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Relatos Ardientes

Mi jefe no sabía que yo era una mujer trans

Todo empezó por una caída del sistema. La red de la empresa estuvo muerta toda la mañana, un día antes de la fecha límite del proyecto, y no pudimos avanzar nada. Cuando por fin se regularizó pasadas las dos y media de la tarde, ya era tarde para entregar a tiempo de forma normal.

El superintendente nos llamó a junta a los que trabajábamos en el proyecto. Se llamaba Gerardo, aunque por discreción nunca diré su apellido. Tenía cincuenta y dos años, era alto, de piel morena clara, con el pelo y la barba cerrada salpicados de canas que, lejos de envejecerlo, lo volvían atractivo. Casado, respetado, querido por todos por el buen trato que daba al personal.

—Necesito que se queden esta tarde y terminemos —dijo—. Mañana viernes esto tiene que salir sí o sí. Las horas extra se pagan dobles.

Todos aceptamos. Yo más que nadie, aunque por razones que en ese momento ni siquiera me confesaba a mí misma.

Ese jueves había dejado mi auto muy temprano en el taller para el servicio. No alcancé a recogerlo y avisé que pasaría al día siguiente. Pedimos algo de comer y terminamos el proyecto cerca de las once de la noche. Gerardo nos agradeció la cooperación, prometió el pago doble y nos despidió.

***

Salí del edificio y caminé una cuadra hasta una esquina donde solían pasar taxis. Levanté la mano un par de veces, pero todos iban ocupados. Estaba por resignarme cuando un auto se detuvo justo frente a mí. Era el de Gerardo.

—Daniel, ¿no trajiste tu carro? —me preguntó bajando la ventanilla—. Sube, yo te llevo. Dime para dónde vas.

Subí, le indiqué la dirección y le expliqué lo del taller. En la oficina yo era Daniel: serio, puntual, el más responsable del equipo. Nadie sospechaba la otra vida que llevaba puertas adentro de mi casa.

El trayecto nos llevó por una avenida larga donde, a esa hora, trabajaban las chicas trans que ofrecían sus servicios. Gerardo bajó la velocidad casi sin darse cuenta.

—Mira nada más —dijo con una media sonrisa—. Algunas parecen mujeres de verdad. Provocan, ¿eh? Tengo un compadre que tuvo una experiencia con una de ellas y me jura que fue algo sensacional.

No supe medir mis palabras. Se me escapó algo que nunca debí decir frente a mi jefe.

—Son muy limpias, las que se cuidan —dije.

Él giró la cabeza despacio.

—¿Has estado con una de ellas?

—No —contesté demasiado rápido.

Estúpida. Mide lo que dices.

Reaccioné a tiempo e inventé una salida. Le conté que un vecino que había llegado a rentar el departamento de al lado me había confesado que era trans, que me había mostrado su perfil en una red social y que se la pasaba muy cuidada, muy femenina.

—Se hace llamar Renata —dije—. Si quiere se lo paso y comprueba que es verdad.

Mentía a medias. Renata no era ninguna vecina. Renata era yo.

***

Llegamos a mi casa. Le agradecí el aventón y, antes de bajarme, me tomó del brazo con suavidad.

—Daniel, esta conversación queda entre nosotros, ¿de acuerdo? Ni una palabra en la oficina.

—No se preocupe, jefe. De mí no sale nada.

Entré, cerré la puerta y me recosté contra ella un buen rato. El corazón me iba a mil. Gerardo, el hombre intachable que todos respetaban, deseaba estar con una mujer como yo y ni siquiera lo sabía. Y yo, sin pensarlo, le había dejado el rastro hasta mi propio perfil.

Al otro día en el trabajo todo siguió igual de normal. Recogí mi auto del taller y regresé. Pero cuando vi a Gerardo cruzar el pasillo, mis pensamientos sobre él ya no eran los mismos. Sentía una atracción nueva, un interés que disimulaba detrás de mi cara más profesional, imaginando en silencio cosas que tal vez nunca pasarían.

Esa tarde, en casa, entré a mi cuenta como Renata. Tenía una solicitud nueva. El nombre me dejó sin aire: era él.

«Vi tus fotos y me parecés una mujer hermosa. Me encantaría conocerte», decía el mensaje. Obviamente no me había reconocido. Más abajo agregaba que sería su primera experiencia con una chica trans, que tenía un interés genuino y que quería tratarme como a una mujer de verdad.

Le respondí con calma estudiada, agradeciéndole el cumplido y diciéndole que para mí era un gusto conocer a un caballero tan atractivo. A los veinte minutos ya estábamos chateando.

***

Estuvimos así dos semanas. Hablábamos cada noche. Me contaba cosas de su matrimonio que yo, como Daniel, ya conocía de oídas en la oficina, y eso me confirmaba que era sincero. No buscaba un rato cualquiera. Buscaba algo, y yo cada día tenía más claro lo que sentía.

La verdad es que me enamoré de Gerardo antes siquiera de volver a verlo en persona. Por eso decidí que el día que nos encontráramos le diría toda la verdad. Estaba segura, no sé por qué, de que iba a comprenderme.

Acepté su invitación. Quedamos en vernos cerca de mi casa, en un Oxxo sobre la avenida, el viernes siguiente a las diez de la noche. Pensé cada detalle de cómo lo iba a manejar.

