Entré al cuarto oscuro y nadie me dijo que no
Vanesa entró al Faro Rojo como quien entra a cazar. El calor pegajoso de febrero le caía sobre la nuca, pero el verdadero incendio lo llevaba más abajo, entre las piernas, latiendo desde hacía horas. Veinte días sin tocar a nadie que no fuera ella misma habían convertido la necesidad en algo salvaje, casi violento. Esa noche no pensaba pedir permiso ni ir despacio.
La minifalda de cuero negro se le trepaba peligrosamente cada vez que daba un paso. Debajo, una tanga de encaje rojo sangre que ya estaba empapada antes de cruzar la puerta del local. Los pechos se le movían libres bajo la blusa de tul transparente, los pezones marcándose duros contra la tela. Sandalias de plataforma imposibles. Labios pintados del mismo rojo que la ropa interior. Mirada de quien sabe exactamente a qué vino.
El sitio olía a sudor, a perfume barato y a algo más denso que flotaba sobre todo lo demás. Música grave golpeaba desde unos parlantes escondidos, un latido constante que se le metía en el pecho. Las luces rojas teñían las caras de los que bebían en la barra, convirtiéndolos a todos en sombras hambrientas. Vanesa avanzó entre ellas sin bajar la mirada una sola vez.
Lo vio antes de llegar a la barra. Él estaba apoyado contra la madera, alto, ancho de hombros, la barba recortada y unos ojos oscuros que decían «te voy a romper» sin que hiciera falta abrir la boca. Cuando ella pasó cerca, el hombre simplemente estiró el brazo y la tomó de la muñeca. No le preguntó nada. Ella tampoco le dio la oportunidad de hacerlo.
—Llevás un rato mirándome —le dijo él, la voz ronca, cerca del oído.
—Vos llevás más —respondió Vanesa, sosteniéndole la mirada.
Por un instante ninguno de los dos dijo nada más. Vanesa sintió el pulgar áspero de él recorrerle el borde de la mandíbula, bajar por el cuello, detenerse justo encima del escote. La música golpeaba grave, los cuerpos en la barra eran sombras que iban y venían, y entre todo ese ruido el silencio entre ellos pesaba como una promesa. Ella respiraba por la boca, despacio, midiéndolo, y él la miraba como quien ya decidió lo que va a hacer.
No hubo presentaciones al principio. Solo bocas chocando contra la columna del fondo, lenguas peleando, dientes que mordían sin pedir disculpas. Él le metió la mano por debajo de la falda sin preámbulos y encontró lo que había debajo del encaje: dura, caliente, apretada contra la tela mojada. Soltó un gruñido bajo, sorprendido y excitado a la vez, y apretó con fuerza.
—Mirá lo que tenemos acá —murmuró contra su cuello—. Sos una calentona de verdad, ¿no?
Vanesa le clavó las uñas en la nuca y le respondió mordiéndole el lóbulo de la oreja.
—Y todavía no viste nada —le dijo—. Te lo voy a mostrar.
Lo arrastró hacia el pasillo del fondo, ese túnel angosto y oscuro donde nadie pregunta nombres. El hombre se llamaba Rodrigo, eso se lo dijo entre dos besos, pero a ella el nombre le daba lo mismo. Lo único que le importaba era el bulto que sentía crecer contra su cadera cada vez que se apretaban.
***
Adentro del túnel todo era otra cosa. El aire estaba más espeso, cargado de gemidos, de jadeos, de golpes de carne contra carne húmeda. Alguien repetía «más fuerte» a dos metros de distancia, la voz quebrada. Otra pareja se movía contra la pared opuesta como si el mundo fuera a terminarse en cinco minutos. La penumbra roja apenas dejaba ver siluetas, manos, espaldas arqueadas.
Rodrigo no esperó a llegar al fondo. La empujó contra la pared de ladrillo pintado de negro, le subió la falda hasta la cintura de un solo tirón y le bajó la tanga de un movimiento brusco. El encaje se rasgó con un sonido seco que se perdió en el ruido del lugar. Vanesa soltó una risa ronca, encendida, lejos de cualquier reclamo.
—Me gustaba esa —dijo ella, sin que le importara.
—Te compro diez —contestó él.
Vanesa le bajó el cierre del jean con violencia y la sacó: gruesa, pesada, más grande de lo que había imaginado, ya con una gota brillando en la punta. Sonrió en la oscuridad. Se arrodilló sin pensarlo, las plataformas crujiendo contra el cemento, y se la metió hasta la garganta en el primer intento. Sin arcadas, sin pausa, como si lo hubiera hecho mil veces.
Rodrigo gimió fuerte y le agarró la cabeza con las dos manos. Empezó a moverse contra su boca, despacio primero y después con ganas, marcando un ritmo propio. Vanesa lo dejaba hacer, la saliva escurriéndole por la barbilla, las pestañas húmedas por el esfuerzo. Cada empujón profundo le golpeaba el fondo de la garganta y ella respondía apretando la lengua, succionando, mirándolo desde abajo con los ojos brillantes.
—Así —murmuraba él entre dientes—. Tal cual, despacio… que me la vas a hacer terminar.
