Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Fui la travesti más deseada del club esa noche

Vivo en la capital y, para una chica como yo, no conocer el Carmesí es como tener un teléfono nuevo y no encenderlo nunca. Es de esos lugares de los que todo el mundo habla en voz baja, pero al que casi nadie confiesa haber ido. Yo iba seguido, y cada vez salía con la sensación de haber sido alguien distinta durante unas horas.

El sitio es precioso, mucho más acogedor de lo que uno imaginaría. Las luces son tibias, la música nunca te aturde y el personal te trata como si fueras la invitada de honor. Apenas cruzas la puerta dejas de ser quien eres de lunes a viernes. Ahí solo importa cómo te ves y cuántas miradas eres capaz de robar.

Siempre acudía con mi pareja, Renata. Ella era quien me transformaba antes de salir, y lo hacía con una paciencia que rozaba la devoción. Me sentaba frente al espejo, me sujetaba el mentón con dos dedos y empezaba a maquillarme como quien pinta algo que le pertenece. Elegía mi vestuario, y siempre lo elegía con una sola intención: que me viera, y me sintiera, lo más provocadora posible.

—Esta noche quiero que parezcas un pecado caminando —me dijo aquel día, mientras me ajustaba la peluca.

Llevaba un minivestido que apenas me cubría, una peluca rubia que me caía hasta los hombros y unas plataformas transparentes que me obligaban a moverme despacio, midiendo cada paso. Me miré en el espejo y no me reconocí. Me reconocí más que nunca. Me sentía hermosa, peligrosa, completamente lista para que me devoraran.

—¿Lista? —preguntó ella, abrochándome el último detalle del cuello.

Más que lista.

***

Llegamos pasadas las nueve. Y ahí pasó algo raro: casi no había otras chicas como yo esa noche. En cambio, había hombres. Muchos. Estaban repartidos por los rincones, con copas en la mano y esa sonrisa que reconozco al instante, la que no es amable sino hambrienta. Cargada de morbo, de ganas contenidas, de algo que no se dice pero se respira.

Renata me apretó la mano y se inclinó hacia mi oído.

—Es tu noche de suerte —susurró—. Todos esos ojos son para ti.

Sentí un escalofrío bajarme por la espalda. No de miedo. De anticipación. Caminé entre las mesas dejando que me miraran, balanceando las caderas más de lo necesario, disfrutando del silencio que se hacía a mi paso. Renata venía detrás, observándolo todo como una directora que conoce cada escena de su película.

Me senté un momento en la barra y pedí algo dulce, solo por el placer de sentir cómo me seguían los ojos mientras lo bebía. Crucé las piernas despacio, dejé que el vestido se me subiera apenas un poco y vi cómo más de uno se removía en su asiento. No tenía que hacer nada. Me bastaba con existir ahí, iluminada por esas luces tibias, para que el aire entre las mesas empezara a cargarse. Esa es la parte que pocas entienden: el poder no está en lo que haces, sino en lo que provocas con solo respirar.

Después de un par de copas, ella y yo elegimos. Sí, lo elegimos juntas, como quien arma un menú. Cinco hombres. Cinco desconocidos que llevaban un rato sin disimular hacia dónde miraban. Renata se acercó a ellos primero, les habló bajo, puso sus reglas con la naturalidad de quien lo ha hecho mil veces.

—Lo primero —les dijo—, van todos a lavarse las manos. Y nada pasa sin que yo lo vea.

Los cinco obedecieron como niños bien educados. Volvieron con las manos limpias y una expectativa que casi se podía tocar. Los reuní en círculo, en un rincón apartado de la pista donde las luces apenas llegaban, y empecé a moverme para ellos. Un baile corto, lento, apenas una insinuación. Bastó.

—Acérquense —dije, y mi propia voz me sonó distinta, más grave, más dueña de sí.

***

Fue increíble la sensación de sentir tantas manos a la vez. Llegaban desde todos lados, recorriéndome la espalda, las caderas, los muslos, sin orden ni prisa. Unos dedos me subieron por debajo del vestido y se turnaban para tocarme, uno tras otro, mientras yo cerraba los ojos y dejaba que la cabeza se me fuera hacia atrás.

Renata vigilaba cada movimiento. No por celos, sino por control. Era su forma de cuidarme, de asegurarse de que todo ocurriera dentro de los límites que ella misma había trazado.

—Ahora les pongo yo el condón —les avisé—. Con la boca.

Uno por uno, me arrodillé frente a ellos. Lo hice despacio, mirándolos hacia arriba, sosteniéndoles la mirada mientras los preparaba. Después me los fui llevando a la boca por turnos, sintiendo cómo me acariciaban el pelo y me sujetaban de la nuca con una firmeza que me encantaba. Algunos murmuraban cosas, otros solo respiraban fuerte. Yo me perdía en el ritmo, en el calor, en el sabor de saberme deseada por cinco bocas al mismo tiempo.

—Mírenla —dijo uno de ellos, casi sin aliento—. Está disfrutando más que nosotros.

Y era verdad.

***

No aguanté mucho más. El roce constante, las manos, las palabras sucias que me iban diciendo al oído me habían puesto en un punto sin retorno. Renata lo notó y, con un gesto de cabeza, nos guio a todos hacia el fondo del local, hacia el cuarto oscuro.

