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Relatos Ardientes

Le pedí al barbero un corte de mujer para mi cita

Tobías levantó la vista en cuanto crucé la puerta de la barbería.

—¡Nico! —dijo, con esa sonrisa de siempre.

—Hola… —respondí, y la voz me salió más baja de lo que quería.

Nos abrazamos y yo me estremecí sin poder evitarlo. Hacía meses que no pisaba el local, desde antes de tomar la decisión que esa misma noche iba a cambiarlo todo.

—¿Qué haces por acá? ¿Vienes por un corte? —preguntó mientras sacudía una capa.

—Así es.

—¿Por fin te vas a deshacer de esa melena de rockero?

—Sí. Es tiempo de un cambio.

—Pasa, siéntate.

Tomé asiento en el sillón y Tobías empezó a preparar los instrumentos con la calma de quien lo ha hecho mil veces. Me miró en el espejo, esperando.

—¿Cómo lo quieres?

Entonces le expliqué: que me lo cortara en capas, que me lo dejara a la altura de los hombros, suave, con movimiento.

—Pero… ese es un corte de mujer —dijo, y la sonrisa empezó a desvanecérsele de la cara.

—Sí. Quiero un corte de mujer.

Tobías me observaba a través del espejo con una mirada que no sabía dónde acomodar. Iba a decir algo, abrió la boca, pero en ese momento nos interrumpió su esposa, doña Carmen, que salía de la trastienda secándose las manos.

—¿Escuché bien, Nico?

—Hola, doña Carmen… —dije.

Los dos me miraban. Ella con curiosidad, sin advertir que su marido estaba pálido de la consternación. Tomé aire y lo dije de una vez, antes de arrepentirme.

—Esta noche tengo una cita con un chico. Y quiero verme bonita para él.

Las tijeras resbalaron de las manos de Tobías y terminaron en el piso con un repiqueteo metálico. Doña Carmen se acercó y me tomó de las manos.

—Nico, ¿te gustan los chicos? ¿Por qué no nos lo habías contado antes?

Tobías recogió las tijeras y trató de actuar con naturalidad mientras volvía al trabajo, pero le temblaban los dedos. Yo respondía a las preguntas de ella, una tras otra.

—¿Y ya has estado con chicos?

Asentí en silencio.

—Cuídate mucho, por favor. Usen siempre protección…

Doña Carmen me dio entonces una larga lista de consejos que para ella eran fundamentales para que yo tuviera una vida plena y sana. Su ternura me desarmó. Cuando Tobías terminó de cortar, soltó la única pregunta que pudo articular.

—¿Y cuál es tu nombre de mujer?

Miré mi reflejo. El corte era perfecto, mejor de lo que había imaginado. El pelo me caía exactamente donde quería.

—Valeria —dije—. Pueden llamarme Valeria.

Después de pagar, doña Carmen me abrazó fuerte y me felicitó por ser valiente, por atreverme. «Vas a estar bien», me dijo al oído. Le agradecí y salí.

Unos metros calle abajo escuché a Tobías que me llamaba.

—¡Nico!

Me detuve, pero no volteé.

—¡No lo hagas!

—Tienes que volver con tu esposa —le dije sin girarme—. Nos vemos pronto.

Y seguí mi camino. Había oscurecido y la noche estaba fresca.

***

Al llegar a casa me desnudé y encendí la computadora. Faltaban tres horas para la cita y necesitaba calmar los nervios que me trepaban por el pecho. Abrí una foto de Damián, mi pretendiente. En ella estaba desnudo, la piel morena envolviendo cada músculo, y todo en él me parecía la respuesta a una pregunta que llevaba años haciéndome.

Separé las piernas y empecé a acariciarme, susurrando su nombre como un conjuro. Damián, Damián, te deseo tanto… Mis dedos no bastaban. Busqué en el cajón un consolador, lo cubrí de lubricante y me senté sobre él poco a poco, hasta sentirlo entero dentro de mí. Gemí. Me mecía despacio, acariciándome los muslos y los pezones, imaginando que eran sus manos las que me sostenían. No tardé en terminar, temblando, con la frente perlada de sudor.

