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Relatos Ardientes

El visitante que bajó de las estrellas esa noche

Decidí escaparme de la ciudad hacia la costa. Necesitaba un fin de semana lejos del ruido, del trabajo, de las preguntas que la gente nunca termina de hacerse cuando me ve. Llevaba meses agotada, durmiendo mal, y la idea de despertar frente al mar me parecía lo más cercano a una cura.

Llegué a Mardelcielo, un pueblo pequeño cuyo único lujo era un hotel viejo asomado a la playa, justo cuando el sol empezaba a hundirse. El atardecer estaba en su mejor momento, todo naranja y violeta, y el aire olía a sal y a algo dulce que no supe nombrar.

El paisaje invitaba a no pensar en nada. Después de dejar la maleta en la habitación, bajé al restaurante de la playa y pedí un martini antes de la cena. La brisa tibia me acariciaba los brazos, las piernas, el cuello. Por primera vez en mucho tiempo me sentí completa, dueña de mi cuerpo y de mi calma.

Más tarde subí, me di un baño largo y me puse un vestido ligero para cenar en el comedor del hotel. Pedí una ensalada y una copa de vino blanco. Desde mi mesa veía la inmensidad oscura del mar y, sobre él, un cielo cargado de estrellas. Era una noche limpia, sin una sola nube, de esas en las que parece que el universo entero te está mirando.

Cuando terminé de cenar caminé un rato por la orilla, descalza, dejando que el agua fría me lamiera los tobillos. Después regresé a la habitación, vi un poco de televisión y los párpados empezaron a pesarme. Apagué la luz y me entregué al sueño sin imaginar lo que me esperaba.

***

Me despertó un ruido extraño. No era el viento, aunque lo parecía: un zumbido grave, vibrante, como si el aire mismo se hubiera vuelto sólido alrededor de la cama. Tanteé en la oscuridad y encendí la lámpara de la mesa de noche.

Lo que vi me dejó sin aire.

Había alguien de pie a los pies de mi cama. De un salto me incorporé y me pegué al respaldo, con la sábana apretada contra el pecho. No era humano. No del todo. Tenía forma de hombre, alto pero no demasiado, la piel de un tono nacarado que cambiaba ligeramente cuando se movía, como el interior de una concha. No era un monstruo. Estaba muy lejos de los seres deformes de las películas.

Al contrario. Tenía unos ojos enormes, de un azul profundo, y unas facciones armoniosas, casi demasiado perfectas. Si me hubieran preguntado, habría dicho que era el ser más hermoso que había visto nunca. Y no tenía ninguna duda de lo que era: un visitante de otro lugar, de muy lejos.

No sé cuánto tiempo pasó mientras nos mirábamos. Él parecía estudiarme con la misma curiosidad con la que yo lo estudiaba a él, como si cada uno fuera un enigma para el otro. El miedo seguía allí, latiendo en mi garganta, pero había algo en su quietud que poco a poco me fue calmando.

—¿Cómo te llamas? —preguntó.

Su voz no salía exactamente de su boca. La sentía dentro, cálida, vibrando en mi pecho.

—Daniela —respondí, y me sorprendió lo firme que sonó mi voz—. ¿Y tú? ¿Quién eres? ¿De dónde vienes?

—Me llaman Vael —dijo—. Vengo de muy lejos, de un lugar que tu lengua no sabría pronunciar. Y mi viaje tiene un solo propósito.

—¿Cuál? —pregunté, aunque algo en mí ya intuía la respuesta.

—Conocer el deseo de un ser humano. Sentir lo que ustedes sienten cuando se entregan. Te elegí a ti.

¿Por qué a mí?, pensé. Si supieras lo que escondo, no me habrías elegido.

—¿Por qué yo? —insistí—. No me conoces. No sabes nada de mí.

—Sé todo lo que necesito saber —respondió, y dio un paso hacia la cama—. Sé que viniste hasta aquí buscando paz. Sé que tu cuerpo es distinto a lo que esperabas que fuera. Y sé que eso no me importa. Al contrario.

Me quedé helada. Nadie, ni siquiera los pocos amantes que había tenido, había hablado de mí con esa naturalidad. Toda mi vida había aprendido a anticipar la vergüenza ajena, el gesto torcido, la pregunta incómoda. Y este ser, llegado de otra galaxia, lo decía como si fuera lo más simple del mundo.

—No tengas miedo —añadió—. Lo único que quiero es hacerte sentir algo que ningún hombre de tu mundo sabría darte.

***

Se sentó en el borde de la cama. La sábana que yo aún sostenía contra el pecho perdió de pronto toda su importancia. La dejé caer despacio, sin saber muy bien por qué, salvo que sus ojos me lo pedían sin pedírmelo.

Su mano se posó en mi mejilla. Estaba tibia, más suave que cualquier piel que hubiera tocado, y al primer contacto sentí un estremecimiento que me recorrió entera, de la nuca a la base de la espalda. Me acariciaba como si tuviera todo el tiempo del universo, leyendo cada reacción de mi cuerpo, aprendiendo de mí.

—Tu piel reacciona —murmuró, fascinado—. Cuéntame qué sientes.

—Calor —dije con un hilo de voz—. Y miedo. Y ganas. Las tres cosas a la vez.

—Las tres cosas son una sola —contestó, y me besó.

