La curiosidad que me llevó a la bodega del abuelo
Hola otra vez, y gracias por seguir leyendo lo que escribo. Para quienes llegan nuevos: me llamo Renata, soy una mujer trans a tiempo completo. Eso quiere decir que vivo cada minuto del día en mi rol femenino, que pienso, siento y respondo como la mujer que siempre supe que era, desde que tengo memoria.
El relato de hoy nos lleva a una etapa muy concreta de mi vida. Para entonces mi familia ya lo sabía todo y lo había aceptado por completo. Para mis padres yo era una hija más; para mis hermanos, una hermana; para mis abuelos, otra nieta; y para los vecinos del barrio, simplemente la chica trans de la cuadra. Esto pasó en Guadalajara, en 2010, cuando yo tenía veintidós años. Ya salía a la calle vestida como me daba la gana y acudía a casi todos los compromisos familiares en mi rol femenino. Justo en uno de esos compromisos empieza la historia.
Era una de esas tardes de domingo en casa de los abuelos. Mis primos andaban escabulléndose hasta el bar para robar un par de tragos. Los tíos Rubén y Andrés sudaban frente al asador, cada uno con su cerveza en la mano, mientras mi papá y el tío Ernesto daban cuenta de su tercera. Más allá, otros invitados disfrutaban de la tarde sin prisa.
Nosotras, las jóvenes de la familia, matábamos el aburrimiento sentadas en unas sillas plegables del patio, presumiendo los celulares nuevos que nos habían comprado.
—A este paso, antes de las seis terminan bien borrachos —comentó Carolina, mi prima.
—Te quedaste corta —agregó Noelia—. Antes de las cinco ya están discutiendo.
Las dos teníamos razón, así que asentimos. Entonces algo me distrajo. Le hice señas a Carolina y a Noelia para que voltearan.
—¿Ya vieron quién llegó? —les solté en voz baja.
Carolina giró la cabeza sin entender mi asombro.
—Es don Saúl, el empleado del abuelo. ¿Y?
—Sí, ¿qué tiene? —insistió Noelia—. Sabemos que es el ayudante del abuelo, pero ¿por qué tanto alboroto?
Tengo que explicar algo. Carolina es mi prima, apenas año y medio mayor que yo, pero por ser un poco tímida no tenía tanta experiencia. Noelia era la más chica de las tres, con dieciocho recién cumplidos: la más inocente y, de lejos, la más preguntona. Yo, en cambio, ya era la más lanzada del grupo, la que respondía todas las dudas que mis primas no se atrevían a preguntar en otra parte. Para eso es la familia. Y ese día les tocaba otra lección.
—Es que a don Saúl en la calle le dicen «el potro» —expliqué—, y no es por tonto. Dicen las malas lenguas que es por el tamaño de lo que se carga entre las piernas.
El comentario provocó risitas nerviosas. Animada, separé las manos despacio para ofrecer una medida en el aire.
—Le dicen así porque tiene una de este tamañito, manas. Así, más o menos.
—¿Ah, sí? ¿Y tú cómo lo sabes? —me cuestionó Carolina—. ¿Ya se la viste o qué? Mejor cállate y no hables sin saber.
—Pues no, no se la he visto, pero lo sé de buena fuente. ¿Se acuerdan de la fiesta pasada, aquí mismo? Ya casi de noche, las tías Tere y Mónica platicaban en la cocina, medio borrachas. Yo estaba lavando los trastes y oí algo que me dejó helada.
Bajé la voz aún más.
—La tía Mónica dijo: «Don Saúl la tiene de potro, no, de potrote, una cosa enorme, casi de treinta centímetros». Y la tía Tere: «¿A poco se la mediste?». «Pues sí, con la regla de la oficina de la tienda; le pasa de los veintitrés». Cuando me descubrieron escuchando, la tía Tere me corrió a la sala. Por eso lo sé.
—Ya no digas tarugadas, Renata —cortó Carolina—. Le dicen el potro porque trabaja como animal para el abuelo, ha de ser.
Las tres guardamos silencio. Y, como sin querer, miramos al empleado del abuelo. Era bastante mayor que nosotras, de cabello con canas, cuerpo fornido y espaldas anchas. Estaba en la fiesta como invitado, pero no se quitaba el espíritu servicial: repartía cubas de ron entre los invitados. Mi curiosidad, mezclada con un calor que ya empezaba a sentir, no me dejó quedarme quieta.
