Mi ex trans volvió tras cuatro meses de silencio
Había pasado otro mes maldito desde que Bianca se esfumó de mi vida sin dejar rastro, igual que la primera vez. Durante los primeros días me prometí a mí mismo que esta vez sería distinto: que le pediría ayuda, que hablaríamos durante horas, que nos buscaríamos como dos desesperados. Pero las semanas se arrastraron sin una llamada, sin un mensaje, sin un mísero «¿qué tal estás, Marcos?» en el teléfono.
Lo curioso es que haberla tenido cerca me había dado una seguridad que jamás conocí antes. Empecé a cuidarme, a comer mejor, a vestir distinto. Y, poco a poco, pensar en ella dejó de doler. Cuatro meses después esquivaba con soltura las preguntas de mis padres sobre por qué ya no la llevaba a casa, y casi había logrado convencerme de que la había olvidado.
Fue entonces, una tarde cualquiera en el supermercado, cuando un carro chocó de frente con el mío.
—¡Ay, perdona! No sé ni dónde tengo la cabeza, voy corriendo a todas partes —dijo una chica menuda, de gafas de pasta negra y aire tímido.
—Tranquila, la culpa ha sido de los dos —respondí con un aplomo que antes no tenía—. Marcos. ¿Y tú?
—Carla. Pero todos me llaman Carlita —contestó, roja como un tomate.
—Pues, Carla, déjame invitarte a una cerveza para compensar el golpe.
—Me encantaría, pero he quedado con una amiga en cuanto termine la compra —dijo, visiblemente apenada.
—No pasa nada. Si cambias de idea, aquí tienes mi número.
Me despedí con dos besos y un apretón firme en su cintura, esa decisión que durante años me había faltado y que tantos coqueteos me había echado a perder. Estaba pagando cuando noté una mano en el hombro.
—No puedo dejar plantada a mi amiga, pero si quieres vente con nosotras y luego me acercas a casa.
—Hecho.
El bar quedaba a un par de calles, un local de estilo irlandés con muebles de madera oscura, gente apoyada en la barra y grupos charlando en el centro. Durante el trayecto hablé sin parar, nervioso; Carla apenas respondía, muerta de vergüenza, deseando llegar para que su amiga le diera algún consejo. Cuando entramos, señaló al fondo. En la última mesa, de espaldas, había una mujer de melena larga, negra y brillante que caía en ondas perfectas hasta la curva donde se adivinaba un trasero generoso.
Algo se me encogió en el pecho antes incluso de que se girara, como si el cuerpo supiera lo que la cabeza se negaba a aceptar.
—Te presento al chico que he conocido por una bonita casualidad: Marcos. Y ella es mi amiga... Bianca.
Cuando se volvió, vi exactamente lo que el corazón me había advertido. Aquellos ojos grandes y oscuros que atrapaban como un imán. Los labios carnosos, pintados de rojo intenso, que tantas noches había añorado morder. Los vaqueros ceñidos a un cuerpo de curvas imposibles, los pechos firmes marcándose bajo la blusa. Sentí un tirón inmediato en la entrepierna.
La cara de Bianca fue un poema. Aquella mujer de rasgos latinos y piel morena, que parecía sacada de una fantasía, palideció en segundos.
—Marcos... ¿qué tal estás? —murmuró con la voz temblorosa, bajando la mirada como quien sabe que ha hecho algo imperdonable.
—Vaya, mira a quién tenemos aquí —respondí con una calma helada—. Qué casualidad tan afortunada, Carla, tener una amiga así en común. ¿Qué es de tu vida, Bianca? ¿Ya engañaste a otro pobre diablo como yo?
Carla nos miraba a uno y a otro sin entender nada, como en un partido de tenis.
—Chicos, vamos a calmarnos —intervino—. Pedimos algo y me contáis qué pasa.
