Marcela, la sirvienta travesti del cortijo
Marcial nació a mediados de los años cuarenta del siglo pasado, en una familia humilde como casi todas las de su pueblo. Igual que el resto de los niños de aquel tiempo, dejó pronto la escuela y se puso a trabajar en el campo. Desde muy pequeño tuvo modales suaves y una manera de moverse que los demás señalaban, y él mismo entendió antes que nadie que se sentía mujer y que los muchachos le gustaban mucho más que las muchachas.
A los diecisiete años, durante la recogida de la aceituna, conoció a una chica que le llamó la atención. No porque cambiara lo que sentía, sino porque en aquella sociedad cerrada todo hombre tenía que buscarse una mujer y casarse, y confesarse de otra manera era impensable. Empezó a salir con ella, y en poco tiempo se convirtió en su esposa.
Ya casado, y con un hijo en camino, Marcial seguía sintiéndose mujer y nunca dejó de buscar a otros hombres. Lo hacía a escondidas: terminada la jornada, aseado y arreglado, pasaba cada tarde por un bar del pueblo donde se reunían los que entendían. Bastaba un guiño o un gesto para que se metiera en el retrete y esperara. Allí, con caricias rápidas y algún beso, los aliviaba con la mano, y si el hombre le gustaba de verdad se arrodillaba y se lo tomaba en la boca hasta el final.
Una tarde, en aquel mismo bar, se le acercó Cosme, el encargado de un hacendado de la comarca del que se decía que también era de los suyos. Le ofreció un puesto fijo en el campo, trabajando para su amo. A Marcial, que no tenía nada seguro, no le costó decir que sí, y el lunes siguiente empezó.
El encargado lo colocó en un sitio cómodo: el almacén. Quedó a cargo de las herramientas y los aperos que se repartían cada mañana entre los más de cien jornaleros de las fincas. Era un puesto de privilegio para alguien recién llegado, y todos lo notaron.
Días después apareció por la finca el dueño, don Aurelio. Era un hombre alto, de melena rubia muy clara, y en toda la zona lo conocían por el mote de «La Holandesa», porque nadie ignoraba lo que le gustaba. Esa mañana, Cosme le dijo a Marcial que el amo quería verlo a solas, en la oficina del cortijo.
Don Aurelio lo recibió, lo hizo caminar delante de él y observó despacio sus formas y su manera de hablar. Después le hizo una propuesta: que fuera a su casa los días que él lo invitara. A cambio, cada vez tendría una semana libre y cobraría el doble. Marcial aceptó sin pensarlo.
—No vas a arrepentirte —le dijo el señorito, mirándolo de arriba abajo.
A los pocos días, Cosme le avisó de que esa misma tarde lo llevaría en coche a la casa del amo, porque don Aurelio quería que pasara allí la noche. Marcial dejó dicho en su casa que no lo esperaran, que tenía unos trabajos para el señorito. Por el camino, el encargado le contó que esa noche habría una reunión de varios caballeros y que él iba invitado. Le extrañó, pero lo achacó a las rarezas de los ricos.
***
Nada más llegar, don Aurelio lo recibió y le explicó sin rodeos para qué lo había llevado. Sabía lo que hacía en los retretes de los bares, sin cobrar, solo porque le gustaba. Quería que hiciera lo mismo en su casa, atendiendo a unos amigos a los que les agradaba la compañía de hombres como él. Esa noche se servía una fiesta, y su cometido era estar pendiente de todos, en todo lo que le pidieran.
Lo llevó hasta la que sería su habitación y abrió un armario. De dentro sacó un uniforme de sirvienta negro, con delantal, guantes y cofia blancos, un sostén, unas bragas y unas medias negras con costura por detrás, y unos zapatos de tacón. Le dijo que esa sería su ropa, que estaría siempre vestida de mucama al servicio de los invitados, y le ordenó que se desnudara y se vistiera.
Cuando Marcial quedó desnudo, don Aurelio no se contuvo: le tomó los testículos en la mano y le besó la punta del sexo.
—En cuanto te pongas el vestido —le dijo— dejas de ser Marcial. Para mí y para todos vas a ser Marcela.
