Mi amigo me ofreció a su cliente vestida de mujer
Desde que descubrí lo que sentía al vestirme de mujer, lo único que quería era compartirlo con otras chicas como yo. Me enganché a los testimonios de las que habían sucumbido a los encantos de las medias, las tangas y los corsés, hasta que terminé uniéndome a un grupo privado. Cada fin de semana nos juntábamos en casa de alguna del grupo para maquillarnos, vestirnos y, cuando se daba, coger a gusto.
En una de esas reuniones conocí a un chico que se presentaba como admirador de las travestis. Lo llamaré Diego. Compartíamos un montón de cosas: los mismos deportes, las mismas series, hasta los mismos antojos de comida. Nos llevamos bien desde el principio, y eso sin contar la atracción sexual que, por supuesto, nunca faltaba entre los dos.
La cosa fue creciendo hasta que empezamos a vernos fuera del grupo, en huecos que no chocaran con los compromisos que cada uno tenía. Y por compromisos quiero decir, claro, ir a coger con otra gente.
Un sábado quedé con Diego para encontrarnos un par de horas en un hotel. Pero esa mañana me llamó temprano para cambiar el plan: ahora el punto de reunión era un restaurante al sur de la ciudad, porque le había surgido un asunto urgente de trabajo. Me pidió que llegara vestido como hombre, con mi identidad pública, y que una vez resuelto ese tema nos fuéramos a una habitación donde pudiera arreglarme y entregarme a él.
Metí mis cosas en una mochila. Peluca corta y lacia, de pelo negro con reflejos. Maquillaje. Un vestido negro cortísimo, acanalado, con botones decorativos al frente. Unas medias de red y un sostén con relleno. Esa vez no llevaba calzones ni nada que se les pareciera.
Cuando llegué al restaurante, Diego estaba hablando con un señor de traje, algo raro para un desayuno de sábado. El hombre tendría unos cincuenta y tantos, pelo ondulado y algo canoso, bigote tupido, delgado pero con una pancita que noté recién cuando se levantó a irse. Diego me lo presentó como el señor Rivas, un cliente del trabajo con el que, pese a su porte tan formal, parecía tener un trato muy cercano.
Yo iba como hombre, así que Diego me presentó simplemente como un amigo. Saludé al señor Rivas y los acompañé un rato en la mesa. La charla iba saltando entre temas de trabajo y cosas ligeras: las noticias, la ropa, tonterías. Yo casi no abrí la boca esa mañana, más concentrado en el café que en seguirles la conversación.
Aun así, un par de veces noté que Rivas me clavaba la mirada un segundo de más, como si estuviera leyendo algo en mí que yo creía bien escondido bajo la ropa de hombre. Lo atribuí a mi imaginación y a las ganas que ya tenía de irme con Diego al hotel a quitarme ese disfraz aburrido y ponerme el otro, el que de verdad me hacía sentir yo.
Cuando Rivas se levantó para irse, se despidió de los dos con una calidez exagerada. A mí me dijo que a ver cuándo nos volvíamos a ver, pero ya sin trabajo de por medio. Me extrañó que se despidiera así, tomando en cuenta que era la primera vez que nos veíamos y que prácticamente no había hablado.
Una vez que el hombre se fue, Diego me comentó que teníamos que pasar por su oficina, una casa de dos pisos que alquilaban como espacio de trabajo. Fuimos para allá. Al llegar me dijo que estaba esperando la llamada de un cliente, pero enseguida soltó, con tono pícaro, que mejor me vistiera ahí mismo y lo hiciéramos mientras sonaba el teléfono.
Me creí en confianza, los dos solos, y acepté. Me arreglé en su baño y salí coqueta, moviéndome despacio. Tomé una libreta de su escritorio y le seguí el juego.
—¿Necesita algo, licenciado? ¿Le preparo un café?
—Sí, por favor.
—Ahorita se lo hago. Ya verá qué rico se lo voy a dejar…
Movía las caderas a propósito, sabiendo que Diego me miraba el culo apenas cubierto por la tela fina del vestido. Al darle la espalda para poner el filtro en la cafetera me agaché a conciencia, dejando que la falda se subiera y se me viera un tercio de las nalgas. Eso lo volvía loco.
Mientras echaba el agua en la máquina escuchaba crujir el piso de duela a mis espaldas, imaginando qué iba a hacer. Me sorprendió acomodándome el vestido, pero sin quitarme las manos de encima. Lo fue bajando y subiendo, recorriéndome la espalda hasta los hombros. Me volteó suave pero con firmeza y empezó a besarme el cuello, abrazándome tan fuerte que nuestros sexos, ya duros por la calentura, se rozaban con desesperación.
Fajamos riquísimo de pie, junto a la cafetera. Con cada beso se ponía más duro y me apretaba más las nalgas, y yo, con las manos en su pecho, gemía con cada apretón. Después me llevó detrás del escritorio, se acomodó en la silla y se sacó la verga. Me arrodillé y se la chupé despacio, disfrutándola. Luego me di la vuelta, me alcé el vestido y le mostré las nalgas desnudas, listas para él.
