La fiesta privada donde fui al fin la mujer que soñaba
Dos semanas habían pasado desde aquella primera noche con Andrés, y todavía sentía el recuerdo encenderme cada vez que cerraba los ojos. Por eso, cuando Martín llamó a Lorena un martes por la tarde, algo dentro de mí supo que el suelo estaba a punto de moverse otra vez.
Escuché la conversación desde el sillón, fingiendo leer. Lorena asentía con esa media sonrisa suya, la que aparecía cuando le proponían algo que sabía que yo no podría rechazar.
—Hay una reunión privada el sábado, en una casa de Las Lomas del Río —me dijo cuando colgó—. Ocho hombres, gente con mucho dinero. Buscan compañía para toda la noche. Pagan como nadie. Martín va con nosotras.
Me quedé en silencio. No por miedo, sino porque la idea me había abierto un hueco caliente en el estómago.
—¿Y qué esperan exactamente? —pregunté, aunque ya lo sabía.
—Que seas la puta más deseada de la noche —respondió ella, acercándose a acariciarme la mejilla—. Preparate, mi amor. Vas a aprender lo que significa que ocho vergas te miren al mismo tiempo.
***
El sábado me dedicó casi dos horas. Lorena tomaba esos rituales con una seriedad de artista, y yo me dejaba hacer como arcilla entre sus manos. Primero el baño largo, después la crema con olor a vainilla por cada centímetro de piel, y al final el espejo, donde fue construyéndome pieza por pieza.
Eligió un body de encaje negro, tan fino que era casi una insinuación, que apenas contenía el pecho que todavía me costaba reconocer como mío. Sobre él, una falda corta de tul que no escondía absolutamente nada. Medias con costura trasera, ligueros, y unos tacos altísimos de plataforma que me obligaban a caminar despacio, midiendo cada paso.
El maquillaje fue lo que más me transformó. Los labios rojos y brillantes, los ojos cargados de sombra oscura, un toque de rubor y una capa de brillo que hacía que todo el cuerpo atrapara la luz. Cuando me colocó la peluca negra de ondas largas, dejando que cayera sobre el pecho, dejé de verme a mí y empecé a ver a la otra.
Esta es la que siempre quise ser, pensé.
—Date la vuelta —pidió Lorena.
Obedecí, apoyando las palmas contra el tocador y arqueando el culo hacia atrás como ella me había enseñado. Sentí sus dedos fríos separándome las nalgas, la punta helada del pico del pomo de lubricante entrando primero, un chorro generoso que me hizo temblar. Después uno de sus dedos, girando despacio, después dos, abriéndome, preparándome. Mordí el labio para no gemir.
—Quieta, mi amor —susurró—. Falta la pieza más importante.
Sentí la base ancha del plug apoyándose contra mi ano, la presión creciendo poco a poco. Lorena empujaba con paciencia, aflojaba, volvía a empujar. Cuando la parte más gruesa cedió y el juguete quedó alojado adentro, se me escapó un jadeo largo y las piernas se me abrieron solas.
—Para que llegues lista —susurró, dando una palmada suave en cada nalga—. No quiero que pierdas tiempo allá adentro. Cuando alguno de esos hijos de puta te lo quiera meter por el culo, se va a encontrar con el trabajo hecho.
Ella se enfundó en un vestido rojo ajustado que marcaba cada curva de su cuerpo de mulata, ese que me quitaba el aliento desde el primer día. Martín nos esperaba con camisa negra abierta y un perfume caro. Nos miró a las dos como quien revisa una obra terminada, y noté cómo se le marcaba la verga contra la tela del pantalón.
—Van a volver locos a todos —dijo.
***
Llegamos a Las Lomas del Río cerca de la medianoche. La casa era enorme, de esas que uno solo ve en revistas: pileta climatizada humeando bajo las luces, ventanales de piso a techo, una música electrónica grave que se sentía en el pecho antes que en los oídos. Adentro, ocho hombres de entre treinta y cincuenta y tantos, vestidos con ropa cara, algunos ya en bata, todos con ese aire de quien está acostumbrado a conseguir lo que quiere.
Martín nos presentó con una naturalidad que me dio seguridad.
—Ella es Daniela —dijo, apoyando la mano en mi cintura—. Es nueva. Esta noche es de ustedes.
Sentí ocho miradas recorrerme entera, sin disimulo, deteniéndose en la boca, en las tetas, en el culo que la falda dejaba adivinar. No era la vergüenza la que me recorría la espalda. Era otra cosa, una corriente que me erizaba la piel y me hacía sentir, por primera vez, absolutamente deseada.
Lorena me tomó de la mano y me llevó al centro del salón. Empezamos a movernos al ritmo de la música, despacio, una contra la otra. Su boca encontró la mía, su lengua se metió entera y me chupó el labio inferior mientras me apretaba una teta por encima del encaje. El resto del mundo se volvió ruido de fondo. Le acaricié la espalda, ella me apretó contra su cuerpo, y los hombres fueron acercándose como atraídos por algo que no podían nombrar.
