El finde en la casa de la playa de Daniela
Cuando aquel verano mi novia me dijo que una compañera de trabajo nos había invitado a pasar un fin de semana en su casa de la playa, me pareció una idea estupenda. Arena, sol, cervezas frías y tapeo por el paseo marítimo. No me lo pensé dos veces. Allá que fuimos, y resultó ser una experiencia que ninguno de los dos olvidaría.
Nos recibió Daniela en la puerta. Enseguida me gustó: alta, morena, con unas tetas bonitas y un culo que llenaba los vaqueros de una forma que costaba ignorar. Nos saludamos con dos besos y mi novia preguntó por el novio de Daniela. Resultó que no estaba, le había tocado trabajar ese fin de semana. La verdad es que me alivió un poco. No lo conocía de nada, y pensé que todo sería más cómodo sin un desconocido rondando por la casa.
Nos enseñó nuestra habitación, dejamos las maletas y salimos a aprovechar la tarde. Recorrimos un par de tiendas del centro, nos tomamos unos helados, encadenamos varias cervezas y acabamos cenando en una terraza junto al mar. Cuando volvimos a casa ya era tarde, pero ninguno tenía sueño, así que nos sentamos en la terraza a alargar la noche.
Daniela preparó unos combinados y sacó algo para fumar. Ya sabéis. Lorena y yo no estábamos demasiado acostumbrados, pero la noche invitaba y nos apetecía relajarnos un poco más. Bebimos, fumamos un par y, en algún momento que no sabría precisar, ellas se quitaron la parte de arriba del bañador.
De repente las dos charlaban animadísimas con las tetas al aire, como si fuera lo más natural del mundo. Por supuesto, me puse cachondo. Y según se me empinaba la cosa, me di cuenta de que yo también estaba completamente desnudo, sin tener idea de cuándo había ocurrido. Me miraron, se rieron, y yo me tapé muerto de vergüenza.
Salí corriendo hacia la habitación mientras Lorena me decía que no fuera tonto, que volviera, que era divertido. Seguramente tenía razón y no había nada de malo en ello, pero estaba borracho, fumado y muy confundido. Me puse un calzoncillo, me tumbé en la cama y, sin saber muy bien cómo, me quedé dormido en cuestión de minutos.
***
Me desperté algo desorientado. Lorena dormía a mi lado, boca abajo, con un lado de las bragas metido entre las nalgas. Me puse a cien al instante. Empecé a besarle el culo, a morderlo, a meter la nariz entre sus nalgas. Me encanta hacerlo: es sucio, huele a sexo, me vuelve loco.
—Ahora no —murmuró, apartándome la cara con un gesto perezoso.
Comprendí lo borracha que seguía y recordé que, cuando me fui a dormir, las había dejado a las dos en la terraza con las tetas al aire. ¿Habría pasado algo más entre ellas? La sola idea de imaginarlas juntas me empalmó del todo. Le quité las bragas con cuidado a Lorena y me fui hacia la ducha.
El baño no tenía cortina ni mampara. El desagüe estaba directamente en el suelo y había muy poca intimidad. Esa sensación de que en cualquier momento pueden pillarte desnudo creo que nos gusta más o menos a todos, y a mí me encendía todavía más.
Me quité el calzoncillo y empecé a tocármela de cara a la puerta, ya medio dura, con las bragas de Lorena en la nariz. Estaban algo húmedas y ese detalle me ponía aún más. Abrí el grifo, dejé que el agua tibia me cayera por la espalda y seguí meneándomela mirando al techo, perdido en mi propia película.
Entonces noté una presencia. No me equivocaba. Daniela estaba en la puerta, sonriendo, observándome con descaro.
Mi primer impulso fue esconderme, sacar culo, encogerme. Pero poco a poco me fui enderezando hasta quedar de frente, con la polla durísima apuntando al techo. Ella llevaba un bikini diminuto que apenas le tapaba los pezones y un fular anudado a la cintura, esa clase de prenda que solo deja ver una pierna entera.
Se acercó sin dejar de sonreír y me quitó las bragas de la mano. No me las metió en la boca, pero hizo que las sujetara con los dientes. Me colocó las dos manos a la espalda y agarró mi polla como quien agarra el mango de una sartén.
