eso y no otra cosa.
—Aterrador —dijo—. Y lo mejor que he sentido en años.
***
Mateo acortó la distancia entre los dos. Adrián sintió el calor que despedía su cuerpo, lo cerca que estaba, y las rodillas le flaquearon de un modo nuevo.
—¿Y si te dijera que ya no hace falta que te escondas? —murmuró Mateo, tan bajo que casi sonó a gruñido—. ¿Y si te dijera que puedo ayudarte a vivir esto entero, no a escondidas en mitad de la noche?
El corazón de Adrián golpeaba con tanta fuerza que estaba seguro de que el otro lo oía.
—¿Qué… qué quieres decir?
Mateo levantó la mano y le apartó con suavidad un mechón de la frente. El roce de sus dedos fue tierno, casi cuidadoso, y aun así le mandó una corriente por todo el cuerpo.
—Que podría darte todo lo que llevas años imaginando a solas. Que llevo semanas pajeándome pensando en cómo sería follarte siendo ella.
Adrián contuvo la respiración. Aquello no podía ser real. Pero la forma hambrienta en que Mateo lo miraba era demasiado concreta para ser un sueño. Y el bulto que le marcaba los vaqueros tampoco dejaba lugar a duda.
—¿Confías en mí? —preguntó él, deslizando la mano hasta apoyarla en su hombro.
Adrián dudó solo un instante.
—Sí.
La mano de Mateo se quedó ahí, agarrándolo con firmeza y al mismo tiempo dándole seguridad.
—Quiero que vengas el sábado a mi casa. A cenar.
Adrián parpadeó, perdido.
—¿A cenar?
—Sí. Pero no a una cena cualquiera. —Una sonrisa lenta y deliberada se le extendió por la cara—. Quiero que vengas siendo ella. La versión de ti que amas. Ponte lo que te hace sentir viva, lo que llevabas esa noche. Maquíllate, péinate. Sé Vera.
El nombre, dicho por otra boca, le golpeó en el centro del pecho. Vera. La había bautizado a solas, frente al espejo, y nunca la había nombrado en voz alta delante de nadie.
—¿Quieres que… me vista? —preguntó, con la voz temblona, mezcla de pánico y deseo.
—Quiero verte entera —respondió Mateo sin dudar. Su mano resbaló del hombro al brazo y lo apretó con cariño—. Sin fingir, sin esconderte. Solo a ti. Y quiero que lo hagas por mí. Después voy a comerte la boca y todo lo demás.
Había algo en cómo lo dijo que le revolvió el estómago y le aceleró la sangre. No era una orden ni una broma. Era una puerta abriéndose justo donde Adrián llevaba toda la vida apoyado de espaldas.
—Lo haré —dijo, antes de poder arrepentirse.
La sonrisa de Mateo se ensanchó.
—Bien. Te estaré esperando. Con la polla dura desde que abras la puerta.
***
El sábado llegó demasiado lento y demasiado rápido a la vez. Adrián pasó la tarde frente al espejo del baño, con las manos temblando sobre el lápiz de ojos. Se depiló las piernas con un cuidado casi ceremonial, se puso las medias deslizándolas despacio, se ajustó el vestido negro que tan bien le marcaba la cintura. Debajo, unas bragas de encaje negro que le apretaban la polla contra el vientre y le hacían sentir el roce a cada paso. La peluca, castaña y lisa, lo transformó del todo. Cuando se irguió y se miró, ya no era Adrián el que respiraba en el cristal. Era Vera. Y por primera vez no tenía que apagar la luz y guardarla en un cajón.
Cruzó el rellano con el corazón en la garganta, rezando para no cruzarse con nadie. Tres pasos. La puerta del cuarto B. Llamó.
Mateo abrió, y por un instante se quedó sin palabras. La recorrió de los tacones a la boca pintada, despacio, sin disimular. Ella le bajó la vista hasta la entrepierna y vio el bulto marcado bajo el pantalón, ya duro, honesto.
—Estás increíble —dijo al fin, y la voz le salió ronca—. Joder, Vera. Se me está poniendo dura solo de mirarte.
La hizo pasar. La mesa estaba puesta, dos copas, una vela. Pero ninguno de los dos miró la comida. En cuanto la puerta se cerró, Mateo le tomó la mano y se la llevó a los labios, besándole los nudillos como se besa a alguien a quien se ha esperado mucho tiempo.
—¿Sabes cuánto hace que te miro en el ascensor? —murmuró contra su piel.
Vera negó, sin confiar en su propia voz.
—Demasiado. Y la otra noche, cuando te vi así, entendí por qué no podía dejar de mirarte. Y por qué me la pelo pensando en tu boca.
