La visita técnica que cambió mi vida secreta
Permítanme presentarme: me llamo Tomás, tengo veinticuatro años y trabajo como editor de video desde casa. Mido apenas un metro setenta y tres, soy delgado y lampiño por naturaleza. Hace medio año me mudé solo a un departamento modesto en pleno centro de Córdoba: una sala, una cocina, un baño y un dormitorio. Para cualquiera sería poca cosa; para mí era un pequeño reino donde podía dar rienda suelta a lo que escondía del resto del mundo.
Verán, soy crossdresser. En la intimidad de mi casa me convierto en Marina. Medias de nylon que se deslizan por mi piel como una caricia, zapatos de tacón bajo con los que todavía me tambaleo en cada paso, una blusa ligera, una falda que susurra al moverse, algo de maquillaje que pica un poco al aplicarlo y una peluca que cae con un peso reconfortante sobre mi cabeza. No es una transformación perfecta, lo admito, pero aspiro a mejorar con el tiempo.
Cuando termino de trabajar me transformo y vivo como Marina. Limpio la sala, cocino oliendo los aromas especiados que llenan la cocina, y de vez en cuando entro en algún chat donde el teclado hace clic bajo mis dedos pintados. Lo que más me gusta, sin embargo, es colocar el móvil en un trípode y, recostada sobre las sábanas frescas de mi cama, jugar frente a la cámara. Practico poses, intento ser sensual, a veces uso un plug pequeño y termino masturbándome hasta el orgasmo, con el pulso acelerado llenando el silencio.
Esos videos jamás los publiqué. Nunca me atreví a tener un encuentro real con nadie; me limitaba a fantasear que estaba con alguien, casi siempre otra como yo. Pero esa rutina segura no iba a durar mucho más.
***
Una mañana, después de servirme un café cuyo vapor amargo me reconfortaba las manos, encendí la computadora y no pasó nada. Lo intenté varias veces: el monitor parpadeaba con un zumbido que parecía burlarse de mí, pero la máquina seguía muerta. Todo mi trabajo estaba ahí dentro y las entregas se me venían encima. Soy un inútil para estas cosas, así que decidí pedir ayuda.
A dos cuadras hay un local de electrónica. Me explicaron que solo vendían celulares, pero que podían pasarme el contacto de un muchacho que hacía reparaciones a domicilio. Me dieron una tarjeta: «Núñez PC Repair», un teléfono y un correo. Llamé. Me atendió alguien que, por la voz, supuse de mi edad. Le conté la urgencia y quedó en pasar en media hora a hacer un diagnóstico.
Estaba recostado en el único sillón que tengo, con el tapizado gastado rozándome la espalda, cuando el portero eléctrico soltó un pitido agudo.
—¿Quién es? —pregunté, con la voz algo temblorosa.
—El técnico de Núñez. Busco a Tomás.
Le abrí y esperé a que saliera del ascensor. Era, como había supuesto, un hombre de mi edad, delgado, un poco más alto que yo, de pelo castaño claro atado en una coleta. Su colonia fresca invadió la sala estrecha.
—Mi salvador —le dije al verlo—. Directamente no enciende.
—Tranquilo, estas cosas suelen ser una tontería —respondió con una sonrisa serena.
Abrió el gabinete con un sonido metálico de tornillos y al rato anunció que era solo el fusible de la fuente. Lo reemplazó y, por las dudas, dijo que correría un diagnóstico. Le serví un café mientras la máquina volvía a ronronear y la pantalla se encendía con colores vivos.
—Me salvaste. ¿Cuánto te debo?
—No, por favor, no te voy a cobrar por una pavada de diez minutos.
—Pero es tu trabajo.
—Quedate tranquilo. Estoy seguro de que no faltará ocasión para que me pagues.
La frase me dejó un cosquilleo extraño, como si insinuara que volveríamos a vernos. Lo tomé por la típica cortesía de quien espera que lo llames de nuevo. Lo acompañé hasta la puerta, le agradecí otra vez y volví a mi escritorio, dispuesto a recuperar el tiempo perdido.
***
Un par de horas después, casi terminaba cuando el programa de mensajería se abrió solo, con un pitido que me heló la sangre.
—Qué cosas tan interesantes guardás en tu disco —apareció escrito, parpadeando.
—¿Quién sos? —escribí, con los dedos temblando.
—Me conociste como el técnico de Núñez. En realidad no corrí ningún diagnóstico: instalé un sistema que me da control total de tu equipo. Y en estas dos horas revisé todo. Por cierto, muy lindas las fotos y los videos de Marina. Te falta práctica y un mejor vestuario, pero hay potencial, te lo aseguro.
—¿Por qué hacés esto? ¿Qué querés? —respondí, con un nudo en la garganta.