Ella se separó apenas, con un hilo de saliva uniéndolos todavía, y le habló con la voz raspada.
—Todavía no —dijo—. Quiero más.
Cuando lo sintió al borde, lo soltó. Rodrigo la levantó de un tirón, casi cargándola, y la giró hacia la pared. Le abrió las piernas con la rodilla, sin brusquedad pero sin dudar, y le pasó dos dedos mojados de saliva entre las nalgas, buscando. Vanesa se arqueó y soltó un gemido largo, ronco, apoyando la frente contra el ladrillo frío.
—¿Querés que te coja acá? —le preguntó él, la voz tensa de deseo, los dedos hundiéndose despacio.
—Quiero —contestó ella, sin vueltas—. Y quiero sentirlo mañana.
***
Rodrigo se tomó su tiempo solo el principio. Apoyó la punta y empujó, ganando terreno de a poco, abriéndose paso mientras ella respiraba hondo y trataba de aflojarse. Vanesa apretó los dientes, el placer y la molestia mezclándose en una sola corriente que le subía por la espalda. Cuando él entró del todo, los dos se quedaron quietos un segundo, agitados, sintiendo cada centímetro.
Después ya no hubo paciencia. Rodrigo empezó a moverse profundo, firme, cada embestida más segura que la anterior. Le agarró la cadera con una mano para mantenerla en su sitio y con la otra le rodeó el pecho, apretándolo, pellizcándole el pezón hasta arrancarle un grito. Las plataformas de Vanesa resbalaban sobre el cemento y él la sostenía, clavándola contra la pared con su propio cuerpo.
—No te imaginás cómo apretás —le dijo al oído, mordiéndole el hombro.
—Entonces no pares —jadeó ella.
La mano que tenía sobre su pecho bajó, recorriéndole el vientre, hasta cerrarse sobre lo que ella llevaba dura entre las piernas. Rodrigo empezó a moverla al mismo ritmo con que la penetraba, áspero, sin delicadeza, y Vanesa sintió que se le iban las fuerzas. El roce de él por dentro, la mano firme por fuera, el calor del cuerpo aplastándola contra el muro: todo se le juntó en un nudo apretado que crecía y crecía.
Alrededor, los otros seguían en lo suyo. Una mujer gritaba, un hombre maldecía entre dientes, las sombras se movían en la penumbra roja. Nadie miraba a nadie y todos lo sentían todo. Vanesa nunca se había excitado tanto como en ese pasillo oscuro lleno de desconocidos que respiraban al mismo tiempo que ella.
—Me estás volviendo loca —dijo, la voz hecha pedazos—. No aflojes.
—No pienso —gruñó Rodrigo, acelerando.
Los golpes se volvieron brutales, profundos, resonando bajo la música. Vanesa sentía que se partía en dos, que el placer le subía desde algún lugar hondo y le tomaba el cuerpo entero. Él le apretó la mano alrededor con más fuerza, moviéndola rápido, y ella supo que faltaba poco.
Rodrigo se vino primero. Un sonido ronco salió de su garganta mientras se hundía hasta el fondo y se quedaba ahí, temblando, vaciándose en oleadas calientes que ella sintió por dentro como golpes. Esa sensación, sumada al resto, la empujó por el borde. Vanesa se contrajo, todo el cuerpo en tensión, y terminó contra la pared con un gemido largo que se confundió con los de los demás, las rodillas temblándole, las uñas raspando el ladrillo.
Quedaron los dos quietos, pegados, recuperando el aire. Él salió despacio y ella sintió el calor escurrirse por la cara interna del muslo. Se giró apenas, todavía agitada, los labios hinchados, el rímel corrido, el pelo hecho un desastre.
***
Se miraron en la penumbra roja, los dos respirando fuerte. Rodrigo tenía esa media sonrisa peligrosa de quien todavía tiene ganas. Le pasó el pulgar por el labio inferior, recogiendo el desastre del maquillaje, sin dejar de mirarla.
—¿Seguimos? —preguntó, y por el tono se notaba que no estaba del todo terminado.
Vanesa se limpió una lágrima de placer con el dorso de la mano y se acomodó la falda rota lo mejor que pudo. Después le apoyó la palma abierta en el pecho y lo empujó, despacio pero firme, contra la pared de ladrillo de la que ella acababa de despegarse.
—Seguimos —dijo, la voz baja y oscura—. Pero ahora te toca a vos de rodillas. Y esta vez no voy a ser amable.
Rodrigo la miró un segundo, midiéndola, y algo en sus ojos cambió. Bajó la vista hacia la mano que ella todavía le tenía apoyada en el pecho, hacia la forma en que lo sostenía contra la pared, y entendió que el juego había cambiado de dueño.
—No sabés con quién te metiste —dijo él, pero ya estaba aflojando los hombros.
—Lo voy a averiguar ahora mismo —contestó Vanesa.
Sin esperar respuesta, le bajó el jean hasta los tobillos y le puso una mano firme sobre el hombro, empujándolo hacia abajo. Rodrigo se dejó caer de rodillas sobre el cemento, los ojos clavados en los de ella, mientras alrededor el túnel seguía respirando en la oscuridad.
La noche, en realidad, recién empezaba.