Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El ritual del espejo que nos transformó

La puerta de hierro de El Reverso se abrió con la lentitud de quien revela un secreto que conviene guardar. Afuera la ciudad hervía de música y luces; adentro, todo era terciopelo, sombra y peligros bien medidos. Renata tenía cuarenta y un años, restauraba cuadros antiguos para un museo de provincia y había convertido su vida en un ejercicio de precisión: su casa, su agenda, sus silencios. Tenía orden, tenía prestigio y, desde hacía un tiempo, el sabor sordo de lo previsible.

Damián, a los cuarenta y cuatro, era analista financiero. Hablaba en cifras, esperaba resultados y guardaba la ternura como quien protege un objeto que se rompe fácil. Llevaban años puliendo una convivencia que funcionaba con suavidad mecánica, pero que había empezado a sentarles como un traje cómodo que ya no era suyo. Habían venido aquí esa noche no por rebeldía, sino por curiosidad: querían asomarse a otra versión de sí mismos.

Renata apretó la mano de Damián con el hambre de quien presiente que está a punto de mirarse en un espejo distinto.

El vestíbulo olía a incienso y resina, y el mármol devolvía fogonazos de tacones. Vesna apareció en la penumbra como un gesto ensayado: un vestido negro sin adornos, guantes cortos y, entre los dedos, una llave pequeña. Cuando habló, la sala entera se inclinó hacia su voz.

—Bienvenidos —dijo—. Si se atreven.

Su sonrisa no prometía consuelo. Prometía cambio.

Los condujo a través de un salón donde los sillones parecían entrevistadores y los espejos, jueces clementes. Después abrió una puerta más estrecha y el espacio se redujo a una intimidad que pedía confesión. Encendió una vela con ceremonia de iglesia antigua, aunque no era la vela lo que dirigía la sala: era su mirada, que ya había olfateado lo que cada uno deseaba en secreto.

—No les pido una confesión mecánica —dijo, inclinando la copa—. Les pido una escena. Un gesto que los sorprenda al mirar al otro. Cuéntenmelo, aunque no sepan nombrarlo.

Renata miró a Damián con la contención de quien aprendió a medir las palabras.

—La facilidad con la que él se mueve entre la gente —respondió, pausada—. Entra a una habitación y la habitación se abre. Yo llevo años afinando mi día. Tengo reconocimiento, pero a veces siento que, si dejan de aplaudir, todo vuelve a su lugar frío. Envidio esa ligereza: perder el control y no derrumbarse.

Vesna volvió su atención a Damián. Cuando él habló, su voz fue áspera de tan honesta.

—Yo envidio que a ella la traten como a una reina —dijo—. Que la adulen, que le entreguen tiempo y miradas sin pedírselas. A mí solo me piden resultados. Me cansé de calcular cada jugada. Querría que alguien me ofreciera el descanso de no tener que pensar.

—¿Y qué deseo esconden que les avergüenza admitir en casa? —insistió ella.

Renata se cruzó de brazos.

—Ocupar más espacio. No que me lo den: tomarlo. Mirar sin pedir perdón. Coger cuando yo quiero, cómo yo quiero, y que del otro lado alguien se abra sin hacer preguntas.

Damián no suavizó la frase.

—Dejar de decidir. Que alguien me ordene «abrí las piernas» y yo las abra sin pensar en lo que viene después.

Vesna sonrió apenas, como quien reconoce una nota justa. Tomó un frasco de vidrio, lo giró entre los dedos como quien lee una partitura y depositó frente a ellos la llave fría y un espejo envuelto en papel negro.

—Una llave, un destino —murmuró—. No les prometo respuestas; les propongo un umbral. Beban, miren el espejo y dejen que el cuerpo pronuncie lo que la palabra calla. No es un cuento: es un experimento.

Dudaron. Después sonrieron, y la sonrisa fue un pacto. Tocaron la llave, inhalaron el perfume que ella les acercó en una copa y, ante sus propios ojos, no pasó nada. La ceremonia duró lo que dura un gesto. Salieron a la fiesta riéndose de sí mismos —«te lo dije, fue puro teatro»—, pero la llave quedó en el bolsillo de Renata como un peso grave y sin propósito.

***

El domingo amaneció con la misma superficie de siempre: café, ventana, el rumor lejano de la tele. Pero en la casa había una fisura que devolvía pequeñas diferencias.