—También encontré una carpeta con facturación trucha que presentaste en la empresa, la que seguramente te permitió mudarte. Así que a partir de ahora vas a obedecerme. Si no, las fotos y los videos van a toda tu libreta de contactos, y la facturación va a tu trabajo. Como lo veo, tu única opción es obedecer. La otra es quedar expuesta ante tu familia y quizá ir presa.
—No tengo dinero. Gasté todos mis ahorros en la mudanza.
—No quiero tu dinero. Quiero tu obediencia. Y vamos a empezar por conocer a Marina. Andá a cambiarte y prendé la cámara. Yo espero.
Aterrado, fui al dormitorio sintiendo el piso frío bajo mis pies. Me transformé con manos torpes: ropa interior que se ajustaba con un roce íntimo, las medias susurrando al subir por mis piernas, blusa, falda, peluca y, deprisa, solo los labios pintados, con su sabor ceroso. Me senté frente a la cámara. La suya seguía apagada.
—Te falta práctica, pero sos prometedora. En los videos vi que tenés un plug anal. ¿Lo tenés puesto?
—No, solo me vestí.
—Andá a buscarlo. Quiero ver cómo te lo ponés, frente a la cámara.
Estaba en modo automático, paralizada por el miedo a que difundiera todo. Lo busqué, lo lubriqué con el gel frío entre los dedos y me lo introduje ante el lente, sintiendo una presión que dio paso a una plenitud invasora.
—Bien. ¿Tenés un dispositivo de castidad?
—No.
—No hay problema. Te mando la dirección de un sex shop a tres cuadras. Ya pagué la compra; solo decí que venís a retirar un encargo para Marina. Tenés media hora. Y en el kiosco de tu esquina comprá un sobre tamaño carta.
—¿Un sobre? ¿Para qué?
—No preguntes. Eso es lo primero que tenés que aprender: solo obedecer, si no querés que tu vida termine acá.
Me cambié, dejé el plug puesto sintiéndolo con cada paso y salí. ¿Cómo había llegado a esto, a merced de un desconocido? El aire de la calle, fresco, contrastaba con el calor de mi angustia.
***
Cuando volví, seguía esperándome en la pantalla. Me hizo colocarme el dispositivo de castidad ante la cámara; el metal frío se cerró alrededor de mí con una sensación restrictiva. Después me ordenó guardar las dos llaves en el sobre, cerrarlo, dirigírmelo a mí mismo y depositarlo en el buzón de la planta baja.
—Esto nos da dos o tres días hasta que las llaves vuelvan a vos. Sacá fotos del momento en que lo dejás. Ni se te ocurra hacer trampa.
Obedecí. El buzón resonó con un eco sordo al tragarse el sobre. Quedaba encerrada al menos tres días.
—Perfecto. Vas a ser una buena alumna. Ahora escuchá: esta noche, a las ocho, te presentás en la dirección que te mando. Venís con el plug y la castidad puestos, completamente depilada. No traigas ropa, yo te proveo. ¿Estamos de acuerdo?
—No tengo otra alternativa.
—Tenés, pero no te va a gustar. Te espero a las ocho.
***
Pasé la tarde con los nervios de punta. Me depilé hasta que no quedó un solo vello, dejando un olor químico en el aire y una frescura expuesta en la piel. A las siete salí. Siguiendo sus instrucciones, no pedí un auto: usé transporte público. Caminé tres cuadras hasta la parada sintiendo el plug presionar con cada paso, subí a un colectivo donde cada bache lo hacía jugar dentro de mí, y al bajar caminé otras siete cuadras con la castidad recordándome su presencia a cada roce.
Llegué a una torre en uno de los barrios más elegantes de la ciudad. Un solo departamento por piso. ¿Cómo puede un técnico pagar esto?, pensé. ¿Será la dirección correcta, o una broma cruel? Subí en el ascensor, que olía a metal pulido, y toqué el timbre de la única puerta del palier. Se abrió con un clic suave.
—Hola, vos debés ser Tomás. Soy Bianca. Qué bueno que llegaste a tiempo —me recibió una voz suave y seductora.
No estaba para nada preparado para lo que vi. Un recibidor amplio y exquisito, dos sillones de terciopelo y un espejo que ocupaba toda la pared, devolviéndome mi imagen junto a la de mi anfitriona. Porque era anfitriona: era el mismo técnico de la mañana, pero el cambio resultaba brutal. Conservaba la coleta; ahí terminaban las semejanzas. Maquillaje intenso y casi perfecto, ojos felinos en tonos oscuros, labios color vino delineados en una uve marcada y brillante. Guantes de látex negros hasta los hombros, un corset que ceñía la cintura y resaltaba un pecho plano, ocho ligas que sostenían medias de nylon con costura. Estaba excitada, y su figura andrógina remataba en unas botas hasta la rodilla con un tacón aguja que repicaba en el mármol. Al girar vi que llevaba un plug terminado en una cola peluda, como la de un zorro.
