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Relatos Ardientes

Esa tarde volví a ser Daniela en el cine Apolo

Estaba doblada sobre el respaldo de la butaca, con esas manos fuertes abriéndome las nalgas para que cualquiera pudiera entrar. Sentía cada empujón subir por mi espalda y morirse en mi nuca. No me sostenía nadie: me sostenía el deseo de los que esperaban. Así, llena y dominada, me sentí completa, mujer entera, Daniela otra vez después de tanto tiempo escondida.

—¿Te gusta, putita? —me preguntó mi macho, mirándome la cara con esa media sonrisa que ya me tenía rendida.

Yo solo podía respirar entrecortado. Era una mezcla rara de dolor y placer: un hombre dentro de mí y otro, el que mandaba, ofreciéndome en voz baja a todos los que aún faltaban. Esa voz me ponía peor que cualquier caricia.

—Ya, amigo, que faltan muchos —le dijo al que me embestía.

Y yo, por dentro, me sentí divina. Como si me anunciaran en una subasta y todos quisieran pujar.

El que me tenía me dio una palmada suave en la nalga, casi un agradecimiento, y murmuró algo sobre lo rica que estaba. Mi macho lo tomó del brazo y lo guio hacia adelante, justo frente a mi cara.

—Termina acá —le ordenó, y me sujetó la barbilla con dos dedos—. Abre la boca, mi amor, que te van a dar de tomar.

Abrí la boca sin pensarlo. La misma verga que un momento antes se abría paso dentro de mí ahora entraba entre mis labios, todavía con el sabor fuerte de mi propio cuerpo. Lejos de darme asco, me encendió. Empecé a tragármela hasta el fondo, despacio, después de golpe, hasta que sentí cómo se tensaba.

Llegó la explosión que tanto me gusta. Caliente, espesa, inundándome la lengua. Lo saboreé sin apuro, jugué con ello en la boca, y recién entonces tragué todo, hasta la última gota, y le limpié la punta con la lengua como quien agradece un favor.

—¿Quién sigue? —dijo mi macho a la oscuridad de la sala.

Apenas lo escuché, ya no aguantaba. Quería al siguiente ya, fuerte, sin pausa. Estaba desesperada, hecha una perra en celo dispuesta a recibir a cualquiera que se animara a cruzar la penumbra.

***

Vinieron varios más, uno tras otro, todos guiados por él. Mi macho se encargaba de abrirme las nalgas y de marcar los turnos, como si dirigiera una orquesta de cuerpos. Tenía una regla que nunca rompió: ninguno terminaba dentro de mí. A todos los desviaba hacia mi boca en el último momento.

—La leche es para arriba —les decía, y me señalaba la cara.

Yo recibía cada descarga con la lengua afuera, devorando, saboreando a cada uno de esos hombres calientes que me habían usado por turnos. Para entonces ya estaba llena, escurriéndome por las comisuras, con el mentón brillante en la poca luz que entraba de la pantalla. Y, sin embargo, seguía pidiendo más. Insaciable.

Entre empujón y empujón me acordé de por qué estaba ahí. Había venido por un hombre. Lo conocí en una de esas páginas de relatos, charlando de noche, y con puras palabras había logrado sacar a Daniela del fondo del armario donde la tenía guardada. Me había citado en el cine Apolo, en la última fila, prometiéndome una tarde inolvidable.

Y vaya si lo fue, aunque él ni siquiera apareció.

Mientras tanto, la que estaba ahí ofrecida a todos era Daniela: la más puta, la que llevaba puesto nada más que un liguero, medias negras y unos zapatos de tacón que me costaba mantener firmes en el suelo pegajoso. La que se dejaba querer por cualquiera que la deseara. Y ya no me importó si él llegaba o no. Estaba donde quería estar.

***

El cine Apolo era de esos que sobreviven a duras penas, con la moqueta gastada y un olor a humedad que se mezclaba con el del deseo. De día casi no entra nadie; por eso mismo es perfecto. La película seguía corriendo en la pantalla, voces enlatadas que nadie escuchaba, y en las butacas estábamos nosotros, en otra función mucho más interesante.

Yo había llegado temprano, nerviosa, con el corazón en la garganta. Me cambié en el baño antes de subir: dejé al hombre de todos los días doblado dentro de una mochila y salí siendo ella, con las piernas afeitadas brillando bajo las medias y los labios pintados de un rojo oscuro. Me senté en la última fila, como habíamos quedado, y esperé.

El que llegó no fue mi cita. Fue otro, mayor, de mirada tranquila y manos enormes, que se sentó a mi lado sin pedir permiso. No dijo gran cosa al principio. Me puso una mano en la rodilla y la fue subiendo despacio, midiéndome, hasta que encontró lo que buscaba bajo la falda corta.

—Mirá lo que tenemos acá —susurró, y sonrió—. Una flor en medio del barro.

Algo en su voz me desarmó. No era brusco; era seguro. De los que saben exactamente lo que quieren y lo toman sin prisa. En cuestión de minutos ya me tenía donde él quería, y empezó a llamar con un gesto a las sombras que se movían entre las filas.

—Tranquila —me dijo al oído—. Yo decido quién y cuándo. Vos solo disfrutá.