Renata se duchó con movimientos automáticos, y al rozarse la nuca notó los hombros más anchos de lo que recordaba. En el espejo empañado le pareció ver la sombra de una barba incipiente en la mandíbula. Bajó la mirada por su cuerpo y se detuvo entre las piernas: la vulva seguía ahí, pero el clítoris le latía con una insistencia rara, hinchado, más grueso, como si hubiera crecido de un día para el otro. Se lo tocó con dos dedos y una descarga le subió por la columna. Se quedó quieta bajo el chorro, dejando que el agua le ordenara la extrañeza, y salió decidida a pedirse un café doble, algo que no hacía en años.

—¿Café así, de golpe? —comentó Damián, todavía a medias entre el sueño y el bostezo.

—Tenía ganas —respondió ella, encogiéndose de hombros.

Más tarde, bajo su propia ducha, Damián notó por primera vez detalles que antes no miraba: el vello del pecho más fino, el cabello un tono más claro. Se enjabonó la verga y le pareció más pequeña entre los dedos, más blanda, menos urgente que cualquier otra mañana. Al bajar a desayunar eligió algo liviano.

—Quiero bajar unos kilos —dijo, como quien anuncia un plan cualquiera.

Renata curvó apenas los labios.

—Ojalá no pierdas ese culo, que a mí me gusta cogértelo. Si vas a cambiar, que sea para conservar lo que me entretiene.

Damián sintió un hormigueo extraño bajarle hasta el ano. La frase, contra toda lógica, lo descolocó de un modo grato; se ruborizó y se quedó sin palabras. Y Renata se sorprendió de sí misma: esa frase le había sonado ajena al oído, como si su voz hubiera dicho algo que su costumbre no reconocía.

***

El lunes empezó con un impulso que ninguno supo nombrar. En lugar de ir al museo, Renata se desvió al gimnasio y se quedó más tiempo del planeado: la barra y las pesas le dieron un ritmo nuevo. Su mirada se endureció, sus movimientos se volvieron secos y eficientes, y, contra toda expectativa, se sintió cómoda entre los hombres. La camaradería de bromas y palmadas la acogió como a uno más. Alguien sugirió en broma llamarla Mateo; ella sonrió y guardó la idea como posibilidad. En el vestuario se cambió sin pudor, y al bajarse el pantalón notó que el clítoris, ahora abultado bajo la ropa interior, marcaba una silueta que antes no marcaba. Se lo apretó por encima de la tela y se le escapó un jadeo bajo.

Damián, en cambio, tuvo una jornada áspera. Tareas que antes resolvía con fluidez se le enredaron, las llamadas se trabaron y un informe quedó sin cerrar. Cuando pidió ayuda, recibió una burla en vez de empatía: «¿Qué te pasa hoy? Pareces mujer». La frase le caló hondo. Salió temprano y caminó sin rumbo hasta el centro comercial más cercano. Frente a un escaparate, una blusa de satén le pareció, sin más, bonita. La compró por impulso, la llevó a casa como un secreto y la dejó a la vista; cada vez que la miraba imaginaba la tela contra la piel, imaginaba unos pezones sensibles rozándose contra el satén.

Esa tarde se ocupó por primera vez de las tareas domésticas con una atención casi ritual: ordenar, fregar, dejar cada superficie impecable. Al frotar las mesas la mente se le aquietaba, y las preocupaciones se volvían manejables. No había juego ni espectáculo: solo la calma de lo repetido y la sensación de devolver el orden al espacio y, con él, al suyo propio.

Renata llegó tarde esa noche, con la piel caliente y el olor de otra compañía pegado como una segunda piel. Damián, que la había esperado con un nervio que no pudo ocultar, la recibió con reproche.

—¿Por qué llegas así? ¿No pensaste en avisar?

—Acostúmbrate —respondió ella con calma condescendiente—. La pasé muy bien.

La frase cerró la cuestión más que abrirla. Ella fue a acostarse; él la siguió con paso torpe. En la cama, Renata se movió detrás de Damián y lo abrazó por la espalda con un gesto que mezclaba posesión y consuelo. Le pasó la mano por el vientre, bajó hasta el pubis y le tomó la verga con la palma abierta, sin masturbarlo, solo sosteniéndola como quien afirma una propiedad. Le dio un mordisco leve en la nuca. Damián sintió el calor del cuerpo de ella pegado a su espalda, y algo entre las nalgas —una presión suave, insinuada— que no supo si era la cadera de Renata o la sombra de otra cosa. Se durmieron así, envueltos en la duda tibia de lo que había empezado.

