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Relatos Ardientes

Mi primera noche como travesti en El Almez

Aquella noche Damián la pasó conmigo en mi piso del Cabañal. Me tuvo despierta hasta el amanecer y me hizo suya tres veces, hasta dejarme deshecha sobre las sábanas revueltas. La primera vez me tumbó bocabajo nada más entrar por la puerta, sin darme tiempo a quitarme del todo el vestido. Me subió la falda hasta la cintura, me arrancó el tanga de un tirón y me escupió en el culo antes de meterme la polla de una sola embestida. Yo grité contra la almohada mientras él me sujetaba las muñecas contra la espalda y me follaba a un ritmo brutal, sin descanso, hasta correrse dentro del preservativo con un gruñido ronco que me hizo temblar entera.

La segunda me la cobró en la ducha, con el agua caliente cayéndonos encima y el vaho pegado a los azulejos. Me arrodilló frente a él y me obligó a mamársela despacio, hundiéndome la verga hasta el fondo de la garganta hasta que me saltaron las lágrimas. Yo se la chupaba mirándolo desde abajo, con las mejillas hundidas, la lengua recorriéndole cada vena palpitante, y él me sujetaba la cabeza con las dos manos y me marcaba el ritmo, follándome la boca a su gusto. Cuando estuvo a punto de correrse me sacó la polla, me levantó de un brazo, me giró contra la pared fría de la mampara y me metió la verga por el culo mojado hasta el fondo. Me follaba dándome tirones del pelo, mordiéndome el hombro, con una mano rodeándome el cuello. Yo notaba mi pajarito duro entre las piernas, apretado contra los azulejos, y cada embestida me arrancaba un gemido más agudo. Terminó corriéndose dentro del preservativo con la boca pegada a mi oreja, jadeándome guarradas que me hicieron correrme a mí también sin tocarme.

La tercera fue en la cama, ya de madrugada, cuando yo pensaba que ya no podía más. Se puso boca arriba y me pidió que me sentara encima. Me la clavé yo misma en el culo, bajando despacio hasta tragármela entera, y empecé a cabalgarlo mirándolo a los ojos. Él me pellizcaba los pezones, me chupaba las tetas pequeñitas, me metía dos dedos en la boca para que se los mamara mientras yo me movía. Al final me tumbó de espaldas, me abrió las piernas hasta casi partirme en dos, se puso encima y me folló despacio, hondo, mirándome fijo. Se corrió con un espasmo largo, apretándome contra el colchón, y se quedó dormido dentro de mí. Yo tardé en dormirme, deshecha, con los muslos temblando y el semen del preservativo goteando por mis nalgas cuando por fin lo saqué.

Por la mañana, cerca de las once, nos levantamos y preparé el desayuno. Estábamos con el café cuando lo soltó sin rodeos.

—Haz la maleta. Os voy a llevar unos días a un club de carretera. Necesitan chicas y vais a ir vosotras.

—Tendría que comprar algunas cosas antes —le dije—. Lencería, maquillaje, ropa para trabajar.

Se levantó de la mesa sin contestar, fue hasta la cómoda donde había dejado la cartera y volvió. Tiró sobre la cama doscientos euros, me dio un beso rápido en la frente y, ya con la mano en el picaporte, añadió:

—A las cuatro estoy aquí abajo con el coche. Que estés lista.

Salí a la calle con la lista en la cabeza. Compré dos barras de labios, máscara de pestañas, un par de sombras, sujetadores nuevos y tangas, dos tops palabra de honor —uno negro y uno rojo— y una falda vaquera tan corta que me dio vergüenza al probármela. De vuelta en casa empecé a prepararme con calma. Me depilé bien, me di una ducha larga y me senté frente al espejo a maquillarme despacio, como quien se prepara para una primera cita. Me puse el top rojo y la falda nueva, me miré entera y me gustó lo que vi. Luego me senté delante de la televisión a esperar la hora.