Me cogió rico, lento al principio y después más fuerte, mientras me decía cosas al oído. «Preciosa», «encanto», «corazón». Yo me agarraba del borde del escritorio y le respondía con gemidos que ni yo me creía tan auténticos.
Unos veinte minutos después, justo cuando Diego acababa, sonó el teléfono. Salió de la oficina a contestar y, antes de cerrar la puerta, me pidió que no me cambiara, que siguiera vestida un rato más.
Por la excitación y la confianza no me pareció raro. Pero entonces empecé a oír cómo Diego bajaba a abrir la puerta de la casa y, en el recibidor, hablaba bajito con alguien.
Yo me miraba en el espejo grande que Diego tiene en la oficina, retocándome el maquillaje, la peluca, el vestido. Y por el reflejo vi abrirse la puerta.
Era el señor Rivas.
Me quedé petrificada. ¿Qué hace este tipo acá? ¿Cómo y por qué Diego lo dejó pasar? No me dio tiempo de procesarlo.
—Hola —me saludó, coqueto, como si supiera exactamente qué iba a encontrar en esa oficina.
Le respondí amable, todavía descolocada.
—Ah, este Dieguito, ¿eh? Re trabajador. Hasta en fin de semana viene a la oficina a cumplir. Por eso me cae tan bien el muchacho —decía mientras paseaba por el cuarto, despreocupado.
Siguió haciéndome plática. Retomaba temas de la conversación del restaurante y, a la vez, me preguntaba cosas sobre mí. Yo contestaba con cortesía, aunque seguía sorprendida. Pero estaba metida en mi personaje de chica, así que decidí tomar todo como viniera.
Me senté en el borde del escritorio de Diego y Rivas se acomodó a mi lado. Continuó la charla, muy correcto, hasta que sentí su mano posándose en mis rodillas. Diego no aparecía. Supuse lo que estaba pasando, o más bien lo que iba a pasar, y me dejé llevar.
No le retiré la mano. Al contrario, separé un poco las rodillas y dejé que me acariciara los muslos por encima de las medias.
—Estás riquísima —murmuró—. Casi no se te nota lo buena que estás cuando andas de hombre. Pero así, vestida, pareces toda una señorita.
Subió la mano hasta toparse con mi sexo, ya duro, y empezó a frotarlo por encima de la tela. Después se puso de frente a mí, me lo sacó y se lo metió a la boca. Me fascinaba ver a ese bigotón de traje arrodillado, chupándole la verga a una putita con verga.
—Eso, chúpalo, corazón. ¿Te gusta cómo sabe la mía? —le solté, devolviéndole el juego.
Él se rio sin sacársela del todo.
—Me encanta, mi vida. Tan rica que has de ser tan puta como yo. A ver, déjame verla mejor.
Rivas se puso de pie, se soltó el cinturón y se bajó el pantalón, dejando ver una verga larga y de cabeza ancha.
—Voltéate. Te voy a hacer mía, putita.
Me di la vuelta hacia el escritorio y levanté las nalgas. Enseguida empezó a arrimarme la verga y a pasearla entre ellas, jugueteando un par de minutos antes de empujarla despacio. Mientras me abría el culo, todavía flojo por la cogida de Diego, sentí esa mezcla de goce y de incomodidad sucia y placentera, como las ganas de ir al baño en el peor momento.
Solté un gemido que le dio confianza para empujarla más fuerte y agarrarme de la cintura con brusquedad.
—Ya no te parezco tan puto, ¿verdad, zorrita? ¿Quién es la puta ahora?
Me cogía a buen ritmo, haciéndome gemir sin control.
—Ay, señor Rivas, qué rico me coge, qué rico me la mete —se me escapaba entre jadeos.
Empezó a culearme cada vez más rápido, y yo me moría de ganas de venirme. Me tomé la verga con la mano y empecé a masturbarme al mismo ritmo en que él disfrutaba mi culo. Casi al mismo tiempo nos vinimos los dos.
Sin mucha ceremonia, Rivas se limpió en el baño, se despidió con un beso tímido en la mejilla y me dejó su tarjeta sobre el escritorio. Mientras yo me limpiaba también, lo oí decirle a Diego, ya fuera de la oficina:
—Ya quedamos a mano, amigo. Nos vemos en la semana.
***
Cuando Diego volvió a entrar, yo ya me estaba cambiando de ropa. Me esperó sin decir nada y salimos juntos del trabajo. Subí a su coche y, mientras buscábamos dónde comer, lo encaré con un enojo fingido.
—Pendejo. Me usaste para pagarle un favor a ese tipo, ¿verdad?
Diego solo se rio, sin despegar la vista del semáforo.
—Ah, ¿me vas a decir que no te gustó, puta?
No le contesté. Miré por la ventanilla el tráfico de la avenida y dejé que la sonrisa se me formara sola, donde él no la viera. La tarjeta del señor Rivas seguía en mi bolso, con su nombre en relieve y un número de teléfono.
Los dos lo sabíamos. La próxima vez que sonara el teléfono en esa oficina, yo iba a estar deseando que del otro lado hubiera alguien esperando por mí.