***

El martes los cuerpos hablaron más fuerte. Renata volvió al gimnasio y su andar se hizo recto y económico; eligió ropa que cortaba la silueta hacia lo andrógino y aceptó, entre risas, el nombre de Mateo. En la ducha del gimnasio se enjabonó la entrepierna y descubrió que lo que había sido un clítoris crecido ahora era una polla corta, gruesa, con un glande claro que asomaba bajo el prepucio. Se la agarró con la mano cerrada, incrédula, y bastó un par de tirones para que se le pusiera dura contra la palma. Se corrió ahí mismo, apoyada contra los azulejos, en un chorro breve y espeso que le rebotó contra los dedos. La sorpresa no fue tanta como el placer: un placer nuevo, seco, urgente, que le subía desde los testículos —testículos, sí, ahora los tenía, tibios y cerrados entre las piernas— hasta la boca del estómago.

Damián, abrumado de nuevo en la oficina, terminó otra vez en el centro comercial, esta vez cargando bolsas: unos tacones clásicos, un lápiz labial rojo, un vestido ceñido y lencería delicada. En casa cedió a la necesidad de probárselo. Se encerró en el baño y se colocó la tanga y el sostén con manos que temblaban apenas; la tela rozó la piel como un murmullo y lo envolvió una contención inesperada. Al ajustarse la tanga notó que la tela caía plana sobre el pubis, sin volumen: la verga se había replegado, más pequeña que nunca, escondida entre unos labios apenas insinuados. Entre las nalgas, en cambio, el ano le palpitaba, sensible, húmedo de un modo que no había estado nunca.

Al enfundarse el vestido y calzarse los tacones notó que la postura cambiaba: la espalda se alargaba, la barbilla subía, cada paso exigía un equilibrio vigilante. En lugar de avergonzarlo, la escena le entregó calma. Se rozó los pezones por encima del sostén y descubrió que estaban duros, hinchados, con una sensibilidad que le arrancó un gemido corto. Cuando terminó de limpiar la casa, se cambió al pijama pero mantuvo la lencería puesta, como un secreto adherido a la piel, y esperó a Renata con la inquietud marcada en los hombros.

Ella volvió otra vez con el calor de la juerga encima. Repitieron casi palabra por palabra la discusión de la víspera, pero esta vez la noche en la habitación fue distinta. Renata, con el perfume y la energía de la salida, buscó el contacto; sus besos empezaron como invitación y pronto tomaron el pulso de la decisión. Con manos firmes apartó el pijama de Damián hasta dejarlo solo con la finura de la tanga y el sostén.

—Mira lo que tenemos acá —murmuró, pasándole la mano por el pecho—. La puta esta se puso lencería para mí.

Al sentir bajo sus dedos la delicadeza de la lencería, Renata tuvo un sobresalto que se convirtió en deseo. Sus caricias cambiaron de tono: dejaron de ser invitaciones y se volvieron órdenes suaves, precisas. Le bajó el sostén y le lamió los pezones erectos, uno y otro, mordiéndolos hasta arrancarle un jadeo largo. Bajó por el vientre con la lengua, dibujando un surco de saliva, y al llegar a la tanga la apartó con dos dedos. Se encontró con esa verga replegada, blanda, casi femenina, y detrás con el ano rosado, apretado, latiendo bajo su aliento.

—Date vuelta —le dijo, y Damián obedeció con la respiración rota.

Renata se sacó el pantalón y se bajó la ropa interior. Su polla nueva ya estaba dura, curva hacia arriba, brillante en la punta con una gota clara. Se la agarró con la mano y se la restregó a Damián entre las nalgas, marcando el surco, apoyando el glande contra el ano sin entrar todavía. Damián gimió y arqueó la espalda ofreciéndose.

—Mírame cómo te la voy a meter —susurró Renata, con una voz más grave de lo que le recordaba—. Vas a apretármela con ese culito de puta hasta que me corra adentro.

