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Relatos Ardientes

La noche que me vestí para que me hiciera suya

Voy a contar cómo empezó todo, porque cada vez que lo recuerdo se me acelera el pulso y vuelvo a sentir esa mezcla de vergüenza y excitación que no me suelta. No es una historia perfecta. De hecho, salió bastante distinta a como la había imaginado durante años. Pero fue mía, fue real, y fue el principio de algo que todavía estoy descubriendo.

El secreto empezó cuando era muy chico. Tendría once o doce años. Veía la ropa de mi madre colgada y me parecía bonita, suave, prohibida. En casa éramos solo ella y yo, así que la única referencia femenina que tenía estaba ahí, al alcance de la mano. Una tarde de domingo me quedé solo y no aguanté la curiosidad. Me probé un vestido suyo frente al espejo del pasillo.

No sé cómo explicar lo que sentí. Me vi bonito. Me vi distinto. Por un momento dejé de ser el niño tímido que se escondía en su cuarto y fui otra persona, alguien que me gustaba más. Lo guardé todo antes de que llegara, con el corazón a mil, y desde entonces ese fue mi secreto mejor cuidado.

Repetí ese ritual cada vez que la casa quedaba vacía. Aprendí a calcular los horarios de mi madre, a doblar la ropa exactamente como la había encontrado, a borrar cualquier rastro de perfume. Con el tiempo dejé de probarme solo sus vestidos y empecé a fijarme en los detalles: cómo caía una falda, cómo se ajustaba un sostén, la forma en que unas medias cambiaban por completo la línea de una pierna. No era curiosidad por la tela. Era una forma de reconocerme.

Pasaron los años. Hoy tengo veintitrés, vivo solo en un departamento pequeño cerca del centro y trabajo en una cosa aburrida de oficina que no viene al caso. Por fuera soy un chico común: estatura media, delgado, de piel trigueña y una sonrisa que dicen que es lo mejor que tengo. Por dentro seguía cargando aquel secreto, solo que ya no era una curiosidad infantil. Se había convertido en un deseo concreto, urgente, que pedía salir.

Durante mucho tiempo me vestí solo. Compraba lencería por internet, con nombres falsos y direcciones de paquetería, y me probaba todo cuando sabía que nadie iba a tocar el timbre. Me miraba, me tocaba la polla por encima de la tanga hasta ponerla dura contra la tela, me metía dos dedos en el culo mientras me imaginaba que era otro. Pero siempre había una pared invisible: la fantasía terminaba conmigo corriéndome en un pañuelo, apagando la luz y volviendo a ser el de siempre.

Hasta que decidí cruzar esa pared.

***

Lo hablé conmigo mismo muchas noches antes de atreverme. Quería que alguien me viera. Quería que un hombre me viera vestida y me deseara, no como un juego, sino de verdad. Quería que me follara. Entré a unos grupos de mensajería de esos donde la gente busca encuentros sin nombres ni preguntas. Escribí una descripción honesta de lo que era y de lo que buscaba: un chico que se viste de mujer por primera vez y quiere que la traten como tal.

No tardó mucho en contestarme alguien. Se hacía llamar Damián. Sus mensajes eran directos, sin rodeos, y a mí esa seguridad me parecía atractiva. Me dijo dónde, me dijo cuándo, y yo, con las manos temblando sobre el teléfono, le dije que sí.

Los días previos al encuentro fueron una tortura deliciosa. No podía concentrarme en nada. Repasaba en la cabeza cada detalle de cómo iba a vestirme, ensayaba frente al espejo gestos que creía femeninos, me imaginaba la escena una y otra vez. A veces el miedo ganaba y pensaba en cancelar, en escribirle que me había arrepentido. Pero entonces volvía a verme en el espejo, con la promesa de por fin ser vista, y el deseo apagaba el miedo.

Reservamos una habitación en un hotel discreto a las afueras, de esos que cobran por horas y no hacen preguntas. Quedé en llegar antes que él. Fui vestido de chico, con la ropa de mujer guardada en una mochila como quien lleva un tesoro de contrabando. Tenía el estómago hecho un nudo en todo el trayecto.

La habitación olía a desinfectante barato y a sábanas planchadas. Cerré la puerta, dejé la mochila sobre la cama y me metí al baño. Ya iba depilado de las piernas y del culo, suave como nunca, y eso por sí solo me hacía sentir distinto, más expuesto.