Esa noche me arreglé como nunca. Me vestí femenina, atractiva, segura. Modulé la voz como había aprendido a hacerlo con los años, esa voz suave que a Daniel se le borraba por completo. Llegué al lugar, estacioné el auto a media cuadra y caminé.

Reconocí su coche enseguida. Me subí. Me saludó con un beso en la mejilla y me miró de arriba abajo.

—Eres todavía más hermosa que en las fotos —dijo.

No me reconoció. Ni la voz, ni los gestos, nada. Para él yo era Renata y punto.

***

Quiso llevarme directo a un motel, pero lo frené con dulzura.

—Mejor da la vuelta en el retorno —le dije—. Paso por mi auto y te llevo a un lugar más seguro. Tú me sigues.

Aceptó. Cuando llegamos a donde estaba mi coche y él lo vio de cerca, su cara cambió de golpe. Era el mismo auto que conocía de la oficina.

—¿Eres tú, Daniel? —preguntó con la voz quebrada.

—Sí, papi —respondí sin bajar la mirada—. Sígueme. En casa te explico todo.

Manejé delante. Él me siguió en silencio. Tenía miedo de que diera la vuelta y se fuera, pero no lo hizo. Metió su auto en mi cochera, detrás del mío, tal como le pedí.

Adentro seguía impresionado, pero había algo más en su cara: alivio, casi alegría. Le conté toda mi verdad sentados en el sillón, sin adornos. Que Daniel y Renata eran la misma persona. Que llevaba años viviendo así. Que esa noche era real.

Me abrazó. Me besó la frente.

—Ahora entiendo muchas cosas —murmuró—. Por qué eres distinto a los demás, por qué nunca te quedas con ellos a tomar después del trabajo.

—Soy diferente —le dije—. Y esta noche soy completamente tuya.

Me confesó que su esposa había viajado a Morelia con su hijo a ver a sus padres y que tenía toda la noche libre. Serví dos copas para celebrar el secreto que ahora guardaríamos los dos. Brindamos. Después lo tomé de la mano y lo llevé a la recámara.

***

Empezamos despacio, abrazándonos, besándonos profundo. Le fui desabrochando la camisa botón por botón. Cuando descubrí su pecho velludo me prendí entera; ese detalle tan masculino me ponía a mil.

Me arrodillé frente a él y le bajé el pantalón. Al deslizar el bóxer apareció su verga, gruesa y ya dura. La besé primero, despacio, antes de metérmela en la boca y mamarla con calma.

—Uummm, mamita linda —gimió echando la cabeza atrás—. Más, así.

Escucharlo me volvía loca. Saber que yo lo estaba haciendo feliz, que era yo quien lo tenía de ese modo, me excitaba más que cualquier otra cosa.

Lo hice recostarse en la cama. Fui hasta el tocador y me desvestí dándole la espalda, dejándolo seguir cada movimiento. Me quedé solo en tanga. Tomé el gel y me lo unté con cuidado mientras me dilataba.

Cuando me vio así se levantó y me abrazó por detrás. Sentí su verga dura contra mí. Me di vuelta para quedar frente a él y dejé que mirara mi pecho, redondo y firme por el tratamiento.

—Eres toda una mujer —dijo, y empezó a besarme los senos.

—Gracias, papi —respondí—. Disfrútalos.

***

Volvimos a la cama. Me acomodé encima de él, lo monté despacio, sosteniendo su verga para guiarla. Mi ano ya estaba listo y la necesitaba; la calentura de esas dos semanas se me había juntado toda en esa noche.

Me di cuenta enseguida de que no tenía experiencia, así que tomé yo la iniciativa. Lo hice lento al principio, sintiéndolo entrar centímetro a centímetro hasta tenerlo entero adentro. Los dos jadeábamos. Cuando me adapté, empecé a subir y bajar, acelerando el ritmo a mi gusto.

A ratos me detenía solo para besarlo. Él me lamía los pezones mientras yo lo apretaba por dentro, y eso lo enloquecía todavía más. Volvía a cabalgarlo, más fuerte, hasta que sentí que ya no podíamos aguantar.

Llegamos juntos, al mismo tiempo, en una sacudida que nos dejó sin voz. Me derrumbé sobre su pecho y nos quedamos abrazados, recuperando el aire.

—Me encantó —dijo después, acariciándome la espalda—. Hacía mucho que no me sentía así.

***

Esa noche fue solo el principio. Gerardo cumplió con su palabra de discreción y también con otras. En la oficina me ayudó a ascender a un mejor puesto, no por lo que pasaba entre nosotros, según insistía, sino porque yo me lo merecía por responsable. Pero también me apoyó con mi tratamiento hormonal y me acompañó en ese camino sin pedir nada a cambio.

Fuimos pareja casi un año, en secreto, hasta que a él lo transfirieron a otra ciudad y la distancia terminó por separarnos. No hubo rencores. Hubo agradecimiento.

A veces pienso en la casualidad de todo: una red caída, un aventón a medianoche, una mentira improvisada sobre una vecina que no existía. De no haber pasado nada de eso, jamás habría sabido que el hombre más respetado de la empresa deseaba, en silencio, a alguien como yo.

Esa fue la relación más inimaginable de mi vida. La que nunca conté hasta hoy.

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Comentarios (1)

Torrente_93

tremendo!!! se hizo cortisimo, queria mas desde el principio jaja

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