Escupió sobre el ano de Damián, empujó saliva con el pulgar hasta abrirlo, y le hundió después el glande de golpe. Damián soltó un grito ahogado que se le quedó en la almohada. Renata entró de a poco al principio, buscando el ritmo, apoyada con las manos en las caderas de él, y en cuanto sintió que el esfínter cedía empezó a cogérselo con embestidas cortas y firmes. Damián sentía el vientre de ella chocarle contra las nalgas, los testículos tibios golpeándole el perineo, la polla ensanchándole el culo con una presión que dolía y ardía al mismo tiempo hasta convertirse en placer puro.

—Así, puta, así —jadeaba Renata, tirándole del pelo hacia atrás—. Decime que te gusta que te la meta.

—Me gusta —balbuceó Damián, con la boca abierta contra la sábana—. Me gusta que me la metas, cogeme más fuerte, por favor, más.

Renata lo dio vuelta sin sacársela del todo, lo puso boca arriba, le levantó las piernas y se le acomodó entre los muslos. Le tomó la verguita blanda con dos dedos, casi con desprecio cariñoso, y la meneó mientras seguía cogiéndolo. Damián, con las piernas al aire, los tacones olvidados en el suelo y el maquillaje corrido, la miraba desde abajo como se mira a un dios. Le clavaba las uñas en la espalda, se dejaba besar la boca, sentía la polla de ella entrando y saliendo, marcándole por dentro un ritmo nuevo.

—Voy a correrme adentro —anunció Renata—. Vas a apretarme bien, ¿sí?

—Sí, adentro, adentro, correte adentro —le pidió él.

Renata se hundió hasta el fondo y descargó ahí, con un gruñido que le salió del vientre. Damián sintió los chorros calientes llenándolo por dentro, uno tras otro, y esa sensación —tener algo tibio y ajeno derramándose dentro suyo— le disparó su propio orgasmo, seco, sin apenas eyaculación, un temblor que le empezó en el ano y se le abrió por todo el cuerpo como una ola larga. Se le escapó un gemido agudo, casi femenino, que no reconoció como propio.

En la calma que siguió, abrazados y con la piel todavía vibrando, con el semen de Renata escurriéndosele lento por el muslo, supieron que algo en ellos ya no tendría retorno.

***

El miércoles amaneció con los cuerpos pegados, como si la noche hubiera anestesiado la necesidad de palabras. Renata vio en Damián una inseguridad nueva, dudas pequeñas asomando en la frente. No habló largo: se inclinó, lo abrazó y susurró con voz baja y firme.

—Tranquila, pequeña.

La frase cayó sobre él como un permiso. Permiso para aflojar la mandíbula, para que el pecho dejara de sostener el mundo antes de tiempo. Apoyó la frente en su hombro y exhaló un sonido que llevaba días acumulado.

A solas en la ducha, cada uno confrontó su reflejo como un mapa que empezaba a reescribirse. Renata vio músculos que antes apenas se insinuaban marcarse con definición nueva; al pronunciar su nombre en voz baja, la garganta devolvió una resonancia más grave. Se agarró la polla —ya no corta, ya no incipiente, sino una verga adulta, gruesa, con venas marcadas— y se la sacudió despacio bajo el chorro, mirándose crecer en la mano. Damián, detrás de otra cortina de agua, sintió lo contrario: la caja torácica insinuaba una suavidad nueva, la cintura se afinaba, las caderas trazaban una curva que antes no existía. Se tocó el pecho y encontró dos tetas pequeñas y firmes, con pezones rosados y erectos que reaccionaban al agua. Bajó la mano al pubis y donde había estado la verga replegada ahora había una hendidura tibia, un coño nuevo, glabro, mojado no solo por la ducha. Se metió un dedo apenas y el cuerpo entero le respondió con un latido que le hizo apoyarse en los azulejos.

Al salir, Renata tomó la iniciativa con la misma gravedad de la víspera. Lo encontró en la cocina y, sin rodeos, le dictó una orden que no admitía réplica.

—No vayas al trabajo hoy. Quédate en casa, déjala impecable. Ponete bonita, depilate bien ese coñito nuevo y esperame esta noche con las piernas abiertas.

El tono era masculino en su economía, pero había en él una confianza que no humillaba: pedía y autorizaba a la vez. Damián aceptó sin protestar, y en el gesto de obedecer encontró una rara confortación.