Lo que pasó ahí dentro no tengo cómo describirlo sin que suene a presunción. Me cogieron como nunca. Me tomaron en todas las posiciones que se les ocurrieron, y a mí se me ocurrieron unas cuantas más. Algunos terminaban rápido, vencidos por la situación; otros duraban, se contenían, volvían a empezar. Varios repitieron. Y, según me contó Renata después, un par de hombres más que rondaban por ahí también se animaron a entrar, atraídos por los ruidos.

Ella seguía haciendo su trabajo en la penumbra: revisaba que cada uno se protegiera, que nadie se saltara las reglas, que la higiene no se perdiera ni en medio del desenfreno. Saber que estaba ahí, controlando, me permitía soltarme del todo. Confiaba en ella ciegamente.

Había un instante, cada tanto, en que perdía el rastro de cuántos eran. Sentía unas manos en la cintura y otra boca en la nuca al mismo tiempo, y no sabía a quién pertenecían. Me daba igual. En la oscuridad, los rostros dejaban de importar; solo quedaban el calor, la respiración entrecortada y el roce de pieles desconocidas que me trataban como si llevaran toda la vida deseándome. Me dejé llevar de la mano que me guiaba en cada momento, sin preguntar, sin pensar.

—Más fuerte —pedí, agarrándome a lo primero que encontré—. No se detengan.

Me nalgueaban hasta dejarme la piel ardiendo. Me decían cosas que jamás repetiría en voz alta a la luz del día, cosas que en ese cuarto sonaban como la música más perfecta del mundo. Me sujetaban de las caderas, del pelo, de la cintura, y me usaban con una mezcla de brutalidad y cuidado que me volvía loca.

Yo solo tenía una petición clara, y se las repetía a todos.

—Cuando terminen, en mi pecho. En el estómago. Quiero verlo.

El olor me fascina, no lo puedo negar. Hay algo en ese aroma denso y caliente que me desarma por completo. Uno tras otro fueron cumpliendo mi capricho, marcándome la piel, y yo me quedaba ahí, jadeando, sintiéndome la criatura más deseada de la ciudad.

***

Perdí la noción del tiempo por completo. En ese cuarto no existen los relojes, no entra la luz, no hay forma de saber si han pasado veinte minutos o media vida. Solo había cuerpos, calor y la voz de Renata recordándome de vez en cuando que estaba a mi lado.

De repente, alguien del local asomó la cabeza y nos avisó que estaban por cerrar. Miré la hora y casi no lo creo: eran las dos de la mañana. Habíamos entrado poco después de las nueve. Hice la cuenta varias veces, mareada. Cinco horas. Me habían tenido cinco horas seguidas.

—Qué buena suerte tienen estos hombres —le dije a Renata, riéndome, mientras intentaba ponerme de pie sobre las plataformas—. Y qué buen culo tengo yo, dicho sea de paso.

Ella me ayudó a recomponerme. Me acomodó la peluca, me limpió con una toalla húmeda que había traído por las dudas, me ajustó el vestido como si volviera a maquillarme antes de salir. Cada uno de sus gestos era una pequeña ceremonia.

Algunos de los hombres, al despedirse, me dejaron dinero sin que yo lo pidiera. Otros me anotaron sus números en servilletas, por si quería verlos de nuevo. Yo los guardé todos con una sonrisa, sin prometer nada.

***

Salimos del Carmesí cuando el aire de la madrugada empezaba a ponerse frío. Caminé hacia el coche todavía temblando un poco, con las piernas flojas y una sonrisa que no me cabía en la cara.

Al pasar junto a las últimas mesas, los pocos hombres que quedaban giraron la cabeza para mirarme. Y ahí estaban otra vez esas sonrisas ladinas, esas miradas de morbo que me siguieron hasta la puerta. Esa es, quizá, la parte que más me gusta de todo: el momento en que ya terminó, en que vuelvo a estar vestida y compuesta, y aun así provoco lo mismo. Saber que sigo siendo deseo puro incluso cuando ya no estoy ofreciendo nada.

Renata me abrió la puerta del coche y, antes de que me sentara, me dio un beso largo en los labios.

—¿Valió la pena la transformación? —preguntó, con esa sonrisa suya que conoce todas mis respuestas.

Cada minuto frente al espejo, cada centímetro de ese vestido imposible.

—Pregúntame mañana —respondí—. Si es que mañana puedo caminar.

Y mientras arrancábamos, con la ciudad casi vacía y el cuerpo todavía vibrando, supe que volvería. Una chica como yo no puede mantenerse lejos de un lugar donde, durante unas horas, se convierte exactamente en lo que siempre quiso ser.

Ver todos los relatos de Trans

Valora este relato

Comentarios (5)

RodriBAires

Tremendo relato!!! De los mejores que lei en mucho tiempo.

NochesMdq

Por favor tiene que haber una segunda parte, quede con ganas de saber como termino todo.

Trini_lectora

jajaja el comienzo me mato, que situacion tan inesperada. Muy bueno.

Dani_2k

genial!!!

Lector_feliz

¿Fue una experiencia real o ficcion? Se siente muy autentico el relato.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.