En la ducha me rasuré con cuidado el vello casi inexistente de las piernas, las axilas, el pubis. Después aseé cada parte de mi cuerpo con una devoción casi ritual. Al salir me miré en el espejo: la palidez de mi piel le daba un aire andrógino a mi figura. Me veía hermosa. Pero todavía quedaba mucho por hacer.

Del cajón de juguetes saqué un plug con una falsa gema en la base y lo coloqué con paciencia. Luego vino la ropa interior: un conjunto diminuto de encaje, sostén y tanga a juego. Acomodé las prótesis de silicona en las copas y me puse encima un suéter negro ajustado. Me miré de perfil. De mi pecho nacían unos senos pequeños y perfectos. Sentí una emoción que me cerró la garganta.

En la pantalla, una chica guapísima me enseñaba a alisarme el pelo con la plancha hasta darle ese brillo sedoso que tanto deseaba. Después seguí a otra que explicaba el maquillaje paso a paso: base, delineador, máscara de pestañas, labial. Me costó, me equivoqué, lo repetí. Faltaba poco para la cita y yo ya casi estaba lista.

Fui al armario y elegí una falda negra que me quedaba diez centímetros por encima de la rodilla. No. Necesitaba algo más corto, algo que le dejara claro a Damián exactamente lo que yo quería esa noche. Encontré a la ganadora: una falda morada que no medía más de veinticinco centímetros. La completé con una chaqueta de cuero sintético y unas bailarinas negras. Caminé hacia el espejo. Mi imagen era perfecta. Me había convertido en la mujer que siempre había querido ser. Soy hermosa, pensé. Era casi medianoche y mi hombre estaba por llegar.

***

El rugido de un motor me avisó de que Damián había llegado. Guardé en los bolsillos de la chaqueta las llaves, el labial y un frasquito de lubricante, por si acaso. Eché un último vistazo al espejo y salí.

Bajé las escaleras imaginando si habría alguien espiándome por las mirillas de las puertas. Era la primera vez que pisaba la calle vestida de mujer, y me preguntaba qué dirían los vecinos cuando se enteraran de mi cambio. Al salir del edificio vi a Damián todavía montado en la motocicleta. Se quitó el casco y me recorrió de los pies a la cabeza, una vez, y otra.

—¿Cómo me veo? —pregunté al acercarme.

—No puedo creerlo —dijo—. De verdad lo hiciste…

—¿Pensabas que te mentía?

Me miró las piernas con un descaro que me encendió por dentro.

—Estás más hermosa que nunca.

—¿Te gusto? —insistí.

—¡Me encantas!

Entonces me besó y yo me volví loca. Su beso era invasivo, su lengua hurgaba hondo mientras me sujetaba con fuerza entre sus brazos. Cuando por fin me soltó, apenas pude hablar.

—¿A dónde me vas a llevar, guapo? —pregunté, ebria.

—¿Confías en mí?

—¡Completamente!

—Súbete.

Damián se puso el casco y yo me senté detrás, abrazándome a su cintura. Hizo rugir el motor y arrancamos. Manejaba rápido, temerario, y el aire frío de la noche me castigaba las piernas desnudas. Pensé que, a esa velocidad, cualquier accidente me destrozaría, y sin embargo no tenía miedo. Lo único que sentía era el deseo ardiente por su cuerpo. Cruzamos la ciudad en pocos minutos.

—Llegamos —dijo.

Frente a nosotros se levantaba un edificio antiguo que alguna vez había sido un centro comercial y ahora estaba abandonado.

—¿En serio? —pregunté.

Me extendió la mano.

—¿Vamos?

Cruzamos una reja vencida y avanzamos hasta el edificio. Damián tuvo que levantarme en brazos para que saltara al interior de uno de los locales. A propósito abrí las piernas todo lo que pude, para que viera bien todo lo que esa noche le pertenecía.

—Valeria, qué culo tan hermoso tienes.

—¡Tonto! —le grité, riéndome.