***

Esa tarde Damián habitó por completo su papel. Se depiló con atención meticulosa —las piernas, las axilas, el pubis entero hasta dejarlo liso y suave, los labios del coño sonrojados por la cera—, se dio un baño largo y aplicó cremas con movimientos lentos, frascos de aroma a ámbar y cedro que llevaban la memoria de Renata. Se pasó los dedos entre los muslos y se encontró húmeda con solo pensar en lo que venía; se dejó dos dedos adentro unos segundos, probando ese hueco nuevo, notando cómo las paredes se le cerraban alrededor con una calidez viva. Se enfundó un corset que le redefinió la cintura, medias que subieron por las piernas como una segunda piel, y al ajustar la tela notó cómo unas tetas ya francas, redondas, tomaban contorno bajo el encaje. Se maquilló con calma —base que unificaba, una línea precisa en los ojos, rojo oscuro en los labios— y se cubrió con una bata larga semitransparente que rozaba la piel con un susurro al moverse. Puso la mesa con velas, dejó una música baja llenando los huecos y tocó la llave que llevaba al cuello, como quien confirma una promesa.

Cuando Renata abrió la puerta, se detuvo un instante ante la escena: la casa ordenada, las velas, el perfume flotando como un anuncio. Damián avanzó hacia ella y se encontraron en un beso largo y caliente que no buscaba excusas. Renata le metió la mano por debajo de la bata, le apretó una teta y le pellizcó el pezón hasta hacerlo gemir en su boca. Le bajó la otra mano al culo y le dio una nalgada seca que sonó fuerte en el silencio de la sala.

—Mira, Rena... —empezó él, con la respiración agitada.

—No —lo interrumpió ella, suave y firme—. Ese nombre no. Ahora soy Mateo. Y vos, mi pequeña, sos Valentina.

El nombre resonó extraño y nuevo en los labios de Valentina, que se movió con calma ritual: sirvió la cena con manos atentas, llenó las copas y bajó la lámpara para que la luz acariciara la seda. Mientras comían, Mateo fue afilando la conversación en una escalada calculada: primero el elogio —«te queda perfecto ese corset»—, después el deseo —«esas medias te hacen las piernas de otra cosa, dan ganas de abrírtelas ya mismo»—, y al final el mandato envuelto en goce —«esta noche te voy a coger hasta que no te acuerdes cómo te llamabas antes»—. Cada frase subía de tono y de posesión, y Valentina, lejos de incomodarse, se sentía vista, reconfirmada en su papel, encendida de un modo que no pudo disimular: sentía el coño mojado empapándole la tanga, y las tetas subiendo y bajando al ritmo de una respiración que se le desbocaba.

Después de la cena la llevó al salón. Mateo se acomodó en el sillón y, con un gesto corto, indicó que ella se acercara.

—De rodillas —ordenó—. Sacamela y chupamela.

Valentina obedeció sin vacilar. Se arrodilló entre las piernas de Mateo, le abrió la bragueta y le sacó la polla —dura, gruesa, ya del todo formada— con una reverencia de comulgante. La miró un segundo, se relamió el rojo de los labios y la envolvió con la boca. Empezó despacio, chupando la punta, jugando con la lengua alrededor del glande, y después se la fue metiendo hondo, hasta que le rozó la garganta y se le llenaron los ojos de lágrimas. Mateo le agarró la cabeza con las dos manos y le marcó el ritmo, embistiéndole la boca sin piedad.

—Así, puta, chupamela toda —jadeaba—. Mira cómo se te corre el rímel, mira qué bien mamás. Naciste para esto.

Valentina asentía con la boca llena, dejando que un hilo de saliva y baba le cayera por el mentón y le manchara las tetas. Mientras chupaba se metió una mano entre las piernas, apartó la tanga y se frotó el clítoris nuevo con dos dedos; el coño le chorreaba, se le cerraba en espasmos alrededor de sus propios dedos.

Mateo la levantó del pelo antes de correrse. La empujó contra el respaldo del sillón, le arrancó la tanga de un tirón y le abrió las piernas de golpe. Se quedó un segundo mirándole el coño hinchado, brillante, con los labios abiertos y el clítoris asomado.

—Mirá qué cosa más linda tenés ahí abajo —murmuró—. Voy a cogerte tanto que te va a quedar la forma de mi verga para siempre.