La atrajo despacio, dándole tiempo a frenar si quería. No quiso. Cuando sus bocas se encontraron, Vera sintió que el suelo se inclinaba bajo los tacones. El beso empezó suave, tanteando, y se volvió hondo en cuanto ella separó los labios. La lengua de Mateo entró caliente, exigente, buscándole el paladar, mientras una mano le agarraba la nuca por debajo de la peluca y la otra le apretaba la cadera contra la suya. Vera sintió la polla dura de él clavársele en el vientre a través de la tela, y un temblor le bajó desde la nuca hasta el coxis. Se le escapó un gemido dentro de la boca del otro.
Las manos de Mateo le subieron por la espalda, encontraron la cremallera del vestido y se detuvieron ahí, esperando.
—¿Sí? —preguntó él, con la frente apoyada en la suya.
—Sí —respondió Vera, y esta vez la palabra le salió firme.
El vestido cayó al suelo del recibidor con un susurro. Vera se quedó en medias, tacones y encaje negro, y el aire de la casa se le pegó a la piel de gallina. Mateo la miró como nadie la había mirado nunca, sin prisa, con una mezcla de deseo y respeto que le hizo un nudo en la garganta. Le pasó dos dedos por el borde de las bragas y palpó el bulto que crecía dentro.
—Mírate —susurró—. Estás empalmada por mí y ni te has dado cuenta.
Vera se mordió el labio pintado. Mateo se arrodilló sin dejar de mirarla y le besó por encima del encaje, la boca caliente contra la tela, hasta que la mancha de saliva le dibujó la forma de la polla debajo. Después le bajó las bragas hasta las rodillas, con un cuidado casi reverente, y le liberó la polla, que rebotó contra su vientre, dura, brillante en la punta.
—Preciosa —dijo, y no era una broma.
Se la tomó con la mano derecha, apretando en la base, y le pasó la lengua ancha y plana desde los huevos hasta el glande, lento, sin dejar de mirarla desde abajo. Vera dejó escapar un gemido agudo que no reconoció como suyo. Mateo cerró los labios alrededor de la punta, chupó despacio y bajó la boca hasta la mitad, ahuecando las mejillas. La chupada era honda, húmeda, sonora. La sacaba con un pop y volvía a metérsela hasta el fondo, la lengua enroscándose en la base del glande a cada vuelta.
—Joder, Mateo… —jadeó ella, agarrándose a la peluca para no perder el equilibrio.
—Eso es —murmuró él, con la voz enronquecida y un hilo de saliva colgándole del mentón—. Déjame oírte.
La condujo al sofá sin sacarle la polla de la boca más que unos segundos, y la sentó sobre el borde. Le abrió las piernas, le levantó una hasta apoyársela sobre el hombro y volvió a hundir la cara entre sus muslos. Le lamió los huevos uno a uno, se los metió en la boca de a poco, mientras la mano libre le acariciaba las nalgas por debajo. Después subió la lengua por el tronco y le engulló la polla entera, hasta la garganta, sin toser. Vera arqueó la espalda contra el respaldo y se le escapó un grito. Sentía cada vena marcada contra el paladar de Mateo, cada tirón de succión bajándole hasta las plantas de los pies.
—No pares —suplicó, con la voz rota—. Por favor, no pares.
Mateo la mamó así un rato largo, marcando ritmo con la mano en la base y con la boca alrededor, sin dejar de mirarla. Cuando Vera empezó a temblar de las piernas y a apretarle el hombro con el tacón, él se retiró despacio, con un beso húmedo en la punta.
—Todavía no —le dijo—. Quiero acabar dentro de ti.
Vera gimió solo de oírlo. Mateo se puso de pie, se sacó la camiseta de un tirón y se bajó los vaqueros y el bóxer a la vez. La polla le saltó dura y gruesa, con la vena hinchada y la punta ya mojada. A Vera se le hizo la boca agua.
—Ven —susurró, y se dejó caer de rodillas en la alfombra frente a él.
Le agarró la polla con las dos manos, sin dejar de mirarlo desde abajo, y le pasó la lengua por toda la longitud. Después se la metió en la boca, despacio, dejando que se le abriera la garganta a su ritmo. Mateo dejó escapar un gruñido hondo y le puso una mano en la nuca, sin apretar, solo guiando. Vera lo chupó con hambre de años, con las mejillas hundidas, subiendo y bajando, cerrando los labios pintados en la base. Se le corría el carmín rojo por toda la polla, y verlo así de manchado le puso todavía más.
—Joder, Vera, mírate —jadeó él, echando la cabeza para atrás—. Chupas como una diosa.
Ella se la sacó de la boca con un chasquido y le lamió los huevos, uno tras otro, mientras se la seguía pajeando con la mano. Mateo aguantó lo que pudo. Cuando notó que se le tensaban las piernas, la levantó del pelo con suavidad y le dio la vuelta contra el sofá, empujándole el pecho hasta que se apoyó de rodillas en el asiento, con el culo levantado y la cara girada hacia él.
—Así —murmuró, pasándole las manos por las nalgas—. Déjame verte entera.