Un instante después él ya estaba arriba y caía a mi lado con una agilidad de atleta. Salimos del local y nos encontramos en el interior de la plaza. Encendió una linterna.

—Con cuidado —me advirtió—. Solo hay un vigilante de noche, pero alcanza para meternos en problemas.

Asentí. Me tomó de la mano y avanzamos. Las paredes estaban llenas de pintadas y el deterioro era evidente, pero parecíamos estar completamente solos. Yo estaba excitada. ¿Me habría traído hasta acá para cogerme? Estando los dos solos, Damián podía hacer conmigo lo que quisiera. Yo solo esperaba que se conformara con la opción más obvia. Recorrimos un pasillo largo, subimos unas escaleras hasta el tercer piso y luego otras más angostas que daban directo a la azotea.

—¿Qué te parece?

—¡Es hermoso!

Desde ahí se veía la ciudad entera, un mar de luces temblando bajo nosotros. Entonces Damián me tomó de las manos.

—Valeria… ¿quieres ser mi novia?

—¡Damián! —chillé y me lancé a sus brazos—. ¡Sí, sí quiero!

Sellamos el compromiso con un beso largo.

—¿Estás feliz?

—No tienes idea… te amo. Pensé que nunca me lo pedirías.

Me miró con una sonrisa torcida.

—Oye, ¿alguna vez le has chupado la verga a tu novio en un centro comercial?

—No… nunca —respondí, tragando saliva.

—Pues lo vas a hacer ahora.

Y se bajó el pantalón.

Caí de rodillas y tomé su pene entre las manos. Era oscuro, grueso, pesado. Lo froté contra mi rostro, lamí sus testículos, recorrí el glande con la lengua y al final me lo metí en la boca, todo lo que pude, hasta sentirlo rozarme la garganta. Damián gemía por encima de mí.

—¿Se la has chupado a muchos hombres, Valeria?

Con la boca llena, levanté la vista e intenté negar con la cabeza.

—Lo haces muy bien…

Cerré los ojos y me rendí a su fuerza. Él me sujetó la cabeza y empezó a moverse, marcando el ritmo.

—Tenemos público, nena —lo escuché decir.

Giré apenas los ojos. A un costado, entre unos tubos de ventilación, un indigente con los pantalones bajados se masturbaba mirándome.

—Me gusta que me vean —respondí, y volví a tragarme su miembro.

Saber que ese desconocido nos observaba en la penumbra me encendió todavía más. Damián lo notó y empujó con más ganas.

—¡Cómetelo completo! —ordenó poco después.

Me sostuvo la nuca y empujó con una fuerza que no esperaba, hasta el fondo. Sentí las pulsaciones y luego el calor de su descarga. Yo me vine también, casi sin tocarme, y por debajo de la falda escurrió mi propio semen formando un pequeño charco en el cemento. Cuando me sacó la verga de la boca, sentí que me extraían algo larguísimo de adentro.

Yo estaba aturdida, pero noté que Damián se apresuraba a subirse el pantalón. Por la escalera por la que habíamos llegado empezaba a danzar una luz: el guardia venía en camino. Nos escondimos detrás del hueco de la escalera y esperamos a que avanzara hacia el lugar exacto donde, segundos antes, yo le hacía sexo oral a mi novio. En cuanto se alejó de la puerta, bajamos por los peldaños angostos y desandamos todo el camino hasta la calle, donde nos esperaba la moto. Nos abrazamos, nos besamos, reímos como dos cómplices.

—¿Fue emocionante? —preguntó.

—¡Fue increíble! —respondí casi gritando.

—Vámonos, nena.

Volvimos a casa a la misma velocidad demencial. Cuando llegamos al punto del que habíamos partido yo ya tenía mucho frío.

—Pues sí, vienes casi en cueros —se rió.

—Quería verme bonita para ti. ¿Hice mal?

—Claro que no.

Quedamos frente a frente, tomados de la mano.

—Bueno, gracias por la velada —le dije—. Espero que se repita. Pero ya tengo que retirarme.

Damián me miró extrañado.

—¿No vas a invitarme a pasar?

Le lancé una sonrisa enorme y lo besé.

