La fiesta donde Valeria dejó de ser un secreto
Me llamo Diego y de día llevo el uniforme de inspector de aduanas en un puerto pequeño del sur, donde el calor se pega a la piel y todo huele a sal y a azahar. Mi vida se partió en dos después del divorcio, cuando mi exmujer se mudó a Barcelona y se llevó a Lucía, nuestra hija. Las videollamadas de la noche no alcanzaban para tapar el silencio del piso vacío. Fue entonces, casi por casualidad, cuando empezó a aparecer Valeria.
De día soy el funcionario serio, el que revisa contenedores con la mirada firme y la voz medida. De noche, cuando cierro la puerta y corro las cortinas, Valeria toma el control. Me deslizo en vestidos de seda, en medias de encaje, en tacones que suenan como un pulso contra el suelo. No es solo ropa. Es otra forma de respirar, otra manera de querer y de ser follado.
A Valeria la descubrió Mara antes que yo mismo. Mara es mi amante, mi cómplice, la única que conoce las dos caras y las desea por igual. Nos volvimos inseparables, y en su cama aprendí que el deseo no entiende de etiquetas ni de horarios. La primera noche que me vio maquillado me tumbó boca abajo, me arrancó las bragas de encaje con los dientes y me metió dos dedos en el culo mientras me susurraba que Valeria había nacido para ser follada por los dos lados. Me corrí sin que me tocara la polla, embarrando las sábanas, y desde esa noche supe que Diego obedecía de día pero Valeria empezaba a dar las órdenes de noche.
—Voy a hacer una fiesta en la finca —me dijo Mara una tarde, jugando con el tirante de mi sujetador mientras me chupaba un pezón con la punta de la lengua—. Algo especial. Quiero que vayas como Valeria. Solo como Valeria. Y quiero que te dejes follar por todos los que te miren con hambre.
Sabía que si decía que sí, algo se rompería para siempre.
Dije que sí.
***
La finca de Mara estaba apartada del pueblo, rodeada de naranjos, al final de un camino de tierra que la luna apenas alumbraba. Me ayudó a vestirme en su habitación, con la paciencia de quien arma un altar. Primero la peluca de rizos largos, después el maquillaje: labios de un carmesí oscuro, sombra que hacía arder la mirada, pestañas que enmarcaban unos ojos que ya no eran del todo míos.
—Date la vuelta —ordenó.
El vestido era rojo escarlata, tan ceñido que marcaba cada curva, con un escote que dejaba poco a la imaginación. Las medias negras me subían por los muslos hasta engancharse en el liguero. Debajo, un tanga de encaje apenas contenía mi polla, que ya empezaba a hincharse contra la tela. Mara se puso de rodillas y me lamió por encima del encaje, empapándolo con saliva hasta que se marcó la silueta de mi verga.
—Estás mojando las bragas, guarra —me susurró mordiéndome el muslo—. Aguanta. Esta noche te van a dejar el coño destrozado.
Los tacones me daban una seguridad que Diego nunca había tenido. Cuando me miré en el espejo, no vi a un hombre disfrazado. Vi a Valeria, entera, dueña de sí misma.
—Esta noche es tuya —susurró Mara contra mi cuello—. No te contengas. Si te quieren mamar, dejate mamar. Si te quieren follar, abrí las piernas.
La casa estaba iluminada con luces tenues y velas que temblaban en cada rincón. Había música baja, copas que pasaban de mano en mano, un murmullo cargado de risas y de algo más espeso que flotaba en el aire. Unas veinte personas. Amigas trans y travestis vestidas con una elegancia que desafiaba al mundo entero, hombres de mirada hambrienta, mujeres que, como Mara, vivían sin reglas.
Me presentó como Valeria. Nadie preguntó por Diego. Las chicas me recibieron como una de las suyas, me ajustaron un mechón, me elogiaron los tacones, me pasaron una copa fría. Los hombres me miraban con un hambre que me hacía sentir poderosa. Por primera vez en mucho tiempo no era el que vigilaba: era la observada, la deseada, el centro de todas las miradas.
Me apoyé en el marco de una puerta y dejé que el calor de la fiesta me entrara despacio. Una travesti de vestido dorado me preguntó de dónde era; le mentí con una sonrisa, inventé una vida que no existía y me gustó hacerlo. Mientras hablábamos, un hombre grande de barba oscura se me acercó por detrás y me apretó el culo con las dos manos, hundiendo los dedos en la carne por encima del vestido. No me aparté. La travesti dorada se rio y me lamió el lóbulo de la oreja.
—Se te va a hacer larga la noche, guapa —me dijo—. Aquí todos quieren probarte.
Mara aparecía y desaparecía entre la gente, vigilándome de lejos con una mirada que era a la vez orgullo y promesa. Cada vez que nuestros ojos se cruzaban, yo sentía que el suelo se volvía un poco más inestable bajo los tacones, y la polla se me endurecía dentro del tanga empapado.