A las cuatro en punto sonó la bocina abajo. Yo ya estaba en el portal con la maleta para no hacerlos esperar. Crucé la calle, metí el equipaje en el maletero y ocupé el asiento de atrás, donde ya iba Noelia. Delante, de copiloto, viajaba Lorena, la más veterana de las tres.

—Buenas tardes, chicas, ¿qué tal? —dije al subir, y las dos me respondieron con cumplidos.

—Vais las tres de muerte —soltó Damián arrancando el coche—. Os echaba ahora mismo un polvo a cada una. Pero hay que ver Marisol, qué guapa va hoy la niña.

—Gracias, Damián, siempre tan fino —le contesté—. Lo cierto es que vamos las tres guapísimas.

Durante el viaje nos fue explicando adónde íbamos. El sitio se llamaba El Almez y lo llevaba un amigo suyo, un hombre de origen marroquí llamado Faruk. La encargada era Zahira, una mujer mayor que había ejercido toda la vida y que aún, de tarde en tarde, hacía algún servicio, aunque ya estaba prácticamente retirada por ser la preferida del dueño.

—Zahira os pondrá al día de cómo funciona la casa —dijo Damián sin apartar la vista de la carretera—. Cobráis por cada servicio y por las copas que os inviten los clientes. Yo arreglo las cuentas con Faruk, pero apuntad bien lo que hacéis, que aquí enseguida intentan jugártela.

El club estaba a las afueras de la ciudad, junto a la autovía. No tardamos en ver una explanada de tierra y, al fondo, un edificio largo de dos plantas. Damián lo rodeó y aparcó por la parte de atrás.

—Ya estamos. Bajad las maletas y esperad un momento, que voy a hablar con Faruk y con Zahira.

Cargamos cada una con su bolsa y caminamos hacia la única puerta del trasero del edificio. Daba a una especie de cocina con una mesa grande, de esas que sirven para dar de comer a la plantilla. No habíamos dejado las maletas en el suelo cuando oímos la voz de Damián llamándonos desde una habitación contigua.

—Dejad eso ahí y venid las tres.

Entramos en un cuarto pequeño. Allí estaban Damián, Faruk y Zahira. Damián se volvió hacia sus dos anfitriones con una sonrisa de vendedor.

—A ver si no son guapas las que os traigo. ¿A que parecen tres mujeres? Decidme, ¿cuál de las tres es la travesti?

—La verdad es que parecen tres mujeres, y muy guapas las tres —dijo Faruk, examinándonos.

—Tienes razón, pero fíjate bien, hay una con una diferencia —intervino Zahira, y me señaló con el dedo—. Esta. Tiene menos pecho y un bultito en el cuello.

—Marisol, acércate —me ordenó Damián. Me cogió de la mano y me la levantó como si yo fuera una bailarina—. Date una vuelta, que vean lo rica que estás.

Giré sobre mí misma bajo la mirada de Faruk y de Zahira, que no me quitaban ojo. Damián siguió con su discurso.

—Camina, Marisol, modela para los señores. Es mujer en todo y por todo: es guapa, es femenina, es obediente, tiene unas piernas y unas caderas preciosas. No me la rechacéis, que no tenéis motivos. Yo me la follo y lo hace tan bien o mejor que cualquiera. La única diferencia es que hay que metérsela por el culo, y eso lo hace de maravilla. Se la traga entera y aprieta el ojete como ninguna.

—Sí, pero entre las piernas tiene cosa de hombre —objetó Zahira—. No sé yo si los clientes van a querer.

—Ya verás como sí. Pronto las chicas como ella van a tener su sitio en estos clubes, tan importante o más que las demás. Te lo digo yo.

—Bueno, se queda y veremos —zanjó Faruk—. Si funciona, sigue. Si no, Damián, te aviso y vienes a por ella.

