Mi primo descubrió mi secreto de travesti ese verano
Hace un par de años gané una beca para un curso intensivo de idiomas en una ciudad que quedaba a medio país de la mía. La beca cubría matrícula y comida, pero no el alojamiento, así que terminé instalándome en casa de mi tía Marisol, la hermana de mi madre. Vivían en una casa de dos plantas: arriba los dormitorios y la cocina, abajo un garaje enorme y una oficina que nadie usaba, con su propio baño. Conseguí un colchón de segunda mano y, sin darme cuenta, tenía mi propio mini departamento con puerta independiente.
Esa privacidad lo era todo para mí. Desde siempre fui un travesti de clóset, de los que guardan su verdad al fondo de un cajón. De niño, cada vez que me quedaba solo en casa, me probaba en secreto las cosas de mi madre: un labial, una falda, una tanga que me quedaba enorme. Con la adolescencia el deseo no desapareció, creció. Mi cuerpo nunca fue muy masculino, casi neutro, salvo por unas caderas y un trasero que la ropa de mujer parecía haber sido diseñada para sostener.
El primer mes pasó sin sobresaltos. Las clases se me daban fáciles y, con lo poco que ahorraba, me compré dos tangas —una negra, una rosa—, un labial barato y un par de aretes. Las usaba a solas, frente al espejo del baño, hasta calentarme tanto que terminaba tocándome con un video de fondo, imitando a la chica de la pantalla, sintiéndome más mujer con cada minuto que pasaba.
El problema con tener algo es que enseguida quieres más. Varias veces, cuando mis tíos salían, alcancé a ver a mi prima Camila —veintipocos años, ropa siempre coqueta— cruzar el patio con vestidos que me hacían suspirar de envidia. Empecé a desear su armario entero. Yo no me animaba a comprar ropa de mujer en una tienda; me aterraba que alguien entrara y descubriera la bolsa. Lo poco que tenía cabía dentro de un zapato viejo al fondo del clóset.
Y entonces llegó mi oportunidad.
Un jueves por la mañana, mi tía bajó a darme las llaves de toda la casa.
—Nos vamos a la costa hasta el domingo en la noche —me dijo—. Cuídala por nosotros y come lo que quieras de la nevera, que si no se echa a perder.
Apenas el auto desapareció al final de la calle, mi mente echó a volar. Tenía cuatro días enteros y una casa para mí solo. Quería hacerlo bien, hacerlo completo. Lo primero fue salir a un centro de depilación con gorra y mascarilla, protegiendo mi identidad como si fuera una operación encubierta. Las mujeres del local se reían con cariño, pero no me importó: salí de ahí con la piel lisa por todas partes, suave como nunca, y eso solo valía cada centavo.
Esperé hasta ver las fotos de mi tía publicadas desde la playa, a cinco horas de distancia, para confirmar que de verdad estaba lejos. Recién entonces subí. El cuarto de Camila olía a perfume dulce y a crema. Todo era rosa, con peluches en la cama y cajitas de bisutería sobre la cómoda. No quise tocar el armario ordenado para no dejar huellas, así que busqué su cesto de ropa por lavar. Estaba lleno: faldas, vestidos, trajes de baño, ropa interior. Me lo fui probando todo, una prenda tras otra, modelando frente al espejo de cuerpo entero.
Después de casi dos horas me detuve, respiré hondo y me dije en voz baja:
Bien. Ahora sí, hora de sentirme cien por cien mujer.
Elegí un vestido negro corto, de espalda descubierta y mangas largas con vuelos. Bajé a ducharme, me puse solo la tanga rosa, me pinté los labios y peiné mi cabello, que no es largo pero sí ondulado y me cae hasta el cuello. Volví a subir, me deslicé el vestido por la cabeza y sentí la tela ceñirse a mis caderas. Completé el conjunto con una diadema, unos aretes brillantes y, del cuarto de mi tía, unos tacones negros de charol.
Caminé despacio por toda la casa para no torcerme los tobillos, casi una hora, deteniéndome en cada espejo. Me veía sexy, de piernas blancas y firmes, con el vestido marcándome el trasero y el peinado dándome un aire tierno y coqueto a la vez. Cuando por fin me sacié, devolví todo a su sitio y bajé a mi cuarto eufórico. Esa noche me masturbé varias veces, todavía temblando de la emoción.
***
Me despertó de golpe el ruido del portón del garaje. Eran las doce y media; había dormido medio día. Me asomé por la persiana y vi un auto que conocía bien: era Mateo, otro de mis primos, el mayor. Bajó, cruzó el garaje y vino directo a mi puerta. Me alejé de la ventana de un salto, porque estaba casi desnudo, solo con la tanga rosa puesta de la noche anterior.
—Adrián, ¿estás ahí? —golpeó.
Me quedé en silencio un segundo de más.
—¿Mateo? Perdona, recién me despierto —respondí, intentando sonar normal.
—Te dejé un paquete en la puerta. Cuando puedas, lo recoges.
Esperé a oír sus pasos subir la escalera antes de abrir. En el suelo había una bolsa negra. La levanté, la abrí y casi me desmayo: dentro había fotos impresas del interior de la casa, de la noche anterior, conmigo puesto el vestido de Camila. En una estaba de piernas cruzadas en el sillón; en otra, frente al espejo; en otra, con las manos en la cintura.
