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Relatos Ardientes

La visita técnica que cambió mi vida secreta

Permítanme presentarme: me llamo Tomás, tengo veinticuatro años y trabajo como editor de video desde casa. Mido apenas un metro setenta y tres, soy delgado y lampiño por naturaleza. Hace medio año me mudé solo a un departamento modesto en pleno centro de Córdoba: una sala, una cocina, un baño y un dormitorio. Para cualquiera sería poca cosa; para mí era un pequeño reino donde podía dar rienda suelta a lo que escondía del resto del mundo.

Verán, soy crossdresser. En la intimidad de mi casa me convierto en Marina. Medias de nylon que se deslizan por mi piel como una caricia, zapatos de tacón bajo con los que todavía me tambaleo en cada paso, una blusa ligera, una falda que susurra al moverse, algo de maquillaje que pica un poco al aplicarlo y una peluca que cae con un peso reconfortante sobre mi cabeza. No es una transformación perfecta, lo admito, pero aspiro a mejorar con el tiempo.

Cuando termino de trabajar me transformo y vivo como Marina. Limpio la sala, cocino oliendo los aromas especiados que llenan la cocina, y de vez en cuando entro en algún chat donde el teclado hace clic bajo mis dedos pintados. Lo que más me gusta, sin embargo, es colocar el móvil en un trípode y, recostada sobre las sábanas frescas de mi cama, jugar frente a la cámara. Practico poses, intento ser sensual, a veces uso un plug pequeño y termino masturbándome hasta el orgasmo, con el pulso acelerado llenando el silencio. Me acaricio la polla enfundada en la braguita blanca hasta que la mancho de líquido preseminal, después la libero y la sacudo lento mientras el plug me abre el culo de a poco, y termino corriéndome en mi propio ombligo mientras me muerdo el labio pintado para no gritar.

Esos videos jamás los publiqué. Nunca me atreví a tener un encuentro real con nadie; me limitaba a fantasear que estaba con alguien, casi siempre otra como yo. Pero esa rutina segura no iba a durar mucho más.

***

Una mañana, después de servirme un café cuyo vapor amargo me reconfortaba las manos, encendí la computadora y no pasó nada. Lo intenté varias veces: el monitor parpadeaba con un zumbido que parecía burlarse de mí, pero la máquina seguía muerta. Todo mi trabajo estaba ahí dentro y las entregas se me venían encima. Soy un inútil para estas cosas, así que decidí pedir ayuda.

A dos cuadras hay un local de electrónica. Me explicaron que solo vendían celulares, pero que podían pasarme el contacto de un muchacho que hacía reparaciones a domicilio. Me dieron una tarjeta: «Núñez PC Repair», un teléfono y un correo. Llamé. Me atendió alguien que, por la voz, supuse de mi edad. Le conté la urgencia y quedó en pasar en media hora a hacer un diagnóstico.

Estaba recostado en el único sillón que tengo, con el tapizado gastado rozándome la espalda, cuando el portero eléctrico soltó un pitido agudo.

—¿Quién es? —pregunté, con la voz algo temblorosa.

—El técnico de Núñez. Busco a Tomás.

Le abrí y esperé a que saliera del ascensor. Era, como había supuesto, un hombre de mi edad, delgado, un poco más alto que yo, de pelo castaño claro atado en una coleta. Su colonia fresca invadió la sala estrecha.

—Mi salvador —le dije al verlo—. Directamente no enciende.

—Tranquilo, estas cosas suelen ser una tontería —respondió con una sonrisa serena.

Abrió el gabinete con un sonido metálico de tornillos y al rato anunció que era solo el fusible de la fuente. Lo reemplazó y, por las dudas, dijo que correría un diagnóstico. Le serví un café mientras la máquina volvía a ronronear y la pantalla se encendía con colores vivos.

—Me salvaste. ¿Cuánto te debo?

—No, por favor, no te voy a cobrar por una pavada de diez minutos.

—Pero es tu trabajo.

—Quedate tranquilo. Estoy seguro de que no faltará ocasión para que me pagues.

La frase me dejó un cosquilleo extraño, como si insinuara que volveríamos a vernos. Lo tomé por la típica cortesía de quien espera que lo llames de nuevo. Lo acompañé hasta la puerta, le agradecí otra vez y volví a mi escritorio, dispuesto a recuperar el tiempo perdido.

***

Un par de horas después, casi terminaba cuando el programa de mensajería se abrió solo, con un pitido que me heló la sangre.