Se acercó a mí, deslizó la mano por debajo de mi falda y me palpó con descaro durante un rato largo, mirándome a los ojos. Me apartó el tanga con dos dedos, me sopesó la polla flácida en la palma, me acarició los huevos con el pulgar y me metió un dedo por el culo hasta el nudillo, sin dejar de estudiarme la cara.

—¿Se te pone dura, Marisol? —preguntó, moviéndome el dedo dentro.

—Muy de vez en cuando —contesté con la voz baja, temblando—. Sobre todo si un cliente me hace masaje por dentro, en la próstata. Pero casi nunca. Suelo correrme por el culo sin ponerme dura.

—Ya me explicarás tú eso del masaje. Zahira, lleva a las chicas a su cuarto, que se instalen. En un rato bajan a debutar. Y a Marisol le pones una jaula a ese pajarito, no vaya a ser que nos espante a la clientela.

***

Seguimos a Zahira en fila por los pasillos de la casa hasta una habitación que abrió con su propia llave. Era un cuarto con tres camas, tres armarios y un baño completo al fondo. Nos ayudó a deshacer parte del equipaje y luego me miró a mí.

—Voy a por la jaula del pajarito de Marisol. Mientras, duchaos, maquillaos y vestíos, que en una hora se trabaja. Tú prepárate esa cosita para cuando vuelva.

Volvió al poco con una jaula metálica de color rojo. Intentó ponérmela y no fue capaz. Yo nunca había llevado una, pero había visto suficientes vídeos como para colocármela sola y cerrar el candado. La llave se la quedó ella, colgada de una cadenita.

A las seis y media bajamos todas a la sala de baile. Allí nos vimos las caras por primera vez: éramos once mujeres y la encargada. Casi todas vestían sujetadores diminutos, tangas, medias hasta el muslo y unas batitas transparentes y cortas, cada una de un color, atadas con un cinturón flojo.

—Chicas, han venido tres nuevas a echar una mano —anunció Zahira—. Abrimos enseguida. Ya sabéis: ninguna sentada salvo que esté con un hombre. En la pista, bailando provocativas, llamando la atención. Que os inviten a copas aunque haya que dejarse manosear en la barra. Y a subir cuantas más veces mejor. Veinte minutos por servicio, ni uno más. Tú, Marisol, ven conmigo.

Me llevó detrás de la barra y me ordenó que me pusiera a servir copas. Me negué. Yo había ido allí a trabajar como las demás, no de camarera. La discusión subió de tono enseguida; nos pusimos las dos a gritar hasta que apareció Faruk. Cuando se enteró de lo que pretendía la vieja, me dio la razón a mí y me mandó a bailar con el resto. En ese momento empezaron a entrar los primeros clientes.

Algunas tenían fijos que venían a por ellas y las retiraban enseguida de aquel escaparate que era la pista. A mí se me acercó un hombre moreno que empezó a rozarme las caderas al bailar. Yo me dejaba, mimosa, restregándome contra su bulto, hasta que le susurré por qué no me invitaba a una copa en la barra, que allí me conocería mejor. Aceptó. Me sentó entre sus piernas y me rodeó la cintura con un brazo. Zahira nos puso dos copas, a él con buena cara y a mí con una mirada que quería fulminarme.

—¿Cómo te llamas, preciosa? —preguntó.

—Marisol, cariño. ¿Y tú?

—Joaquín. Estás guapísima. Desde que entré y te vi me gustaste. Me gustaría subir contigo.

—Pues ya está —dije.

—No corras. Así, abrazado, ya estoy bien. Pero quiero ir a la habitación —me habló al oído—. ¿Cuánto cobras? Debes ser cara.

—No lo sé, es mi primera tarde y aún no me he enterado. —Me volví hacia Zahira, tonta de mí—. ¿Por subir cuánto se cobra?

—Cien euros —respondió ella con sorna—. Pero… ¿le has dicho ya lo que eres? No vaya a haber problemas luego.

—¿A qué se refiere? —preguntó Joaquín, tensándose—. ¿Qué tienes que decirme?