Solo podía gemir mirando al techo mientras me la meneaba con firmeza, notando cómo su mano golpeaba contra mis huevos en cada bajada. Gemía de gusto con las bragas atrapadas entre los dientes y no aguanté demasiado. La miré a los ojos. Ella asintió despacio, orgullosa, y me corrí con una intensidad brutal, las piernas temblando, sin dejar de mirar al techo.
Daniela siguió ordeñándome hasta la última gota. Cuando terminó, me sacó las bragas de los dientes, se limpió, las tiró al suelo, me dio un beso corto y salió del baño como si nada. Me quedé alucinando. Vaya manera de empezar la mañana.
***
Mientras me secaba, entró Lorena. Vio sus bragas tiradas en el suelo y se le iluminó la cara.
—¿Te has masturbado? —preguntó mientras me besaba y me masajeaba la polla, que aún estaba medio dura.
—Claro que sí —le dije—. Pero si quieres date una ducha y te espero en la cama.
Se mordió el labio.
—Ahora mismo voy.
Fui a la habitación y me tumbé desnudo. Pasaron los minutos y Lorena no aparecía. Me extrañó que tardara tanto, así que me levanté a ver qué pasaba. Abrí la puerta del baño con cuidado, asomé la cabeza y lo que vi me dejó clavado.
Lorena estaba de pie, con las piernas abiertas y la espalda apoyada contra la pared. Daniela, con el culo en pompa, le comía el coño con un entusiasmo que no dejaba lugar a dudas. Verlas así me puso cachondísimo. Mi novia gemía y jadeaba, agarrándose a los hombros de Daniela como si le faltara el suelo.
Me quedé observando un rato, meneándomela en silencio, hasta que Lorena tuvo un orgasmo tan intenso que se le doblaron las rodillas y acabó sentada en el suelo, riéndose entre jadeos. Cerré la puerta despacio y volví a la habitación antes de que me descubrieran.
Me tumbé en la cama con un montón de sensaciones revueltas que se traducían en una sola cosa: la tenía dura como un bate. Unos minutos después entró Lorena. Nada más verme, se metió entre mis piernas y empezó a chupármela con esa forma viciosa y entregada que tanto me gusta.
—Te he visto con Daniela en la ducha —le dije, acariciándole el pelo—. No sabía que te gustaran las chicas.
Ella levantó la vista, con la lengua todavía en mi glande, y sonrió.
—A mí me gusta divertirme.
***
Con algo de brusquedad le agarré los hombros y la tumbé en la cama. Le levanté las piernas. En su cara se veía lo cachonda que estaba, y se la metí hasta el fondo de una sola embestida. Dio un grito, se arqueó hacia atrás y se llevó las manos a la boca.
Seguí bombeando, sacándola casi del todo y volviendo a empujar con fuerza. Cuanto más jadeaba ella, más me encendía yo. Bajé un poco el ritmo, le apoyé las piernas sobre mis hombros sin dejar de follarla y disfruté de su cara, de cómo se estremecía con cada golpe.
Cerré los ojos unos segundos para concentrarme en el placer. Cuando los abrí, Daniela estaba de pie frente a nosotros, mirando. Tenía las tetas al aire y el fular anudado a la cintura. Sin dejar de bombear, busqué los ojos de Lorena, que jadeaba mirándola a ella y luego a mí, una y otra vez.
Daniela se arrodilló a nuestro lado. Cogió mi mano y se la llevó a las tetas. Yo seguía follando a Lorena, que en ese momento se corrió con un temblor que le recorrió todo el cuerpo antes de soltar un gemido largo. Si no hubiera sido por la paja de antes en la ducha, jamás habría aguantado tanto.
Entonces Daniela se puso de pie y se desató el fular. Y lo que vi me dejó la mente en blanco: entre sus piernas le colgaba una polla gruesa, medio dura, balanceándose con su movimiento.
Por un instante no supe qué pensar. Pero Lorena no dudó ni medio segundo. Estiró la mano y la agarró. Daniela se arrodilló junto a su cara y mi novia empezó a chupársela todavía blanda, con esa pasión que solo ella sabe poner. Vi cómo crecía un pollón en su boca mientras ella miraba al techo y se acariciaba las tetas.