—Ahorita van a ver, viejas desconfiadas.
—¡Oiga, don Saúl! —lo llamé—. Cuando termine, ¿puede venir un momentito?
El hombre asintió. Carolina y Noelia me miraron horrorizadas.
—¿Qué haces, loca? —susurraron a coro.
—Tranquilas, par de mocosas.
Don Saúl llegó hasta el grupo y preguntó con amabilidad:
—Hola, niñas guapas. ¿En qué puedo servirles?
—Oiga, ¿nos regala una cubita? —probé—. Ande, no sea malito.
—No, están muy chamacas para el alcohol.
—Entonces queremos que nos aclare una duda.
—No, wey, ya no le digas —murmuró Carolina, roja.
—Shhh. —La callé—. Es que mis primas quieren saber por qué le dicen «el potro». Ándele, díganos.
El hombre sonrió con cara de bonachón.
—No, no, niñas, no hagan caso a rumores. Son puros chismes. Y ustedes están muy chiquitas para averiguar ciertas cosas. Cada cosa a su tiempo, ¿eh? Ya me voy, no vaya a ser que los señores me regañen por andar de platicador.
Apenas se alejó, mis primas volvieron a regañarme.
—¡Eres una descarada, Renata! Mira que preguntarle eso al pobre don Saúl.
—Ay, sí, ¿y ustedes no piensan en eso? —repliqué—. No se hagan las santas. Ya verán cómo el viejo vuelve solito. No va a aguantar la curiosidad.
***
Lo dije segura de mí misma, y acerté. Un rato después, don Saúl pasó a dejarnos una cuba de ron a escondidas. Ese fue el pretexto perfecto.
—Que nadie las vea tomando eso —advirtió—. Y sobre lo que preguntaron… ¿por qué tienen tanta curiosidad? A ver, díganme.
Carolina movía la cabeza con desaprobación. Fui yo, la más lanzada, la que habló.
—Bueno, don Saúl, es que estamos creciendo y tenemos dudas. Digamos que es… curiosidad científica. Queremos aprender sobre ciertas cosas, y qué mejor que viéndolas.
—¡Sí, eso! —se sumó Noelia—. Curiosidad científica, nada más.
—Curiosidad científica, vaya, vaya. ¡Estas niñas de ahora! —El hombre se rascó la nuca—. Miren, lo que traman es algo indebido. Si alguien se entera, no saben el problema en el que me meten. Pero, bueno… solo un momento, ¿eh? Al fondo de la casa está la bodega. Está abierta. Vayan para allá y procuren que nadie las vea. Al ratito las alcanzo. Y a propósito, ¿quiénes tienen esa curiosidad científica?
—Nada más yo, Carolina y Noelia —respondí, con los nervios temblándome en la voz—. Solo las tres.
Minutos después caminábamos con disimulo hacia la bodega. Don Saúl le avisó en voz alta a mi tío que iba por carbón para el asador. Mi tío, ya entrado en copas, ni sospechó lo que su hija y sus dos sobrinas estaban a punto de descubrir. Solo asintió y empinó su vaso.
***
Cuando don Saúl entró a la bodega, reinaba la penumbra. Avanzó entre cajas y muebles viejos hasta el fondo, donde lo esperábamos las tres, de pie, nerviosas, sin movernos un músculo.
—Con que curiosidad científica, ¿eh? Con que quieren saber por qué me dicen el potro. A ver, vamos a ver, niñitas curiosas.
Nos miró a los ojos. Estábamos temblando. Con una lentitud pasmosa, bajó el cierre de su pantalón y, de entre la tela del bóxer, fue sacando su miembro. Despacio, ante nuestras miradas ansiosas, hasta dejarlo por completo a la vista: moreno, muy grueso, todavía dormido. El «aaah» que soltamos las tres a la vez resonó en el silencio de la bodega. Aun flácida, la cosa medía sus buenos quince centímetros.
—¿Y bien, niñas? Ahora ya saben por qué me dicen así. Digan, ¿qué opinan?
No salíamos del asombro. Yo fui la única capaz de articular palabra, sin dejar de mirar aquella rareza.
—Ay, don Saúl. Con razón le dicen el potro. ¡La tiene enorme!
—Y eso que necesitas verla despierta, niña Renata. Mi potrillo está dormidito todavía.
