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Relatos Ardientes

Mi vecina guardaba un secreto bajo la bata de seda

Me llamo Marisol. Tengo treinta y seis años, llevo doce casada y soy madre de dos niños que me consumen el día entero. Toda mi vida he sido la mujer que cumple: la esposa puntual, la madre paciente, la vecina que devuelve el taladro prestado y riega las plantas ajenas cuando alguien se va de viaje. Tengo el cuerpo de una mujer que ha parido dos veces y no se disculpa por ello: caderas amplias, vientre suave, unos pechos llenos que todavía hacen girar cabezas en el supermercado. Durante años pensé que esa era toda mi historia.

Hasta que ella se mudó a la casa contigua.

Renata llegó un mes de marzo, con una camioneta de mudanza y una sonrisa que parecía dirigida solo a mí desde el primer minuto. Tendría unos treinta años. Era alta, de piernas largas y firmes, con una melena oscura que le caía por la espalda como agua negra. Tenía los labios gruesos, los pómulos altos y unos ojos color miel que se quedaban demasiado tiempo sobre los míos, como si supieran algo que yo todavía no me atrevía a admitir. Se movía con una seguridad que me ponía nerviosa, esa clase de elegancia que no se aprende, que simplemente se tiene.

Al principio fue lo de siempre entre vecinas. Café en el porche por las mañanas, charlas apoyadas sobre la cerca baja del jardín, intercambio de recetas y de quejas sobre el precio del gas. Pero muy pronto esas conversaciones se volvieron mi parte favorita del día. Renata me escuchaba de un modo en que nadie me escuchaba hacía años. Mi marido llegaba tarde, agotado, y se dormía frente al televisor. Los niños vivían en su propio mundo de pantallas y deberes. Y yo, sin darme cuenta, empecé a contar las horas que faltaban para verla a ella.

Había algo en Renata que no terminaba de encajar, y eso me intrigaba aún más. Una contención cuidadosa. La manera en que a veces se cruzaba de piernas, o en que elegía la ropa para tapar y no para mostrar, pese a tener un cuerpo que cualquiera querría enseñar. Lo atribuí a timidez. Me equivocaba.

***

Un viernes de mayo todo se alineó. Mi marido estaba en un congreso a quinientos kilómetros y los niños dormían en casa de sus abuelos. Por primera vez en mucho tiempo, la casa era solo mía, y el silencio pesaba de una forma extraña, casi expectante. A las nueve de la noche el teléfono vibró sobre la encimera.

«Acabo de descorchar un tinto que vale la pena. Nada de excusas. Te espero.»

Leí el mensaje tres veces. Sentí algo apretarse en el estómago, esa mezcla de miedo y deseo que llevaba meses fingiendo no notar. Me dije que era solo una copa entre vecinas. Pero entonces, ¿por qué me cambié de ropa dos veces?

Terminé eligiendo un vestido blanco de verano, ligero, de esos que se ciñen al pecho y se abren sobre las caderas. No me puse sostén. Me convencí de que era por el calor. La tela me rozaba los pezones a cada paso, y para cuando crucé el jardín que separaba nuestras casas ya los tenía duros.

Renata abrió antes de que yo terminara de tocar. Llevaba una bata de seda negra, corta, atada flojamente a la cintura, que apenas le cubría los muslos. El pelo suelto, recién lavado. Un perfume cálido y oscuro que me golpeó como una ola en cuanto crucé el umbral.

—Empezaba a pensar que te ibas a arrepentir —dijo, apartándose para dejarme pasar.

—Casi —admití, y ella se rió bajito, como si la palabra le hubiera gustado.

Nos sentamos en el sofá del salón, con las piernas recogidas, una frente a la otra. La primera copa la bebimos hablando de tonterías. En la segunda, las pausas empezaron a estirarse. Había silencios que no eran incómodos sino todo lo contrario: cargados, densos, llenos de cosas que ninguna de las dos decía. Renata me miraba la boca cuando yo hablaba. Yo le miraba las manos.

—Eres preciosa, Marisol —dijo de pronto, sin rodeos, bajando la voz—. ¿Lo sabes? Esas curvas. Esos pechos. Llevo meses imaginando qué se sentiría tocarte.

Me ardió la cara entera. Quise responder algo sensato, algo que pusiera las cosas en su sitio, pero la copa ya me había soltado el cuerpo y solo me salió un susurro.

—Renata… estoy casada. Nunca he hecho nada parecido. Ni siquiera con una mujer.

—Lo sé —respondió, acercándose un poco más en el sofá—. Por eso no te estoy pidiendo nada para mañana. Solo esta noche. Solo tú y yo. Apaga la cabeza un rato. Siente, nada más.

Me acarició la mejilla con el dorso de los dedos y luego deslizó la mano por mi cuello. El contacto fue como una corriente. Se inclinó despacio, dándome todo el tiempo del mundo para apartarme, y cuando vio que no lo hacía, me besó.

***

El beso empezó suave, casi una pregunta. Pero duró poco antes de volverse profundo, hambriento. Su lengua buscó la mía mientras una de sus manos subía hasta cubrirme un pecho por encima de la tela, apretándolo con una avidez que me arrancó un gemido contra su boca. Nunca me habían tocado así, con esa mezcla de delicadeza y urgencia.

Sin dejar de besarme, me bajó los tirantes del vestido. La tela cedió y mis pechos quedaron libres, pesados, con los pezones oscuros y tensos. Renata se apartó apenas unos centímetros para mirarlos, y la forma en que lo hizo —con una especie de devoción— me hizo sentir más deseada que en años.

