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Relatos Ardientes

La invitación al club que cambió mis noches

La primera vez que lo vi fui a la cita vestida de chico, todavía sin animarme a mostrarme como soy de verdad. Era un hombre de mediana edad, alto, de manos grandes y una voz tranquila que no necesitaba subir el tono para que uno le prestara atención. Lo llamaré Rolando, porque su nombre real no importa y porque él mismo me pidió discreción desde el primer minuto.

Nos sentamos en una mesa apartada de una cafetería ruidosa. Pidió un café que ni tocó. Me miraba como quien evalúa, no con grosería, más bien como si estuviera midiendo si yo encajaba en algo que aún no me había explicado.

—Tengo una propuesta —dijo al fin—. Manejo un club privado. Reuniones los viernes y los sábados por la noche. Hombres con dinero, discretos, que buscan compañía de mujeres trans. Atención de verdad, no cualquier cosa.

Sentí que el calor me subía al cuello. No por vergüenza, sino por algo más difícil de nombrar. Una mezcla de curiosidad y de un cosquilleo que conocía bien, ese que me humedecía la punta de la polla dentro del calzoncillo apretado bajo la ropa de chico.

—Si te interesa —siguió—, te explico las condiciones, las reglas, cómo se trabaja adentro. Pero la decisión es tuya. Yo no convenzo a nadie.

—Lo voy a pensar —respondí, y noté que mi voz salía más firme de lo que esperaba.

Me dejó su contacto y me dijo que, si me decidía, lo buscara yo. Que él no iba a insistir. Esa actitud, esa calma de hombre que sabe lo que ofrece, me dejó inquieta durante días.

***

Pensé en la propuesta más de lo que me gustaría admitir. La pensé en la cama, antes de dormir, con la mano metida entre las piernas y los dedos resbalándose entre las nalgas mientras me imaginaba pollas ajenas hundiéndose en mi culo. La pensé bajo la ducha, con el agua caliente cayéndome por la espalda y mi mano cerrada alrededor de mi verguita, corriéndome contra los azulejos. La pensé mientras me maquillaba para salir y me miraba en el espejo preguntándome qué se sentiría hacer de eso una rutina, un mundo entero de hombres pagando por follarme.

No era solo el dinero, aunque mentiría si dijera que no contaba. Era la idea de un lugar hecho para mujeres como yo, donde lo que tantas veces tuve que esconder se convertía en lo más valioso. Donde un hombre pagaba por mirarme, por desearme, por metérmela hasta el fondo y correrse dentro de mí tratándome como la mujer que soy. Esa fantasía me perseguía y no me dejaba en paz.

Hablé sola frente al espejo más de una vez. Me imaginaba entrando a un salón lleno de hombres que se daban vuelta para verme, con las vergas hinchándoseles bajo el pantalón. Me imaginaba el roce de una mirada deseosa subiendo por mis piernas hasta clavarse entre mis nalgas. Y cada vez que lo imaginaba, sabía un poco más cuál iba a ser mi respuesta.

Después de varios días lo contacté. Mis dedos temblaban un poco al escribirle, pero el mensaje fue corto y claro: aceptaba, quería saber más.

Su respuesta llegó enseguida. Esta vez quería verme vestida de mujer. Quería conocerme de verdad, dijo, estar conmigo, enseñarme cómo atender a los hombres del club y qué buscaba cada uno. Le di una cita para el jueves siguiente, a las cinco de la tarde, en una esquina cerca de mi barrio que yo ya conocía de otros encuentros.

Esa tarde me preparé con calma. Me depilé hasta dejar la piel lisa, sin un pelo desde el ombligo hasta el ojete, me perfumé, elegí un vestido corto que se ajustaba donde tenía que ajustarse y una tanga negra de encaje que apenas contenía mi paquete. Me maquillé despacio, delineando los ojos, marcando los labios como para mamar. Cuando terminé y me miré entera, sonreí. Esa de ahí era yo.

El auto apareció puntual. Bajé la vista hacia la ventanilla y lo vi observándome de arriba abajo antes de que yo dijera nada.

—Guau —soltó—. Eres hermosa. No me cabe duda de que vas a tener clientes.

