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Relatos Ardientes

La sacerdotisa trans que me esperaba en la selva

A los veintisiete años seguía sin saber qué era yo. Acababa de terminar la carrera de topografía y vivía sola en un piso pequeño de Valencia, rodeada de mapas a medio dibujar y de un deseo que no cabía en ninguna leyenda cartográfica. De día medía distancias entre puntos; de noche medía la distancia entre lo que mostraba al mundo y lo que de verdad latía debajo de mi piel.

Me miraba en el espejo del baño y no me reconocía del todo. Tenía un cuerpo menudo, casi frágil, y una voz que sonaba más segura de lo que me sentía. No soy suficiente de nada, pensaba. Ni del todo una cosa, ni del todo la otra. Esa frase me había acompañado desde la adolescencia, como una marca de agua imposible de borrar.

Lo que nadie sabía era el nombre que le había puesto a mi otra mitad: Atlas. Así llamaba a la parte de mí que no se conformaba con un solo cuerpo, la que quería empujar y ser empujada a la vez, dar y recibir en el mismo instante. Atlas no era un hombre ni una mujer. Era el deseo de ser ambos.

***

Cada noche cumplía el mismo rito. Apagaba la luz, me tumbaba boca arriba y sacaba del cajón un consolador de silicona grueso, recorrido por venas que parecían reales. Lo había bautizado con el mismo nombre que mi otra mitad, porque cuando lo usaba sentía que por fin las dos partes se tocaban.

—Atlas —susurraba, deslizándolo despacio entre mis labios, imaginando que era yo quien penetraba y yo quien era penetrada al mismo tiempo.

Lo bajaba luego entre mis piernas. El primer empujón siempre dolía un poco, un escozor que se transformaba en calor, y cuando entraba del todo me arqueaba contra la sábana. No pensaba en un amante concreto. Pensaba en una versión de mí que tuviera todo: pecho y polla, dentro y fuera, hambre y poder. Esa fantasía me hacía temblar más que ninguna otra.

—Quiero ser las dos cosas —decía en voz baja, a nadie—. Quiero dejar de elegir.

Había noches en que me quedaba quieta mucho rato, con Atlas todavía dentro, escuchando los coches pasar por la calle. Imaginaba que alguien me veía tal como era de verdad y, en lugar de huir, se quedaba. Esa idea me consolaba y me dolía a partes iguales, porque sabía que en Valencia, entre mis mapas y mis silencios, esa persona no iba a llegar nunca.

Terminaba con la respiración entrecortada y los ojos húmedos, no de tristeza sino de una rabia tierna, la rabia de quien sabe lo que quiere y no encuentra dónde buscarlo.

***

El correo llegó un martes cualquiera y partió mi vida en dos. Una empresa llamada TerraViva ofrecía sesenta mil euros, gastos incluidos, por levantar el mapa de un sector inexplorado de selva tropical. «Buscamos a alguien sin miedo al terreno virgen —decía el mensaje—. Salida inmediata. Tres meses de aislamiento.»

Mi cuerpo respondió antes que mi cabeza: un latido bajo, una contracción que me sorprendió en mitad del salón. Era como si la selva, a miles de kilómetros, ya me estuviera llamando por mi nombre verdadero, ese que todavía no me atrevía a pronunciar.

Fui a la entrevista con Atlas escondido dentro de mí, sujeto por una ropa interior ajustada que presionaba justo donde no debía y me obligaba a caminar con la espalda muy recta. Era mi secreto y mi armadura. Con él puesto me sentía capaz de cualquier cosa.

Quien me recibió fue Adrián, treinta y ocho años, piel curtida por el sol y unos ojos grises que parecían leer el subsuelo de las personas. Me hizo preguntas técnicas sobre cotas y desniveles, pero yo apenas oía las palabras: oía el grave de su voz vibrándome por dentro.

—La selva no perdona a los que no saben quiénes son —dijo al final, mirándome fijo—. ¿Tú lo sabes?

—Lo estoy averiguando —contesté.

Sonrió, y esa sonrisa fue un permiso. Firmé el contrato esa misma tarde.

***

El viaje fue largo y se deshizo en etapas. Un avión, después una furgoneta destartalada conducida por un hombre callado llamado Tobías, después una canoa con motor por un caño estrecho de agua color té. La selva se cerró sobre mí como una boca tibia. El aire olía a barro, a flores podridas y a algo dulce que no supe nombrar.

Con cada bache de la furgoneta, con cada vaivén de la canoa, Atlas se movía dentro de mí y yo apretaba los dientes para no gemir delante de Tobías. La selva entera parecía vibrar a mi ritmo. Por primera vez en años no me sentía de menos. Me sentía, simplemente, en camino.

A medida que nos internábamos, el mundo conocido se borraba. No había cobertura, ni postes, ni nada que yo supiera medir con mis instrumentos. Solo agua, hojas enormes y el zumbido constante de los insectos. Por extraño que parezca, cuanto más me perdía, más me encontraba. Era como si cada kilómetro me quitara una capa de la persona que había fingido ser en la ciudad.

—¿Falta mucho? —pregunté.

—Lo que tenga que faltar —respondió Tobías, y no dijo nada más en horas.

***

La aldea apareció de golpe, en un claro rodeado de árboles tan altos que el cielo era apenas una rendija. La gente que vivía allí no se parecía a nadie que hubiera conocido. Llevaban el cuerpo pintado con arcilla rojiza, vestían poco y se movían con una libertad que me dejó sin aire. No había vergüenza en ellos. Solo había presencia.