Le metió primero dos dedos, hurgándole hondo, curvándolos hasta encontrarle un punto que le arrancó a Valentina un grito agudo. Cuando la sintió al borde, sacó los dedos, se los metió en la boca a ella para que se probara, y le clavó la polla de una sola embestida. Valentina se arqueó entera. El coño la recibió cerrado, tibio, todavía sin costumbre, y Mateo se hundió hasta el fondo con un gruñido de satisfacción.

—Sos mía —le dijo al oído—. Repetilo.

—Soy tuya —jadeó Valentina—. Soy tuya, Mateo, cogeme, no pares, cogeme fuerte.

La cogió ahí, en el sillón, con las piernas de ella colgando sobre sus hombros, embistiéndola tan hondo que el sofá crujía. Después la levantó en brazos y la llevó al dormitorio sin sacársela del todo, tropezando con los tacones que quedaban a medio caer. La tiró en la cama boca abajo, le levantó las caderas y se la puso a cuatro patas. Valentina apoyó la cara contra la sábana y arqueó el culo, ofreciéndoselo. Mateo le agarró de la cintura y volvió a metérsela; en esta postura le entraba más profundo, y Valentina sentía cada centímetro. Los muslos le chocaban contra el culo con un sonido húmedo, rítmico, y las tetas le rebotaban debajo del corset.

—Tocate —ordenó Mateo—. Tocate el clítoris mientras te cojo. Quiero que te corras conmigo adentro.

Valentina metió la mano entre sus muslos y empezó a frotarse en círculos, rápido, mientras la polla de Mateo entraba y salía. Sintió el orgasmo subirle desde el vientre, apretarle todos los músculos del coño alrededor de esa verga que la estaba empalando, y cuando explotó fue con un grito largo que le desgarró la garganta. Se corrió a chorros —un líquido tibio que le mojó los muslos y las manos de Mateo— y las paredes del coño se le cerraron en espasmos violentos que ordeñaron la polla que tenía adentro.

Mateo aguantó dos embestidas más y se corrió también, hundido hasta las bolas, descargándole el semen adentro con un rugido bajo. Valentina sintió los chorros calientes llenándole el coño, uno tras otro, y se quedó ahí, con la cara contra la sábana y el culo levantado, mientras Mateo la sostenía por las caderas para que no se cayera. Cuando la polla salió, un hilo de semen bajó lento por la parte de adentro del muslo hasta llegarle a la media.

Ninguno atendió a las formas aprendidas: lo esencial fue cómo, en sus roles nuevos, el placer se sintió verdadero y compartido. Mateo se dejó caer a su lado, la giró contra su pecho y le pasó la mano por el pelo mojado de sudor. Valentina buscó su boca y se besaron largo, con el sabor de la corrida todavía entre los labios.

Quedaron exhaustos y abrazados, la piel todavía vibrando con las novedades del cuerpo. La llave, tibia en el bolsillo, brilló un segundo antes de esconderse; el perfume dejó una huella clara en la almohada, mezclado ahora con el olor a semen y a coño recién cogido. Durmieron con la certeza de haber cruzado un umbral, satisfechos y en paz, pero con una pregunta abierta que ninguna explicación podía cerrar esa noche.

¿Sería aquel instante una excepción, o el primer gesto de una costumbre que pediría más de ellos?

La duda quedó flotando entre las sábanas, dulce y peligrosa, esperándolos en la mañana.

Ver todos los relatos de Trans

Valora este relato

Comentarios(8)

nocturna_88

increible!!! no esperaba que fuera tan bueno, me atrapo desde el principio hasta el final. Ojala haya mas

MiguelLectBA

Que concepto tan original. Me quede con ganas de saber que pasa despues con ellos dos, por favor una segunda parte!

KarlaF

Juro que lo lei tres veces. Algo de este relato me engancho de una manera muy rara pero muy buena jaja

Manu_Lector

excelente!!

RutaLibre

Me gusto mucho como describiste los deseos de cada uno, se entiende muy bien lo que cada personaje buscaba sin tener que explicarlo todo. Buenisimo, espero que sigas escribiendo

Valentina_NQ

se hizo cortisimo!!! quiero mas por favor :)

PatriRosa

De los relatos que mas me sorprendieron ultimamente. No me esperaba ese giro para nada. Muy bien escrito

Beto_Cordoba

jajaja tremendo, no me lo esperaba. aplausos

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.