Subí. El interior olía a cuero y a su colonia. Apoyé las piernas cruzadas y noté que él las miraba de reojo mientras arrancaba, con la mirada colándosele por el borde del vestido hasta rozarme el muslo.

***

Manejó unos veinte minutos hasta una propiedad grande, apartada, rodeada de un muro alto y una reja que se abrió sola al acercarnos. La casa donde funcionaba el club era enorme, de techos altos y luces tenues, pensada para que todo el mundo se sintiera importante y nadie se sintiera observado.

Me fue mostrando los espacios mientras me explicaba cómo se organizaban las reuniones. Me dijo que, si entraba, me darían clases de baile para mejorar el espectáculo cuando me tocara salir al salón. Que cada noche un maquillador profesional me arreglaría antes de empezar, porque la presentación lo era casi todo. Y entonces me llevó por un pasillo hasta una habitación.

—Esta sería tuya —dijo, abriendo la puerta.

Era amplia, con una cama grande, luz cálida y un baño propio detrás de una puerta entreabierta. Olía a limpio. Me imaginé ahí, recibiendo, con las piernas abiertas y una polla desconocida abriéndome el coño de atrás, y el cosquilleo de la cafetería volvió, esta vez más fuerte, mojándome la tanga.

—Pero antes —agregó, y se acercó a mí sin apuro—, necesito ver cómo te desenvuelves. Es parte del trato.

No me sorprendió. En el fondo, lo había estado esperando desde que subí al auto. Y la verdad es que ya estaba muy caliente, con la verguita dura tirando de la tela de la tanga, así que decidí entregarme y dar lo mejor de mí, todo lo que me gusta y todo lo que había aprendido chupándola desde los dieciocho.

Me acerqué a Rolando y lo besé. Me devolvió el beso despacio, metiéndome la lengua hasta el fondo de la boca, con esa misma calma que tenía para todo, una mano subiendo por mi espalda y la otra bajando a apretarme el culo por encima del vestido. Le empecé a desabrochar la camisa, botón por botón, y bajé besándole el pecho, el centro del torso, la línea de vello bajo el ombligo, hasta la hebilla del cinturón. Ya se le marcaba el bulto duro contra la tela del pantalón y me relamí al verlo.

—Mmm —murmuró—. Muy bien. Así, despacio.

Me arrodillé frente a él. Le solté el cinturón, le bajé el pantalón y el bóxer de un tirón, y su polla saltó afuera dura, gruesa, pesada, con la punta ya brillante de líquido preseminal. La tomé con las dos manos, una arriba de la otra, y todavía sobraba glande para meterme en la boca. La acaricié sin prisa, sintiendo cómo latía contra mis palmas, cómo se ponía todavía más dura mientras yo le pasaba la lengua ancha y plana por la punta, chupándole la gota salada, y lo escuchaba contener el aire.

—Eso es —dijo entre dientes, con la voz quebrada—. Chúpamela, puta, chúpamela toda.

Abrí bien la boca y me la metí despacio, sintiendo cómo el glande caliente me raspaba el paladar y me bajaba por la lengua hasta empujarme la garganta. Me atraganté un poco al principio, se me llenaron los ojos de lágrimas, pero relajé la mandíbula y me la tragué entera hasta que la nariz me chocó contra el vello de su pubis. Me quedé ahí, ahogándome, con los ojos clavados en los suyos y el hilo de saliva cayéndome por el mentón.

—Puta madre —gimió, agarrándome del pelo—. Sabes hacerlo.

La saqué de golpe, tomé aire, y volví a metérmela hasta el fondo. Empecé a mamársela con ritmo, subiendo y bajando la cabeza, chupando fuerte al salir y ahogándome al bajar, mientras con una mano le agarraba los huevos pesados y se los amasaba suave. Se los chupé también, uno a uno, se los pasé por toda la boca, y volví a la polla, ahora lamiéndosela de arriba abajo por el costado, como un helado que se derrite. La saboreé, la provoqué, se la dejé al borde y aflojé, una y otra vez, hasta que él ya no podía quedarse quieto y me estaba follando la cara con las manos en mi nuca. Cuando me levantó por los hombros, los dos estábamos temblando, y una hebra de baba mezclada con precum me colgaba de los labios a la punta de su verga.

