Mi primera cita con una escort trans lo cambió todo
Me llamo Martín y por aquel entonces tenía veintitrés años. Hay cosas que uno carga durante mucho tiempo sin atreverse a decirlas en voz alta, ni siquiera a sí mismo, y la mía era esa: desde que descubrí el porno en la adolescencia, lo que de verdad me encendía no eran las chicas convencionales. Eran las mujeres trans. Buscaba siempre lo mismo, escenas de ellas tomando la iniciativa, dominando la situación. Lo tenía guardado bajo llave, como una habitación de la casa que nunca abría delante de nadie.
Esa primavera decidí que ya estaba bien de fantasear. Quería que dejara de ser una idea en mi cabeza y pasara a ser un recuerdo real, de esos que se sienten en la piel.
Por aquel entonces salía con Lucía, pero teníamos una relación abierta desde hacía meses. Lo habíamos hablado con calma, sin dramas, y los dos sabíamos exactamente en qué terreno pisábamos. Eso me daba la libertad de hacer lo que estaba a punto de hacer sin la culpa pesándome en el pecho.
Pasé varias noches buscando en páginas de anuncios. Me fijaba en los pechos, en las manos, en la forma en que cada una se describía. Hasta que di con ella. Se anunciaba como Camila. En las fotos tenía unos pechos firmes y una mirada que parecía saber algo que yo todavía ignoraba. No había nada exagerado en ella, y precisamente eso me gustó: parecía alguien con quien se podía hablar.
Le escribí esa misma noche. Acordamos el precio, una tarifa razonable por media hora, y me pasó la dirección. Un edificio antiguo en un barrio tranquilo, cuarto piso. Me dijo la hora y añadió un mensaje que me dejó dándole vueltas: «Tranquilo, lo vamos a hacer a tu ritmo».
***
El día de la cita apenas pude concentrarme en nada. Llegué con quince minutos de antelación y me quedé dando vueltas a la manzana para hacer tiempo, repasando la conversación en mi móvil como si fuera a olvidarme de la dirección. Cuando por fin me decidí, subí las escaleras en lugar del ascensor. No sé por qué. Supongo que necesitaba el movimiento para no pensar.
Subí los cuatro pisos con las manos sudadas y el corazón golpeándome las costillas. Me aseguré de que no hubiera ningún vecino en el rellano antes de tocar el timbre. Todavía estás a tiempo de irte, pensé. No me fui.
Camila abrió la puerta y todas mis dudas se disolvieron de golpe. Llevaba un conjunto de lencería negra, de encaje, y una bata abierta que no ocultaba nada. Sonrió al verme, una sonrisa tranquila, sin prisa.
—Tú debes ser Martín —dijo, haciéndose a un lado para dejarme pasar—. Adelante, no muerdo. Todavía.
El piso era pequeño pero cálido, con velas encendidas y una luz tenue que lo suavizaba todo. Olía a algo dulce, a vainilla quizá. Me guió por un pasillo corto hasta el dormitorio, y yo la seguí mirando la curva de su espalda, la forma en que la bata se le deslizaba por los hombros.
—Es la primera vez que haces esto, ¿verdad? —preguntó, girándose hacia mí.
—¿Tanto se nota? —respondí, y ella se rió.
—Se nota. Pero no pasa nada. Me gusta.
***
Camila se sentó en el borde de la cama y me atrajo hacia ella tirando del cinturón de mis vaqueros. No tenía prisa por nada, y eso me desarmó por completo. Empecé a besarle el cuello, bajé por la clavícula, le aparté el encaje con los labios hasta encontrar sus pechos. Eran firmes, cálidos, y ella soltó un suspiro suave cuando los recorrí con la lengua.
Fui bajando, besándole el vientre, hasta toparme con la tela del tanga. Lo noté tenso bajo mis labios. La miré desde abajo y ella me sostuvo la mirada, mordiéndose ligeramente el labio.
—Despacio —murmuró—. No hay ninguna prisa.
Empecé a acariciarla por encima de la tela, sintiendo cómo respondía a cada movimiento de mi boca. Luego enganché el borde del tanga con los dientes y se lo fui bajando poco a poco, descubriendo lo que llevaba toda la semana imaginando. Ya estaba dura. No era enorme, tenía un tamaño normal, pero a mí me daba igual el tamaño: era la idea entera lo que me volvía loco, el hecho de estar por fin ahí.
La tomé en la boca con cuidado, y ella empezó a guiarme con la voz, en susurros.
—Así, con más saliva… más despacio… eso es.
Intenté tragármela entera, demasiado ansioso, y no pude. Me atraganté un poco y ella se rió con dulzura, acariciándome el pelo.
—Tranquilo. Aprende a disfrutarlo, no es una carrera.
Le hice caso. Bajé el ritmo, me concentré en cada detalle, en su respiración entrecortándose, en la forma en que sus dedos se cerraban sobre mi nuca. Por primera vez en mi vida estaba haciendo lo que tantas noches había imaginado a solas, y era infinitamente mejor.
***
Al cabo de un rato cambiamos de posición. Me senté yo en el borde de la cama y Camila se arrodilló entre mis piernas. Tengo una polla de la que no me quejo, no tanto por el largo como por el grosor; cuando se me pone dura cuesta abarcarla con la mano.