La primera mano que sentí no fue brusca. Subió por mi muslo con calma, como tanteando un permiso que yo ya había dado. Después vinieron más. Manos en la cintura, en las tetas apretándomelas, en la nuca, una que se me metió entre las nalgas por encima de la falda y presionó justo donde el plug me marcaba. Cerré los ojos y me dejé llevar.
***
Un hombre corpulento, de cabeza afeitada, se ubicó detrás de mí. Lorena después me diría que se llamaba Rubén. Deslizó la mano bajo la falda y descubrió lo que su anfitriona me había dejado puesto. Se rió, bajo, satisfecho.
—Mirá esto —murmuró contra mi oreja, mientras giraba el plug adentro mío haciéndome doblar las rodillas—. Viene preparada de casa. Esta putita se pone tapón para venir a que la rompan.
Me lo retiró despacio, en una tracción larga que me hizo abrir la boca sin sonido, y reemplazó la presión con dos dedos gruesos que se hundieron hasta los nudillos. Los movió en tijera, abriéndome, y con la otra mano me tomó de la nuca y me obligó a inclinarme hacia adelante. Solté un gemido que no controlé, largo, que rebotó en el salón. Nadie se rió. Al contrario, fue como una señal. Ya me estaban rodeando.
A pocos pasos, Lorena ya se había arrodillado frente a dos de los hombres. Les había bajado los pantalones con las dos manos y tenía una verga en cada puño, moviéndolos con la muñeca al mismo tiempo que iba y venía con la boca de una a la otra, chupándolos hasta el fondo, sacándolos con un hilo de saliva colgando del mentón. Repartía su boca entre ambos con una destreza que me hipnotizaba. Martín se colocó detrás de ella, le levantó el vestido rojo hasta la cintura y empezó a follársela con ese ritmo lento que yo conocía de memoria, agarrándola del pelo. Verla así, con la boca llena y el coño empalado, entregada y a la vez al mando de la escena, me encendió todavía más.
A mí me llevaron al sillón grande. Tres hombres me rodearon. Uno me tomó de la mandíbula y me metió la lengua en la boca, otro me arrancó el body de un tirón y me chupó los pezones uno tras otro, mordiéndolos, y el tercero se arrodilló entre mis piernas abiertas y retomó lo que Rubén había empezado, esta vez con la boca. Su lengua me lamía el perineo, subía hasta mi verga endurecida atrapada bajo la falda de tul, bajaba de nuevo y se hundía en mi culo abierto. Me arqueé entre ellos, perdida en demasiadas sensaciones a la vez.
—Así —jadeé—. No paren. Cójanme, cójanme como quieran.
El que estaba en mi boca sacó la verga y me la apoyó en los labios. Yo abrí sin pensar, saqué la lengua para recibirla, y la dejé entrar hasta el fondo, ahogándome un poco, tragando saliva alrededor de la carne dura. Con la mano libre le busqué la de otro y me la puse en la teta.
Martín se acercó un momento, me apartó un mechón de la cara y me habló al oído con una calma que contrastaba con todo lo demás.
—Esta noche sos la estrella, Daniela. Disfrutalo. Te lo ganaste.
Y le creí, con una polla en la boca y otra a punto de metérseme.
***
Me acomodaron sobre una mesa baja, en cuatro, con las tetas contra la madera fría y el culo bien parado. El primero se escupió en la palma, se untó la verga y me penetró con una lentitud que se volvió firme enseguida. Sentí cómo me abría de a poco, cómo cada centímetro se me clavaba adentro. Apreté los dientes y después solté el aire, y lo que salió fue puro placer. Empezó a embestirme fuerte, agarrándome de las caderas, y cada golpe me sacaba un gemido nuevo. Mientras tanto, otro se ubicó delante y me ofreció su verga hinchada, y yo lo recibí con ganas, atrapada entre los dos con el cuerpo entero vibrando. Chupaba con la boca abierta, dejando que me la metiera hasta la garganta, mientras el de atrás me la seguía metiendo con fuerza. La mesa se sacudía bajo mi peso.
Lorena se arrodilló a mi lado, sin dejar de mirarme. Me besó el hombro, la mejilla, la comisura de la boca manchada de saliva.
—Estás hermosa así —me dijo—. Mirate, con la boca llena y el orto ensartado. Te lo dije. Naciste para esto, para ser una puta hermosa.
El de atrás se corrió con un gruñido y me llenó el culo de semen caliente. Se retiró y otro ocupó su lugar de inmediato, encontrando mi agujero todavía chorreando. Entró de una sola estocada. El de adelante también acabó, en la boca y en la cara, y yo tragué lo que pude y lo demás me quedó chorreando por el mentón hasta las tetas.