Es lo que siempre quise, pensó ella mientras escuchaba. Lo que iba entendiendo no le daba miedo: le devolvía cosas que había deseado desde niña.
Se vistió enseguida. El uniforme le quedaba ceñido al cuerpo y por encima de la rodilla, marcándole unas piernas finas y una silueta que ella misma no se conocía. Con ayuda del señorito se maquilló: sombra en los párpados, color en las mejillas, máscara que le alargaba las pestañas y un lápiz de labios rojo intenso que le daba volumen a la boca.
Don Aurelio le pintó las uñas y, al hacerlo, reparó en lo ásperas que las tenía por el campo y la intemperie. Le prometió unas cremas para las manos y la cara, para que las fuera ablandando. Le colocó la cofia ajustable en la cabeza y dos pendientes de presión en las orejas.
Después la llevó frente a un espejo de cuerpo entero que había en la habitación contigua. Cuando Marcela se vio, se quedó quieta, mirándose como si descubriera a otra persona.
—Estás preciosa —murmuró el señorito, y la agarró por la cintura para besarla largo. Tuvo que retocarle los labios después.
***
Aquella primera noche solo acudieron tres amigos del amo: don Heriberto, don Lisandro y don Casimiro, hombres serios y formales que volverían en otras ocasiones. Con ellos la tarea de Marcela era servir la cena y, terminada esta, aliviar a cada uno con la mano; a veces le pedían que se los tomara en la boca. Otras, era don Aurelio quien la montaba delante de ellos. Eran veladas tranquilas y discretas.
Una vez al mes, en cambio, la recepción se ponía mucho más movida. Al anochecer, Marcela empezaba a atender el timbre, y los invitados, que sabían bien a lo que iban, la recibían sin ningún miramiento, metiéndole mano bajo la falda en cuanto cruzaban la puerta.
Eran seis caballeros, varios de ellos jóvenes. Uno venía de la capital, muy desenvuelto, y traía siempre a dos amigas travestidas. Una era Consuelo «la Morena», alta, de piel oscura y muy estilosa, que llegaba con su guitarra y cantaba para todos. La otra, Amparo «la Espina», más bajita, de ojos y boca grandes, buen trasero y piernas bonitas, siempre con minifalda. El de la capital, Aniceto «la Faraona», nada más entrar se vestía de mujer y se sumaba como una más.
En esas fiestas, el propio don Aurelio se maquillaba y se ponía ropa de mujer, presumiendo de marica veterana. Los demás solo pensaban en disfrutar de las chicas travestidas, incluida la Faraona, a la que le gustaba que la tomaran por detrás con fuerza. El señorito, a veces, también ofrecía el culo y lo recibía encantado.
De madrugada, ya casi todos borrachos, terminaban jugando en corro, agarrándose unos a otros no de las manos sino de los sexos, entre risas. Para entonces pocas se habían librado de que les visitaran el trasero los demás invitados.
Marcela volvía a su casa al día siguiente, o al otro, como si nada hubiera pasado, y retomaba su vida de marido y padre. Pero La Holandesa le pedía cada vez más tiempo, y aquello empezó a hacer mella en su familia. Había semanas en que se quedaba cuatro o cinco días en la casa del amo, atendiendo no solo a sus amigos sino a él mismo, con quien hacía vida de pareja. Don Aurelio decía que tenía a Marcela de criada y de esposa a la vez: en invierno le calentaba los pies y en verano lo abanicaba.
***
En aquellas noches, entre el ambiente y las copas, a menudo se perdía el control. A las chicas travestidas las usaban como si fueran prostitutas, porque a todas se les pagaba, y ya se sabe que el que paga manda. A veces se montaban juegos en los que cada uno adoptaba un papel. El que más le gustaba a don Aurelio era el del harén: los invitados hacían de amos y las travestidas de odaliscas esclavas, vendidas en un mercado para obedecer luego en todo a quien las comprara.
Una de esas madrugadas, uno de los presentes propuso un juego distinto: averiguar cuál de las cuatro mariquitas pagadas —la Espina, la Morena, la Faraona y Marcela— era la más aguantadora, introduciéndoles objetos de buen tamaño.
