Mi nueva jefa me convirtió en su secretaria Andrea
Siempre me consideré un hombre tranquilo y, sobre todo, heterosexual. Era alto, un poco rellenito, con algo de grasa en el pecho que toda la vida me dio vergüenza. Nada en mí destacaba. Hasta que Renata llegó a dirigir mi área y, sin que yo lo notara, empezó a desarmar todo lo que creía saber sobre mí mismo.
Renata era de piel muy blanca, alta, con caderas anchas y unos pechos generosos. Desde el día de su presentación se notó su autoridad. Y juraría que, mientras hablaba al equipo, se la pasó observándome a mí. Como si hubiera olfateado algo que yo todavía no sabía que llevaba dentro.
El trabajo se acumuló y empecé a quedarme horas extra. Ella también. Pronto fuimos los únicos en la oficina por las noches, y entonces empezaron los favores: prepararle un café, subirle la taza, recibir sus pedidos de comida, revisar sus textos en su despacho. Yo lo hacía con gusto, convencido de que solo era ser un buen empleado.
—Andrés, ya hasta pareces mi secretaria de lo pendiente que estás de lo que yo ordene —me dijo una noche.
Lo tomé a risa, pero esa frase no me soltó. Secretaria, no secretario. Lo que yo ordene. Esa madrugada soñé con ella dándome instrucciones mientras yo permanecía de rodillas a su lado.
Después de aquel sueño empecé a leer sobre dominación a escondidas, siempre en el teléfono. Hasta que una tarde se me agotó la batería en mitad de un relato y cometí el error de seguir leyéndolo en la computadora de la empresa.
Esa misma noche me llegó un mensaje de un número desconocido: «Sube a mi oficina de inmediato, tenemos que hablar de tu desempeño».
***
Renata estaba de pie junto a su monitor, con los brazos cruzados.
—Esto es inaceptable, Andrés. Debería darte de baja en este mismo momento. Siéntate y mira.
Me dejé caer en su silla y ella se quedó parada, enorme sobre mí. En la pantalla estaba mi historial de navegación, con la página y el relato perfectamente señalados.
—Sabes que es una falta grave. No quiero ni imaginar qué hacías en tu despacho leyendo esto. Aquí tienes tu carta de renuncia.
Empecé a llorar. Iba a perder mi único trabajo por una curiosidad que ella misma había despertado en mí.
—Por favor, haré lo que me pidas, pero no me despidas ni hagas público esto.
—No estás en posición de negociar. No tienes nada que ofrecer.
—Haré lo que sea por usted.
Vi cómo se le iluminaron los ojos, como si acabara de tener una revelación.
—Lo pensaré. Pero empecemos por cómo te diriges a mí. No estamos al mismo nivel para que me llames por mi nombre. Leí un poco ese relato tuyo, y creo que me gustaría que me llames señora. O ama.
—Pero Renata...
Su mano me agarró del pelo y acercó su cara a la mía.
—¿No escuchaste? Vuelves a llamarme por mi nombre y toda la oficina sabrá que eres un pajero que se excita leyendo relatos de sumisión.
No lograba procesar nada. Pero el tirón, su rostro tan cerca del mío, me estaban excitando. Y ella lo notó.
—Mira nada más, al pajero le gusta que lo jalen del cabello. Te voy a dejar elegir, porque soy buena: si aceptas obedecerme en todo, ponte de rodillas y bésame las botas. Si no, firma tu renuncia.
Dudé un instante. Después me arrodillé. Sus botas estaban gastadas, eran de campo, nada sexis, pero las besé igual, primero rápido, hasta que sentí un golpe seco en la mejilla: me había pegado con la punta de la bota.
—La próxima vez que me llames por mi nombre en privado, te irá peor. Ahora desnúdate.
Me quité la ropa hasta quedar en bóxer.
—Desnúdate significa desnúdate, idiota.
Bajé el bóxer y me cuadré, sabiendo que taparme sería inútil.
—Vaya, qué tenemos aquí. Un amiguito muy pequeño. Demasiado pequeño para satisfacer a una mujer de verdad. Ahora entiendo qué tipo de relatos leías.
Cada palabra se me clavaba como un alfiler, y lo peor era que en el fondo le daba la razón. Me ordenó arrodillarme y bajarle el pantalón. Debajo llevaba unas bragas de tela brillante con faja.
