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Relatos Ardientes

Me volví la amante de un compañero de ruta

Después de que mi novio se fue, pasé una buena temporada sola, sin ganas de buscar nada con nadie. Seguíamos hablando de vez en cuando, pero ya no era lo mismo y la tristeza me duró más de lo que esperaba. Para entonces algo había cambiado dentro de mí: usaba pura ropa interior de mujer y me arreglaba cada vez más seguido, hasta que dejé de reconocer a la persona que había sido.

Mi trabajo me dejaba mucho tiempo a solas. Manejo camiones de carga en rutas largas, y eso significa noches enteras sobre la carretera sin nadie alrededor. Aprovechaba justo esas horas para transformarme: me convertía en Daniela y conducía así, kilómetro tras kilómetro, sintiéndome por fin yo misma bajo la luz tenue del tablero. Bajo la falda me metía la mano y me acariciaba la polla dura por encima del encaje, mordiéndome el labio pintado, imaginando manos ajenas que me arrancaran la tanga y me follaran ahí mismo, contra el volante.

Nadie sabía de mi pequeño gran secreto, y yo creía que podría guardarlo para siempre. Pero las cosas no siempre se ocultan tan bien como una quiere, y fue precisamente por un descuido, sin buscarlo, como terminé convirtiéndome en la amante de un compañero.

A ese compañero lo voy a llamar Rubén. Siempre me había gustado. Lo veía como un hombre inalcanzable, de esos que una mira de lejos sin atreverse a nada. Aun así nos llevábamos muy bien desde antes de que pasara todo. En varias ocasiones nos había tocado ir al mismo destino y hacíamos el viaje acompañándonos el uno al otro. Cada vez que le miraba el bulto marcado en el pantalón, se me hacía la boca agua imaginando qué escondía ahí adentro.

En uno de esos viajes surgió todo. Lo recuerdo perfectamente porque marcó un antes y un después en mi vida.

***

Íbamos juntos rumbo al norte y paramos a mitad de camino para estirar las piernas y cargar combustible. Como ya era costumbre en mí, debajo del pantalón llevaba puesta una tanga. Para entonces se había vuelto algo tan normal que ni lo pensaba. Me agaché a revisar una llanta y, sin darme cuenta, la prenda quedó a la vista por encima de la cintura.

Rubén se acercó por detrás. Sentí su sombra antes que su voz.

—Súbete el pantalón —me dijo al oído, en voz baja—. Se te ve la tanga.

Quise que la tierra me tragara. La pena me subió por el cuello como una llamarada y no supe qué contestar. Solo pude voltear, mirarlo a los ojos y sonreír un poco, pero fue una sonrisa de puros nervios.

Entramos a comprar algo de tomar y, muy amable, él pagó lo mío. Yo seguía sin decir una sola palabra, con la cabeza dándome vueltas. Al volver a los camiones se me acercó otra vez.

—No pasa nada —dijo con calma—. Yo ya presentía que tenías gustos diferentes. Verte la tanga solo me lo confirmó.

Seguimos nuestro camino cada uno en su camión, y mi mente no paraba de imaginar lo peor. Pensaba en lo que diría de mí, en quién se enteraría, en cómo lo miraría a la cara la próxima vez. Hasta que sonó el celular y era un mensaje suyo.

«¿Cómo estás? ¿Cómo te sientes?», escribió.

«Un poco confundida», respondí, y al teclear esa palabra en femenino sentí un nudo en el estómago.

«No te preocupes, todo está bien. No se lo diré a nadie. Solo respóndeme algo: ¿te hablo de él o de ella?».

Esa pregunta me dejó pensando largo rato. La leí varias veces antes de animarme.

«De ella», escribí al fin.

«Entonces tranquila, que todo va a estar bien».

«Pero por favor no se lo comentes a nadie. Todavía no estoy lista».

«¿Qué te parece si al llegar nos tomamos algo y platicamos en tu camión?».

«Sí, claro. Me parece muy bien», contesté, y el corazón se me aceleró de una manera que hacía mucho no sentía. Entre las piernas se me humedeció la tanga con solo imaginarlo subiéndose a mi cabina.

***

El resto del trayecto lo hice con los nervios a flor de piel. No sabía qué iba a pasar, pero al final me decidí. Era lo que de verdad quería ser, lo que me gustaba, y él me atraía demasiado como para echarme atrás.