Las pusieron a las cuatro de rodillas sobre unas sillas y les ataron las manos al respaldo. Así sujetas, les untaron bien la entrada con crema lubricante mientras les tocaban el cuerpo para ponerlas a tono. Repartieron unas cartas para decidir quién se encargaría de meter los objetos, y le tocó a don Renato.
Empezó con consoladores normales, y fue subiendo el tamaño poco a poco. Mientras tanto, el resto apostaba dinero por la que creían más capaz, animando cada uno a su favorita como si fuera una carrera. La algarabía estaba garantizada.
Las chicas aguantaban aquellos artefactos cada vez mayores hasta que ocurrió lo que nadie esperaba: a don Renato se le ocurrió probar con una botella de cerveza de litro. Primero la Morena y después la Espina la tomaron casi entera, a duras penas.
Llegó el turno de Marcela. Recibió la primera parte sin problema, incluso con gusto, pero al pasar la mitad la botella se quebró por la base. Le sacaron los cristales a toda prisa, aunque no pudieron evitar que se hiciera cortes alrededor del esfínter, y empezó a sangrar con fuerza.
El alboroto se convirtió en pánico. Una de las invitadas de la capital advirtió que era peligrosísimo llevar a Marcela a un médico: en cuanto preguntaran, todo saldría a la luz, y en aquellos años una denuncia podía caerles encima con la ley que perseguía a los de su condición. Uno de los presentes, que había hecho la mili en sanidad y tenía un curso de socorrismo, le hizo las primeras curas. Después le quitaron la ropa de mujer, la desmaquillaron, la montaron en un coche y la dejaron en la puerta de su casa, ya de madrugada.
***
En aquella calle se oyó, sobre las cuatro, el motor de un coche, algo nada habitual a esas horas, y enseguida los quejidos de alguien que sufría. Era Marcial, sentado en el suelo contra su portal, doblado de dolor. Un vecino se acercó, le preguntó qué le pasaba y vio que el pantalón estaba manchado de sangre. Avisó a la familia, que lo llevó a toda prisa a la consulta del médico. Marcial le confesó que se había resbalado y caído sobre una botella, y el doctor lo estuvo curando más de dos semanas.
Aquel accidente fue el punto que lo cambió todo. Su mujer siempre había intuido algo: los viajes de tres y cuatro días a casa de La Holandesa, el dinero impropio de un jornalero, los rumores del bar. Nunca quiso creerlo y siempre defendió la hombría de su marido, pero esta vez no pudo seguir engañándose. Se convenció de que llevaba una doble vida y decidió separarse, prohibiéndole volver a vivir con ella y con sus hijos.
Expulsado de su casa, y a pesar de lo mal que lo habían tratado la noche en que se hirió, Marcela no tuvo más remedio que regresar a la casa de don Aurelio. Desde entonces vivió allí, como su sirvienta y su amante, durante el resto de su vida.
Siguió acostándose cada día con el señorito y atendiendo a quienes acudían a las fiestas. A veces don Aurelio la mandaba a casa de otros amigos de su misma cuerda, para servirlos o para acompañarlos por una temporada. Marcela ya había asumido su vida de mujer: vestía como tal mientras trabajaba con su uniforme, y de mujer salía también a la calle.
Llegaron a correr rumores de que se había enamorado de un carnicero al que iba a comprar la carne para la casa, y de que aquel hombre le dio gusto durante mucho tiempo a escondidas de don Aurelio, sin que el señorito lo supiera nunca.
Marcela se acordaba a veces de su vida de casado, pero otras pensaba que aquello había sido lo mejor que pudo pasarle. No iba a estar toda la vida fingiendo, cuando lo único que de verdad quería era ser la mujer de un hombre, o de varios.
Todo esto lo conozco por referencias, porque por edad nunca llegué a tratarla. Lo que aquí se cuenta ocurrió, más o menos, desde el último tercio de los años sesenta del siglo pasado. Hace poco, por achaques de la edad, Marcela tuvo que ser internada, y la reemplazó otra marica a la que llamaban Yolanda. Como ya prometí en otra de mis historias, al fin he contado las andanzas de la sirvienta del cortijo.