—Qué cosas tan interesantes guardás en tu disco —apareció escrito, parpadeando.

—¿Quién sos? —escribí, con los dedos temblando.

—Me conociste como el técnico de Núñez. En realidad no corrí ningún diagnóstico: instalé un sistema que me da control total de tu equipo. Y en estas dos horas revisé todo. Por cierto, muy lindas las fotos y los videos de Marina. Te falta práctica y un mejor vestuario, pero hay potencial, te lo aseguro. Vi cómo te metés el plug hasta el fondo y cómo se te escapa la corrida por la punta de la pollita. Muy prometedor.

—¿Por qué hacés esto? ¿Qué querés? —respondí, con un nudo en la garganta.

—También encontré una carpeta con facturación trucha que presentaste en la empresa, la que seguramente te permitió mudarte. Así que a partir de ahora vas a obedecerme. Si no, las fotos y los videos van a toda tu libreta de contactos, y la facturación va a tu trabajo. Como lo veo, tu única opción es obedecer. La otra es quedar expuesta ante tu familia y quizá ir presa.

—No tengo dinero. Gasté todos mis ahorros en la mudanza.

—No quiero tu dinero. Quiero tu obediencia. Y vamos a empezar por conocer a Marina. Andá a cambiarte y prendé la cámara. Yo espero.

Aterrado, fui al dormitorio sintiendo el piso frío bajo mis pies. Me transformé con manos torpes: ropa interior que se ajustaba con un roce íntimo, las medias susurrando al subir por mis piernas, blusa, falda, peluca y, deprisa, solo los labios pintados, con su sabor ceroso. Me senté frente a la cámara. La suya seguía apagada.

—Te falta práctica, pero sos prometedora. En los videos vi que tenés un plug anal. ¿Lo tenés puesto?

—No, solo me vestí.

—Andá a buscarlo. Quiero ver cómo te lo ponés, frente a la cámara.

Estaba en modo automático, paralizada por el miedo a que difundiera todo. Lo busqué y volví con él en la mano.

—Sacate la bombachita hasta las rodillas y ponete en cuatro sobre la cama, con el culo apuntando al lente. Quiero verte bien el ojete —tecleó.

Obedecí temblando. Sentí el aire frío entre las nalgas depiladas y una vergüenza líquida bajándome por el vientre. Me arqueé, arqueé la espalda, separé un poco las rodillas.

—Perfecto. Ahora escupí en tu propio dedo y masajeate el agujerito. Despacio, en círculos. Quiero ver cómo se te abre solo de ganas.

Lo hice. La saliva tibia, la yema del dedo trazando círculos sobre el anillo apretado, cada roce mandándome un latigazo de calor hasta la polla, que empezó a hincharse dentro de la braguita a medio bajar. El agujero se contraía y se soltaba, obediente, mientras yo mordía la almohada.

—Metelo. Un dedo entero. Hasta el fondo.

Introduje el dedo hasta el nudillo. El culo se cerró alrededor con un espasmo caliente y ahogué un gemido contra la sábana.

—Sacalo y volvé a meterlo. Diez veces. Contá en voz alta.

Me follé con mi propio dedo, contando entre dientes, sintiendo cómo el canal se ablandaba, cómo empezaba a chorrear ganas. Cuando terminé, tenía la polla dura y palpitante, un hilo espeso de preseminal colgando de la punta hasta la sábana.

—Ahora sí, el plug. Untale bien de lubricante. Que gotee.

Lo lubriqué con el gel frío entre los dedos, el bulbo de silicona quedando resbaladizo y brillante. Me lo apoyé en la entrada y empujé despacio. Sentí la punta abrirme, después el diámetro máximo estirándome el anillo hasta el ardor, un ardor que casi era un dolor placentero, y por fin el clic mudo del cuello encajando dentro de mí. Se me escapó un gemido largo, ronco, que no pude contener.

—Ahí está. Bien lleno tenés el culito. Ahora tocate la pollita por encima de la ropa. No te la saques.

Me arrodillé, senté los talones bajo las nalgas —lo que hundió el plug medio centímetro más adentro y me hizo respingar— y me acaricié el bulto duro por sobre la seda. La tela se pegó, empapada de preseminal, marcando cada nervadura de mi verga.

—Basta. No te vas a correr. ¿Tenés un dispositivo de castidad?

—No —tipeé con dedos torpes, la respiración entrecortada.

