La voz de mi ex trans me sorprendió en la fiesta
Durante varios años fui un fijo del Edén, en el centro de Rosario. Era el lugar donde nadie preguntaba nada y todos terminaban encontrándose. Con el tiempo empecé a alternar con otro boliche más cerca de casa, el Liquid, otro de esos sitios de mente abierta donde podías ser quien quisieras sin que nadie te mirara raro.
Fue ahí donde me hice medio amigo de Rolando, un estilista con una risa que se escuchaba desde la puerta. Estaba por cumplir sesenta y quería un fiestón a la altura de su ego, que no era poco.
Alquiló una casona vieja en Fisherton y metió a unas ciento cincuenta personas. Llegué temprano, le entregué el regalo, charlamos un rato y después empecé a deambular por los pasillos. La casa era enorme, de techos altos y escaleras de madera que crujían bajo cada paso. Olía a flores y a algo dulce que alguien estaba cocinando en el fondo. En cada rincón me cruzaba con caras conocidas de los dos boliches, copas en la mano y conversaciones que se pisaban unas a otras.
En un momento decidí subir a la planta alta para buscar un baño más tranquilo. Iba a mitad de la escalera cuando escuché un elogio a mi espalda.
—Qué linda colita.
Ni me di vuelta. Supuse que sería alguna de las locas del Edén haciéndome una broma. Pero la voz insistió, más baja, casi un secreto.
—Mmm, hermosa colita, Martín.
Me frené en seco. Nadie ahí dentro tenía por qué decir mi nombre con esa entonación. Me di vuelta despacio.
Era Selene.
Mi exnovia. Mi amante. La pareja con la que había vivido la historia más intensa de mi vida y a la que yo mismo había dejado, porque me había enredado con otro. Habían pasado casi cuatro años. Cuatro años sin un mensaje, sin un llamado, sin nada.
¿Qué les puedo decir? Estaba hermosa, igual que siempre. El pelo un poco más corto, quizás. El resto, intacto. Llevaba un vestido blanco ajustado que le marcaba cada curva y dejaba la espalda al descubierto. La luz tibia del pasillo le caía encima como si la hubieran puesto ahí a propósito. Por un segundo me olvidé de que estábamos rodeados de gente, de la música que subía desde la planta baja, de todo.
Me acerqué y le di un beso en la mejilla que ella transformó en un abrazo largo, de esos que dicen más que cualquier frase. Cuando nos soltamos, tenía los ojos vidriosos.
—Dejame ir al baño un segundo y vuelvo —me dijo.
—Dale, te espero.
Entré yo primero, salí, y ella estaba apoyada en la pared del pasillo, esperándome.
—Te extrañé muchísimo —soltó, sin rodeos.
No supe qué contestar. Me pesaba la culpa de la separación, el haberme ido sin más, el ni siquiera haberla saludado nunca por su cumpleaños. Se lo dije, así, en voz baja.
—También fue culpa mía —respondió ella—. Tanto meter a terceros en la cama… alguna vez tenía que salir mal. Y salió.
Era verdad. La idea de sumar a Damián había sido de ella; yo solo había aceptado. Lo malo fue que me enganché de verdad y terminé dejándola por él. Una historia vieja que todavía me dolía contar.
Nos quedamos hablando en el pasillo, entre alguna caricia tímida y alguna risa nerviosa. De pronto se abrió una puerta cercana y salió una pareja despeinada, evidente lo que habían estado haciendo. Selene me agarró de la mano, me metió en esa habitación y cerró la puerta.
—Acá podemos hablar mejor —dijo.
Había un sillón viejo contra la pared. Nos sentamos con las copas en la mano y muchas ganas de recuperar el tiempo perdido. Hablamos de todo y de nada. Ella lloriqueó un poco, yo la abracé, me agradeció el abrazo, me besó. Y se lo devolví.
Un beso llevó al otro, y al otro, y las manos empezaron a buscar lo que la conversación no alcanzaba a decir. El cuerpo tiene memoria propia, y el mío recordaba perfectamente cada centímetro de Selene. En cuestión de segundos el pantalón me quedó chico, la verga apretada contra la tela, marcándose entera. Ella lo notó enseguida y se rió, mordiéndome el cuello.