Le abrió las nalgas y se agachó a lamerla también ahí, la lengua ancha girando alrededor del ojete, mojándolo, forzándolo un poco. Vera enterró la cara en el cojín y gritó contra la tela. Nunca nadie le había hecho eso. Mateo insistió con la lengua un buen rato, entrando y saliendo, ensuciando todo de saliva, hasta que empezó a meterle un dedo, despacio, luego dos, buscándole el punto por dentro.
—Voy a follarte hasta que te corras sin tocarte —le prometió al oído, tumbándose sobre su espalda.
Alcanzó un botecito del respaldo del sofá, se echó lubricante en la mano y le embadurnó bien el culo y la polla. Después se colocó y empujó la punta contra el anillo. Vera respiró hondo. Mateo entró de a poco, milímetro a milímetro, dándole tiempo. El estiramiento le arrancó un gemido largo, mezcla de queja y placer. Cuando estuvo dentro entero, se quedó quieto, respirando en su nuca.
—¿Estás bien? —susurró.
—Muévete —pidió ella—. Por favor, muévete.
Y se movió. Al principio despacio, saliendo casi entera y volviendo a hundirse hasta el fondo, con embestidas hondas que le hacían crujir el sofá. Después más rápido, agarrándola de la cintura, marcándole el ritmo con las caderas. La piel de él chocaba contra las nalgas de ella con un sonido húmedo y seco a la vez que llenó el salón. La peluca se le movió y se le quedó torcida y a ninguno le importó. Vera empujaba el culo contra él, buscando más, gimiendo cada vez más alto, sin acordarse de las paredes ni de los vecinos.
—Así, así, joder —jadeaba Mateo—. Aprieta esa polla. Toda para ti.
—Más fuerte —suplicó ella, con la mejilla contra el cojín, el carmín corrido—. Fóllame más fuerte.
Mateo la agarró del pelo por encima de la peluca y tiró un poco, sin hacerle daño, obligándola a arquear el cuello. Le clavaba la polla hasta el fondo con cada envión, y a Vera le rebotaba la suya contra el vientre a cada golpe. Sintió cómo se le iba juntando el clímax en la base de la columna, subiendo despacio, como una ola. Metió una mano por debajo para pajearse, pero Mateo se la retiró.
—No —le gruñó—. Sin tocarte. Prometido.
Cambiaron de postura. Mateo la puso de espaldas sobre el sofá, le levantó las piernas hasta los hombros —las medias brillando bajo la luz de la lámpara— y volvió a entrar. Ahora podía mirarla a la cara mientras la partía en dos. Y la miraba. No dejaba de mirarla, ni cuando ella cerraba los ojos, ni cuando gemía con la boca abierta, ni cuando se le escapaban lágrimas de puro placer por las sienes. Le tomó las manos y se las sujetó por encima de la cabeza mientras le clavaba la polla una y otra vez, con un ritmo que le sacudía las tetas falsas de encaje y las de verdad debajo.
—Mírame —le ordenó—. Mírame mientras te corres.
Vera abrió los ojos y encontró los suyos. Y ahí, sin una sola mano en la polla, con Mateo hundiéndosele hasta las pelotas y golpeándole ese punto por dentro con cada embestida, empezó a correrse. Fue una corrida larga, de las que salen del centro del cuerpo y no del glande. Los chorros de semen le saltaron sobre el vientre, hasta el pecho, mientras se le apretaba el culo alrededor de la polla de él en espasmos. Gritó su nombre, sin cuidado.
Mateo aguantó dos embestidas más y se dejó ir. Se hundió entero, se quedó agarrado a sus caderas y gimió contra su cuello mientras le llenaba el culo de corrida caliente, chorro tras chorro. Vera lo sintió palpitar dentro, cada latido, y se estremeció otra vez.
Se quedaron así un rato, encajados, respirando fuerte, con las frentes pegadas. Mateo salió despacio, con un beso en la comisura de los labios, y ella sintió el reguero tibio bajarle por dentro del muslo.
Cuando por fin se derrumbaron juntos sobre el sofá, sudados y sin aliento, Mateo la abrazó por detrás y le apartó el pelo de la nuca con los labios. Le pasó la mano por el vientre manchado, sin asco, y se la llevó a la boca para lamerse los dedos.
—Sabes bien —susurró contra su oreja—. No vuelvas a guardarla en un cajón.
Vera cerró los ojos. Por primera vez en su vida, no tenía intención de hacerlo.
Afuera, el rellano seguía vacío y silencioso, igual que siempre. Pero algo había cambiado del todo en el lado de acá de la puerta. Ya no había una mujer escondida entre las sombras de un piso a oscuras, esperando a que se hiciera de noche para existir un rato. Había alguien mirándola a la cara, a plena luz, sin pedirle que volviera a desaparecer.
Y eso, descubrió Vera, era lo único que siempre había deseado.