Empecé a vestirme despacio, casi con ceremonia. La tanga roja primero, apretando la tela contra la polla que ya se me estaba poniendo dura de puros nervios. Después las medias de red, subiéndolas centímetro a centímetro por la pierna, sintiendo cómo la tela me apretaba justo donde quería. El liguero. El sostén rosa con un poco de relleno. Y por último un vestido negro ajustado que no combinaba para nada con todo lo anterior, pero era el que tenía, y la verdad es que en ese momento no me importó.

Me coloqué la peluca, también negra, y me peiné los mechones frente al espejo manchado del baño. Me pinté los labios despacio, con un pulso que no terminaba de calmarse. Y cuando levanté la vista, no vi al chico de siempre. Vi a alguien nueva. Me gusté tanto que me quedé un rato mirándome, girando las caderas, descubriendo cómo me movía el vestido.

Me toqué la cara como para confirmar que esa de ahí era yo. Pasé los dedos por la tela del vestido, por la curva del liguero bajo la falda, por el borde de las medias, y más arriba, hasta rozarme la polla que empujaba contra la tanga roja. Cada textura me recordaba que aquello estaba pasando de verdad, que no era una de tantas tardes a escondidas en mi cuarto. Esta vez había alguien al otro lado de la puerta esperándome. Por primera vez no me estaba escondiendo de nadie.

Esta soy yo. Por fin.

Toqué la puerta del baño con la idea de salir hecha toda una dama, lista para un cortejo lento, para besos antes que nada. Esa era la película que tenía en la cabeza.

***

Pero la realidad no leyó mi guion.

Cuando salí, Damián ya estaba completamente desnudo sobre la cama, con la polla dura apoyada contra el vientre, gruesa, venosa, brillante en la punta. Me miró de arriba abajo con una sonrisa, y no voy a mentir: verlo así me prendió de inmediato. Era más grande de lo que esperaba, ancho de hombros, con esa actitud de hombre que está acostumbrado a tomar lo que quiere. Mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza. Se me apretaron los muslos debajo del vestido y sentí un tirón húmedo en la boca de solo mirarle la verga.

Yo esperaba el preámbulo. Las caricias sobre la tela del vestido, los besos en el cuello, las manos recorriéndome despacio. Llevaba años imaginando justo eso. Pero él tenía otra idea, y la dejó clara enseguida.

—Ven —dijo, palmeando el colchón—. Súbete.

Me acerqué a gatas a la cama, sintiéndome insegura y excitada a partes iguales. El vestido se me subía por atrás y sabía que se me veía la tanga, el liguero, la línea del culo depilado. Damián se relamió al mirarme. Me tomó de la nuca y me plantó un beso brusco, casi mordiéndome el labio pintado, mientras con la otra mano me agarraba una teta postiza y luego bajaba a apretarme la polla por encima de la tanga.

—Mira cómo estás de dura, putita —murmuró contra mi boca—. Y encima vestida así. Vas a ser una guarra buenísima.

La palabra me hizo temblar. Nadie me había hablado así nunca. Le llevé la mano a la verga, sintiendo cómo latía entre mis dedos, gruesa y caliente. La apreté y él gimió por lo bajo. Empecé a masturbarlo despacio, moviendo el puño desde la base hasta el glande, sintiendo cómo se ponía todavía más dura. Eso me gustaba. Eso era poder. Bajé la cabeza sin pensarlo mucho, con los labios pintados temblando, y me la metí en la boca.

Se me atragantó de entrada. Era demasiada polla para una boca que nunca había mamado nada. Damián me puso la mano en la nuca y empezó a marcar el ritmo él, empujándome la cabeza hacia abajo hasta que sentí el glande golpearme la garganta. Se me saltaron las lágrimas y el rímel me chorreó, pero seguí. Chupaba con los ojos entrecerrados, babeando, oyéndolo jadear encima de mí, sintiendo por primera vez cómo era tener una verga latiéndome dentro de la boca. La saliva se me escurría por la barbilla y caía sobre el vestido negro. No me importaba. Me estaba usando y me gustaba que me usara.

—Así, zorra, mama bien esa polla —jadeó, tirándome de la peluca—. Que se te note que la querías.