Aquello despertó a Carolina, que balbuceó algo sobre lo grande que ya estaba. No alcanzó a terminar la frase. Ante nuestros ojos calientes, don Saúl empezó a frotarse con suavidad, sin prisa, mientras nosotras mirábamos el espectáculo. Poco a poco, la cosa fue tomando fuerza, creciendo, alzándose morena y venosa, dura como el hierro, hasta pasar de los veintitrés centímetros. El grosor era lo que de verdad asustaba.
Carolina y Noelia se frotaban las manos, nerviosas, esquivando la mirada de aquel mástil. Yo, en cambio, lo admiraba descaradamente, con la boca abierta. Don Saúl se dio cuenta de cuál de las tres estaba más emocionada, porque dirigía la función hacia mí y me miraba fijo a los ojos.
—Bueno, niñas, ¿ya quedó satisfecha su curiosidad científica? Y recuerden: nadie debe saber de esto.
Con cierto trabajo se acomodó el miembro y salió con paso lento. Quedamos mudas, temblorosas, con el sudor corriéndonos por la frente. Puedo jurar que las tres sentíamos la misma comezón entre las piernas. Pasaron varios minutos hasta que nos atrevimos a mirarnos, y entonces los labios se nos torcieron en una sonrisa pícara que terminó en carcajada.
—¡Se los dije! —presumí—. ¡Yo sabía que el potro nos la iba a enseñar!
Carolina y Noelia entraron casi corriendo a la casa, seguramente a buscar un rincón solitario para calmar sus cuerpos. Yo busqué una silla apartada para tomarme la cuba con tranquilidad.
***
Fue entonces cuando sentí una mirada pesada sobre mí. Al girar la cabeza, me encontré con los ojos lujuriosos de don Saúl. Le sostuve la mirada, temblando de emoción, y volví a sentir esas palpitaciones entre las nalgas. Pero era obvio que no intentaría nada más: toda la familia estaba presente.
Pasé un buen rato aburrida. Mis primas seguían sin aparecer. Los tíos discutían a gritos sobre deudas y ganancias. Las mujeres platicaban, también algo borrachas. Y entonces, sin querer, presencié una escena que lo cambió todo: Marisol, la empleada de la casa de los abuelos, una mujer de unos veintisiete años, de cuerpo lleno y melena negra, conversaba con don Saúl. Con mi don Saúl. Y al retirarse, como sin querer, le pasó una caricia pícara por la entrepierna y se alejó meneando las caderas, mirando al frente como si nada.
Aquello fue una alarma para mí. O sea que el potro y esa se entienden, ¿eh? ¿Andarán cogiendo? Seguro don Saúl se había quedado caliente y buscaría aplacarse con ella. ¿Pero dónde? En la bodega, claro.
Con paciencia, seguí los movimientos de la pareja. Marisol se metió primero, sigilosa; momentos después fue él. Yo dudé, ansiosa, sin saber qué hacer. Al final la calentura pudo más y me escabullí detrás de ellos.
Dentro reinaba el silencio. Caminé con cuidado hasta el fondo y ahí estaban: don Saúl recargado en unas cajas, con el pantalón a medio bajar, y entre sus piernas, hincada, Marisol, que con habilidad le mamaba aquella verga enorme. Él tenía los ojos cerrados, suspiraba, pedía más. Yo miraba atenta cómo ella besaba y lamía la cabeza del miembro, tragándose todo lo que podía, agarrada con ambas manos del tronco.
De pronto se me ocurrió una idea. Algo tengo que sacar de este secreto. Me alejé un poco y grité hacia el fondo:
—¡Don Saúl! ¿No ha visto a Marisol? Le hablan por teléfono. Y a usted lo busca mi abuelo, que hay que comprar más hielo.
Momentos después pasó junto a mí Marisol, arreglándose el vestido, sin atreverse a mirarme. Y así confirmé que tenía al potro agarrado por donde más le dolía. Adopté mi mejor pose de mujer seria.
—Con que esas tenemos, don Saúl. Usted y esa, haciendo cochinadas en casa de sus patrones, aprovechando la fiesta. Ya sabe el dicho: cuando el gato no está, los ratones hacen fiesta.
Me acerqué más.
—Ahora se va a portar bien conmigo. Para que yo no diga nada, me va a dejar hacer unas cositas con esa cosa de potro que tiene. ¿Eh?
El hombre soltó una risa ronca.
—Está bien, chiquilla linda. Acepto que me tienes agarrado. Pero no necesitabas amenazarme. No hace falta que tengas ventaja para que yo quiera metértela.
