El show de hipnosis al que mi esposa me arrastró
Antes de contarles lo que me pasó, quiero detenerme un momento en algo que casi nadie entiende sobre la hipnosis. Se repite mucho que, ni en el trance más profundo, una persona haría algo contra su propia voluntad. Es cierto. Pero también es una verdad incompleta, y esa grieta es por donde se cuela todo.
Déjenme dar un ejemplo extremo para que se entienda. Yo jamás obedecería la orden de matar a alguien. Supongo que ustedes piensan igual: que nada en el mundo podría obligarnos a hacer algo tan ajeno a lo que somos. Y tienen razón.
Ahora bien, ¿y si, estando bajo sugestión, el hipnotizador me convence de que el hombre que tengo enfrente es un terrorista a punto de hacer estallar un autobús lleno de niños, y en ese mismo instante me pone un arma en la mano? Mi reacción sería completamente distinta. No estaría matando a un inocente. Estaría salvando vidas. Al menos eso creería yo.
¿Ven hacia dónde voy? Uno nunca haría ciertas cosas sabiendo que las hace. Pero la herramienta del hipnotizador no es la orden directa: es la realidad. Te la mueve de lugar, te la maquilla, te convence de que las cosas son distintas a como las percibías despierto.
Pensarán que exagero. Bajemos un poco la intensidad, entonces. El sujeto en trance es enormemente sugestionable; en eso se basan los tratamientos para dejar de fumar. El terapeuta implanta la idea de que el tabaco sabe a podrido, de que cada pitada da náuseas. Y funciona.
Con la misma técnica se puede plantar un recuerdo que nunca existió. Que en la adolescencia tuviste una experiencia con otro chico y que fue agradable. Que aquella vez que un amigo se te quedó mirando en el vestuario en realidad te empalmaste. Que ya has probado una polla en la boca y te gustó cómo te llenaba la garganta. O guiar tu fantasía hacia un lugar concreto: que una falda no es más que una prenda, que la piel suave bajo tus dedos es lo más natural del mundo, que abrir las piernas y dejarte follar no tiene nada de vergonzoso.
Si hace un año me hubieras preguntado si yo era capaz de hacer lo que voy a relatarte, te habría dicho que no, rotundamente. Bajo ningún concepto. Es más: ciertas cosas me producían rechazo, asco incluso. La sola idea de tener otra polla cerca de la cara me daba arcadas.
¿Cómo pasé entonces de ser un hombre felizmente casado, fiel y completamente heterosexual, a esto en lo que me convertí? ¿Cómo, en apenas unos meses, recorrí semejante camino? ¿Y cómo es que Carla, mi mujer, a la que amo con locura, no solo lo aceptó, sino que fue ella quien me empujó, quien me abrió el coño de otras cosas de par en par?
Esta es la historia.
***
—Vamos, Damián, es viernes por la noche. ¿En serio nos vamos a quedar otra vez en casa? —me dijo Carla desde el sofá.
—Estoy reventado. Recién llego del trabajo. Pensaba que podíamos pasar la noche juntos, poner una película, tomar algo y, después, quién sabe, ponernos un poco románticos.
—Otra vez con el mismo cuento. Siempre me dices lo mismo y a la media hora estás roncando en el sofá. Yo aburrida, mirándote dormir con la polla flácida dentro del pantalón.
Tenía razón y yo lo sabía. Más de una vez le había propuesto exactamente ese plan y siempre terminaba igual. Podía echarle la culpa al ritmo de trabajo, a que la empresa de logística que dirijo no me da tregua. No me quejaba del dinero, vivíamos bien. Pero lo cierto es que nuestra vida en pareja, por mucho que nos quisiéramos, se había vuelto previsible. Plana. El sexo, cuando había, era el mismo guion de siempre: cinco minutos de besos, ella arriba un rato, yo encima otro rato, corrida rápida y a dormir.
—¿Un espectáculo de hipnosis? —protesté cuando me contó lo que tenía en mente—. Sabes que no me van esas cosas. Un tipo al que le hacen creer que es una gallina y se pone a cacarear. ¿Cómo quieres que me lo tome en serio?