Sacó la verga de mi boca de golpe, con un hilo de saliva colgando entre mis labios y el glande hinchado. Por un momento pensé que iba a besarme, que iba a acariciarme, que ahí venía el cortejo que llevaba años imaginando. Pero no. Por un momento pensé que la cosa iba a ir como yo quería.

—Ponte en cuatro —me cortó.

Obedecí. Me subí el vestido hasta la cintura, dejando el culo levantado y la tanga roja atravesada entre las nalgas. Sentí cómo me la corría de un lado con el pulgar, dejando el agujero al aire. Escuché el clic de un bote de lubricante y respiré. Al menos iba a echar algo. Pero fue solo un chorrito rápido sobre la punta de su polla, casi por trámite, sin dedicarme ni un dedo, sin prepararme. Y casi sin aviso, sin saliva suficiente, sin nada que suavizara el momento, se metió en mí.

El ardor fue inmediato. Un dolor agudo, quemante, que me arrancó el aire y me hizo apretar las sábanas con las dos manos hasta que los nudillos se me pusieron blancos. Sentí cómo cada centímetro de esa verga se abría paso a la fuerza, empujando, forzando el anillo del culo hasta que se hundió hasta la base. Se me escapó un grito ahogado. No se parecía en nada a las veces que yo, solita y con calma, había explorado mi cuerpo en casa con los dedos y con un consolador chiquito. Aquello había sido suave, mío, controlado. Esto era brusco, ajeno, demasiado rápido, una polla entera clavada en un culo que nunca había tenido más que dos dedos dentro.

Empezó a moverse fuerte, con prisa, agarrándome de las caderas y sacando la verga casi entera para volver a metérmela de una embestida seca. El colchón chirriaba con cada golpe. Sentía los huevos chocando contra mi tanga corrida, la piel de mis nalgas rebotando, la peluca deslizándoseme hacia un lado. Me pedía que gimiera, que sonara como una mujer, que le dijera que era su putita.

—Dime que te gusta, guarra. Dime que quieres mi polla en tu culito.

Y yo gemía, sí, gemía y decía las palabras que me pedía con la voz más aguda que me salía, pero la mitad de esos sonidos eran de un malestar que no sabía cómo nombrar. El ardor no se iba. Cuando cambió el ángulo y me tocó dentro donde tenía que tocarme, la polla mía, aplastada contra el colchón por encima de la tanga, dio un tirón raro, una punzada de placer que se mezcló con el dolor y me confundió todavía más. Mi cabeza estaba dividida: una parte registraba la novedad de tener un hombre dentro, de ser deseada por fin, de que alguien me follara vestida de mujer; la otra solo quería que terminara.

Aceleró. Me clavaba las uñas en la cadera, jadeaba encima de mí como un animal, y de pronto sacó la verga, me dio la vuelta bruscamente y se puso a pajearse con la punta apoyada contra mis labios pintados.

—Abre la boca, abre —gruñó.

Abrí. Y me llenó la cara y la boca de semen espeso, chorros calientes que me cayeron sobre la lengua, sobre la barbilla, sobre el sostén rosa asomando por el escote del vestido. Terminó con un último quejido, restregándome el glande por los labios para limpiarse la última gota. Me quedé quieta, con la boca llena, sin saber si tragar o escupir. Al final tragué. No sé bien por qué. Supongo que porque en la película que tenía en la cabeza, la mujer que yo quería ser tragaba.

Cuando acabó, se dejó caer de lado en la cama, satisfecho, ajeno por completo a que yo me había quedado a medio camino entre el alivio y la decepción, con la polla mía todavía dura y palpitando dentro de la tanga sin que nadie la tocara. Me vestí en silencio, me quité la peluca con el semen todavía pegajoso en la comisura de los labios, me limpié la boca frente al mismo espejo donde un rato antes me había sentido invencible. En el baño, sentada en el inodoro, me bajé la tanga y me hice una paja rápida hasta correrme yo también, mordiéndome el labio para que él no me oyera. Necesitaba cerrar aquello por mi cuenta.

No fue como lo soñé.

Y sin embargo, mientras conducía de vuelta a casa con la mochila otra vez en el asiento del copiloto y todavía sintiendo el ardor entre las nalgas, no me arrepentía. Había cruzado la pared. Había dejado que alguien me viera entera, vestida, real. Había mamado una polla y me habían follado el culo por primera vez. Eso ya nadie me lo quitaba. Lo que faltaba, ahora lo sabía, era encontrar a la persona correcta.