—No hay problema. Te mando la dirección de un sex shop a tres cuadras. Ya pagué la compra; solo decí que venís a retirar un encargo para Marina. Tenés media hora. Y en el kiosco de tu esquina comprá un sobre tamaño carta.

—¿Un sobre? ¿Para qué?

—No preguntes. Eso es lo primero que tenés que aprender: solo obedecer, si no querés que tu vida termine acá.

Me cambié, dejé el plug puesto sintiéndolo con cada paso y salí. ¿Cómo había llegado a esto, a merced de un desconocido? El aire de la calle, fresco, contrastaba con el calor de mi angustia.

***

Cuando volví, seguía esperándome en la pantalla. Me hizo colocarme el dispositivo de castidad ante la cámara; el metal frío se cerró alrededor de mí con una sensación restrictiva, encerrando mi polla flácida en una jaula de acero que ya no la dejaría crecer. Después me ordenó guardar las dos llaves en el sobre, cerrarlo, dirigírmelo a mí mismo y depositarlo en el buzón de la planta baja.

—Esto nos da dos o tres días hasta que las llaves vuelvan a vos. Sacá fotos del momento en que lo dejás. Ni se te ocurra hacer trampa.

Obedecí. El buzón resonó con un eco sordo al tragarse el sobre. Quedaba encerrada al menos tres días.

—Perfecto. Vas a ser una buena alumna. Ahora escuchá: esta noche, a las ocho, te presentás en la dirección que te mando. Venís con el plug y la castidad puestos, completamente depilada. No traigas ropa, yo te proveo. ¿Estamos de acuerdo?

—No tengo otra alternativa.

—Tenés, pero no te va a gustar. Te espero a las ocho.

***

Pasé la tarde con los nervios de punta. Me depilé hasta que no quedó un solo vello, dejando un olor químico en el aire y una frescura expuesta en la piel. A las siete salí. Siguiendo sus instrucciones, no pedí un auto: usé transporte público. Caminé tres cuadras hasta la parada sintiendo el plug presionar con cada paso, subí a un colectivo donde cada bache lo hacía jugar dentro de mí, y al bajar caminé otras siete cuadras con la castidad recordándome su presencia a cada roce.

Llegué a una torre en uno de los barrios más elegantes de la ciudad. Un solo departamento por piso. ¿Cómo puede un técnico pagar esto?, pensé. ¿Será la dirección correcta, o una broma cruel? Subí en el ascensor, que olía a metal pulido, y toqué el timbre de la única puerta del palier. Se abrió con un clic suave.

—Hola, vos debés ser Tomás. Soy Bianca. Qué bueno que llegaste a tiempo —me recibió una voz suave y seductora.

No estaba para nada preparado para lo que vi. Un recibidor amplio y exquisito, dos sillones de terciopelo y un espejo que ocupaba toda la pared, devolviéndome mi imagen junto a la de mi anfitriona. Porque era anfitriona: era el mismo técnico de la mañana, pero el cambio resultaba brutal. Conservaba la coleta; ahí terminaban las semejanzas. Maquillaje intenso y casi perfecto, ojos felinos en tonos oscuros, labios color vino delineados en una uve marcada y brillante. Guantes de látex negros hasta los hombros, un corset que ceñía la cintura y resaltaba un pecho plano, ocho ligas que sostenían medias de nylon con costura. Estaba excitada, y su figura andrógina remataba en unas botas hasta la rodilla con un tacón aguja que repicaba en el mármol. Al girar vi que llevaba un plug terminado en una cola peluda, como la de un zorro.

—Pasá, querida —dijo con una sonrisa.

—Como bien dijiste, no tenía muchas alternativas —me atreví a responder.

La sala era todavía más imponente: un ventanal enorme dejaba entrar la luz dorada del atardecer y un televisor gigantesco mostraba una película porno. En la pantalla, un hombre le partía el culo a una travesti que gemía con la boca abierta, chorros de saliva colgando del mentón. Frente al televisor, un sofá amplio y, en la mesa baja, dos copas, hielo que tintineaba y una botella de whisky cuyo aroma ambarino flotaba en el aire.

—Sentate, servite algo, relajate. Pero primero desnudate, quiero ver si seguiste las instrucciones.

Me desnudé y dejé la ropa en un sillón, sintiendo el aire fresco sobre mi piel depilada y vulnerable. Sus dedos fríos, enfundados en látex, revisaron el plug —lo giró un cuarto de vuelta dentro de mí y me hizo respingar con un gemido corto— y después la castidad. Tironeó de la jaula, comprobó el candado, deslizó un dedo bajo el aro que me apresaba las bolas.