—Este es distinto. No es de los de la tele, de esos que ponen en ridículo a la gente. Te lo prometo.
—¿Y por qué no vamos a cenar mejor?
—Porque por una vez quiero hacer algo diferente. Además, es el mismo show que fui a ver con las chicas hace dos meses. Vale la pena, Damián. De verdad.
—Está bien —cedí al fin—. Pero cuando me aburra, acuérdate al menos de que te quiero.
—Claro, ya empiezas a echármelo en cara antes de salir.
—Vale, no discutamos. Voy con buena predisposición, lo juro.
—Así me gusta. Vas a ver que no te arrepientes.
Hubo algo en cómo dijo esa última frase, un tono que no supe descifrar. Lo atribuí a la promesa silenciosa de buen sexo como premio por mi obediencia. Tal vez, con suerte, hasta se arrodillara entre mis piernas y me la chupara hasta el fondo, algo que ella casi nunca hacía y que a mí me volvía loco.
Con esa fantasía rondándome la cabeza me metí en la ducha. El agua caliente me caía por la espalda mientras yo, en lugar de pensar en el dichoso espectáculo, pensaba en la última vez que Carla me había mamado la polla en serio. Había sido su cumpleaños, casi seis meses atrás, después de la tercera copa de vino. Se había dejado caer de rodillas frente al sillón, con esa mirada oscura que tan pocas veces le veía, y me había bajado los pantalones sin decir palabra.
Recordaba con nitidez cómo me había sacado la verga ya medio dura del calzoncillo, cómo me la había sopesado en la mano, cómo se la había pasado por los labios entreabiertos antes de meterse solo la punta y jugar con la lengua contra el frenillo. Se me erizaba la piel entera bajo el agua de la ducha nada más recordar el modo en que ella escupía sobre el glande y usaba esa saliva para deslizarme el puño arriba y abajo, mientras me lamía los huevos, uno primero, después el otro, chupándomelos enteros dentro de la boca.
Me agarré la polla en la ducha, ya empalmado a tope, y me sacudí despacio pensando en cómo Carla, aquella noche, había abierto la garganta y se había tragado los ocho, nueve centímetros que tenía, tosiendo un poco, con los ojos vidriosos, la baba escurriéndole por la barbilla. Cómo la sentí gimiendo con la boca llena, la vibración recorriéndome la verga entera. Cómo me clavaba las uñas en los muslos para tenerse quieta y no separarse cuando yo, sin poder evitarlo, empujaba las caderas hacia arriba y le follaba la boca durante unos segundos. Cómo, cuando le avisé de que me iba a correr, ella no se apartó: se la sacó apenas, se cerró el puño alrededor del tronco y me apuntó con la boca abierta y la lengua fuera. Le llené la cara y la lengua de semen, chorros gruesos que le cayeron sobre la mejilla, sobre los labios, sobre las tetas. Después se lamió los dedos, uno por uno, sin dejar de mirarme.
Estuve a punto de correrme ahí mismo, en la ducha, agarrándome la polla. Me solté a tiempo. Si aguantaba, si me portaba bien en el show, tal vez esa noche me tocara segunda parte. Cerré el grifo, me sequé con la polla todavía dura, y salí pensando más en el regreso a casa y en mi recompensa de buen marido que en el dichoso espectáculo.
***
El local quedaba en un barrio apartado, al sur de la ciudad. No era un teatro, cosa que me sorprendió, sino una especie de bar pequeño, sin ventanas, montado en lo que parecía una casa antigua y de techos altos. Cinco mesas, un escenario diminuto y poco más.
El sitio estaba casi lleno, todas las mesas ocupadas, aunque con apenas dos o tres personas en cada una. Eso le daba un aire íntimo, tranquilo, casi cómplice. Me relajé en cuanto me senté.
Estaba claro que la propuesta no era solo ver un show, sino acomodarse, beber algo y, de paso, disfrutar de un espectáculo de cuya calidad yo seguía desconfiando.