Llegamos al destino. Acomodé mi camión y Rubén se estacionó justo a un costado. Se acercó a preguntarme si lo acompañaba a la tienda y le dije que mejor lo esperaba ahí. En lo que él se iba, aproveché para ponerme cómoda, porque ya tocaba descansar.

Me puse un baby doll negro, me arreglé el pelo, que ya tenía algo largo, y me maquillé un poco. Pinté mis labios con un tono suave. En mi cabeza llevaba tiempo deseando un momento así con él, y quería verme bien sin parecer demasiado obvia. Para cuando estaba por llegar, me eché encima una bata ligera para no mostrarme tan provocativa de entrada.

Llegó y le abrí la puerta. Se sentó del lado del chofer y yo me acomodé del lado del acompañante. Me ofreció una bebida dulce, de esas con sabor a frutas, y le pregunté si no había encontrado cerveza.

—Sí encontré —dijo—, pero tengo entendido que a las mujeres les gustan más estas.

—Tienes razón —reí, y el detalle me derritió por dentro.

Con los nervios que cargaba, casi me terminé la lata de un trago. Entonces empezaron las preguntas: desde cuándo me vestía, cada cuánto lo hacía, qué sentía al hacerlo. Una tras otra. A pesar del temblor en las manos le respondí todo. Le conté que me gustaban los hombres y que hacía poco había terminado una relación con un chico.

—¿Y tú? —me atreví a preguntarle—. ¿Has estado con alguien como yo?

—No —admitió—, pero me gustaría experimentar.

Esa respuesta fue todo lo que necesité. Tomé la iniciativa, me acerqué despacio y lo besé. Cuando sentí su lengua meterse en mi boca y buscar la mía con ganas, supe que no había vuelta atrás. Le mordí el labio de abajo, le lamí el cuello, y él me apretó las nalgas por debajo de la bata con las dos manos, sorprendido al no encontrar más que la tira delgada de la tanga hundida entre las cachas.

—Puta madre —murmuró contra mi oreja—, qué culo tienes.

Le quité la playera de un tirón y le pasé la lengua por el pecho, bajando despacio, sin dejar de mirarlo hacia arriba. Él me deslizó la bata por los hombros y el baby doll me resbaló hasta la cintura. Seguía sentado en el asiento, con las piernas abiertas, así que me arrodillé en el piso de la cabina entre sus rodillas. Le desabroché el cinturón, le bajé el zíper y le tiré el pantalón junto con los calzoncillos hasta los tobillos. La polla le saltó dura y gruesa, roja de la punta, más grande de lo que había imaginado en tantas noches. Se me escapó un suspiro.

—Está preciosa —le dije, y la tomé con la mano.

La chupé desde la base hasta la punta, con la lengua plana, mojándosela entera. Después me la metí en la boca de golpe, hasta donde pude, y la saqué despacio dejando un hilo de saliva. La volví a meter, esta vez más adentro, hasta sentirla en la garganta, y él me agarró del pelo y empezó a marcarme el ritmo. Yo lo dejé hacer. Le mamaba la polla con hambre, como si llevara años esperando ese momento, y por cómo suspiraba y por cómo se le tensaban las piernas supe que le estaba volando la cabeza. Le lamí los huevos, se los chupé uno por uno, y volví a subir a la verga para tragármela otra vez. Sentí la punta hincharse y me miró con los ojos entrecerrados.

—Espera, linda, o me corro en tu boca —jadeó.

—Todavía no —le contesté, sonriendo con los labios brillantes.

Me enderecé y volví a besarlo, dejándole probar el sabor de su propia polla en mi lengua. Lo tomé de la mano y lo guie hacia el camarote, ese pequeño espacio en la parte trasera de la cabina donde duermo en las rutas largas.

Nos acostamos frente a frente y seguimos besándonos. Yo lo acariciaba a él, se la masturbaba despacio con el puño mientras él me recorría por encima de la tanga con una mano firme y curiosa. Me apretaba las nalgas, me pasaba un dedo por la raya del culo sobre la tela, y sentía cómo mi polla empujaba contra el encaje, tiesa y mojada de la punta. Me bajó la tanga hasta las rodillas y descubrió que yo también estaba a punto.

—Mírate cómo estás —susurró, y me apretó la polla con la mano.