—Pasá, querida —dijo con una sonrisa.
—Como bien dijiste, no tenía muchas alternativas —me atreví a responder.
La sala era todavía más imponente: un ventanal enorme dejaba entrar la luz dorada del atardecer y un televisor gigantesco mostraba una película porno. Frente a él, un sofá amplio y, en la mesa baja, dos copas, hielo que tintineaba y una botella de whisky cuyo aroma ambarino flotaba en el aire.
—Sentate, servite algo, relajate. Pero primero desnudate, quiero ver si seguiste las instrucciones.
Me desnudé y dejé la ropa en un sillón, sintiendo el aire fresco sobre mi piel depilada y vulnerable. Sus dedos fríos revisaron el plug y la castidad.
—Perfecta. Totalmente depilada. Tomá algo.
Me serví con manos temblorosas y bebí casi de un trago, sintiendo el ardor del whisky bajar por la garganta.
—¿Cómo podés mantener todo esto? Reparar computadoras no da tanto.
—No tenés idea de lo que guarda la gente en sus equipos. Con los años descubrí secretos de muchos clientes: políticos, abogados, empresarios. Todos esconden algo, y cuando lo encuentro se vuelven mis mecenas con tal de que me calle. En tu caso, la documentación y los videos fueron un extra: hacía rato buscaba a alguien como vos.
—¿Como yo? De crossdressers debe haber muchos.
—Buscaba a alguien virgen, que nunca hubiera estado con otra persona. Y esa sos vos. Ya vas a entender por qué. Ahora vení, que voy a transformarte en mi pupila.
***
Su habitación era aún más perturbadora: armarios y paredes cubiertos de espejos multiplicaban nuestras imágenes hasta el infinito, y en las esquinas del techo cuatro cámaras zumbaban con sus luces parpadeando.
—Vamos a documentar tu transformación.
No alcancé a preguntar qué quería decir. Me fue alcanzando la ropa: un conjunto de colegiala, todo blanco. Ropa interior que se pegaba como una segunda piel, medias sostenidas por ligas tirantes, una blusa fresca, un lazo que rozaba mi cuello, una falda escocesa que apenas cubría el borde de las medias y unos zapatos con plataforma que sonaban al pisar. Me puso uñas postizas y las pintó de rosa pálido, con su olor dulzón y químico, un par de anillos que dieron peso a mis dedos y unos aros que tintineaban contra mis orejas.
—Sentate, que te maquillo. Prestá mucha atención.
Delineó mis ojos en tonos pastel hasta darme la misma mirada felina que la suya, pegó pestañas que pesaban en mis párpados, aplicó base y rubor polvorientos y delineó mis labios en una uve rosada a juego con mis uñas. Por último, una peluca rubia hasta los hombros, peinada en dos coletas a los costados, con el cabello sintético rozándome el cuello.
—Mirá lo hermosa que sos. Te dije que tenías potencial.
En el espejo casi no quedaba rastro de Tomás. Frente a mí había una colegiala que mezclaba inocencia y sensualidad, repetida en mil reflejos. Me colocó unos anteojos de montura metálica sin aumento, fríos sobre la nariz, y me pasó un chicle de frutilla cuyo dulzor estalló al masticar.
—Ahora vamos a la sala a ver tu transformación.
Mientras en la pantalla aparecía cómo me habían convertido en colegiala, ella se sentó a mi lado. Nuestras piernas enfundadas en nylon se rozaron con un susurro que me erizó la piel. No sé si fue el whisky, cuyo ardor persistía, o la excitación de verme así reflejada, pero de no ser por la castidad me habría estado tocando. Tomó mi mano y la llevó a su sexo, caliente y palpitante bajo mis dedos.
—Acariciame. Despacio, muy suave. Lo hacés muy bien. Lástima que en dos o tres días no vas a poder liberarte. Mientras tanto, vamos a probar otras cosas. Hay algo que no te conté: además de mis mecenas, manejo una agencia de acompañantes muy chica, para clientes muy selectos. Descubrí que es muy rentable cumplir sus fantasías. Y ahí entrás vos. Uno de ellos tiene una muy particular: estar con una colegiala virgen.
—Pero yo nunca hice nada así. Sos la primera persona que me ve transformada.
—No tenés voto en esto. A las pruebas de tu computadora ahora sumo un hermoso video tuyo dejándote feminizar. Me pagaron por estar con alguien como vos, y el cliente está por llegar.
El pozo se hacía cada vez más hondo: estaba atrapada en una telaraña tejida por mí misma. En ese instante sonó el timbre.