Me escabullí hasta la barra a por tres jarras, porque sabía que las íbamos a necesitar. Cuando volví, expliqué a grandes rasgos cómo nos habíamos conocido, lo intensa que fue nuestra historia y cómo terminó: con cuatro meses de silencio absoluto. Bianca no levantaba la vista de sus propios dedos. Tras una hora tensa, me disculpé y me marché. En el coche maldije su nombre, su cuerpo, su forma de tocarme y todo lo que me había hecho sentir. Necesitaba una ducha para sacármela de la cabeza.
***
Estaba a punto de meterme bajo el agua cuando sonó el timbre.
—¿Quién cojones será a estas horas? —gruñí, anudándome la toalla a la cintura.
Abrí sin mirar por la mirilla, dispuesto a despachar a quien fuera. Pero el destino tiene un humor cruel: al otro lado estaba Bianca.
—Hola, Marcos... ¿puedo pasar?
—¿Se puede saber qué demonios haces aquí? —respondí, furioso y desconcertado a partes iguales.
—Te lo explico si me dejas entrar —dijo, mordiéndose el labio mientras me recorría con la mirada de arriba abajo.
Me hice a un lado. No pude evitar fijarme en aquel trasero que tanto había echado de menos.
—Lo primero, quiero pedirte perdón. Me fui pensando volver a llamarte, pero tuve miedo. Miedo a que me rechazaras, a que alguien como tú no quisiera estar con alguien como yo. —Hablaba deprisa, como temiendo que la interrumpiera—. La noche que me recogiste había bebido y fumado de más. Mi vida no ha sido fácil, Marcos. Me han humillado, usado, hasta intentaron prostituirme. ¿Y de pronto aparece un hombre que me ducha, me acuesta sin tocarme, me presenta a sus padres y me hace querer no soltarlo nunca? Me asusté y hui.
Tragué saliva. Sin que ella lo notara, la polla empezaba a tensarse bajo la toalla.
—Pero estos cuatro meses no los perdí —continuó—. No he vuelto a beber ni a fumar. Me pagué un curso, encontré trabajo en una tienda del barrio, me mudé. Carla es mi compañera de piso. Me prometí que volvería a buscarte solo cuando te mereciera, cuando dejara de ser la que era. Siento no haberte avisado. Sé que me habrías esperado, pero esto tenía que hacerlo sola.
El beso que le di fue brutal, casi violento. No el de una reconciliación tierna, sino el de un hombre que llevaba cuatro meses tragándose la rabia. Le aplasté la boca contra la mía, mordiéndole el labio hasta que gimió. Mis manos bajaron directas a ese trasero que tanto había maldecido y deseado, clavando los dedos en la carne a través de los vaqueros.
—Joder, Bianca —gruñí contra sus labios—. Cuatro meses sin saber si estabas viva. Y ahora apareces con esa carita de arrepentida que me pone como un animal.
—Lo sé —jadeó, pegando su cuerpo al mío—. Soy una cobarde. Pero déjame demostrarte que esta vez es distinto. Úsame como quieras. Hazme pagar.
No necesité más. La empujé hacia el dormitorio sin soltarle las caderas y cerré la puerta de una patada. La giré contra la pared, le subí la blusa de un tirón y le bajé los vaqueros junto con la ropa interior hasta medio muslo. Su trasero quedó al descubierto, pesado y perfecto, la piel morena tibia bajo mis manos.
—Mira lo que me has hecho desear durante meses —le susurré en la nuca, deslizando una mano entre sus piernas para rodear su sexo, ya despierto y duro.
Bianca gimió alto cuando empecé a acariciarla mientras con la otra mano la preparaba con cuidado.
—Sí... lo sé... —jadeaba—. Fui una cobarde. Pero ahora estoy aquí. Tómame, Marcos. Hazme tuya otra vez.
Me deshice de la toalla y empujé despacio, abriéndome paso con firmeza hasta el fondo. Ella arqueó la espalda, las uñas arañando la pared.
—Dios... cómo la tienes —gimió—. Cuatro meses sin esto.
Empecé a moverme con embestidas profundas y rabiosas, cada golpe de mis caderas arrancándole un quejido. El sudor ya me corría por la espalda. Le agarré el pelo para obligarla a girar la cabeza y mirarme.