Me la pajeó unos segundos, mirándome a los ojos, hasta que yo casi me corría. Entonces dejó de besarme y me pidió que me volteara. Lo hice enseguida, ofreciéndole todo de mí. Me puse en cuatro sobre el colchón, con el culo en pompa y la cara aplastada contra la almohada.

Hizo a un lado la tela de la tanga que me quedaba a media pierna y me abrió las nalgas con las dos manos. Sentí su lengua tibia y húmeda pasarme por el culo, de arriba abajo, y se me escapó un gemido largo. Me lamió el agujero sin prisa, dando vueltas con la punta de la lengua, empujando dentro, hasta que empecé a rogarle.

—Métemela ya, por favor —le pedí con la voz rota—, no aguanto más.

Se escupió en la mano, se untó la polla, y me embarró un poco en el agujero. Después se acomodó detrás y yo misma lo ayudé a entrar, empujando el culo hacia atrás. La punta se abrió paso despacio. Al principio dolía un poco y fuimos despacio, respirando parejo, hasta que el dolor cedió y quedó solo el placer de sentirlo dentro. Cuando estuvo hasta los huevos, se quedó quieto un momento, disfrutando cómo lo apretaba.

—Estás hirviendo por dentro —jadeó—, qué rico culo tienes.

Empezó a moverse. Al principio con embestidas cortas, sacándola apenas y volviéndola a meter, y después con estocadas largas y firmes, agarrándome de la cintura. Yo empujaba hacia atrás para recibirlo, y cada vez que se hundía entero se me escapaba un grito ahogado contra la almohada. Me agarró del pelo y me tiró la cabeza hacia atrás, follándome más fuerte.

—Dime cómo te llamas —me pidió entre respingos.

—Daniela —le contesté como pude—, soy Daniela, tu puta.

Eso lo prendió. Me clavó la polla hasta el fondo, una y otra vez, y yo sentía cada bombeo hacer eco en la barriga. Con una mano me buscó la polla por delante y me la empezó a pajear al mismo ritmo. No aguanté ni un minuto: me corrí a chorros sobre la sábana, con el culo apretándole la verga en espasmos, mordiendo la almohada para no gritar. Él siguió metiéndomela unos minutos más, sin bajar la intensidad, hasta que se hundió una última vez y sentí caliente cómo terminaba dentro de mí, llenándome, temblando encima de mi espalda.

Me di la vuelta con él todavía adentro y quedé entre sus brazos, sintiendo su semen escurriéndoseme entre los muslos.

—Tengo que confesarte algo —le dije al oído—. Me gustas desde hace mucho. Me encanta cada vez que nos toca viajar juntos, y estar así contigo ahorita es como un sueño.

—Tengo que aceptar que estuvo increíble —respondió—. Algo presentía por tus gestos, pero ahora me doy cuenta de lo mujer que eres.

—Me encanta serlo y sentirme así —susurré—. Y me encantó poder entregarme a ti.

—Yo lo disfruté muchísimo. La verdad, me encantaría que se repitiera. Por cierto, ¿cómo te llamas, linda?

—Encantada de repetirlo las veces que quieras —contesté—. Me llamo Daniela.

—Daniela —repitió, como saboreando el nombre—. Eres hermosa, y tu cuerpo me volvió loco.

—Pues si tú quieres, puede ser solo tuyo.

Volví a besarlo, volví a acariciarlo, y lo sentí crecer de nuevo entre mis manos. Bajé por su cuerpo, le limpié la polla con la lengua, saboreando la mezcla de nosotros dos, y se la mamé despacio hasta que la tuvo dura como piedra otra vez. Cuando estuve lista me subí sobre él a horcajadas, le agarré la verga y me la fui metiendo poco a poco, sentándome centímetro a centímetro. Esta vez entró sin ningún problema, resbalando en su propio semen. Empecé a moverme sobre él, cabalgándolo, apoyada con las manos en su pecho. Subía hasta dejar solo la punta y bajaba de golpe, hundiéndomelo hasta los huevos, mientras él me apretaba las tetas pequeñas y me pellizcaba los pezones.

—Sigue así, mi amor —jadeaba—, ni te imaginas cómo se siente tu culo.