—Perfecta. Totalmente depilada. Tomá algo.

Me serví con manos temblorosas y bebí casi de un trago, sintiendo el ardor del whisky bajar por la garganta.

—¿Cómo podés mantener todo esto? Reparar computadoras no da tanto.

—No tenés idea de lo que guarda la gente en sus equipos. Con los años descubrí secretos de muchos clientes: políticos, abogados, empresarios. Todos esconden algo, y cuando lo encuentro se vuelven mis mecenas con tal de que me calle. En tu caso, la documentación y los videos fueron un extra: hacía rato buscaba a alguien como vos.

—¿Como yo? De crossdressers debe haber muchos.

—Buscaba a alguien virgen, que nunca hubiera estado con otra persona. Y esa sos vos. Ya vas a entender por qué. Ahora vení, que voy a transformarte en mi pupila.

***

Su habitación era aún más perturbadora: armarios y paredes cubiertos de espejos multiplicaban nuestras imágenes hasta el infinito, y en las esquinas del techo cuatro cámaras zumbaban con sus luces parpadeando.

—Vamos a documentar tu transformación.

No alcancé a preguntar qué quería decir. Me fue alcanzando la ropa: un conjunto de colegiala, todo blanco. Ropa interior que se pegaba como una segunda piel, medias sostenidas por ligas tirantes, una blusa fresca, un lazo que rozaba mi cuello, una falda escocesa que apenas cubría el borde de las medias y unos zapatos con plataforma que sonaban al pisar. Me puso uñas postizas y las pintó de rosa pálido, con su olor dulzón y químico, un par de anillos que dieron peso a mis dedos y unos aros que tintineaban contra mis orejas.

—Sentate, que te maquillo. Prestá mucha atención.

Delineó mis ojos en tonos pastel hasta darme la misma mirada felina que la suya, pegó pestañas que pesaban en mis párpados, aplicó base y rubor polvorientos y delineó mis labios en una uve rosada a juego con mis uñas. Por último, una peluca rubia hasta los hombros, peinada en dos coletas a los costados, con el cabello sintético rozándome el cuello.

—Mirá lo hermosa que sos. Te dije que tenías potencial.

En el espejo casi no quedaba rastro de Tomás. Frente a mí había una colegiala que mezclaba inocencia y sensualidad, repetida en mil reflejos. Me colocó unos anteojos de montura metálica sin aumento, fríos sobre la nariz, y me pasó un chicle de frutilla cuyo dulzor estalló al masticar.

—Ahora vamos a la sala a ver tu transformación.

Mientras en la pantalla aparecía cómo me habían convertido en colegiala, ella se sentó a mi lado. Nuestras piernas enfundadas en nylon se rozaron con un susurro que me erizó la piel. No sé si fue el whisky, cuyo ardor persistía, o la excitación de verme así reflejada, pero de no ser por la castidad me habría estado tocando. La jaula tironeaba, el metal presionando la carne que quería crecer y no podía, mandando pinchazos de deseo frustrado hasta el vientre. Tomó mi mano y la llevó bajo su falda de látex, apartó un tanga fino y me la puso directo sobre su verga, caliente, tiesa, palpitante contra mis dedos.

—Acariciame. Despacio, muy suave. De la base a la punta, así, con los dedos apenas cerrados. Lo hacés muy bien.

La sentí crecer bajo mi puño. Era más gruesa que la mía, curvada apenas hacia arriba, con una gota espesa asomando por el meato. La froté con toda la palma, subiendo y bajando, sintiendo cómo latía. Ella cerró los ojos y separó las piernas.

—Escupite en la mano y volvé. Más resbaladizo. Eso, buena nena. Ahora giramela con la muñeca cuando llegás a la punta. Sí, así. Mmm.

Mientras yo la masturbaba con torpeza aprendida, ella pasó una mano bajo mi falda escocesa y me apretó las nalgas, coló un dedo hasta el plug y empezó a moverlo dentro de mí, entrando y saliendo un centímetro, jugando con mi culo mientras yo le pajeaba la polla.

—Lástima que en dos o tres días no vas a poder liberarte. Mientras tanto, vamos a probar otras cosas. Hay algo que no te conté: además de mis mecenas, manejo una agencia de acompañantes muy chica, para clientes muy selectos. Descubrí que es muy rentable cumplir sus fantasías. Y ahí entrás vos. Uno de ellos tiene una muy particular: estar con una colegiala virgen.