—Dios —murmuró—. Son perfectos.

Bajó la cabeza y atrapó un pezón con la boca. Lo succionó, lo mordió suavemente, mientras con la mano masajeaba el otro. Yo arqueé la espalda, hundí los dedos en su pelo y dejé de pensar por completo. El mundo entero se redujo al calor de su lengua y al cosquilleo eléctrico que me bajaba por el vientre.

Me recostó sobre los cojines y se deslizó hasta arrodillarse en el suelo, entre mis piernas. Me subió el vestido hasta la cintura. Cuando me quitó la ropa interior, ya empapada, soltó un suspiro de satisfacción. Besó la cara interna de mis muslos, ascendiendo despacio, torturándome con la lentitud, hasta que su boca llegó adonde yo la necesitaba. Su lengua trazó un recorrido firme y certero. Después hundió dos dedos en mí mientras me succionaba el clítoris con una destreza que me hizo gemir sin pudor.

Me corrí así, temblando, apretándole la cabeza entre las piernas, mordiéndome el labio para no gritar tan fuerte que despertara a media calle.

Pensé que ahí terminaba todo. Me equivocaba otra vez.

***

Renata se incorporó despacio, con la respiración entrecortada y los ojos brillantes. Se quedó de pie frente a mí, mirándome, y entonces tiró del nudo de la bata. La seda negra resbaló por sus hombros y cayó al suelo en un susurro.

Su cuerpo era espectacular. Pechos firmes, cintura estrecha, piernas largas. Y entre ellas, dura y orgullosa, una erección que yo no esperaba. La cabeza brillaba, tensa. Me quedé sin aire, no de rechazo sino de sorpresa, y de algo más que tardé un segundo en reconocer como deseo puro.

Renata no se movió. Esperó. Había una vulnerabilidad nueva en su gesto, una pregunta silenciosa, como si llevara toda la vida acostumbrada a que ese instante lo cambiara todo.

—¿Sigues queriendo? —preguntó en voz muy baja—. Lo entenderé si no.

La miré entera: la mujer hermosa que me había hecho reír durante meses, que me había escuchado, que acababa de hacerme temblar. El secreto que escondía bajo la bata no la hacía menos mujer ante mis ojos. La hacía más ella misma. Y en ese momento, con el cuerpo todavía vibrando, no me importó nada más que seguir sintiendo.

—Sí —dije, y me sorprendió la firmeza de mi propia voz—. Te quiero entera. Tal como eres.

Algo en su rostro se relajó, se iluminó. Subió al sofá, sobre mí, y volvió a besarme con una intensidad distinta, agradecida. Frotó la punta contra mí, resbalando en mi humedad, hasta que los dos jadeamos. Entonces empujó, despacio, abriéndome centímetro a centímetro. Gemí al sentir cómo me llenaba, gruesa y caliente, llegando hondo.

—Avísame si voy muy rápido —murmuró contra mi cuello.

—No pares —fue todo lo que pude decir.

Empezó a moverse con embestidas largas y profundas. Sus pechos rozaban los míos, su cuerpo entero contra el mío, y yo me aferraba a su espalda mientras el sofá crujía bajo nosotras. Cada empuje me arrancaba un sonido que no sabía que era capaz de hacer.

—Me encanta cómo me recibes —jadeó—. Eres increíble, Marisol.

Aceleró el ritmo. Una de sus manos bajó hasta mi clítoris y empezó a frotarlo en círculos mientras seguía dentro de mí. La combinación fue demasiado. Me corrí por segunda vez, esta vez sin contenerme, gritando contra su hombro, contrayéndome alrededor de ella.

Renata aguantó solo unos embates más. Con un gemido ronco se hundió hasta el fondo y se quedó quieta, estremeciéndose, y yo sentí el calor de su orgasmo derramándose dentro de mí. Nos quedamos así, ancladas la una a la otra, sudadas, jadeando, sin querer separarnos todavía.

***

Después nos abrazamos en silencio bajo la luz tenue del salón. Ella me acariciaba el pelo despacio, distraída, como quien protege algo frágil. Mi corazón fue calmándose poco a poco.

—¿Estás bien? —preguntó al fin.

—Más que bien —contesté, y era verdad.

—En el placer, el cuerpo de quien te toca importa menos de lo que la gente cree —dijo, mirando el techo—. Importa lo que sientes. Lo que se construye entre dos personas. El resto son etiquetas que otros inventaron.

Sonreí contra su hombro. Por primera vez en mucho tiempo me sentía libre, deseada, vista de verdad. No la mujer que cumple, no la madre cansada, no la vecina perfecta. Solo yo.

Cuando crucé de vuelta el jardín, ya de madrugada, supe dos cosas con absoluta certeza. La primera, que no me arrepentía de nada. La segunda, que aquella no iba a ser la última botella de vino que compartiéramos.

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Comentarios (6)

LectorTrans_ok

Excelente relato, de los mejores que lei en mucho tiempo. Se agradece!

NocheDeBuenos

Por favor una segunda parte!! quedé con muchisimas ganas de saber que pasó despues de esa noche

PatoRioLector

Me encantó la forma en que lo contaste. Se nota que hay sensibilidad ahi, no es solo morbo sino algo mas profundo. Felicitaciones.

Dani_nocturno

tremendo final, no me lo esperaba para nada jaja

MarisolCR

Ya con el título sabia que me iba a enganchar. No me defraudó para nada. Sigan subiendo relatos asi, que escasean los buenos.

CuriosoBaires

La tension que fuiste construyendo desde el principio es increible, se siente esa mezcla de sorpresa y algo mas... muy bien logrado.

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