—¡Eres un tontito! —dije, y lo tomé de la mano para llevarlo conmigo.

Subimos las escaleras tomados de la mano. Otra vez tuve la esperanza de que los vecinos me vieran por las mirillas, entrando con mi novio. Abrí la puerta y lo invité a pasar. Damián miraba mi casa con curiosidad, pero yo me encargué de dirigir su atención a lo único que me importaba. Frente a él, subí un muslo a su costado y llevé sus manos a mis nalgas, a mis piernas.

—Tócame… —le pedí en un susurro.

Empezó a recorrerme el cuerpo mientras yo le lamía los labios y el cuello. Después me invitó a subirme en él. Di un pequeño salto y me prendí de su cintura con las piernas abiertas. Me sujetó de las nalgas y me llevó así hasta la habitación. Sobre la cama nos besábamos sin parar.

—¿Y esto, Valeria? —preguntó, levantando mi consolador de la mesa de noche.

—Lo uso pensando en ti.

—¿Imaginas que es mi pene?

Por toda respuesta le metí la lengua en la boca. Pero algo había cambiado. Damián no me correspondía igual.

—Valeria, hay algo que necesito saber, y quiero que seas honesta.

No. Mi relación amenazaba con terminarse una hora después de haber empezado.

—Damián, ¿en serio es tan importante?

—Sí, lo es. Por favor, dime: ¿de verdad no eres virgen?

Me puse de pie.

—Ya lo sabes. Ya te lo dije. No soy virgen.

Guardó silencio un momento.

—Tenía la esperanza de que me estuvieras mintiendo… ¿con cuántos hombres te has acostado?

—Con uno solo. Dos veces. Ya te lo había contado.

—Es que hay algo que no cuadra… cómo me la chupaste, este consolador, cómo te vistes… sospecho que han sido muchos más.

Me acerqué de nuevo y empecé a besarle los labios, el cuello.

—¿No lo entiendes? —le dije—. Estoy enamorada de ti. Me vestí así para ti, para despertar tu deseo. Y tú metiste tu pene en mi boca y me volví loca. Te amo. Te necesito.

Llevé sus manos bajo mi falda.

—Damián, por favor… ¡cógeme o vete!

Me miró a los ojos y me advirtió:

—No voy a usar condón, Valeria.

—No quiero que lo uses —dije, animándolo.

Damián tomó mi tanga y empezó a bajarla. El momento más excitante de mi vida: él, deslizándome la ropa interior por los muslos.

—Mi amor… —susurré.

—Ya no vas a necesitar esto —dijo, y lanzó la tanga al otro lado del cuarto.

Le quité la camisa mientras él me bajaba la falda. Acaricié su pecho firme, besé sus pezones, seguí con los dedos la línea de su abdomen y le quité el pantalón. Él se dejó caer de espaldas en la cama. Impaciente, me retiré el plug y empecé a untar lubricante entre mis nalgas, después sobre su pene. Tiré el frasco a un lado, me senté a horcajadas sobre él y dirigí su miembro hacia mi entrada. Empecé a bajar despacio.

—Damián, te amo —le dije al borde de las lágrimas, y me dejé caer del todo.

Entró entero en un solo movimiento y yo lancé un gemido largo. Era grueso, duro, ardiente. Finalmente me quitó el suéter, las prótesis, el sostén, y quedé desnuda, empalada sobre el hombre que me había vuelto loca.

—Vamos a coger, nena —dijo, y empezó.

Su pelvis chocaba contra mis nalgas una y otra vez, llevándolo hasta el fondo. Las sábanas se empaparon de sudor y saliva. Cada vez que me embestía con esa violencia hermosa, mi propio cuerpo respondía con un espasmo. Me llenó una vez, y otra, y otra. Me cogió durante horas y, cuando por fin terminó, me temblaban los muslos y temí que mi cuerpo no volviera a ser el mismo.

Eran las cinco de la mañana cuando, exhausta y feliz, caí rendida en un sueño profundo.

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Comentarios (1)

PatitoRosado91

increible!!! me encanto desde el titulo 🔥

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