—Quiero verte —dijo—. Toda.

Me deshice del vestido de un tirón. Quedé solo en la tanga negra, con la verguita marcándose dura contra el encaje mojado, los pezones parados, la piel erizada, de pie frente a él bajo la luz cálida de la habitación.

—Tienes un cuerpo increíble —exclamó, recorriéndome con la mirada—. De verdad increíble. Sácate esa tanga, quiero verte esa colita también.

Me la bajé despacio, contoneando las caderas, y la dejé caer al piso. Mi polla se soltó tiesa, chorreando, apuntando al techo. Él sonrió y me tiró a la cama.

Me empezó a besar entera. El cuello, los hombros, los pechos, se metió los pezones en la boca y me los mordió hasta hacerme jadear, me chupó el vientre. Me recostó boca abajo y siguió bajando, besándome la espalda, las caderas, y me abrió las nalgas con las dos manos para dejar el ojete al descubierto. Sentí su lengua caliente hundiéndose ahí, girando, chupándome, ensalivándome entero, y grité contra la almohada. Nadie me había comido el culo así antes.

—Ay, dios —jadeé—. Sí, sí, así.

Me lamió durante minutos, penetrándome con la lengua, mordiéndome las nalgas, mientras sus manos me preparaban con un gel frío que me hizo arquearme. Un dedo se hundió en mi culo hasta el nudillo y lo abrió despacio, buscando el punto que me hacía delirar. Cuando lo encontró, mi verga latió tan fuerte contra las sábanas que casi me corrí ahí mismo. Metió el segundo dedo, y después el tercero, y me abrió a fondo, moviéndolos en círculos, follándome con la mano mientras yo empujaba el culo contra ellos como una perra.

—Estás bien apretada —murmuró—. Y qué caliente. Eres una hembra de verdad.

Volvió a darme la vuelta y siguió besándome la cara interna de los muslos, subiendo con una lentitud que me hacía retorcerme contra las sábanas. Me tomó la verga pequeña entera en la boca y me la chupó toda de una, hasta la base, y yo casi salgo volando de la cama. Cada vez que se acercaba a donde yo quería, se desviaba, alargando la espera. Para entonces yo ya respiraba entrecortado, con las manos aferradas a la almohada y el cuerpo pidiendo más de lo que él me daba.

—No te apures —me dijo al oído, con una sonrisa en la voz—. La noche es larga.

Me hizo girar para quedar de frente. Le clavé la mirada y se la pedí sin vergüenza.

—Ya —jadeé—. Métemela ya. Por favor. Fóllame. Soy tuya, soy tu puta.

Me levantó las piernas, me las llevó a sus hombros y apoyó la punta de la polla en mi ojete resbaladizo de saliva y gel. Empujó despacio, mirándome a la cara para no perderse ni un gesto, y sentí cómo su glande gordo se abría paso, cómo el anillo cedía y lo dejaba entrar centímetro a centímetro. Ahogué un grito que era mitad dolor mitad placer, y él siguió, hundiéndose hasta el fondo, hasta que sus huevos me chocaron contra las nalgas.

—Toda adentro —gruñó—. Aguántala toda, mi amor.

Sentí cómo me llenaba, cómo me abría, cómo me transformaba en lo que soy cuando me dejo follar: una mujer deseosa, entregada, con el culo hecho para pollas. Empezó a moverse, primero suave, sacándola casi entera y volviendo a hundirla despacio, y después con fuerza, embistiéndome hasta hacer chirriar la cama. Cada estocada me arrancaba un gemido y me sacudía las tetas.

Me dio vuelta, me puso en cuatro y me agarró de las caderas. Me la metió de nuevo de un solo golpe y empezó a follarme por detrás, dándome nalgadas que me dejaban la piel roja y ardiendo. Yo empujaba el culo contra él, buscándolo, pidiéndole más, con la cara enterrada en la almohada y babeando.

—Más fuerte —le rogué—. Más fuerte, rómpeme, no te aguantes.