—¿Te gusta? ¿Te gusta después de dejarme tirado como a un perro? —gruñí entre dientes.
—Sí —gemía sin control, empujando hacia atrás para tenerme más adentro—. Más fuerte, Marcos. Échame en cara cada noche que pasaste solo.
Le di una palmada en la nalga, y la marca roja apareció al instante. Otra, y otra más, cada azote acompasado con una embestida que hacía temblar todo su cuerpo. Su propio sexo se balanceaba debajo, goteando de puro placer.
La saqué de golpe y la tumbé boca abajo sobre la cama, esa misma cama donde la había tenido la última vez y donde tantas noches me había perdido pensando en ella. Le levanté las caderas, la puse a cuatro patas y volví a entrar, más hondo aún. Pasé la mano por debajo y la acaricié al ritmo de mis embestidas.
—Mira cómo estás —jadeé—. ¿Esto es lo que querías cuando desapareciste? ¿Que otro te tomara así?
—No —gimió, la voz quebrada por los golpes—. Solo pensaba en ti. Nadie me hace sentir como tú.
La follé largo rato, cambiando el ritmo para torturarla: rápido y salvaje, luego lento y profundo, saliendo casi del todo para volver a hundirme hasta el fondo. La giré boca arriba, le eché las piernas sobre mis hombros y la penetré de nuevo, esta vez mirándola a los ojos.
—Mírame, Bianca. Mírame mientras te recuerdo a quién perteneces.
Tenía los ojos vidriosos, la boca abierta, los pechos subiendo y bajando con cada arremetida.
—Me estás volviendo loca —jadeó—. No pares. Quiero terminar contigo.
Bajé la cabeza y le mordí un pezón mientras mi mano no soltaba su sexo, acariciándola cada vez más rápido. La cambié de postura una vez más, sentándola en el borde de la cama con las piernas abiertas mientras yo, de pie, embestía con toda mi fuerza. El cuarto entero olía a sexo, a sudor, a deseo contenido durante demasiado tiempo.
—¿De quién eres? —le pregunté, sin aliento.
—Tuya —gimió—. Solo tuya, Marcos. Nunca más voy a huir.
El placer se acumulaba en lo más hondo de los dos. Sentí cómo su cuerpo empezaba a tensarse, los muslos temblando alrededor de mí.
—Me corro —gruñí.
—Yo también —jadeó—. No pares.
Bianca echó la cabeza hacia atrás y se dejó ir con un gemido largo y ronco, todo su cuerpo sacudiéndose mientras se derramaba entre los dos. Verla rendida así, completamente entregada, me arrastró a mí también hasta el límite. Me hundí hasta el fondo y exploté dentro de ella con una fuerza que me dejó las piernas flojas y la mente en blanco.
Nos quedamos un rato así, jadeando, los cuerpos pegajosos y calientes, sin separarnos. Después ella se dejó caer a mi lado y se acurrucó contra mi pecho, pasando una mano despacio por mi abdomen. Levantó la vista y me miró a los ojos, la voz suave pero cargada de algo real.
—Lo siento de verdad, Marcos. Siento todo el daño que te hice al desaparecer. Tenía miedo de no ser suficiente. Pero te juro por lo que más quieras que no vuelvo a huir. Nunca más. Estoy aquí. Quiero estar contigo.
La miré en silencio unos segundos. El resentimiento seguía ahí, latiendo bajo la piel, pero mezclado ahora con algo más hondo y más peligroso. Le acaricié el pelo con la mano todavía temblorosa.
—Quiero creerte, Bianca —dije al fin—. Joder, quiero creerte con todas mis fuerzas.
No hizo falta decir nada más. Nos quedamos enredados, los cuerpos calientes y la promesa flotando en el aire junto con el olor a sexo. Poco a poco el cansancio nos fue venciendo. Pero, debajo de la calma, el deseo y el miedo a que todo volviera a romperse seguían latiendo entre nosotros.