Me asignaron una cabaña de madera con una cama y una cerradura por dentro. Tobías dejó mis cosas, me miró un segundo de más y se marchó.

—Tres meses —dijo antes de irse—. Mapea lo que veas. Todo lo que veas.

Esa noche no pude dormir. Los tambores empezaron tarde, primero lejanos y luego cada vez más cerca, hasta que sentí el suelo de la cabaña latir bajo mis pies descalzos. Salí.

***

Junto a la hoguera más grande estaba ella. Alta, de hombros anchos y caderas marcadas, la piel oscura brillando de sudor y aceite. Tenía el cuerpo de alguien que había decidido ser exactamente quien quería ser, sin pedirle permiso a nadie. Llevaba el pecho descubierto y, más abajo, una verdad que ninguna falda de hojas intentaba esconder. Era mujer y era algo más. Era, comprendí con un vuelco en el estómago, todo lo que yo había soñado ser frente al espejo.

—Me llaman Maira —dijo, y su voz era grave y suave a la vez, las dos cosas en una—. Llevas dentro algo que no dejas salir. Lo huelo desde que llegaste.

No supe qué responder. Me ardía la cara.

—Aquí no obligamos a nadie —siguió, acercándose despacio—. Pero si quieres saber quién eres, esta noche es el momento. ¿Quieres?

Pensé en todos los años de espejo, en Atlas escondido, en la frase que me perseguía. Pensé en lo cansada que estaba de elegir.

—Quiero —dije.

***

Maira me tomó de la mano y me llevó al centro del círculo. La gente cantaba bajo, un murmullo que parecía salir de la tierra misma. Me ayudó a quitarme la ropa con una delicadeza que no esperaba, y cuando descubrió a Atlas dentro de mí no se rió ni se sorprendió. Asintió, como quien reconoce a un viejo conocido.

—Así que ya lo sabías —dijo—. Ya sabías que eres dos.

Me hizo arrodillar frente a ella. Lo que vino después fue lento, sin prisa, nada que ver con la urgencia de mis noches solitarias. Me enseñó a usar la boca despacio, a tomarme mi tiempo, a sentir cómo su placer se volvía el mío. Yo cerraba los ojos y por primera vez la fantasía y la piel eran la misma cosa. La saboreé como quien por fin bebe después de una sed de años.

—Eso es —murmuró ella, sus dedos enredados en mi pelo—. No eres poca cosa. Eres la que da y la que recibe.

Luego me tumbó sobre una manta áspera y me hizo sentir las dos mitades a la vez. Mientras Atlas seguía dentro de mí, su cuerpo se movía contra el mío en otra dirección, y yo no sabía dónde terminaba una sensación y empezaba la siguiente. Era dar y recibir en el mismo segundo, lo imposible hecho carne. Gemí sin contenerme por primera vez en mi vida, y nadie en aquel círculo me juzgó.

—Soy las dos —dije, y ya no era una súplica al techo de un baño. Era una verdad dicha en voz alta, frente a testigos.

El placer me recorrió de la nuca a los talones, largo y limpio, sin la culpa de siempre. Sentí cómo algo se soltaba dentro de mí, un nudo viejo, y por una vez no quedó nada que esconder.

***

Después nos quedamos tumbadas mirando el humo subir hacia la rendija de cielo. Maira me acariciaba el pelo y yo lloraba sin saber muy bien por qué, con una calma que nunca había conocido.

—Cuando llegué aquí —me contó— yo también vivía partida en dos. Allá afuera me obligaban a elegir un nombre, una casilla, un baño. Aquí aprendí que la selva no pregunta qué eres. Solo pregunta si estás viva.

—¿Y cómo se sabe? —pregunté.

—Lo acabas de saber —dijo, y me besó la frente.

Los demás se acercaron a despedirse con las manos tibias y los ojos tranquilos. No me trataban como a la rara que venía de la ciudad. Me trataban como a una más, como a alguien que por fin había soltado el equipaje que cargaba desde niña.

***

Amanecí con la luz verde filtrándose entre las hojas y con Atlas todavía dentro de mí, pero distinto ahora, ya no un secreto sino una compañía. Saqué el equipo, calibré el aparato y empecé a trazar las primeras líneas del mapa que había venido a hacer.

Solo que ya no era el único mapa que me importaba. Mientras anotaba cotas y distancias, entendí que la verdadera cartografía de aquel viaje era otra: la del territorio que llevaba dentro y que durante veintisiete años no me había atrevido a explorar.

Maira pasó junto a mi cabaña a media mañana, con una cesta de fruta al hombro. Se detuvo, me miró y sonrió.

—Esta noche hay otra hoguera —dijo—. Si quieres seguir aprendiendo quién eres.

Sentí el latido bajo, el de siempre, pero esta vez sin miedo. Asentí. Tres meses por delante, una selva entera por mapear y, por primera vez en mi vida, un cuerpo en el que por fin cabía completa.

—Quiero —dije, y volví a mis líneas con una sonrisa que no se me borró en todo el día.

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Comentarios(6)

NicoVega_87

que buen relato, me dejo pensando un rato largo

lalectora_tucuman

Me encanto como esta contado, hay algo muy honesto que lo hace diferente a los demas. Gracias por compartirlo!

GaboAres22

increible!!! mas relatos asi por favor

Peregrino_Sur

Raro que una historia de esta categoria me llegue tan adentro, pero paso. Bien escrita y con algo de verdad.

Caro_Lect22

Se me hizo corto, quede con ganas de saber como termina. Segunda parte???

MatiCdba

buenisimo, de lo mejor que lei ultimamente en esta pagina

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