—Vaya —dijo ella, mirándome a los ojos mientras la rodeaba con los dedos—. Esto va a ser divertido.
Empezó a lamerla despacio, sin dejar de mirarme, recorriéndola de abajo arriba con la punta de la lengua. Luego se la fue metiendo en la boca, y le costó al principio por el grosor. Tuvo que ir poco a poco, abriéndose paso, hasta que la engulló casi por completo. Lo que siguió fue, sin exagerar, la mejor mamada de toda mi vida. Sabía exactamente dónde apretar, cuándo aflojar, cuándo mirarme para volverme loco.
Cuando sentí que estaba demasiado cerca, la detuve. No quería que terminara tan pronto.
—Espera —jadeé—. Quiero más.
Camila sonrió, se tumbó en la cama y se llevó mis manos a sus pechos. Entendí la invitación. Me coloqué encima, deslicé mi polla entre ellos y empecé a moverme mientras ella los apretaba a mi alrededor. Era una sensación nueva, cálida y suave, y verla a ella mordiéndose el labio mientras lo hacía me ponía al límite.
—Quiero que me folles —le dije, sorprendido de mi propia voz.
Ella arqueó una ceja.
—¿Estás seguro? Es tu primera vez.
—Estoy seguro.
***
Camila me puso boca abajo, apoyado sobre las rodillas y los codos. Empezó por preparame con calma, primero con un dedo lubricado, luego con dos, dándome tiempo a acostumbrarme. Después sentí su lengua, y el placer me recorrió la espalda entera como una corriente. Nunca nadie me había tocado así. Hundí la cara en la almohada para ahogar un gemido que no pude contener.
—Respira —me dijo en voz baja—. No te tenses. Déjate llevar.
La oí abrir el envoltorio de un preservativo. Cuando empezó a entrar lo hizo despacio, milímetro a milímetro, sin forzar nada. Me dolió un poco al principio, una presión incómoda, y ella lo notó.
—Aguanta un segundo —murmuró, acariciándome la espalda baja—. Ya pasa, te lo prometo.
Y pasó. El dolor fue cediendo hasta convertirse en otra cosa, una sensación intensa y desconocida que me hacía apretar las sábanas. Cuando estuvo del todo dentro, esperó un momento y empezó a moverse. Al principio con suavidad; después, al ver que yo respondía, con embestidas más firmes, sujetándome de las caderas y dándome alguna palmada en el culo que me arrancaba un jadeo cada vez.
—Así te gusta, ¿eh? —dijo, y yo solo pude asentir contra la almohada.
Al rato me pidió que me girara. Me tumbé boca arriba, ella me echó las piernas sobre sus hombros y volvió a entrar, esta vez cara a cara. En esa postura yo podía mirarla, ver su expresión, estirarme para chuparle los pezones mientras se movía. Era íntimo de una forma que no esperaba, mucho más de lo que jamás había imaginado en mis fantasías.
***
Después fui yo quien tomó la iniciativa. Le pedí que se tumbara y me senté encima de ella, dejándola entrar por completo a mi propio ritmo. Empecé a moverme, subiendo y bajando, descubriendo el ángulo exacto en que todo se volvía eléctrico. El placer me subió tan rápido y tan fuerte que no pude contenerlo. Me corrí sin siquiera tocarme, varios chorros que cayeron sobre el vientre y los pechos de Camila. Ella me miró con una sonrisa de satisfacción, como quien acaba de ganar una apuesta privada.
—Eso ha sido precioso —dijo, lamiéndose un dedo.
—No he podido evitarlo —confesé, todavía sin aliento.
—No quería que lo evitaras.
Pero ella todavía no había terminado. Me dijo que estaba a punto, y yo, envalentonado por todo lo que acababa de pasar, le dije lo que quería. Camila se puso de pie junto a la cama y yo me arrodillé delante de ella. La tomé de nuevo en la boca mientras ella se acariciaba, acercándose más y más al final.
—Me corro —avisó, con la voz quebrada.
No me aparté. Sentí cómo se vaciaba, parte en mi boca y parte en mi cara, y me tragué todo lo que pude. Fue el cierre perfecto para una tarde que había empezado con las manos sudando en un rellano y terminaba conmigo arrodillado, completamente entregado.
***
Nos limpiamos sin prisa. Camila me prestó una toalla, me ofreció agua y charlamos un par de minutos como si nos conociéramos de antes. No hubo incomodidad, ni esa sensación rara que uno imagina para estos momentos. Solo dos personas que la habían pasado bien.
—Vuelve cuando quieras —me dijo en la puerta—. Y deja de tenerle miedo a lo que te gusta.
Bajé los cuatro pisos flotando, con una sonrisa estúpida que no me podía quitar. Aquella tarde algo se ordenó dentro de mí. Dejé de esconder esa habitación cerrada de la casa y empecé a vivir lo que durante años solo me había atrevido a imaginar.
Desde entonces he repetido la experiencia con otras chicas, y todas han tenido su encanto. Pero ninguna ha sido como aquella primera vez con Camila, la tarde en que por fin dejé de mentirme.