Una camarera muy guapa nos tomó el pedido. Recuerdo haberme obligado a dejar de mirarle el escote, dos tetas firmes y blancas que se le desbordaban del corpiño, no fuera que Carla me pillara. Pedimos un par de tragos, conversamos sobre cosas que hacía tiempo no nos dábamos el lujo de hablar, y empecé a sentirme bien de verdad.
En cierto momento se apagaron las luces del salón. Un par de focos se encendieron sobre el escenario y comenzó el show de Madame Soraya.
La mujer que entró me dejó con la boca abierta. Cabellera negrísima recogida en una cola alta, un vestido oscuro de un material que de lejos parecía látex por cómo brillaba y se pegaba a su cuerpo, marcando cada curva. Largo, casi hasta los tobillos, pero con una abertura brutal por la pierna derecha que trepaba hasta la cadera, dejando ver que no llevaba bragas debajo, o eso quise creer.
El maquillaje en tonos profundos, los labios de un carmín casi violento —labios de mamar polla, pensé de golpe, y me sorprendí a mí mismo—, la hacían aún más magnética. Las tetas se le marcaban duras contra el látex, con dos puntitos que asomaban donde estaban los pezones. Completaban el atuendo unas medias negras y unos stilettos de tacón aguja de doce centímetros como mínimo, sobre los que caminaba con una naturalidad que me pareció imposible.
—Buenas noches, damas y caballeros. Bienvenidos a mi show. Soy Madame Soraya y espero que esta noche no solo se diviertan, sino que, en algún aspecto, les cambie la vida.
La frase me sonó arrogante. Ya estaba confirmando mi teoría de que tenía delante a una charlatana cuando ella siguió:
—Pero, como supondrán, antes de empezar necesito un voluntario del público. ¿Quién se anima?
Sin darme tiempo a nada, Carla me agarró del brazo y lo levantó por mí.
—¡Él, por favor! Es de lo más escéptico. A ver si aprende algo.
—¿Qué haces? —le siseé—. Sabes que odio estas cosas. ¿Y si me ve uno de mis clientes haciendo el ridículo?
—Vamos, si no hay casi nadie. ¿O es que eres una nenita y no te atreves?
Tocó justo donde sabía que dolía. Me puse de pie casi sin pensarlo.
—Vas a ver cómo esta «nenita» te demuestra que tu hipnotista es un fraude.
—Muy bien —dijo Madame Soraya, con una sonrisa que tardé demasiado en comprender—. Tenemos voluntario. Adelante, por favor.
Subí al escenario. Dos camareras, que ahora hacían de asistentes, acercaron un sillón y me invitaron a sentarme. De cerca, la mujer era todavía más imponente que de lejos. Mi mirada le recorría el cuerpo sin permiso, deteniéndose en las piernas enfundadas en las medias negras, en la abertura del vestido que dejaba entrever el interior blanco del muslo, en el escote profundo desde donde arrancaban esas tetas grandes y duras, en los labios pintados que se me antojaron carnosos y calientes, en las piernas otra vez. Se me removió la polla dentro del pantalón y crucé una pierna para disimular.
—Relájese. Confíe en mí. Ahora quiero que mire con atención el colgante que llevo al cuello.
Del cuello le pendía una cadena fina rematada en un cristal tallado que descansaba justo en el centro del pecho, entre las dos tetas, meciéndose apenas al ritmo de su respiración.
Bueno, si ella me lo pide, pensé, encantado de tener permiso oficial para contemplar semejante belleza con total descaro.
Lo bueno dura poco. Ese pensamiento es lo último que recuerdo.
***
Lo siguiente, en lo que para mí fue apenas un parpadeo, fue encontrarme sentado en el mismo sillón con Madame Soraya a dos metros, de espaldas a mí, dirigiéndose al público.
—Y este, señoras y señores, es el poder real del hipnotismo. Hemos paseado un momento por la mente de este hombre. Y puedo asegurarles que, de ahora en adelante, no volverá a ser la misma.
