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Relatos Ardientes

Soy trans y me deshizo con solo la punta

La habitación del hotel olía a sábanas limpias y a una colonia barata que no era la mía. Lo había citado por una app esa misma tarde, sin pensarlo demasiado, con la cabeza nublada por días de calentura acumulada. Se llamaba Damián, o al menos eso decía su perfil, y lo único que importaba de verdad era el bulto que se le marcaba en el pantalón cuando abrió la puerta.

Yo me llamo Camila. Desde que entré apenas dijimos tres palabras. Él me miró de arriba abajo, las tetas apretadas contra una blusa que dejaba poco a la imaginación, las piernas largas, y esa cosa que tengo entre ellas que a algunos los espanta y a otros, como a él, los pone como animales.

—Date la vuelta —me dijo, y la voz me bajó por la espalda como un hielo.

Había venido buscando exactamente eso. No quería conversación, ni copas, ni que me preguntara cómo había sido mi semana. Quería que alguien me tratara como llevaba días imaginándome en la cama de mi casa, sola, con la mano entre las piernas y la cara hundida en la almohada. Quería rendirme. Y él, con esas cuatro palabras, ya había entendido todo.

No discutí. Me solté la blusa, me bajé la falda y me subí a la cama sin que me lo pidiera dos veces.

Quedé a cuatro patas sobre el colchón, el culo en pompa, las rodillas ya temblando antes de que pasara nada. Las tetas me colgaban pesadas hacia abajo y mi miembro, medio duro, se balanceaba entre mis piernas como un péndulo caliente. El sudor empezó a correrme por la espalda, bajando directo entre las nalgas abiertas.

Lo escuché desvestirse despacio, sin apuro, disfrutando de hacerme esperar. Cada segundo me ponía peor. Yo movía las caderas sola, en el aire, buscando algo que todavía no estaba ahí.

—¿Tan necesitada estás? —se rió, y sentí el colchón hundirse detrás de mí.

—Dámela —le supliqué con la voz rota, casi llorando—. Métemela toda ya. La quiero hasta el fondo, mirá cómo tiemblo, mirá cómo te pido que me rompas.

Mis dedos se clavaban en las sábanas. El culo se me movía solo, empujando hacia atrás contra el vacío, buscando esa polla que todavía no había llegado. Los gemidos me salían sin permiso, agudos y rotos.

Por favor, por favor, por favor.

Entonces lo sentí. La punta caliente rozó mi entrada fruncida. Solo la cabeza. Gruesa, resbalosa de saliva y de su propio líquido, presionando apenas contra el anillo apretado.

Y exploté.

—¡Nnngh…! —el sonido me salió gutural, animal, mientras los ojos se me ponían en blanco al instante. Se me cayó la lengua fuera de la boca, larga y babosa, colgando como si ya no tuviera control sobre mi propia cara—. Solo la puntita y ya me muero…

El glande empujó un centímetro más, abriéndome despacio, quemándome por dentro. Sentí cada vena gruesa rozando las paredes, el calor de su polla latiendo contra ese punto que me vuelve loca, golpeándolo como un martillo lento. Mi propio miembro dio un brinco violento y empezó a babear, soltando hilos sobre el colchón sin que nadie lo tocara.

—Ah… ah… ah… —jadeaba sin parar, la baba corriéndome por la barbilla, goteando sobre mis tetas colgantes—. Solo la cabeza y ya estoy acabando. Mirá cómo me tiemblan las piernas.

Damián no se movió. Se quedó ahí, hundido apenas, gozando del espectáculo de verme deshecha con casi nada. Eso me destrozaba todavía más. Que supiera el poder que tenía. Que pudiera tenerme rota con solo el comienzo.

Mi culo succionaba solo, apretando y soltando alrededor de esa punta gruesa, como si tuviera vida propia. Cada micro-movimiento de él hacía que mi interior se contrajera con un sonido húmedo y obsceno que llenaba la habitación junto con mis gemidos.

—Más… un poquito más… no pares… —le rogué entre babas y lágrimas de puro placer—. Aunque sea dos centímetros. Me estás destrozando el cerebro. Mi verga está palpitando sola. Me voy a correr sin tocarme.

—¿Sin tocarte? —murmuró él, inclinándose sobre mi espalda, la boca pegada a mi oreja—. Quiero verlo.

Y empujó otro milímetro. Apenas. Y ahí fue cuando perdí del todo el control.

***

Mi cuerpo entero se sacudió como si me hubieran pasado corriente. Las caderas se movieron solas hacia atrás, tragándome otro centímetro más profundo, el culo abriéndose con un sonido mojado que me hizo gritar como una perra en celo. Ni siquiera fue decisión mía. Mi cuerpo lo hizo por mí, hambriento, fuera de control.

—¡Aaah…! ¡Mmmgh…! Me corro… me corro…

Mi polla soltó el primer chorro grueso sin aviso, salpicando fuerte contra mi propio vientre y las sábanas, mientras el orgasmo me subía por la columna como lava. Los ojos completamente en blanco, la boca abierta de par en par, la lengua agitándose afuera, la baba cayendo a hilos, las mejillas ardiendo y las lágrimas corriéndome de tanto placer.

Y apenas llevaba la punta y un poco más. Ni siquiera la mitad. Me corrí entera con la cabeza de su polla y la promesa de todo lo que faltaba.