—¿En serio?
—Desde luego. Cuando te enseñé lo que me cuelga, fue con toda la intención de ponerte a desear. Si no hubieras venido con tus primas, te habría tomado aquí mismo.
—¿Y por qué a ellas no?
—Porque me dejaste caliente, chamaca nalgona. Tu prima Carolina está llenita, Noelia es una niña torpe; tú, en cambio, con esas nalgas y esa cara, me la pasaría cogiéndote sin parar.
—Pero yo no soy mujer biológica.
—¿Y eso qué? Estás más rica que cualquiera en esta casa. Siempre he dicho que las chicas como tú se cuidan más que una mujer de nacimiento. Así que deja la actitud de regañona y ponte de rodillas a terminar lo que Marisol dejó a medias. Sé que te mueres de ganas. Ven aquí.
El viejo tenía razón. No había nada en ese momento que yo quisiera más. Me arrodillé, sumisa, y le saqué de nuevo el miembro: oscuro, grueso, oloroso a hombre, todavía dormido. No era nueva en el arte, pero aquella verga me imponía respeto. Por entonces salía con un chico que me gustaba, pero que en la cama me dejaba a medias. Tener la oportunidad de satisfacer mi parte femenina con un macho maduro era un sueño para mi libido en aumento.
Empecé a acariciar el tronco con suavidad, levantándolo con ambas manos por el puro peso. Cuando lo tuve de frente, llevé la cabeza a mis labios y le di un beso tierno, casi reverente. Luego comencé a recorrer toda la extensión con la boca, golosa. Don Saúl me miraba con ojos sorprendidos: no esperaba que yo supiera hacerlo así. Y mi intención era darle una mamada para el recuerdo.
Me tomé mi tiempo. Posé los labios sobre la cabeza inflamada, miré hacia arriba para deleitarme con sus gestos, y abrí la boca todo lo que pude para rodear aquella circunferencia ya erecta. Lamí, succioné y mamé el monumento que tenía enfrente. Pasaron los minutos más agradables de aquella tarde, con él aferrado a las cajas, suspirando, entregándose a mí.
Cuando sentí que su corrida era inminente, suspendí las caricias. Me puse de pie, me giré y, dándole la espalda, me incliné sin soltarle la verga. Con la otra mano me subí la falda y le mostré las nalgas, apenas cubiertas por una tanga diminuta. En esa posición le restregué el miembro duro por todo el culo.
—Ahora, mi potrito, vamos a jugar un poquito. Tengo hambre, y usted está más que listo para darme leche, ¿verdad?
—No sabía cómo pedírtelo, pequeña —gruñó.
Comencé a frotar la punta sobre mi entrada, lentamente. Estaba húmeda y ardiendo. Entre suspiros de los dos, y con un poco de presión de su parte, logramos que la cabeza entrara. Sabía que eso era apenas el principio. La sacaba y la volvía a meter, jugando con el grueso mástil, hasta que la excitación de don Saúl fue mayor que su paciencia. Me tomó fuerte de las caderas y empezó a embestirme desde atrás de una forma deliciosa. El potro me demostraba que, a pesar de su edad, le sobraba energía para montar a una jovencita como yo. Esa tarde la afortunada era yo.
Me cogió así un buen rato. Después me dejó recargarme a mí en las cajas, mientras él seguía detrás. Nunca le di la cara: siempre de espaldas a ese hombre que me hacía maravillas. Hasta que empezó a bufar.
—Voy a terminar, ricura. ¡Voy a terminar!
Me la sacó y entonces pude ver el espectáculo: el primer chorro, abundante, y luego el segundo y el tercero, con la verga palpitando. Nos regalamos un par de minutos para recobrar el aliento.
—No pudimos llegar a más hoy, niña deliciosa —me dijo—. Pero ahora que ya fuiste mía, quiero que vuelvas a serlo.
—Usted dígame cuándo, don potrito.
—Siempre que quieras. En la tienda de tu abuelo, en el mercado, hay espacio de sobra. Me quedo a hacer el corte y a acomodar mercancía. El día que quieras, cierro a las siete. Lleva ropa bonita cuando vayas a verme. Estaré ansioso.
Así conocí al madurito don Saúl, alias «el potro», un apodo más que merecido. ¿Volví a verlo? Por supuesto. Fui su amante durante mucho, mucho tiempo. Pero eso se los cuento en el próximo relato.