El teléfono vibró. Era él.
«Reviso las cámaras desde el celular cuando no hay nadie. No te asustes, esto queda entre nosotros», escribió. Y un segundo después: «Llevo mucho tiempo queriendo decirte algo y nunca supe cómo».
Dentro de la bolsa grande había otra más pequeña. La abrí con los dedos torpes: un conjunto de lencería roja, tanga, sostén, portaligas y unas medias finas. Llegó otro mensaje.
«Me gustan los chicos como tú, los que tienen ese secreto guardado. Si yo también te gusto, póntelo y bajo. Si prefieres que olvide todo esto, dímelo y no se habla más».
Me senté en el borde del colchón con el corazón a mil. No era una amenaza; era una puerta abierta. Y la verdad, vergonzosa y liberadora a la vez, es que llevaba semanas mirándolo a escondidas. Tecleé una sola palabra antes de arrepentirme.
«Sí».
***
Me metí a la ducha, me bañé y me puse la lencería roja pieza por pieza. Arreglé mi cabello, retoqué el labial y esperé, casi cuarenta minutos eternos, hasta que golpearon la puerta. Abrí despacio. Mateo estaba ahí, sin camisa, mirándome de arriba abajo.
—Date la vuelta —dijo en voz baja.
Giré para él. Lo oí soltar el aire entre dientes.
—¿Estás seguro de esto? —preguntó, y que lo preguntara me derritió más que cualquier otra cosa.
—Segura —respondí, eligiendo a propósito la palabra en femenino.
Entró y cerró la puerta. Se colocó detrás de mí, pegó su pecho a mi espalda y empezó a besarme el cuello, lento, mientras me susurraba que esto sería nuestro secreto. Sentí sus manos recorrerme la cintura por encima de la tela. Me hizo girar de nuevo, esta vez para mirarme de frente, y me besó en la boca por primera vez.
—Siéntate en la cama —murmuró.
Obedecí. Él se desvistió frente a mí sin apuro y se quedó de pie, dejándome verlo entero antes de acercarse. Cerré los ojos un instante, después los abrí porque quería mirarlo. Empecé despacio, con la boca, mientras él me sostenía la nuca con una mano firme y suave.
—Mírame —pidió.
Lo miré a los ojos y no aparté la vista. Su respiración se volvía grave, a veces se le escapaba una media sonrisa. Yo me dejaba llevar, atenta a cada señal de lo que le gustaba, sintiéndome deseada de una forma que jamás había experimentado vestido de hombre.
—Así, sin dejar de mirarme —dijo con la voz ronca, y un momento después terminó con un estremecimiento que le recorrió todo el cuerpo.
Tragué y le mostré la boca limpia, sin que me lo pidiera, solo porque quería ver su cara. Sonrió.
—Me encantas —dijo simplemente.
Me hizo recostarme y se tomó su tiempo conmigo. Apartó la tanga roja a un lado y me preparó con cuidado, preguntándome a cada paso si estaba bien, esperando mi sí. Cuando finalmente entró, lo hizo despacio, dándome tiempo a acostumbrarme. Mordí la almohada, mitad por el ardor, mitad para no gritar de puro placer.
En medio de todo sonó mi teléfono, sobre la mesita. Era mi tía. Mateo me lo pasó con una sonrisa traviesa y se quedó quieto mientras yo, con la voz lo más firme que pude fingir, le aseguraba que todo estaba en orden, que su hijo había pasado a saludar, que no había ninguna novedad. Colgué temblando, entre la risa y los nervios, y él retomó justo donde lo había dejado.
—¿Seguimos? —preguntó contra mi oído.
—No te atrevas a parar —contesté.
Aceleró el ritmo y el cuarto se llenó de sonidos que jamás había hecho. Me envolvió con los brazos, me apretó contra su pecho y sentí cómo todo su cuerpo se tensaba hasta el final. Después me soltó con cuidado y se dejó caer a mi lado en el colchón, los dos sin aire, mi cara hundida en la sábana y una sonrisa tonta que no podía borrarme.
***
Más tarde, en el baño, me miré al espejo: el cabello revuelto, el labial corrido, las medias rojas marcadas en los muslos. Me metí en la ducha vestida y dejé correr el agua un largo rato, procesando lo que acababa de pasar, lo que acababa de descubrir de mí mismo y de él. No había miedo. Solo una calma extraña, nueva.
Cuando salí, tenía un mensaje suyo esperándome.
«Borré las grabaciones, no quiero que vivas con eso encima. Pero si tú quieres, esto no tiene por qué terminar aquí».
Lo leí dos veces. Esa frase, más que cualquier caricia, fue lo que me desarmó por completo. Por primera vez en mi vida alguien había visto a la chica que escondía al fondo del clóset y, en lugar de burlarse, la había querido. Le respondí sin pensarlo demasiado.
«Cuando tú quieras».
Esa misma semana volví a subir a su cuarto, esta vez invitada. Y ya no necesité pedir prestada la ropa de nadie: empezamos a comprar la mía, juntos, prenda por prenda, como si construir mi armario fuera nuestro propio secreto compartido.