Damián gruñó algo, sorprendido, y le clavó los dedos a mis caderas. Yo seguía temblando, todavía en medio del orgasmo, el culo apretándose en espasmos alrededor de él, exprimiendo esa punta como si quisiera arrastrarlo entero hacia adentro.

—Más… —susurré con la voz destrozada, todavía temblando, todavía corriéndome—. Métela toda. Quiero que me revientes hasta que no pueda caminar mañana. Por favor.

—¿Estás segura? —dijo, y noté la sonrisa en su voz—. Si te derretís con la punta, no vas a sobrevivir al resto.

—No quiero sobrevivir —le contesté, empujando hacia atrás, ofreciéndome—. Quiero que me uses.

Entonces sí. Empujó. Despacio al principio, ganando terreno centímetro a centímetro, abriéndome de a poco mientras yo gemía sin aire en cada uno. Sentía cómo me llenaba, cómo cada parte de mí se estiraba para recibirlo, cómo lo que antes era solo la cabeza ahora era una invasión completa que me robaba hasta el pensamiento.

—Así… así… —balbuceaba yo, la cara contra el colchón, el culo levantado todo lo que podía—. No pares, no pares.

Por un momento pensé que no iba a entrar entero, que era demasiado, que mi cuerpo no daba para tanto. Pero él tenía paciencia, y yo tenía hambre. Cada vez que cedía un poco más, soltaba un gemido nuevo, más grave, más rendido, hasta que dejé de pelearlo del todo y simplemente me abrí para él.

Cuando por fin estuvo entero adentro, sus caderas pegadas a mis nalgas, me quedé quieta un instante, sintiéndolo latir en lo más hondo. Estaba llena. Tan llena que no sabía dónde terminaba él y dónde empezaba yo. Y mi verga, que acababa de descargar, ya volvía a endurecerse, hambrienta de nuevo, goteando otra vez.

—Mirá lo que me hacés —jadeé—. Acabo de correrme y ya estoy dura de vuelta.

—Porque sos una puta —dijo, y la palabra me golpeó directo en el bajo vientre—. Mi puta.

Empezó a moverse. Salía casi entero y volvía a entrar de un golpe seco que me sacudía el cuerpo entero y me arrancaba un grito en cada embestida. La cama crujía. Mis tetas se balanceaban con cada estocada. El sonido de su pelvis chocando contra mi culo llenaba la habitación, húmedo y obsceno, mezclado con mis gemidos rotos.

—Sí… sí… más fuerte… —le pedía sin vergüenza—. Rompeme, rompeme bien.

Él me agarró del pelo y tiró hacia atrás, arqueándome la espalda, obligándome a levantar la cara del colchón. Con la otra mano me sujetaba la cadera para clavarse más hondo. Yo ya no era una persona. Era un agujero hambriento entregado a un desconocido en un hotel cualquiera, y nunca en mi vida me había sentido tan bien.

—Te voy a llenar —gruñó él, acelerando, las embestidas cada vez más brutales—. Te voy a dejar el culo goteando.

—Sí —lloriqueé—. Llename. Quiero sentirlo dentro. Por favor.

Sentí cómo se ponía más duro adentro mío, cómo se le tensaba el cuerpo, cómo el ritmo se volvía errático. Y yo, otra vez, sin que nadie me tocara, sentí que se me venía el segundo encima. Mi verga palpitaba aprisionada entre mi vientre y la sábana, lista para estallar de nuevo solo con él partiéndome en dos.

—Me corro otra vez —avisé, con la voz quebrándose—. Me vengo con vos adentro.

—Juntos —ordenó él, y me clavó hasta el fondo una última vez.

Lo sentí explotar dentro de mí, chorro tras chorro caliente llenándome justo donde lo necesitaba, y eso fue lo que me arrastró por el borde. Me corrí por segunda vez, gritando contra la almohada, todo el cuerpo convulsionando, el culo ordeñándolo en espasmos mientras mi propia polla soltaba lo poco que le quedaba sobre las sábanas ya arruinadas.

***

Nos quedamos quietos un largo rato, él todavía adentro, los dos respirando como si hubiéramos corrido kilómetros. Sentía cada latido de su polla aún hinchada dentro de mí, y mi cuerpo entero seguía vibrando con réplicas del orgasmo.

Cuando por fin salió, despacio, gemí por la sensación de vacío. Me dejé caer de costado sobre el colchón, deshecha, sudada, con las piernas que no me respondían, exactamente como había pedido.

Damián se tiró a mi lado y me miró con una media sonrisa, todavía agitado.

—Te lo dije —murmuró—. No ibas a sobrevivir.

Yo me reí, ronca, todavía temblando. No le contesté. Solo cerré los ojos y me dejé llevar por ese cansancio dulce y pesado, sabiendo que en cuanto recuperara el aliento iba a pedirle más. Porque la verdad era simple, y los dos la sabíamos: me había roto con solo el comienzo, y yo no quería que parara nunca.

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Comentarios (5)

NocheLobo

Que relato!!! hace tiempo no leia algo asi de bueno, me dejo sin palabras

MarisolBV

Por favor una segunda parte, quede con ganas de mas. Muy bien escrito y se siente creible.

Edmundo_pba

No acostumbro a comentar pero este me saco las ganas. Lo contas con mucha naturalidad, sin ser grotesco. Sigue asi!

DarkReader09

excelente!!! sigue subiendo

DiegoCba99

Me engancho desde el primer parrafo. Saludos desde Cordoba, esperando el proximo con ansias

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