El salón, con la poca gente que había, estalló en aplausos. Busqué a Carla con la mirada y la encontré batiendo palmas como una posesa, con una sonrisa enorme en la cara.
—¿Qué pasó? ¿Me hizo hacer el ridículo? —le pregunté cuando volví a mi silla, todavía aturdido.
—Para nada. La verdad, si hubiera dependido de tu participación, habría sido bastante aburrido.
—Bueno, tú quisiste venir, no depende de mí. No te quejes ahora.
—Si no me quejo. El show estuvo buenísimo.
—Entonces dime qué hice.
—Nada que valga la pena contar. Ya lo verás por ti mismo.
Lo dijo sonriendo y me dio un beso corto en los labios. Quedé intrigadísimo, pero conocía a Carla: cuando se ponía misteriosa no había forma de sacarle una palabra. Insistir solo servía para que disfrutara más del secreto.
El resto de la noche transcurrió con absoluta normalidad. Tomamos otro trago, ella se rio de algo que dije, le metí la mano por debajo de la mesa y le apreté el muslo por dentro, subiendo despacio hasta rozarle con los dedos el bulto tibio de la entrepierna, notando a través de las bragas que estaba caliente. Me apartó la mano con un gesto juguetón y me susurró al oído «paciencia, en casa». Se me puso dura otra vez. Después volvimos a casa, yo manejando, ella tarareando, y yo soñando todo el camino con mi premio por haber cedido, imaginándola de rodillas otra vez, imaginándome hundido entre sus piernas lamiéndole el coño hasta que se corriera, imaginándola a cuatro patas con el culo levantado esperando que se la metiera hasta el fondo.
***
Me metí en la cama mientras ella se demoraba en el baño. Escuchaba el grifo, el roce de la ropa, el chasquido de un frasco de crema. Ahí viene mi recompensa, pensé, y me acomodé contra las almohadas con una sonrisa idiota. Me llevé la mano a la polla por encima del calzoncillo. Ya estaba dura de solo imaginarme lo que faltaba: la boca de Carla envolviéndome, sus tetas rozándome los muslos, su lengua trabajándome el glande mientras me sostenía los huevos con la otra mano.
Salió por fin, con una camiseta vieja mía que le quedaba enorme y el pelo suelto. Debajo no llevaba nada: se le marcaban los pezones duros bajo la tela fina y, cuando se acercó, alcancé a verle un vello oscuro entre las piernas. Se me disparó el pulso. Se subió a la cama a gatas, se acercó despacio, se inclinó sobre mí, me acarició la mejilla con el dorso de los dedos. Olía a esa crema de almendras que usa siempre. Le pasé una mano por debajo de la camiseta, le agarré una teta llena y caliente, le pellizqué el pezón entre dos dedos. Ella cerró los ojos y sonrió. Me dispuse a besarla.
—Buenas noches, princesa —me susurró al oído.
Y entonces ocurrió algo que todavía hoy me cuesta poner en palabras.
Fue como si alguien hubiera bajado un interruptor en algún rincón de mi cabeza al que yo no tenía acceso. Una pesadez tibia me trepó desde el pecho hasta los párpados. La erección se me derritió en el calzoncillo como si nunca hubiera estado ahí. La excitación, el deseo, las ganas, todo se diluyó de golpe y en su lugar quedó una calma extraña, dócil, casi placentera. No sentí miedo. No sentí nada parecido al rechazo que habría sentido cualquier otra noche al oír esa palabra dirigida a mí.
Sentí, por absurdo que suene, que la palabra encajaba. Que llevaba puesta toda la vida sin saberlo.
Me hundí en el sueño sin poder resistirme, los brazos pesados, la respiración lenta, la mano de Carla aún posada en mi mejilla como si me estuviera bendiciendo. Y justo antes de cruzar el umbral, alcancé a escuchar la voz de Carla, suave, satisfecha, hablándole a alguien que no era exactamente yo:
—Bienvenida al club.
No entendí esas palabras esa noche. Tardaría semanas en empezar a entenderlas. Y para cuando lo hice, ya era demasiado tarde para querer volver atrás.