—Debe ser él. Portate como una buena niña y hacéme sentir orgullosa. Después te doy tu parte.
***
Entró un hombre de unos cuarenta años, de excelente presencia: traje oscuro de marca, mocasines italianos, camisa blanca impecable. Se movía como si la casa fuera suya, dejando un rastro de colonia cara y madera.
—Un gusto conocerte. ¿Cómo te llamás, pequeña? —dijo tras besarme la mejilla, su aliento cálido y mentolado.
—Marina, señor. Un placer —respondí con voz temblorosa.
—Siéntense, tomemos algo mientras vemos el video —propuso Bianca.
Serví los tragos. En la pantalla seguía mi transformación, con sonidos amplificados.
—¿No sos muy joven para tomar alcohol? —preguntó él, jugueteando.
—Estoy muy nerviosa, y Bianca a veces me deja un poco —contesté, metiéndome en el papel casi sin darme cuenta, masticando el chicle de frutilla.
Mientras elogiaba el trabajo de Bianca, su mano me sostuvo la nuca con firmeza, se acercó y me besó hundiendo la lengua en mi boca. Respondí casi sin pensarlo, nuestras lenguas jugando con un sabor a whisky y menta. Llevó mi mano a su entrepierna y empecé a acariciar su sexo sobre la tela, sintiéndolo endurecer.
—Veo que rompieron el hielo. ¿Pasamos al cuarto de juegos? —dijo Bianca.
***
Nos guió, llave en mano, a una habitación que no había visto: un pequeño calabozo cubierto de espejos que volvían a multiplicarnos al infinito, con un olor a cuero y lubricante en el aire. Un sillón que parecía un trono tapizado en terciopelo negro, una cruz de San Andrés y una pared cargada de arneses, fustas, grilletes fríos y aparatos que no supe identificar. En el centro, una especie de cepo donde Bianca me inmovilizó: manos, cabeza y piernas trabadas con un clic metálico, expuesta sin poder moverme.
Por el rabillo del ojo vi a Leandro desnudarse, revelando un sexo de tamaño generoso. Bianca se paró frente a mí, el suyo a centímetros de mis labios, y susurró en mi oído con aliento caliente:
—Tranquila, vas a disfrutarlo.
Se irguió y lo deslizó en mi boca, tibio y salado. Era la primera vez que hacía algo así y ella me guiaba: «usá la lengua, jugá con la punta». Mientras tanto, Leandro retiró el plug con una succión que dejó un vacío repentino y empezó a abrirme con uno y después dos dedos, lubricándome con gel frío, dilatándome despacio.
Empecé a gozar casi sin querer. La sensación de sometimiento era extrema: estaba completamente a merced de mis captores, incapaz de negarme a nada, mientras un sexo latía contra mi lengua. Leandro retiró los dedos, se colocó un preservativo con el chasquido del látex y presionó mi entrada, con un ardor que dio paso a la plenitud.
—Tenías razón, Bianca: una virgen. Te felicito.
—Gracias. Todavía la entreno, pero enseguida vi su potencial.
Empezó a moverse dentro de mí con un ritmo que mandaba oleadas de calor por todo mi cuerpo. Yo, con la boca llena, solo podía gemir ahogada. Siguió así un buen rato hasta que se tensó y, en una última embestida profunda y ardiente, terminó con pulsos calientes. Al retirarse, Bianca empezó a masturbarse con furia.
—Abrí la boca y preparate para recibirme.
Su orgasmo me llenó la boca, caliente y viscoso, un sabor desconocido que, para mi sorpresa, me fascinó. Mientras Leandro se vestía, se inclinó a mi oído:
—Un placer conocerte. La semana que viene me gustaría visitarte de nuevo.
Bianca lo acompañó a la salida, después me liberó del cepo entre clics metálicos.
—Estuviste excelente. Creo que Leandro se enamoró de vos. Tomá tu parte.
Me alcanzó un fajo de billetes crujientes con olor a tinta fresca. Cuando los conté, había mil ochocientos dólares.
***
De aquella noche pasaron casi seis meses, y mi vida cambió por completo. Me mudé al edificio de Bianca, dos pisos más abajo, y armamos un negocio muy rentable. A los mecenas que ella sigue encontrando en las computadoras que repara sumamos una clientela selecta: ella consigue los clientes, yo edito los videos que distribuimos.
Cumplimos fantasías que parecen no agotarse nunca. He sido secretaria con falda ajustada y tacones, enfermera entre olor a antiséptico y guantes de látex, institutriz severa, profesora frente a un pizarrón y hasta una madrastra perversa. Leandro, eso sí, me visita todos los martes, ahora en mi departamento. Le cocino, lo recibo con un «¡papi, qué bueno que viniste!» y él me trata como a su niña, con caricias y besos que saben a deseo compartido.