Yo seguía dentro de Lorena, que apenas podía hacer otra cosa que jadear. Mirarla chupándosela a Daniela me excitaba de una manera que no había sentido nunca. Tuve que salir de ella para no correrme allí mismo.
***
Cambiamos las tornas. Daniela se colocó donde estaba yo y yo me aparté un poco. Estaba a mil, no quería metérsela en la boca para no acabar antes de tiempo. Quería llegar hasta el final. Me acercaba a sus labios y le daba golpecitos suaves con la punta mientras la miraba.
Daniela se la metió a Lorena entera. Tenía una buena tranca y mi novia gimió encorvándose, abrumada. La empotró a un ritmo constante y firme, y Lorena no tardó ni un minuto en correrse otra vez, estremecida, con un gemido entrecortado. Daniela no paró ni un segundo: acercó su boca a la de mi novia y empezó a besarla mientras seguía moviéndose.
Al ver la escena, acerqué la polla a las dos bocas y empezaron a chupármela entre las dos, turnándose, lamiendo, mirándome. Me encantaba la sensación. Daniela continuaba follándose a Lorena, que estaba completamente extasiada, y eso me ponía todavía más.
Masajeándose el culo, Daniela me pidió que la follara. No lo pensé ni un instante. Me coloqué detrás de ella y dirigí mi polla hacia su ojete.
La lubriqué con saliva y empecé a penetrarla despacio. Las oía gemir a las dos y aquello me llevaba al límite. Cuando ya tenía dentro medio rabo, apreté con fuerza y se la metí entera. Yo se la clavaba a ella y ella a Lorena, en una cadena que nos arrastraba a los tres. Daniela soltó un grito, mezcla de dolor y placer, que me excitó todavía más.
Con las manos firmes en sus glúteos empecé a empotrarla con ganas. Cada empujón mío repercutía en Lorena, que ya agotada solo acertaba a jadear. La sinfonía de gemidos llenaba la habitación.
Volví a notar que me corría y se la saqué del culo de golpe. Un grito ahogado se le escapó a Daniela. Yo estaba a tope, no podía aguantar mucho más, así que volvimos a cambiar de posición.
***
Me coloqué detrás de mi novia. Estaba agotada, sudada, se notaba que no podía más, y verla tan vulnerable me excitó muchísimo. Apunté a su culo y ella me pidió por favor que no, pero entré perfectamente hasta el fondo. Lo tenía todo empapado y dio un grito entrecortado, echando las manos hacia atrás y arqueando el cuello.
Mientras le follaba el culo a Lorena, Daniela se dirigió al mío. Empezó a lamérmelo y la sensación me gustó más de lo que esperaba. Cuando empezó a penetrarme, me detuve con la polla hundida en el fondo de Lorena, que jadeaba con las manos en alto como en un atraco.
Daniela metió la mitad. Me dolía y me gustaba a partes iguales. Empujó despacio hasta meterla entera. Me sentía empalado, con la espalda encorvada, y entonces empezó a empotrarme con fuerza, sujetándome los hombros para tener más control.
Aquello se convirtió en una sinfonía de gemidos, gritos y jadeos. Yo estaba a punto de correrme, pero antes vi cómo Lorena volvía a temblar, empalada, con los ojos en blanco. No pude contenerme. Me corrí dentro de su culo con unos gemidos largos mientras Daniela seguía empujándome por detrás.
La escuché gemir y noté cómo se corría dentro de mí. Sentir que mi propio culo le daba placer a alguien fue algo nuevo, algo que me gustó más de lo que jamás habría imaginado. Cuando la sacó, noté la humedad correr. Yo también salí de Lorena, que, completamente agotada, dio un pequeño respingo.
***
Daniela se levantó, recogió su fular del suelo y salió de la habitación sin decir una palabra, con una sonrisa de satisfacción. Lorena y yo nos quedamos tumbados, agotados, sudados, sin fuerzas para nada más. Aún sentíamos el calor de todo lo que acababa de pasar.
Nos abrazamos en silencio, todavía sin creernos del todo cómo había terminado aquel fin de semana en la playa, y nos quedamos dormidos. Por la mañana, ninguno de los dos sabría muy bien cómo mirar a Daniela durante el desayuno. Pero esa, como suele decirse, ya es otra historia.