Su beso no se parecía a nada. Su lengua era cálida, flexible, y tenía una manera de moverse que enviaba ondas de placer directamente a la punta de mis dedos. Mientras me besaba, sus manos bajaron por mi cuello, por mis hombros, hasta abarcar mis pechos. Me acarició los pezones con una lentitud insoportable, en círculos, y cada roce me arrancaba un gemido que no supe contener.

Bajó la boca por mi clavícula. Cuando su lengua rodeó uno de mis pezones, además del placer sentí un cosquilleo eléctrico, suave y persistente, como si cada terminación nerviosa de mi cuerpo se hubiera despertado de golpe. Arqueé la espalda. Me aferré a las sábanas. Nunca, ni una sola vez en mi vida, alguien me había tocado con esa atención.

Entonces su mano descendió por mi vientre. Yo me tensé por instinto, por costumbre, por todos los años de aprender a esconderme. Bajo el fino camisón, mi sexo ya estaba duro, traicionándome, asomándose contra la tela. Quise apartarle la mano.

—No —dijo con dulzura, deteniendo mi gesto—. No te escondas. Aquí no.

Y me tocó allí, sin titubear, como quien toca algo precioso. Cerré los ojos. La vergüenza que esperaba sentir no llegó. En su lugar llegó otra cosa, una rendición que no había conocido nunca, la sensación de ser deseada exactamente como era.

***

Me deslizó el camisón hacia arriba y lo dejó caer al suelo. Quedé desnuda ante él, expuesta por completo, y por primera vez no quise taparme. Vael me miró con algo parecido a la reverencia.

—Eres hermosa —dijo—. Toda tú.

Bajó por mi cuerpo dejando un rastro de besos tibios. Cuando su boca me envolvió, creí que iba a perder la cabeza. Me chupaba con una intensidad que no se parecía a ningún placer terrestre, ajustando el ritmo a cada estremecimiento mío, subiendo y bajando, presionando con esa lengua imposible. Me vine la primera vez casi sin aviso, una sacudida que me dobló contra el colchón.

Pensé que pararía. No paró. Siguió, y volví a venirme, y otra vez, en oleadas que se encadenaban una tras otra hasta que perdí la cuenta. Me temblaban las piernas. Tenía la frente cubierta de sudor. Jadeaba mirando el techo de aquella habitación de hotel barato, sin entender cómo era posible sentir tanto.

—Por favor —supliqué, sin saber siquiera qué estaba pidiendo.

—Ahora —dijo él.

Me hizo girar con una suavidad firme y quedé boca abajo, las caderas alzadas, el rostro hundido en la almohada. Sentí su cuerpo cubrir el mío, su calor envolverme la espalda entera. Y entonces, despacio, me penetró.

No tengo palabras de este mundo para describirlo. Me llenó por completo, centímetro a centímetro, y cada embestida parecía abrir una puerta a un lugar nuevo. Me agarró de las caderas y empezó a moverse, lento al principio, después más hondo, más seguro. Yo me aferraba a las sábanas, mordía la almohada, dejaba escapar sonidos que no reconocía como míos.

Con cada empujón sentía que me arrastraba lejos de la habitación, lejos del pueblo, lejos del planeta. Veía estrellas detrás de los párpados cerrados, estallidos de luz, blancos y rojos, como si me paseara por el centro mismo del cielo que había contemplado durante la cena. El placer ya no tenía bordes. Era todo lo que existía.

—No pares —le rogué—. No pares, por favor.

Y no paró. Me tomó una y otra vez, insaciable, infatigable, hasta que mi cuerpo y el suyo parecieron fundirse en un mismo temblor. Me vine de nuevo, esta vez con él dentro, y lo sentí estremecerse, soltar un sonido grave que vibró en cada hueso de mi espalda. Nos quedamos quietos, su cuerpo todavía sobre el mío, mi respiración rota contra la tela.

***

No sé en qué momento me dormí. Recuerdo su mano apartándome el pelo de la cara, recuerdo el zumbido grave volviendo poco a poco, recuerdo una última caricia en la mejilla y esa voz cálida diciéndome algo que no llegué a entender del todo. Y después, oscuridad.

Cuando abrí los ojos, el sol entraba a raudales por la ventana. El mar brillaba afuera como si nada hubiera ocurrido. Estaba sola en la cama deshecha, el camisón en el suelo, la lámpara aún encendida en pleno día.

Por un instante quise creer que lo había soñado. Pero mi cuerpo sabía la verdad. Tenía los músculos flojos, la piel todavía sensible, y en el pecho una calma que no me pertenecía desde hacía años. Por primera vez en mucho tiempo no sentí vergüenza de mí misma. Me había deseado entera. Sin condiciones, sin reparos, sin esconder nada.

Me levanté, abrí las cortinas del todo y dejé que el aire de la mañana me bañara. Ojalá vuelvas, pensé mirando el horizonte. Y si no vuelves tú, que vuelva al menos esta forma de sentirme.

Me quedé en Mardelcielo el resto del fin de semana. Cada noche dejé la ventana abierta y la lámpara al alcance de la mano, esperando ese zumbido grave entre el rumor de las olas. No volvió. Pero me marché distinta de como había llegado, lista para desear de nuevo, dispuesta a otro contacto venido de las estrellas, o de donde fuera, mientras me mirara como me miró aquella noche.

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Comentarios (3)

Carlitos_88

Tremendo!!! Muy buen relato

rosamorena99

Quede con ganas de mas, por favor hace una segunda parte

SoledadRío

Que final tan inesperado... lo lei sin parar desde el principio. Me encanto

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