—Parece que alguien más me extrañó… —dijo riéndose contra mi piel—. Mirá cómo la tenés, papi. Toda dura para mí.
Me pasó la mano por encima del pantalón, apretándome de punta a base, midiéndome como si quisiera comprobar que seguía siendo la misma polla que había mamado tantas noches. Después se arrodilló entre mis piernas, me desabrochó el cinturón y me bajó el cierre con los dientes. Cuando liberó la verga, se le escapó un suspiro.
—Dios, cómo la extrañaba —susurró, agarrándola por la base—. Está más gorda de lo que me acuerdo.
Me la lamió de abajo hacia arriba, despacio, deteniéndose en la vena que corría por debajo, la que ella sabía que me volvía loco. Después me chupó los huevos uno por uno, mientras me pajeaba con la mano, sin apuro. Cuando por fin se metió el glande en la boca, cerró los ojos como si estuviera comulgando. Bajó de a poco, tragándome entera, hasta que sentí su nariz contra mi vientre y su garganta apretándome la punta. Se quedó así unos segundos, ahogándose apenas, y cuando subió tenía un hilo de saliva colgando de los labios.
—Mmm… así, hermosa —le dije, agarrándola del pelo—. Chupámela como antes.
Me obedeció al toque. Empezó a mamármela con ritmo, sacudiendo la cabeza, ayudándose con la mano en la base, mientras con la otra me acariciaba las bolas. Cada tanto sacaba la lengua y me daba lametazos en la punta, chupando la gota de líquido que se me escapaba. Sabía exactamente cuándo acelerar y cuándo frenar, cuándo apretarme el prepucio con los labios y cuándo tragarme profundo. Me tenía al borde en cuestión de minutos.
—Selene, me vengo —le avisé, con la respiración cortada.
Ella lejos de sacarla, apretó más fuerte, clavándome las uñas en el culo para que empujara hacia adelante. Le llené la boca de un chorro largo, y después otros dos, gruesos, calientes. Sentí cómo tragaba cada uno sin soltarme, ordeñándome con la lengua hasta la última gota. Cuando me sacó la verga de la boca, todavía dura, se pasó el pulgar por la comisura y se relamió.
—Mmm… siempre dije que tu leche me encantaba —murmuró, sonriendo—. No cambió nada.
Ahora tocaba mi parte. Selene se puso de pie y su cintura me quedó a la altura de la cara. Le levanté la falda del vestido, encontré la tanga blanca, empapada de un costado, y de a poco la fui bajando por las piernas hasta que quedó colgando de un tobillo. Ahí estaba, otra vez frente a mí, ese coño que había sido mío durante años.
No sé si fue el tiempo o la nostalgia, pero me pareció más carnoso de lo que recordaba, los labios hinchados, brillando de humedad. Le abrí las piernas un poco más y le pasé la lengua entera, de abajo hacia arriba, saboreándola. Selene se agarró de mi cabeza y gimió fuerte.
—Ay, Martín… seguí así, no pares.
La chupé despacio, dibujándole el clítoris con la punta de la lengua, después envolviéndolo con los labios y succionando de a poco. Le metí dos dedos y los curvé hacia adentro, buscando ese punto esponjoso que la hacía temblar. Lo encontré enseguida y empecé a apretárselo mientras seguía comiéndosela. Ella se mordía la mano para no gritar, porque la puerta era fina y del otro lado había gente.
—Más adentro, papi… metémela toda —jadeó.
Le sumé un tercer dedo y aceleré, cogiéndosela con la mano mientras le chupaba el clítoris cada vez más fuerte. Sentí cómo se le contraía todo por dentro, cómo las piernas empezaron a fallarle. Cuando le clavé la lengua entre los labios y le apreté el punto justo con los dedos, se corrió sobre mi cara con un espasmo largo. Me llenó la boca de un flujo caliente y espeso que tragué sin pensar, mientras ella se sacudía agarrada de mi pelo.