Y le creí. Me entregué a esa promesa como no me había entregado nunca.

***

Perdí la cuenta de cuántos pasaron. Cada vez que uno terminaba, mi macho lo despachaba con una palmada en el hombro y hacía señas al siguiente. A algunos los hacía esperar a propósito, solo para que yo me retorciera de ganas. A otros los apuraba.

—Esta noche es de la dama —decía, y se reía bajito.

Me gustaba esa palabra en su boca. Dama. Después de horas siendo cualquiera, de pronto me sentía la reina de esa sala oscura. Una reina de rodillas, sí, pero adorada por todos sus súbditos.

Cada hombre tenía su forma. Uno me agarraba del pelo y me marcaba el ritmo sin decir nada. Otro me acariciaba la espalda con una ternura que no encajaba con el lugar, como si quisiera disculparse por estar ahí. Hubo uno que tembló entero antes de terminar y me dejó un «gracias» apenas susurrado, como si yo le hubiera regalado algo enorme. Y en cierto modo así era: les regalaba a Daniela, completa, sin pedir nada a cambio.

Mi macho lo observaba todo desde un costado, recostado contra una butaca vacía, con los brazos cruzados. De vez en cuando se inclinaba a mi oído y me decía cosas que solo yo escuchaba.

—Mirate —murmuró una de esas veces—. Tan elegante, tan señorita, y mirá lo que hacés. Esto es lo que sos de verdad, ¿no?

No le contesté. No hacía falta. Mi cuerpo respondía por mí, abriéndose, buscando, pidiendo el siguiente. Él tenía razón y los dos lo sabíamos.

Hubo un momento en que me dejaron sola un instante, recuperando el aliento, con la frente apoyada en el respaldo de cuero frío. Escuchaba mi propia respiración y, más allá, los murmullos de los que esperaban turno. Cerré los ojos. Esta soy yo, esta es la verdadera, la que el resto del tiempo finjo no ser.

Una mano me levantó la cara.

—No te me duermas, princesa —dijo mi macho—. Todavía queda gente.

Y seguimos.

***

Cuando la película llegaba a sus últimas escenas, yo ya estaba deshecha de placer, satisfecha hasta los huesos, marcada por hombres cuyos rostros nunca había visto bien. Empecé a vestirme de nuevo, con las manos torpes, buscando las pocas prendas que había traído.

El hombre dominante, el que me había ofrecido a todos y dirigido la tarde entera, me detuvo con suavidad.

—Quiero algo tuyo —dijo—. Regalame la tanga y las medias.

Se las di sin dudar. Aquellas prendas iban impregnadas de mi olor, de mi sabor, de todo lo que había sido Daniela esa tarde, capaz de volver a sentirse joven, ardiente y deseada como en sus mejores años. Le entregué mis cosas con un beso largo, de agradecimiento puro, y lo vi guardarlas en un maletín que cargaba con él. Se marchó sin mirar atrás. Yo le agradecí en silencio lo que había hecho por mí: devolverme a ella.

Terminé de arreglarme como pude, con la falda y una blusa que disimulaban lo justo, y bajé las escaleras de la sala despacio, todavía temblando. Salí a la calle. La luz de la tarde me golpeó la cara y por un segundo me sentí desnuda, expuesta, aunque iba vestida.

***

A las pocas cuadras me vibró el teléfono. Era él, mi cita, el que no había aparecido. El mensaje decía que sí había estado afuera, esperando ver salir «unas buenas nalgas», pero que solo había visto pasar gente común y aburrida. Que se había decepcionado.

Me reí sola en plena vereda.

No esperabas que saliera a la calle en medias y tacones, ¿verdad?, pensé. Su decepción era enorme, sí, pero lo que yo había vivido adentro tapaba por completo cualquier desencanto. Aquel hombre, sin saberlo, había hecho su parte: con puras palabras había revivido a Daniela. Solo que después fueron otros los que la disfrutaron.

Le respondí con dos palabras amables y guardé el teléfono. Que pensara lo que quisiera.

Caminé por las calles del centro con el cuerpo cansado y un dolor dulce entre las piernas. La gente pasaba a mi lado sin imaginar nada, sin sospechar quién era yo en realidad ni de dónde venía. Y eso me gustaba: el secreto, la doble vida, la certeza de que esa noche, al llegar a casa, volvería a doblar a Daniela y a guardarla en el fondo del armario hasta la próxima cita.

Pero por hoy había sido ella. Plena, satisfecha, deseada por unos cuantos hombres cuyos nombres nunca sabré. Había vuelto a ser Daniela, aunque fuera por una tarde robada en la oscuridad de un cine viejo.

Y caminé feliz, sintiéndome, por fin, exactamente quien soy.

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Comentarios (5)

RubenSur23

Tremendo relato, se nota la tension desde el principio. Espero que sigas subiendo mas de Daniela!!

DiegoMar_77

La ambientacion del cine le da un toque muy especial que no es facil de lograr. Me gusto mucho

CelesteCordoba

que buenoooo!!! me encanto, sigue escribiendo por favor

Mateo_lector

Quede con ganas de saber que paso con el del principio jaja. Igual estuvo muy bueno

NicoBA_95

Hace tiempo que no leia algo tan intenso en esta categoria, muy bueno el ritmo que le diste

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