Mi segunda trans y la noche más intensa que recuerdo
En otro relato conté mi primera vez con una chica trans. Soy bisexual, pero tengo una preferencia clara por el cuerpo femenino, y para mi gusto las trans tienen lo mejor de los dos mundos: la curva, la piel suave, y algo más que no siempre confieso en voz alta: una polla dura entre las piernas que me vuelve loco. Así que a los pocos días de aquella primera experiencia volví a salir a buscar. Daba igual si era la misma chica u otra. Lo único que sabía era que necesitaba repetir, que necesitaba otra boca chupándome, otro culo apretándome la verga, otra corrida encima de mí.
Donde vivo, en una ciudad de la costa, a la mayoría de las chicas trans las conoces de noche, haciendo la calle en tres o cuatro esquinas que todos los que andamos en esto tenemos memorizadas. Esa noche di varias vueltas con el auto. Pasé por la primera esquina, nada. Por la segunda, dos que ya conocía y que no me gustaban. Por la tercera, vacía. Empezaba a convencerme de que ese no era mi día.
Iba lento por una avenida poco iluminada cuando otro carro me adelantó y frenó casi sin avisar. Se abrió la puerta y bajó una rubia altísima, con el pelo rizado cayéndole hasta media espalda. Lo primero que vi, antes incluso de la cara, fue lo demás: un par de tetas que se adivinaban firmes bajo una blusa ajustada, con los pezones marcándose contra la tela. Y para mí, con eso solo, ya valía la pena parar.
Detuve el auto a su lado, bajé la ventanilla y le hablé todavía de espaldas.
—¿Quieres ir a algún lado, bella?
Cuando se volvió, me sorprendió. Tenía un rostro joven, de labios gruesos pero con rasgos que dejaban saber enseguida que había nacido chico. Ojos grises, claros, y la nariz salpicada de pecas. Una mezcla rara y hermosa que me gustó de inmediato.
Me miró un segundo, como midiéndome, y me habló con una voz que no era ni del todo femenina ni del todo varonil. Esa voz me confirmó lo que sospechaba: era joven, aunque de sobra mayor de edad, veinticinco años bien cumplidos que llevaba con una seguridad de puta veterana.
—De querer, quiero irme de vacaciones con todo pago —dijo, medio en broma medio en serio—. Pero si no puedes con eso, en una cama cualquiera te llevo al cielo. Te dejo la polla seca y las bolas vacías, papi.
Me reí. Tenía descaro y lo llevaba bien.
—Monta y hablamos —le dije—. Quizá hasta consigas las vacaciones.
***
Al subirse vino el típico regateo. El cuánto quieres, el qué propones tú, el por hora o por la noche. Yo la dejé hablar un poco y luego la corté con la única pregunta que me interesaba de verdad.
—Lo único que quiero saber es si esas tetas son de verdad.
Ella sonrió, se desabrochó un botón y me mostró una, sin pudor, ahí mismo bajo la luz de un semáforo. Un pecho enorme, redondo, con el pezón oscuro y duro apuntando hacia arriba. Me la acercó a la cara y me la restregó contra los labios. Se la chupé un segundo, sintiendo el peso, y ella soltó un gemido suave.
—Claro que son de verdad. Me las pagó un viejo extranjero, en un viaje al sur. ¿Te gustan? Espera a ver el resto.
No hizo falta más. Le dije que lo que yo quería no era una hora ni dos. Quería el fin de semana completo en mi casa. Ella y yo, con su pago acordado y todo lo demás por mi cuenta. Comida, bebida, lo que pidiera.
Se quedó callada un momento, como si no esperara una oferta así, y aceptó.
Se llamaba Daniela, o al menos ese era el nombre que usaba. Y era una diosa. El cuerpo perfecto, esa combinación que tanto me vuelve loco: caderas anchas, cintura fina, tetas de escándalo y entre las piernas una polla que la primera noche me dejó con la boca abierta. Delgada pero larga, con el glande rosado y bien formado, y unas bolas pequeñas y prietas que me pedían boca.
Esa primera noche apenas dormimos. Empezamos en el sofá, con ella a horcajadas encima de mí, comiéndome la boca mientras yo le agarraba las tetas con las dos manos. Le bajé la ropa interior y su polla saltó dura contra mi mano. Se la apreté, se la corrí de arriba abajo, y ella empezó a jadearme al oído cosas que me pusieron a mil.
—Chúpamela, papi. Chúpame la polla como sabes.
La bajé al suelo, la puse de pie frente a mí y me la metí en la boca hasta la garganta. La lamí entera, desde las bolas hasta la punta, chupándole con hambre. Ella me agarraba del pelo y empezó a follarme la boca despacio, marcando su ritmo, hasta que las lágrimas se me saltaron. Cuando estaba a punto de correrse la sacó, me la restregó por la cara, y me dijo que se guardaba la corrida para dentro de mi culo.