—Ay, Dios, Dios… no pares —gimió, con la voz quebrada.
Me quedé lamiéndola hasta la última contracción, limpiándole cada gota con los dedos, mirándola a los ojos. Cuando terminé, me metí los dedos en la boca uno por uno y los chupé delante de ella.
Volvimos a sentarnos. Nos miramos en silencio, los dos agitados, el olor a sexo llenando la habitación. No hizo falta decir nada más: los dos sabíamos cómo seguía esto. Salimos de la habitación con la idea clara de irnos juntos. Solo hubo tiempo de un «seguime» susurrado, porque cada uno había llegado en su auto.
***
Media hora después estacionamos frente a un edificio imponente, de esos con portero y mármol en la entrada. Selene se había mudado. Me contó que el trabajo le había crecido mucho en estos años y que eso le había dado una vida bastante mejor.
Entramos, subimos, llegamos al piso. Un departamento enorme, con ventanales que daban al río. Enseguida pensé, con una punzada absurda, que yo podría haber estado viviendo ahí, en pareja con ella, si las cosas hubieran sido distintas.
Me senté en el living gigante mientras ella sacaba un champagne de la heladera.
—Lo tenía guardado para una gran ocasión —dijo, descorchando—. Y verte hoy fue la mejor de todas.
Mientras brindábamos nos fuimos besando otra vez, y entre beso y beso cada uno se fue desvistiendo, sin apuro, como en una película lenta. Quedé desnudo, la polla parada como un mástil, chorreando ya de la punta. Ella se quedó solo con la tanga, y cuando se dio vuelta para servir más champagne, se me fueron los ojos al bulto que se le marcaba entre las piernas por atrás. Selene tenía verga. Una verga hermosa, gruesa, que en la intimidad siempre había sido el juguete favorito de los dos.
Cuando se levantó a buscar hielo, un escalofrío me recorrió la espalda. Seguía teniendo esa figura que volvía locos a los hombres, tetas paradas, cintura fina, culo respingón, y debajo de la tela colgaba aquello que tantas noches había llenado mi cuerpo hasta el fondo.
Al volver se sentó frente a mí, abrió las piernas, corrió la tela hacia un costado y la soltó. Salió pesada, medio dura, gruesa, con la cabeza brillante. Ya no necesité ninguna invitación. Me arrodillé en la alfombra entre sus muslos y me la metí en la boca sin preámbulos.
La fui despertando de a poco, chupándole solo la punta primero, dándole vueltas con la lengua alrededor de la corona, hurgando el hoyito con la punta. Palpitaba como si tuviera vida propia, engrosándose contra mi paladar. La piel suave, casi de seda, me desarmaba. Cuando ya la tuve dura del todo, empecé a bajar, tragándomela entera, sintiendo cómo me abría la garganta. Llegué a meterla casi hasta la base, como en los viejos tiempos, con las bolas contra la barbilla y las lágrimas asomándome por el esfuerzo.
—Así, amor, chupámela toda —jadeó ella, agarrándome del pelo—. Ay, cómo extrañaba esa boca tuya.
Se la mamé un rato largo, ensalivándosela de arriba abajo, sacándola para lamerle los huevos, volviéndola a meter entera. La saliva me chorreaba por el mentón y le mojaba las piernas. Pero esta vez los dos queríamos algo más.
—Esperá —dije, separándome con la respiración entrecortada—. Sabés lo que me gusta hacer.
Dejé la copa en el piso, le saqué la tanga del todo, me llevé dos dedos a la boca y los ensalivé bien. Me di vuelta, apoyé la cara contra el sillón y empecé a meterme los dedos en el culo, abriéndomelo despacio para ella. Selene se mordió el labio mirándome.
—Qué hermoso culo tenés, papi. Preparátelo bien, que hoy te la voy a meter toda.
Siempre nos había gustado que yo la montara de frente, mirándonos a los ojos. Me trepé encima de ella, tomé su verga ya húmeda y goteando, la apoyé contra mi entrada y respiré hondo. Empujé.