—Verás, no soy una mujer completa —empecé—. Tengo…

—¿Que no eres completa? Yo te veo completísima, estás buenísima.

—Tengo… tengo polla —solté de golpe.

Joaquín me echó la mano a la entrepierna y notó la jaula. Su cara cambió en un segundo.

—Quita de aquí. —Me empujó—. Encima un tío, refregándose conmigo. Estoy por no pagarte ni la copa. —Y alzando la voz para toda la barra—: ¡Tened cuidado, que aquí alguna es un tío, tocadle antes de nada!

—No te pongas así, por favor —supliqué—. La única travesti soy yo. Las demás son mujeres. No quiero que penséis lo que no es.

—Métete para dentro —ladró Zahira, aprovechando para darme un empujón y demostrar que ella tenía razón desde el principio—. Detrás de la barra, que ya me tienes harta. Y encima Faruk no está y soy yo la que arregla el lío que has montado.

Me escabullí detrás de la barra llorando. Lorena y Noelia vinieron corriendo a abrazarme y a pedirme que no llorara, que hiciera lo que mandaba la encargada. Zahira las espantó de un manotazo.

—Venga, a bailar y a buscar clientes, que vosotras también tenéis culpa. ¿Quién os ha dicho que abandonéis la pista?

Mis compañeras volvieron al baile. Lorena subió enseguida a hacer un servicio y Noelia poco después. Yo me quedé sirviendo copas, sintiendo cómo todos me miraban como a un bicho raro y aguantando, de vez en cuando, algún insulto de los que se acodaban en la barra.

Cuando Faruk regresó, me mandó otra vez a la pista, a alternar como las demás. Pero nadie quería acercarse. Así pasé cuatro días: bajando a bailar, recogiendo desaires, llorando a escondidas en el cuarto.

***

Al quinto día llegó Bruno, un camionero italiano, escandaloso y simpático, amigo de Faruk. Nada más verme me llamó con un gesto para que me acercara. Faruk lo advirtió de inmediato.

—Cuidado con esa, que tiene cosa de hombre.

—No me digas que te renuevas, Faruk —se rió Bruno a carcajadas—. ¡Pero si eso es lo que ahora se lleva! Yo las uso y follan mejor que muchas tías. Ven aquí, fierecilla, que quiero verte. ¿Cómo te llamas?

—Marisol —dije, sin creérmelo del todo.

—Marisol, ¿a que estos paletos aún no te han probado? Pues a mí me vas a alegrar la noche. —Me echó la mano y notó la jaula—. Pero mira lo que te han hecho, te tienen castrada la polla. Mejor, así estos miedicas no tienen excusa. Sube, que ahora voy yo.

Subí a la primera planta y entré en la segunda habitación, que estaba libre. Me quité la batita, el tanga y el sujetador y me quedé sólo con las medias y la jaula puesta. Me tumbé de lado sobre la colcha, esperando. Bruno llegó al poco, cerró la puerta con pestillo y se me quedó mirando desde la puerta mientras se soltaba el cinturón.

—Joder, pero si estás para comerte entera —soltó—. Ven aquí, ponte de rodillas y sácame la polla, que llevo todo el día pensando en meterla en una boca así de guarra.

Me arrodillé delante de él en la moqueta. Le bajé el pantalón y los calzoncillos de un tirón y le salió la verga dura, gorda y curvada hacia arriba, con el glande morado y ya brillante en la punta. Se la agarré por la base con las dos manos y le pasé la lengua desde los huevos hasta la corona, despacio, saboreando el sudor del camión. Le mamé los cojones uno a uno, metiéndomelos enteros en la boca, mientras le sacudía la polla contra mi mejilla. Él me sujetaba del pelo, guiándome, gruñéndome guarradas en italiano.

—Chúpamela toda, puttana, hasta el fondo. Trágamela.