Me follaba con rabia, agarrándome del pelo, tirándome la cabeza hacia atrás para que arquease la espalda. Sacó la polla, chorreando, y me hizo darle la vuelta otra vez para sentarme encima. Me empalé despacio, sintiendo cada vena de su verga rozándome las paredes, y empecé a cabalgarlo, subiendo y bajando, apretando el culo alrededor de él, mirándolo a los ojos mientras me apretaba las tetas y me chupaba los pezones.

—Así —jadeaba él—, cabálgamela, puta, muéstrame cómo te la vas a coger a los del club.

Me agarró la verga chorreante y me empezó a masturbar al ritmo de mis movimientos. Sentí que se me venía todo desde adentro, un latigazo que me subía por la columna. No fingí nada. No tuve que hacerlo. Me dejé llevar por él, por su ritmo, por esa manera suya de tomar el control sin dejar de hacerme sentir el centro de todo. Cuando llegamos, llegamos juntos, los dos temblando, su polla clavada hasta el fondo, latiendo, vaciándose adentro de mí en chorros calientes que sentí uno por uno, y mi orgasmo sacudiéndome al mismo tiempo, salpicándole el pecho y la panza con mi corrida espesa. Grité, grité fuerte, sin importarme quién pudiera oírme.

Se derrumbó sobre mí sin salirse, jadeando en mi cuello, y yo lo sentí encogerse despacio adentro, con el semen resbalándome cuando por fin se retiró.

***

Nos quedamos un rato en silencio, recuperando el aliento, la habitación cargada de calor y de ese olor a piel, a culo y a sexo que tarda en irse. Sentí el semen tibio escurriéndose de mi ojete abierto por la raja hasta las sábanas y no me molesté en limpiarme.

—No hay mucho que enseñarte —dijo al fin, todavía sin moverse, con una sonrisa cansada—. Algunos detalles, nada más. Pero eres ardiente, dócil, entregada. Chupas como los dioses y tienes un culo de puta cara. Sabes dejarte manejar. Eso es justo lo que buscan los hombres del club.

Me explicó que todos los que pertenecían eran activos, que ninguno iba a pedirme nada que yo no supiera ya dar. Que pronto me presentaría con el resto, que me iría conociendo el ambiente de a poco, sin presiones.

Mientras me vestía frente al espejo, retocándome el delineador corrido y sintiendo todavía el escozor del culo bien follado, lo miraba a él reflejado detrás de mí, abrochándose la camisa con la misma calma de siempre. Pensé en las reuniones, en las clases de baile, en el maquillador, en la habitación que ahora era mía, en las pollas que iban a pasar por ella. Pensé en los viernes y los sábados que tenía por delante.

¿En qué me estoy metiendo?, me pregunté. Y la respuesta me hizo sonreír, porque la verdad es que ya lo sabía, y la verdad es que quería.

Subimos de nuevo al auto. Antes de arrancar, me puso una mano en la rodilla y me la subió hasta rozarme la entrepierna todavía sensible.

—Bienvenida al club —dijo.

Y yo, mirando la reja que se abría otra vez frente a nosotros, supe que esa tarde había cruzado una puerta de la que no pensaba volver.

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Comentarios(9)

Fabricio_mx

Que relato!!! me dejaste con ganas de saber todo lo que paso esa noche, por favor seguí escribiendo

marianela22

jajaja el arranque me mato... encontrarte con esa escena en la cabaña es el sueño de cualquiera 😄 muy bueno

Viajero_Sur

Me recordo a un viaje que hice solo hace unos años, esas noches en hostels son completamente impredecibles. Contaste todo con mucha naturalidad, bravo!

LectoR_Pampa

increible, se hizo muy corto. Queremos la segunda parte!!

CarlosV45

Buenisimo, se siente que es real. Las confesiones son las que mas disfruto de leer en este sitio

PatriciaOk22

Esperaba uno mas del monton y termino siendo de los mejores que lei en semanas. Felicitaciones, de verdad

Leandro_2001

eso de viajar solo tiene sus ventajas jeje... excelente relato

YamiNoche

Lo que me gusta es como describis los momentos antes de que pase todo. No es solo contar lo que paso sino hacerlo sentir. Eso se nota y se agradece mucho.

NorbertoM

La ultima frase del resumen ya me engancho, y el relato en sí no defraudo para nada. Siguiendo de cerca lo que publiques!

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