—Dios… —se me escapó.
Cuatro años sin recibir algo de ese tamaño habían vuelto mi culo terco, así que todo fue muy lento. Pero la noche era larga y no había ninguna prisa. Entró la punta con un ardor que me cortó la respiración, me acomodé, dejé pasar unos segundos apretándola con el esfínter. Empecé a moverme apenas, bajando milímetro a milímetro, sintiendo cómo se me abría de a poco.
—Tranqui, mi amor, tranqui —me susurraba ella, agarrándome de la cintura, sin empujar, dejándome bajar a mi ritmo—. Vos manejala.
Se me llenaron los ojos de lágrimas, entre el ardor y otra cosa que no era dolor, era placer puro mezclado con memoria. Con besos, caricias y mucha paciencia, sentí por fin cómo la última pulgada entraba y las bolas de ella me quedaban aplastadas contra el culo. Estaba completamente empalado.
Nos besamos profundo, las lenguas reconociéndose, mientras me quedaba unos segundos quieto acostumbrándome. Después empecé a subir y bajar, primero con movimientos cortos, después más largos, cabalgándola entera. Cada vez que bajaba, la sentía llegar hasta el fondo, empujarme un lugar que solo ella había tocado.
—Así, papi, cogeme rico —gemía Selene—. Sacudí ese culo para mí.
Aceleré. La montaba con ritmo, apoyando las manos en sus hombros, dejándome caer con todo mi peso sobre su verga. Ella me agarró la polla, que iba rebotándome contra la panza, y empezó a pajearme al mismo ritmo. Sentía cada embate por dentro, cómo me golpeaba en un lugar que me hacía ver luces. Esa combinación, su mano cerrada alrededor de mi verga y su polla clavándome hasta el fondo, me llevó al límite en minutos.
—Me voy a correr, me voy a correr —le avisé, jadeando.
—Vení, mi amor, corréte encima mío. Quiero verte.
Estallé sobre su pecho: un chorro largo que le llegó hasta el cuello, después otros más cortos que le mojaron las tetas y la panza. Mi culo se cerró en espasmos alrededor de su verga mientras me venía, y la sentí a ella temblar por dentro. Nos besamos otra vez, hondo, ella todavía clavada en mí, mi leche embarrándonos a los dos.
—Ahora yo —murmuró, con la respiración entrecortada.
Me fui levantando de a poco, separándome con cuidado de esa firmeza casi de madera. Sentí el vacío enseguida, ese hueco caliente que me quedaba después de tenerla adentro. Me arrodillé frente a ella. Selene se puso de pie, se agarró la polla, brillante de mis jugos, y se empezó a pajear rápido, mirándome a los ojos, con la punta apuntándome a la cara.
—Abrí la boca, papi. Abrila bien.
Le obedecí. Sacó la lengua, apretó los dientes, y empezó a gotear como una canilla mal cerrada. Una gota gruesa cayó primero, después otra en mi frente, y al final soltó un chorro tibio, largo, espeso, que casi me cierra un ojo. Vino otro, y otro más, cayendo sobre mi boca, mi nariz, mis mejillas, colándose por la barbilla hasta el cuello. Tenía la cara empapada de su leche caliente. No podía ni abrir los ojos. Ella pasó un dedo por mis párpados, juntando la corrida, y me lo metió en la boca, despacio. Se lo chupé entero, tragando todo.
—Qué rica, mi amor —le murmuré, con la voz ronca.
Sentí el aire entrar donde había estado ella, esa sensación de quedar abierto, dilatado, que había olvidado por completo. Terminé de limpiarme la cara con los dedos, lamiendo cada uno, comiéndome hasta la última gota. Cuando por fin abrí los ojos, Selene seguía ahí, de pie, llorando en silencio. Las lágrimas le rodaban por las mejillas, mezclándose con el sudor.
—Te amo como nunca amé a nadie —dijo con la voz quebrada—. No quiero perderte otra vez. Por favor.
Esa noche, en ese departamento con vista al río, volvimos a empezar la historia que yo nunca debí haber cortado.