—No con las manos. Las bajas con la boca, y pobre de ti si las rompes.
Fui enrollando la prenda con los labios, milímetro a milímetro, hasta dejarla a la altura de sus muslos. Me llegó su olor, intenso, inconfundible. Ella también estaba excitada con todo esto.
—Ya que estás ahí abajo, encárgate de lo demás.
Acerqué la boca y empecé a lamerla. Sus gemidos me dijeron que lo hacía bien, su mano me empujó contra ella, y al poco sentí el espasmo de su orgasmo. Después me hizo terminar de quitarle las bragas y ponérmelas yo. La tela subió suave por mis piernas, la faja me apretó el vientre, y la humedad tibia contra mi piel me provocó una erección que no pude disimular.
—Conque además de pajero te gusta la ropa de mujer.
—Nunca me había puesto nada así, lo juro.
—Tranquilo, ya tendrás más. Por ahora, vuelve a trabajar. Y mañana te mudas a mi casa. Obedecerme será un trabajo de veinticuatro horas.
***
Empaqué mi vida en cuatro cajas y, esa misma semana, me instalé en una habitación pequeña de su casa, con baño propio y un clóset que ella se encargó de llenar. Bolsa tras bolsa fueron apareciendo medias, ligueros, sostenes de tela brillante, tangas que parecían cintas, camisones. Renata me enseñó a ponérmelo todo como quien instruye a una principiante torpe.
—Enrollas la media y metes el pie despacio. Si la rompes, te castigo.
La media subió por mi pierna recién depilada y fue la sensación más deliciosa que había sentido nunca. Después vino el liguero, las bandas tensando la tela contra mis muslos, el sostén que aprendí a abrochar por delante y girar. Mi cuerpo quedaba comprimido por todas partes, y por más que me repetía que aquello estaba mal, me encantaba.
El baño se transformó en un ritual: jabones perfumados, una crema depilatoria que me ardió hasta dejarme sin un solo vello, otra de coco que me dejaba la piel tersa y suave. Renata me revisaba como a una propiedad, incluso las zonas más íntimas.
—No tienes mal culo. Solo falta afinar unos detalles. A los machos no les gustan las peludas.
Esa noche me masturbé recordándolo todo y manché las sábanas. Fue un error. Renata entró sin que la oyera, me apretó los testículos y me despertó de golpe.
—¿Quién te dio permiso de venirte? El mejor castigo para un pajero es no poder serlo más.
Me lanzó una jaula de castidad a la cama. Pasé el pene y los testículos por el anillo, encajé la jaula, y ella misma puso el candado y se guardó la llave.
—A partir de ahora solo te corres cuando yo lo diga.
***
Empecé a ir a la oficina con la lencería puesta bajo la ropa de hombre. La primera vez creí que todos lo notaban, que me adivinaban la tanga por debajo del pantalón. Pero nadie sospechaba nada, y la sensación constante de la tela contra mi piel me mantenía en un estado raro, entre la vergüenza y un placer que ya no sabía esconder.
Un día Renata me hizo trabar la puerta de su despacho.
—Tienes hambre, ¿verdad, Andrea? Quítate la ropa de hombre.
Era la primera vez que me llamaba así, con el nombre en femenino, y algo en mí se rindió al escucharlo. Quedé en lencería frente a ella. Sobre su silla había un consolador no muy grande, aunque para mí, que era virgen, parecía enorme.
—Te sientas, te lo metes, y entonces comes. Tienes lubricante, o lo mojas con tu saliva. Tú eliges.
El hambre pudo más que el miedo. Vertí el lubricante, me acomodé, y cuando la punta tocó mi entrada di un respingo. Renata se levantó, me sujetó de los hombros y me hizo bajar despacio. Sentí cómo cedía algo dentro de mí, una barrera que se rompía, y luego una plenitud extraña que, para mi vergüenza, no me dolió tanto como esperaba.
—Diez sentones. Los cuentas y das las gracias en cada uno.
—Uno... gracias. Dos... gracias.
Mi pene intentaba endurecerse dentro de la jaula y solo conseguía dolerme, pero a la cuarta o quinta vez el dolor se diluyó en otra cosa. Dejé de pensar en la comida. Me estaba gustando.
—...nueve, gracias. Diez, gracias.