***
La fiesta empezó como un baile y se fue espesando sola. Los cuerpos se acercaban entre risas y roces, y el roce dejó paso a manos que ya no se retiraban. En el sofá grande, una travesti de cabello platino besaba a un hombre mientras otra, de rodillas entre sus piernas, le sacaba la polla del pantalón y se la metía entera en la boca hasta arcadear. Vi cómo la escupía, brillante de saliva, y se la volvía a tragar hasta la base.
Mara me tomó de la mano y me llevó por un pasillo hacia una habitación más íntima, donde un grupo reducido ya había dejado las copas y la ropa a medio camino.
Reconocí enseguida a Bruno, el ex de Mara, recostado y dejándose hacer, con una trans sentada sobre su cara y otra chupándosela con lentitud. Pero mi atención se desvió hacia otro hombre, uno que jamás habría imaginado allí: don Esteban, el notario del pueblo, el mismo que firmaba escrituras con cara de mármol y al que todos saludaban con respeto en la plaza. Estaba de rodillas, en calzoncillos, los ojos encendidos, la polla marcándosele contra la tela húmeda, lejísimos del hombre intachable de las mañanas.
—A Esteban le gustan las trans y las travestis —me dijo Mara al oído—. Sobre todo, le gusta que lo usemos. Le gusta chupar polla y que le follemos la boca.
Sus palabras me recorrieron como una corriente. Me acerqué con el vestido rojo brillando bajo las velas, y Esteban levantó la vista.
—Valeria —dijo, y mi nombre tembló en su boca.
No hubo vuelta atrás. Mara me empujó suavemente hacia él, me subió el vestido hasta la cintura y me bajó el tanga de un tirón. Mi polla saltó dura, brillante en la punta, y Esteban abrió la boca sin que se lo pidiera. Se la metí entera de una sola embestida, hasta la garganta, y sentí sus labios cerrarse en la base mientras lloraba de placer. Le agarré la cabeza con las dos manos y empecé a follarle la boca con ritmo, viéndolo babear, viéndolo tragar, viendo cómo el notario respetable se me atragantaba con la verga.
—Así, mamámela toda —le dije con una voz que no era la de Diego—. Chupá bien esa polla, notario.
Mara se pegó a mi espalda, me lamió la nuca y coló una mano entre mis nalgas. Un dedo, y después dos, entraron en mi culo con saliva y me hicieron arquear la espalda. La boca de Esteban me chupaba por delante, los dedos de Mara me abrían por detrás, y yo era el punto donde se cruzaban dos deseos que me reclamaban a la vez.
***
Esteban se tumbó sobre la cama, ofrecido, suplicando sin palabras, con las piernas abiertas y la polla goteando contra el vientre. Una trans de cabello negro y tacones de aguja, con una polla larga y curva, se colocó entre sus muslos, le levantó las piernas y se la metió en el culo de una sola estocada firme. Esteban gritó, mordió la almohada, y ella empezó a follárselo con una intensidad brutal, con las nalgas chocándole contra las suyas en cada embestida.
—Pediste que te reventaran —le dijo la trans, agarrándole del pelo—. Pues abrí bien ese culo de notario.
La habitación se volvió un solo cuerpo respirando. Yo, como Valeria, tomé el control. Me subí a horcajadas sobre la cara de Esteban y le hundí la polla en la boca otra vez mientras la otra le seguía dando por el culo. Él mamaba desesperado, con los ojos en blanco, la garganta abierta para mí. Sentía cómo su lengua me envolvía, cómo tragaba la saliva y el líquido preseminal que le chorreaba por la comisura.
Mara se colocó detrás de mí, escupió en mis nalgas y me abrió con los pulgares. Sacó un arnés que había guardado bajo la almohada, un consolador grueso y venoso, y se lo ajustó a las caderas con dos movimientos secos.
—Voy a follarte mientras te lo chupa, mi amor —me susurró—. Vas a correrte en su boca con mi polla dentro.
La sentí presionar en mi entrada, el capullo de goma abriéndome despacio hasta que cedí y me la metió entera. Grité con la polla de Esteban todavía en su boca. Mara empezó a embestirme fuerte, con las manos clavadas en mis caderas, y cada empujón suyo me hundía más profundo en la garganta del notario. Tres cuerpos, un solo ritmo. La trans de cabello negro seguía martillando el culo de Esteban desde el otro lado, y él gemía y tragaba y suplicaba entre arcadas que no parásemos.
—Rogá —le ordené, sacándosela de la boca y frotándole la punta contra los labios hinchados—. Rogá por mi corrida.