Me llevó a la cama a rastras. Me puso de rodillas, con el culo en pompa, y me abrió con la lengua. Me comió el ojete un buen rato, ensalivándome, metiéndome la punta, mientras yo gemía contra las sábanas como una perra. Después subió, me escupió en el agujero, y me clavó la polla de una sola embestida. Grité. Me tapó la boca con la mano y empezó a follarme con fuerza, hondo, hasta las bolas, hasta que me corrí sin tocarme, manchando el colchón. Ella siguió embistiéndome hasta vaciarse entera dentro de mí, gruñendo, mordiéndome el cuello.
Cuando el lunes se fue, los dos sabíamos que íbamos a repetir.
El fin de semana fue mejor de lo que había imaginado. No todo fue sexo: cocinamos juntos, vimos series tiradas en el sofá, salimos a comer a un sitio donde nadie nos conocía. Pero cada vez que nuestras miradas se cruzaban demasiado tiempo, terminábamos otra vez follando: en la cama, en la ducha con su polla entrándome por atrás bajo el agua, en la cocina con ella sentada en la encimera y mi boca hundida en su verga. Ella tenía una forma de mirarme por encima del hombro, despacio, mordiéndose el labio, que me desarmaba por completo.
Y repetimos. Varias veces a lo largo de las semanas siguientes. Con cada encuentro se soltaba más, y yo descubría que detrás de esa cara de niña había una mujer profundamente morbosa, abierta a todo, sin un solo límite que le diera vergüenza. Me contaba sus fantasías al oído mientras me masturbaba, me preguntaba por las mías con la lengua metida en mi oreja, y poco a poco fue tirando de un hilo que yo mismo no me atrevía a tocar. Eso fue lo que me animó, una de esas tardes en la cama, con su semen todavía escurriéndome entre las nalgas, a decirle en voz baja la fantasía que llevaba tiempo guardando.
—Me encantaría estar con dos trans al mismo tiempo —le dije, casi sin mirarla, esperando una negativa—. Dos pollas duras, una en cada agujero.
Ella se incorporó sobre un codo y me clavó esos ojos grises.
—¿Estás seguro? —preguntó, mientras me pasaba la mano por la polla, que ya se me estaba poniendo dura otra vez—. Porque yo puedo darte ese gusto. Te vamos a dejar hecho un trapo, papi.
Por supuesto que estaba seguro.
—Claro que quiero —le dije, y se me secó la boca solo de decirlo.
***
Daniela tomó el teléfono y marcó sin pensarlo demasiado. Hablaba con alguien de confianza, eso se notaba. Le contó, sin bajar la voz, que el hombre con el que estaba teniendo encuentros regulares quería un trío y que la estaba invitando. La otra aceptó al instante. Daniela le dio mi dirección, colgó y se volvió hacia mí con una sonrisa que no auguraba nada tranquilo.
—En una hora llega una amiga —dijo—. Y estoy segura de que te va a encantar. Tiene una verga que asusta.
Esa hora se me hizo eterna. Me duché, ordené un poco, abrí una botella. Cada ruido en la escalera me ponía alerta. Cuando por fin sonó el timbre, me costó disimular las ganas: la tenía medio dura solo de imaginarlo.
Abrí la puerta y por poco me quedo sin aire.
Era una mujer negra, altísima, cerca del metro noventa, con el pelo muy corto que le marcaba unos rasgos preciosos. Otro par de tetas de película y un cuerpo que parecía esculpido. Toda una hembra, de esas que paralizan una conversación cuando entran a un sitio. Se llamaba Camila, me dijo al pasar, rozándome el pecho con la palma de la mano y bajándola hasta agarrarme el bulto por encima del pantalón.
—Daniela me dijo que estás bien dotado —murmuró—. Ya veo que no mentía.
Las primeras copas duraron poco. Daniela conocía el ritmo y empezó ella, acercándose a Camila y desnudándola despacio, como si me estuviera dando un espectáculo a propósito. Le bajó la blusa, le soltó el sostén y le sacó unas tetas oscuras, enormes, con los pezones erectos. Se los chupó delante de mí, con los ojos clavados en los míos. Cuando le deslizó la ropa interior apareció algo que no esperaba: una verga gruesa, larga, de unos veinte centímetros, negra y venosa, que se irguió frente a mí sin pedir permiso.
No lo pensé. Me arrodillé y me la metí en la boca casi de inmediato. Al principio no me entraba entera; era demasiado gruesa y tuve que abrir bien la mandíbula. Le lamí el glande, la ensalivé de arriba abajo, le chupé las bolas una a una, y después volví a la polla y empecé a tragármela poco a poco, hasta que la punta me chocó contra la garganta y me hizo lagrimear. Camila me sujetó la nuca sin forzar, marcando un ritmo lento, y yo me dejé llevar como si llevara toda la vida esperando ese momento.
—Qué bien mama este puto —dijo Camila mirando a Daniela—. Se la traga entera.
—Sabía que te iba a gustar —murmuró Daniela, acercándose para besarme el cuello mientras yo seguía ocupado. Ya se había desnudado y le sentí la polla dura restregándose contra mi espalda—. Tranquilo, que la noche es larga.