***

Porque aquí es donde empieza mi verdadera fantasía, la que repito en mi cabeza cada noche desde entonces, mientras me masturbo despacio con la lencería puesta.

Imagino a alguien que sepa esperar. Un hombre que no se desnude antes de que yo termine de arreglarme, sino que disfrute viéndome convertirme en ella. Que me observe maquillarme, que me ayude a subir el cierre del vestido, que me elija la lencería con sus propias manos y me la ponga él mismo, despacio, deslizando las medias por mis piernas mientras me besa el interior de los muslos, colocándome la tanga con los dedos rozándome el coño postizo entre las nalgas, como si me estuviera descubriendo.

Imagino caricias largas sobre la tela antes de cualquier otra cosa. Besos en la nuca, en los hombros, en la línea de las medias. Que me hable bajito, que me diga que estoy bonita, que me diga guarra pero con dulzura, que me trate con la delicadeza que esa primera vez no tuvo. Un cortejo de verdad, paciente, donde la prisa no exista. Que me arrodille frente a él con el vestido puesto y me deje mamarle la polla a mi ritmo, sin empujarme la cabeza, dejándome saborearla, lamerle los huevos, chuparle la punta hasta que gima mi nombre de mujer.

Que después me acueste boca arriba en la cama, me abra las piernas con las medias todavía puestas y me coma el culo con la lengua un buen rato, lamiéndome, escupiéndome, metiéndome un dedo primero, luego dos, hasta abrirme del todo. Que me pajee la polla por encima de la tanga mientras me abre con la boca. Que me deje mojada, dilatada, suplicando.

Y después, solo después de todo eso, que cambie el ritmo. Que se ponga encima, que me mire a los ojos y me meta la verga despacio, centímetro a centímetro, dejándome sentir cómo entra sin dolor, solo lleno. Que empiece suave y vaya endureciéndose, que me folle con ganas pero sin olvidar que detrás del vestido hay alguien que necesita sentirse cuidada al mismo tiempo que poseída. Que me la clave hondo mientras me besa el cuello, que me susurre que soy su mujer mientras me embiste, que me haga correrme con su polla dentro y sin tocarme, que después se corra él dentro de mí, llenándome, y se quede ahí un rato, abrazándome, sin salir. Que me haga suya en esa cama hasta que las dos versiones de mí, la de siempre y la nueva, se vuelvan una sola.

Esa es mi fantasía: ser la mujer de un hombre que primero me vista y luego me convierta en suya. Discreto, atento, intenso cuando llega el momento. Alguien que entienda que la entrega también se cultiva, que la sumisión más dulce nace del cuidado y no de la prisa.

La primera vez me sirvió para saber lo que no quiero. Ahora sé exactamente lo que busco. Y cada vez que me visto frente al espejo, sola en mi cuarto, con la polla dura debajo de la tanga y los dedos jugueteando entre mis nalgas, me prometo que la próxima vez que un hombre me vea así, va a ser alguien que sepa tratarme como la mujer que soy cuando me pongo esa peluca y dejo de esconderme.

Mientras tanto, sigo aquí, guardando mi secreto que ya no es del todo secreto, esperando a ese que sepa esperar.

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Comentarios(8)

MarioRO

tremendo relato, no pude parar de leerlo hasta el final

Veronica_L

Por favor que haya segunda parte!!! me quede con muuuchas ganas de saber como siguio todo

NorbertoCba

Que bien escrito, se siente real y sin caer en lo burdo. Eso es lo que mas me gusta de los buenos relatos.

TaniaQuilmes

increible como lo describes, me transporto al cuarto de hotel con vos jajaja

LucasSur_lect

La escena del espejo al principio me atrapo desde el primer momento. Sigue escribiendo asi!

SofiRelatos

Que valiente contarlo con tanta honestidad. Es de los relatos que te hacen pensar, no solo excitar

PatriZR

Buenisimo!!! Esperando mas relatos tuyos

Gonza_bsas

Me recordo a una experiencia que tuve hace años en un viaje, esa sensacion de animarte a algo nuevo... impresionante como lo captaste

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