Rebotaba sobre su polla como una loca, con el sudor corriéndome por la espalda, y mi propia verga golpeándome la panza a cada bote. Él me la agarró y me la volvió a pajear. Era tanto el placer de tenerlo adentro que me dejé llevar por completo. Me corrí por segunda vez en la noche, esta vez sobre su pecho, en chorros gruesos, gritando su nombre sin importarme nada. Él me tomó de las caderas y me embistió desde abajo con fuerza, hasta que terminó otra vez adentro, gimiendo ronco contra mi cuello.

Me dejé caer sobre él, deshecha, con la polla todavía enterrada en el culo. Después nos quedamos dormidos, muy abrazados, en aquel camarote diminuto que de pronto me pareció el mejor lugar del mundo.

***

Esa fue la primera noche que dormimos juntos. Al día siguiente descargamos y volvimos en ruta, y por suerte nos tocó cargar de nuevo hacia el mismo destino. En cada parada aprovechábamos para robarnos un beso o acariciarnos a escondidas, aunque ese viaje no pasó de ahí hasta que llegamos.

Esa vez me invitó a un motel a pasar la noche, y para nuestra fortuna nos avisaron que tendríamos que esperar dos días más antes de regresar. Los aprovechamos enteros, encerrados los dos sin que nadie nos buscara. Follamos en todas las posiciones que se nos ocurrieron: contra el espejo, con las manos apoyadas y él detrás mordiéndome la nuca; bocarriba con las piernas sobre sus hombros, viéndole la cara mientras me partía; en la regadera con el agua caliente cayéndonos encima y mi boca llena de su polla. No hubo hora del día en que no tuviera su semen entre las piernas o en la garganta.

Cuando por fin tocó volver y descansar, salí de compras a renovar el guardarropa. Lo que más me gustó fue un conjunto negro de tanga y liguero. El día que lo estrené lo esperé con un vestido café bien corto, de esos que apenas alcanzan a cubrir. En cuanto llegó y me vio, supe que le gustó lo que tenía enfrente.

Me tomó ahí mismo. Me subió el vestido de un tirón, me arrancó la tanga a un lado y me dobló sobre el asiento del copiloto. Me metió la polla de una sola estocada, sin preámbulos, y me folló rápido y sucio, con una mano tapándome la boca para que no gritara mientras la otra me apretaba las tetas por dentro del sostén. Se corrió adentro y me dejó goteando semen sobre el tapiz.

Más tarde, a mitad de la carretera y en medio de la nada, me hizo detener el camión para volver a hacerlo, los dos escondidos bajo la sombra de las cajas. Me puso de rodillas en la grava y me hizo mamársela ahí mismo, agarrándome del pelo con las dos manos y follándome la boca hasta que le lloraron los ojos. Después me puso en cuatro contra un neumático y me la clavó por atrás, con las medias todavía puestas y los tacones hundidos en la tierra. Estábamos tan concentrados, con él gruñendo y yo suplicándole que no parara, que no notamos cuando un conocido de ambos se detuvo cerca. Cuando lo escuché gritar para ubicarnos, salí corriendo con todo y tacones para que no me viera vestida así, con el semen todavía escurriéndome por los muslos. Alcancé a ponerme unos pants y un suéter flojo para disimular, pero con los nervios se me olvidó borrarme el labial. Rubén me lo dijo recién cuando ya nos íbamos, muerto de risa. Nunca supimos si el otro se dio cuenta de algo; jamás lo mencionó.

Y así, casi sin proponérmelo, me convertí en la amante de mi compañero de ruta. A veces pienso que el destino necesitaba un descuido para empujarme a ser quien siempre quise. La próxima vez les contaré aquella noche en que terminamos los tres juntos, pero esa es otra historia.

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Comentarios(8)

GaboNight

tremendo relato!! me dejo pensando un buen rato despues de leerlo

NochePasada7

espero que haya segunda parte, la historia quedo justo en lo mejor!

FernandoRosario

me recordo a una situacion de tension parecida que viví de joven en un viaje largo. las circunstancias eran distintas pero esa sensacion de ser descubierto la senti igual al leerlo. muy bien contado

Leti_BA

y que paso despues con el compañero?? ¿siguieron viendose o fue solo esa vez?

PatricioM

muy bien escrito, se lee de un tiron sin darse cuenta

RobertoViajero

el compañero de ruta tuvo mucha suerte jajaja

Carolina_Mdq

me gusto como manejaste la tension del descubrimiento, se siente autentico sin ser forzado. quiero leer mas relatos tuyos

Miri_cba

buenisimo!!

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