Y vaya si lo fue. Daniela no se quedó mirando mucho rato. Se puso detrás de mí, me abrió las nalgas con las manos, me escupió en el agujero y empezó a metérmela mientras yo seguía mamándole la verga a Camila. Sentí cómo entraba, hondo, hasta el fondo, y a la vez Camila me empujaba la cabeza para que la tragara entera. Estaba clavado por los dos lados. No podía ni respirar, y no quería que parasen.
Se turnaron. Camila se sentó en el sofá y me hizo montarla como una perra, con su polla enorme abriéndome despacio, mientras Daniela se ponía delante y me metía la suya en la boca. Iba rebotando encima de Camila, con las manos apoyadas en sus tetas, mientras la verga de Daniela me entraba y salía de la boca a su ritmo. La corrida se me acumulaba en la punta y tuve que apretar para no venirme.
Después me tumbaron boca abajo y las dos me la pusieron a la vez en la cara: dos vergas duras, distintas, una rosada y una oscura, y yo iba lamiendo de una a otra, chupándolas al mismo tiempo cuando me acercaban las puntas. Ellas se besaron por encima de mí, con las lenguas fuera, dejándome caer la saliva sobre los labios.
***
En algún punto perdí por completo la noción del tiempo. Hicimos de todo lo imaginable entre los tres, cambiando de posición, de roles, de manos y de bocas, sin orden ni reglas. Ellas se reían, se buscaban entre sí, me dejaban en medio y luego volvían. En un momento Daniela se sentó en la cara de Camila y le hizo comerle el culo mientras yo le chupaba la polla a Daniela por delante. En otro fui yo el que quedó tumbado, con la verga de Daniela en la boca y las tetas de Camila restregándome por el pecho mientras se masturbaba encima de mí. Yo era el centro y el juguete al mismo tiempo, y nunca me había sentido tan deseado, tan usado, tan follado.
Pero lo que de verdad llevaba en la cabeza, la imagen exacta que había alimentado durante semanas, la dejé para el final. La pedí en voz alta, sin vergüenza, porque ya no quedaba ninguna en esa habitación.
—Quiero las dos a la vez —dije, con la voz ronca—. Una en la boca, la otra en el culo. Y quiero que se muevan juntas.
Me tumbé boca arriba en la cama, con la cabeza colgando ligeramente por el borde. Daniela se colocó frente a mí, la polla goteando delante de mis labios. Camila se acomodó entre mis piernas, me las levantó apoyándolas contra sus hombros, y se untó la verga con lubricante sin dejar de mirarme. Hubo un instante de quietud, los tres respirando fuerte, antes de que empezaran.
Camila empujó primero. La sentí abrirme despacio, hondo, hasta que sus bolas me chocaron contra las nalgas. Daniela aprovechó ese momento para meterme la polla en la boca al revés, deslizándomela por la garganta desde arriba. Me llenaron por los dos extremos a la vez. No podía moverme, no podía hablar, solo dejar que me follaran.
Y cuando empezaron a moverse, coordinadas, una llenándome la boca y la otra entrando hondo, cada embestida de Camila me empujaba la garganta contra la verga de Daniela, y cada empujón de Daniela me devolvía contra la polla de Camila. Algo se me deshizo por dentro. Estaba atravesado, ensartado por las dos, sin escapatoria, y no había un solo centímetro de mi cuerpo que no estuviera reventando de placer.
Fue tan brutal, tan exacto a lo que había imaginado, que en cuanto arrancaron a moverse me vine sin tocarme, dos veces seguidas, temblando entre las dos, chorreando semen sobre mi propio vientre. Sentí cómo la corrida me salía a borbotones mientras seguían embistiéndome sin parar. A ellas les gustó tanto verme así que cambiaron de posición tres veces más antes de terminar, turnándose los agujeros, alargándolo, exprimiéndome hasta el último segundo.
Camila fue la primera en venirse. Sacó la polla y me la restregó por la cara, corriéndose a chorros sobre mi boca, mi mentón, mi cuello. Daniela no aguantó más al verlo: se sacó la suya de mi boca y se corrió también encima de mí, sumando su semen al de Camila. Quedé bañado, con las dos corridas mezcladas resbalándome por el pecho, y ellas se agacharon a limpiarme con la lengua, besándose entre ellas con mi semen y el suyo en la boca.
Cuando por fin pararon, yo estaba vacío y feliz, hundido en el colchón, incapaz de hablar. Las dos se dejaron caer a mis lados, sudadas, riéndose de mi cara de idiota satisfecho.
***
Esa ha sido, sin duda, la experiencia más fuerte de toda mi vida sexual. Tanto que la he repetido cada vez que he podido, buscando recrear ese instante exacto, aunque nunca vuelve a ser del todo igual. No sé describir bien lo que se siente estando atravesado por la boca y por el culo al mismo tiempo, con dos pollas duras dentro moviéndose a la vez, sin escapatoria, completamente entregado. Solo sé que cierro los ojos, lo recuerdo, y todavía se me pone dura.