Las posiciones fueron cambiando con una coreografía que nadie dirigía y que sin embargo fluía sola. Martín se recostó en un sillón, se agarró la verga en la base y me llamó con un gesto. Me subí encima, de frente, y me la enterré yo misma con un empujón que me sacó un grito. Empecé a moverme marcando mi propio ritmo, saltando sobre él, sintiéndome por primera vez dueña de lo que pasaba. Rubén volvió a ubicarse detrás. Escupió sobre mi ano ya usado y ensanchado, se acomodó y presionó la punta.
—¿Aguantás a los dos? —preguntó.
—Sí —respondí sin dudar, con los ojos cerrados—. Quiero. Métemela, rompeme.
Empujó de a poco, ganando terreno, hasta que sentí cómo la segunda verga se hacía lugar al lado de la de Martín, separadas apenas por una fina pared de carne mía que temblaba. Lo que vino después me arrancó un grito que no fue de dolor. Fue la sensación de estar completamente colmada, sostenida entre dos cuerpos que se movían con cuidado y con hambre al mismo tiempo, uno subiendo cuando el otro bajaba, alternándose adentro mío como pistones. Mis gemidos se volvieron agudos, desesperados, sinceros. Sentía mi propia verga rebotar contra el vientre de Martín, dura, chorreando líquido preseminal sin que nadie me la tocara.
—Más —pedí—. No se detengan. Más fuerte, cójanme más fuerte.
Lorena se sentó frente a mí en el sillón, se levantó el vestido rojo y me ofreció el coño depilado y brillante. Le hundí la cara sin pensar, saqué la lengua y empecé a chuparle el clítoris mientras los dos hombres seguían embistiéndome desde abajo y desde atrás. Ella me apretaba la cabeza contra ella, gimiendo, moviendo las caderas. Otro se acercó por el costado, me tomó del pelo y me metió la verga por el costado de la boca cuando levanté la cara para respirar. Entre todos me llenaron por completo, sin un solo hueco para pensar. No había vergüenza, no había duda, no había la voz de siempre diciéndome que aquello no era para mí. Solo había deseo, el mío y el de ellos, encontrándose en el mismo punto.
Sentí a Martín tensarse debajo mío, hincharse todavía más, y descargarse adentro con una serie de embestidas cortas. Casi al mismo tiempo Rubén se corrió en mi culo, el segundo chorro caliente de la noche. Cuando salieron los dos, sentí el semen escurrirse por mis muslos abiertos.
***
No sé cuántas veces llegué esa noche. Perdí la cuenta en algún momento, entre el calor de los cuerpos y la música que no paraba. Me corrí sin que nadie me tocara directamente la verga, con solo dos pollas metidas y la boca llena, temblando, chorreando yo también sobre el vientre del que tuviera abajo, repitiendo que sí, que más, que no quería que terminara. Después me corrí otra vez con la boca de uno chupándomela mientras dos me acababan encima. Y otra, boca abajo sobre la alfombra, con uno montado en la espalda cogiéndome despacio y hondo mientras Lorena me metía los dedos en la boca para que se los chupara.
Cerca de las cuatro de la mañana, la cosa empezó a calmarse, uno tras otro, hasta que me dejaron tendida sobre el sillón, exhausta, con el maquillaje deshecho, semen secándose en las tetas, en la cara y entre las piernas, y el pecho subiendo y bajando como después de una carrera. Lorena se acercó, me retiró un mechón pegado a la frente y me besó con una ternura que no encajaba con todo lo anterior y que, justamente por eso, me llegó al fondo.
—¿Cómo te sentiste, mi preciosa? —preguntó.
Todavía jadeando, tardé en encontrar las palabras. Las busqué de verdad, porque la respuesta importaba.
—Me sentí completa —dije al fin—. Deseada. Como si por fin estuviera en el cuerpo correcto. Quiero volver a hacerlo.
Martín se rió desde el otro extremo del salón, terminando de vestirse.
—Esta noche ganaste mucho más que dinero, Daniela —dijo—. Y esto recién empieza.
***
Salimos de la mansión con el cielo empezando a aclararse. Caminaba despacio, midiendo cada paso en esos tacos imposibles, el cuerpo cansado y marcado, con el culo todavía abierto y goteando debajo de la falda, pero por dentro liviana de una manera que no recordaba haber sentido nunca.
Durante años había vivido a medias, escondiendo a la mujer que asomaba cada vez que estaba sola frente al espejo. Esa noche, entre desconocidos y bajo la mirada de Lorena, había dejado de esconderla. La había dejado salir entera.
Me subí al auto, apoyé la cabeza en el hombro de Lorena y cerré los ojos. Por la ventana, las luces del barrio se iban quedando atrás.
Esta soy yo, pensé. Y por primera vez, no quise corregir la frase.