—Por favor, Valeria —jadeó, con la barbilla brillante de saliva—. Corréte en mi boca, por favor, dámelo todo…
Se la volví a meter y me dejé ir, agarrándome del pelo mientras Mara me embestía desde atrás con la fuerza justa. Me corrí en chorros largos dentro de la boca de Esteban, viéndolo tragar cada gota sin perder una, con los ojos cerrados como si estuviera rezando. Un segundo después, la trans se corrió dentro de él y se retiró despacio, dejando ver cómo el semen le resbalaba por el culo abierto y le manchaba los muslos.
Cuando Esteban llegó al límite, no se detuvo: pidió más, con la voz quebrada, como si llevara años esperando esa noche. Mara y yo cambiamos de lugar. Le quité el arnés con los dientes y le abrí las piernas sobre la cama. Su coño estaba empapado, brillante bajo la luz de las velas, y los labios se le abrían solos. Le hundí la lengua entera, chupándole el clítoris con hambre, sintiéndola retorcerse y agarrarme del pelo. La follé después con tres dedos mientras seguía lamiéndola, y ella me embarró la cara de flujo antes de correrse gritando mi nombre.
—Ahora la polla —me exigió jadeando—. Follame ya.
Me puse sobre ella y se la metí de un solo empujón. Estaba tan mojada que resbalé hasta el fondo, y la sentí estremecerse entera mientras yo la sujetaba por las caderas, su cuerpo exigiendo y dando a la vez. La follé duro, chocándole las caderas, viéndole temblar las tetas con cada embestida. Le levanté una pierna sobre mi hombro y le entré más profundo, hasta que su orgasmo la recorrió en una ola larga que la dejó temblando y aún así pidiendo que siguiera. Cuando me dejé ir dentro de ella, me apretó con fuerza el coño alrededor de la polla, como si quisiera quedarse con toda mi corrida. Sentí cada latido descargándose en su interior, y ella gimió con la boca abierta contra mi cuello.
La habitación entera se había vuelto un frenesí de gemidos y de pieles. Vi a Bruno enredado con la travesti de cabello platino, follándosela por detrás mientras ella se chupaba los dedos y se los metía en la boca de otra chica. Una mujer de risa ronca dirigía a dos hombres a la vez, uno en su coño y otro en su boca, marcándoles el ritmo con las manos en la nuca. Esteban, convertido en el centro de todo, iba de una polla a otra, chupando, dejándose penetrar, con las nalgas rojas de tanto azote y el semen goteándole por la barbilla.
Carne, sudor, velas que se consumían y una música que ya nadie escuchaba. Valeria estaba en su elemento: dominante, insaciable, dueña del caos.
Estuvimos así durante horas, perdiendo la cuenta del tiempo y de los cuerpos. Una trans de ojos verdes me susurró cosas sucias al oído mientras me abrazaba la cintura y me hacía chupársela de rodillas; se la mamé despacio, mirándola desde abajo, dejando que me follara la boca hasta correrse en mi cara. Mara reía desde la cama con la cabeza echada hacia atrás y otra chica entre sus piernas. Esteban, el hombre más respetado del pueblo, lamía y se dejaba tomar como si por fin hubiera encontrado su sitio, con las nalgas separadas para quien quisiera entrar. Nadie pronunció el nombre de Diego ni una sola vez. En esa habitación solo existía Valeria, con el vestido rojo levantado hasta la cintura, la polla dura entre las medias y el maquillaje corrido por el sudor y por el semen ajeno.
***
Cuando la noche se vació y los invitados empezaron a marcharse en silencio, Mara me acompañó hasta el coche con un chal sobre los hombros.
—Has estado magnífica —dijo, y me besó la frente como se besa a una reina.
Volví al piso todavía vestida de Valeria, el vestido rojo arrugado, el maquillaje corrido, el cuerpo agotado y eléctrico a la vez, el culo todavía ardiendo, los muslos pegajosos. Me dejé caer en el sofá y cerré los ojos. Las imágenes seguían ahí, ardiendo: Esteban tragándose mi corrida, Mara metiéndomela por detrás, los cuerpos buscándose en la penumbra. Tardé mucho en quitarme los tacones. No quería que terminara.
Y entonces, despacio, como una marea que se retira, volvió Diego. Con él volvió la confusión.
De día sigo siendo el inspector serio, el que revisa contenedores y habla con Lucía por la pantalla y mantiene el orden. Saludo a don Esteban en la plaza y los dos fingimos que no hubo nada, que la noche de la finca pertenece a otra vida. Pero de noche reina Valeria, y su poder me arrastra a lugares que nunca creí que existieran. La fiesta, Esteban arrodillado con mi polla en la boca, el deseo sin reglas… todo me dejó temblando, no solo de placer, sino de un vértigo nuevo que me cuesta nombrar.
¿Adónde me lleva Valeria? ¿Es ella mi verdad o un abismo que va a devorarme entero? No tengo respuestas. Solo me queda el eco de los tacones contra la madera y la certeza, incómoda y dulce a la vez, de que Valeria no piensa detenerse. Y yo, Diego, ya no sé si quiero que lo haga.