Abrí la boca y me la fui metiendo poco a poco. Primero el glande, saboreándolo con la punta de la lengua, luego media polla, y al final me la clavé hasta la garganta hasta ahogarme. Se me saltaban las lágrimas, la baba me caía por la barbilla y por las tetas, pero seguía chupando con hambre, subiendo y bajando la cabeza, apretando los labios contra su verga cada vez que llegaba a la base. Él me sujetó las orejas con las dos manos y empezó a follarme la boca a su ritmo, embistiéndome la garganta hasta que noté que se le hinchaba aún más.

—Para, para, que me corro y no quiero —jadeó, sacándomela de golpe. Un hilo de saliva le colgaba de la punta hasta mis labios—. Levanta ese culo, que te lo voy a partir.

Me levantó de un brazo y me giró de cara a la cama. Me abrió las piernas de una patada y me hizo inclinarme sobre el colchón, con las manos apoyadas y el culo bien alto. Me abrió las nalgas con los dos pulgares y me miró el ojete un buen rato, respirando fuerte.

—Qué culito más bonito tienes, cabrona. Y bien depiladito, como a mí me gusta.

Me escupió justo en el agujero, y noté la saliva caliente resbalándome hasta los cojones enjaulados. Me metió el pulgar y me lo movió en círculos, abriéndome despacio. Yo gemí y arqueé más la espalda, ofreciéndoselo. Sacó el pulgar, se puso el preservativo con la boca, me agarró de las caderas con las dos manos y me apoyó el glande en el ojete.

—Aprieta ahí, que voy a entrar entero.

Empujó despacio, centímetro a centímetro, con una paciencia que no esperaba de alguien tan ruidoso. Me abrió el culo con un ardor lento que me hizo apretar los dientes. Sentí cómo iba entrando toda la verga, gorda, dura, curvándose dentro de mí, hasta que me clavó los huevos contra las nalgas. Se quedó ahí quieto, respirándome en la nuca, esperando a que me acostumbrara. Me besó el cuello, me mordió el lóbulo de la oreja, me chupó el hombro. Yo temblaba entera, con la polla enjaulada pugnando por hincharse, imposible, dentro de los barrotes.

—¿Estás bien, muñeca?

—Sí… fóllame ya, por favor —le supliqué.

Sacó la verga hasta el glande y me la volvió a clavar de golpe. Grité contra la almohada. Empezó a follarme despacio, con embestidas largas y profundas, moviendo las caderas en círculo cada vez que me la metía hasta el fondo. Yo notaba la punta gorda golpeándome ahí dentro, en ese sitio que me hacía ver estrellas, y a los pocos minutos ya estaba gimiendo como una perra, empujando el culo hacia atrás para tragarme cada centímetro.

—Así, así, muévete tú también, guarra. Cabálgame la polla con ese culo.

Aceleró el ritmo. Me pasó una mano por debajo y me agarró la jaula, apretándomela mientras me embestía. Con la otra me tiraba del pelo, echándome la cabeza hacia atrás. Yo tenía la boca abierta, la lengua fuera, babeando sobre la colcha, gimiendo cada vez que me la clavaba. Me llevó a cuatro patas del todo, se subió a la cama detrás de mí y me folló ahí, más hondo, más fuerte, agarrándome de la cintura y estampándome el culo contra sus caderas con un chapoteo obsceno cada vez que embestía.

A veces soltaba una mano para dejarla caer sobre mis nalgas, un golpe seco que me obligaba a no aflojar. Me daba unas palmadas que me dejaban la piel ardiendo, marcándome los dedos rojos.

—Toma, puta, toma polla. Que se te note quién manda aquí.

Mi sexo, atrapado en la jaula, pugnaba por hincharse contra los barrotes; aquella presión era placer y dolor a la vez, un cosquilleo imposible de soltar que me hacía temblar las piernas y arquear la espalda. Notaba un chorrito de líquido preseminal escurriendo por entre los barrotes, mojándome los muslos. Cada embestida me llegaba directa a la próstata y yo me deshacía, gimiendo cosas que ni entendía.