Al caer del último sentón me di cuenta de que me había corrido sin tocarme, solo con la lencería rozándome y la sensación de haber obedecido. Ella me premió con un paquete de galletas y me ordenó pasar el resto del día con el consolador dentro, sentado en mi escritorio, sintiéndolo cada vez que me movía.
***
El golpe final llegó un sábado. Renata me dejó una nota: que descansara, repasara mi depilación, me pusiera la lencería más sexi y la esperara. Pasé horas arreglándome, disfrutando cada prenda, y la recibí de rodillas junto a la puerta.
No venía sola. La acompañaba Hugo, un hombre joven y musculoso, de esos que viven en el gimnasio. Me quedé helado. Una cosa era que ella me viera así; otra muy distinta, que lo hiciera un desconocido.
—Saluda a Hugo, Andrea —dijo, y me corrigió con una bofetada cuando tartamudeé.
Me maquilló con paciencia: base, rubor, delineador, pestañas postizas y un labial rojo intenso. Al mirarme al espejo ya no vi a un hombre maquillado, sino a una mujer de labios pintados. Después sacó un disfraz completo de secretaria: falda de cuero ajustada, blusa entallada, tacones de charol y una peluca rubia tan natural que terminó de borrarme la cara.
—Hugo quería cogerse a una secretaria rubia y sexi —explicó—. Y una vez que él termine contigo, Andrea florecerá del todo.
Intenté rebelarme una última vez. Le dije que no era gay, que era un hombre. Ella se rió.
—Eres lo que yo diga que eres. Tengo cámaras en esta casa, Andrea. ¿A quién van a creer, a un pervertido que se viste de mujer, o a su respetable jefa? Decide: lo disfrutas, o lo publico todo.
No tenía escapatoria. Me acerqué a Hugo, le desabroché la camisa y acaricié su pecho duro y caliente. Él me guió la cabeza hacia su entrepierna, y cuando liberé su miembro lo encontré imponente, mucho más grande que cualquier consolador. Lo lamí desde la base, sorprendido por su sabor tibio y dulzón, y luego lo tomé en la boca mientras Renata me ordenaba alzar la vista.
—Mírale a los ojos. Eso demuestra tu sumisión.
Hugo tomó el control, me sujetó la cabeza y empezó a follarme la garganta hasta que se corrió. Tragué su semen entre lágrimas y arcadas, y se lo mostré obediente, con la boca abierta.
—Bravo, Andrea. Ya le sacaste leche a un macho. Solo falta una cosa.
***
Me sentó sobre las piernas de Hugo, mi trasero enfundado en la falda apretado contra su erección. Me besó la nuca con hambre, me subió la blusa y me acarició los pezones hasta arrancarme un gemido que sonó del todo femenino. Mi resistencia se desmoronaba a cada caricia.
—Ya perdiste la apuesta, Andrea —susurró Renata—. Déjate llevar.
Cuando Renata anunció que él ya me había hecho venir dos veces, dijo que lo justo era que yo lo montara. Hugo se recostó en el sofá. No pensé en huir. Me puse en cuclillas sobre él y, yo misma, me lo fui ensartando poco a poco hasta sentir su vello contra mis nalgas.
Entonces empecé a moverme sin que me lo pidiera. Subía y bajaba como si la vida me fuera en ello, le acariciaba el pecho, lo besé por iniciativa propia, y cuando lo sentí palpitar me esmeré aún más hasta que se corrió dentro de mí. Caí rendida sobre él, exhausta. Y él, en lugar de apartarme, me besó. Me hizo sentir una mujer.
—Felicidades, Andrea —dijo Renata, colocándome un tapón para no desperdiciar nada—. Por fin dejaste salir toda tu feminidad. ¿Lo disfrutaste?
—Sí, señora —admití, y por primera vez no sentí vergüenza al decirlo—. Ya no lo puedo negar. Esto terminó de sepultar a Andrés dentro de mí.
Cuando Hugo se fue, me besó en la puerta con tanta intensidad que me dejó sin aliento. Me quedé de pie, embobada, como una niña enamorada esperando a que su hombre volviera. Renata me mostró entonces el video que había grabado: mis gemidos, mis movimientos, mi cara de placer. No me reconocí. Pero ya no quería reconocerme.
—¿Ves cómo lo disfrutaste? Ya eres toda una señorita.
—Gracias por todo, señora.