—Me corro, Bruno, me corro sin tocarme, me estás haciendo correr —balbucí.

—Córrete, guarrilla, córrete con mi polla dentro del culo, que yo voy detrás.

Empujó dos veces más, hondo, y me llegó el orgasmo como una descarga sorda que me recorrió desde el culo hasta la nuca. Se me contrajo el ano en espasmos largos, apretándole la polla en su interior, y la jaula no llegó a contener del todo la corrida: el semen se me escapó en chorritos por entre los barrotes, cayéndome sobre las manos apoyadas en la colcha. Bruno soltó un rugido al notar cómo lo apretaba y arreció las embestidas, salvaje, con la cabeza contra mi omóplato.

—Ay, joder, joder, que me voy, que me corro dentro de este culo, puttana… —gruñó, clavándome los dedos en las caderas.

Lo sentí latir con fuerza, sujeto por el preservativo, palpitando dentro de mí en descargas largas. Se quedó apoyado sobre mi espalda un rato, respirándome en el cuello, sin sacármela, notando cómo mi culo seguía apretándole la verga en pequeñas contracciones postreras. Cuando por fin se salió, me hizo girarme y me chupó él mismo la corrida que me había quedado por los muslos, riéndose.

Me quedé apoyada en la cama, sin aire, oyendo su risa satisfecha a mi espalda.

—¿Te ha gustado? ¿Lo hago bien? —pregunté, todavía agitada.

—Eres una loba —contestó pasándome la mano por la espalda—. Ya quisieran muchas follar como tú, encanto. La próxima vez que pase por aquí vuelvo a por ti. Y se lo voy a decir a Faruk para que no te deje marchar.

***

Así fue mi estreno en El Almez. A partir de Bruno empezaron a pedirme. Lo que al principio era rechazo se fue convirtiendo en curiosidad y, en algunos, en preferencia. Lorena, Noelia y yo nos adaptamos y ganamos buen dinero en los casi tres meses que estuvimos allí. Damián aparecía un par de veces por semana y, a veces, se quedaba a dormir con alguna de nosotras.

Viví muchas cosas en aquella casa, algunas que no olvidaré. Una noche Faruk durmió conmigo y me trató como a su mujercita preferida: me quitó la jaula él mismo con la llave que le pidió a Zahira, me mamó la polla hasta ponérmela dura como no la tenía desde hacía meses, y luego me montó a horcajadas sobre él y me folló el culo despacio, mirándome a los ojos y susurrándome que era la más rica de la casa, mientras yo me sacudía la verga liberada y me corría por primera vez en semanas sobre su vientre moreno.

Zahira siguió buscándome los defectos hasta el último día, pero incluso ella, una tarde de almacén, me quitó la jaula, se levantó la falda y me pidió que la atendiera. Me arrodillé entre sus muslos y le comí el coño hasta hacerla correrse dos veces en mi boca, agarrada a mi pelo, y luego me la follé de pie contra las cajas de bebidas, tapándole la boca con la mano para que no gritara. Ahí lo dejo.

Marisol.

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Comentarios(7)

TensionMx

increible, me dejo sin palabras. Gracias por animarte a publicar esto

SolYarena

Que valentia!! espero que haya segunda parte porque quede con ganas de saber como siguio esa noche

CaminoDeNoche

excelente relato!!!

MarcelaSF

Lo leí de un tirón y quería que no terminara. Tiene algo muy real que no es fácil de encontrar

Gonzalo_Vcba

Se nota que viene del alma, no es un relato cualquiera. Ojala sigas escribiendo mas historias asi

NocheDeVerano_OK

La descripcion del viaje con las otras chicas me engancho desde el principio, esa mezcla de nervios y emocion... muy bien captada

peke_lector

Y despues como siguio todo?? jajaja me dejaste con la intriga. Por favor una segunda parte

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