—Pero yo nunca hice nada así. Sos la primera persona que me ve transformada.

—No tenés voto en esto. A las pruebas de tu computadora ahora sumo un hermoso video tuyo dejándote feminizar y haciéndome una paja. Me pagaron por estar con alguien como vos, y el cliente está por llegar.

El pozo se hacía cada vez más hondo: estaba atrapada en una telaraña tejida por mí misma. En ese instante sonó el timbre.

—Debe ser él. Portate como una buena niña y hacéme sentir orgullosa. Después te doy tu parte.

***

Entró un hombre de unos cuarenta años, de excelente presencia: traje oscuro de marca, mocasines italianos, camisa blanca impecable. Se movía como si la casa fuera suya, dejando un rastro de colonia cara y madera.

—Un gusto conocerte. ¿Cómo te llamás, pequeña? —dijo tras besarme la mejilla, su aliento cálido y mentolado.

—Marina, señor. Un placer —respondí con voz temblorosa.

—Siéntense, tomemos algo mientras vemos el video —propuso Bianca.

Serví los tragos. En la pantalla seguía mi transformación, con sonidos amplificados.

—¿No sos muy joven para tomar alcohol? —preguntó él, jugueteando.

—Estoy muy nerviosa, y Bianca a veces me deja un poco —contesté, metiéndome en el papel casi sin darme cuenta, masticando el chicle de frutilla.

Mientras elogiaba el trabajo de Bianca, su mano me sostuvo la nuca con firmeza, se acercó y me besó hundiendo la lengua en mi boca. Respondí casi sin pensarlo, nuestras lenguas jugando con un sabor a whisky y menta. Me chupó los labios uno por uno, me mordió el inferior con delicadeza, y cuando me soltó tenía el brillo del pintalabios corrido hasta el mentón. Llevó mi mano a su entrepierna. La tela del pantalón estaba estirada por un bulto enorme, palpitante. Empecé a acariciar su verga sobre la tela, sintiendo el largo, la gruesura, cómo la punta llegaba casi hasta el cinturón.

—Metela adentro, nena. Sacala. Tocala directo.

Le desabroché el cinturón, le bajé el cierre y liberé un pollón de venas gruesas que se me apoyó en la palma, tibio y pesado. Se lo empuñé y empecé a mover la mano de arriba abajo, apretándolo, viendo cómo la piel del prepucio se retraía y volvía a cubrir el glande brillante.

—Veo que rompieron el hielo. ¿Pasamos al cuarto de juegos? —dijo Bianca.

***

Nos guió, llave en mano, a una habitación que no había visto: un pequeño calabozo cubierto de espejos que volvían a multiplicarnos al infinito, con un olor a cuero y lubricante en el aire. Un sillón que parecía un trono tapizado en terciopelo negro, una cruz de San Andrés y una pared cargada de arneses, fustas, grilletes fríos y aparatos que no supe identificar. En el centro, una especie de cepo donde Bianca me inmovilizó: manos, cabeza y piernas trabadas con un clic metálico, expuesta sin poder moverme. El cepo me obligaba a quedar en cuatro patas, la cara a la altura de la entrepierna de quien se parara adelante y el culo levantado, ofrecido, para quien se ubicara atrás.

Bianca me subió la falda escocesa hasta la cintura y me bajó la bombachita blanca hasta los muslos, dejando la jaula de castidad y el plug expuestos ante los espejos, ante las cámaras, ante los ojos hambrientos de Leandro. Escuché el clic de una tapa de lubricante.

Por el rabillo del ojo vi a Leandro terminar de desnudarse, revelando un cuerpo trabajado y una verga larga, gruesa, con la cabeza morada y una vena palpitante recorriéndola de arriba abajo. Se paró frente a mí y me la apoyó en los labios pintados. El olor era intenso, macho, salado.

—Abrí la boca, colegiala.

Bianca se paró a su lado, se levantó la falda de látex y sacó también la suya, más flaca pero igual de tiesa, y me la mostró junto a la de él.

—Tranquila, vas a disfrutarlo —susurró en mi oído con aliento caliente—. Vas a chupar las dos. Una y después la otra. Y cuando yo diga, las dos juntas.

Abrí la boca. Leandro me metió la punta y avanzó despacio hasta que sentí el glande golpearme el paladar. Era enorme, me llenaba entera, no me dejaba tragar. Empezó a mecerse, entrando y saliendo, con la mano cerrada en mi peluca rubia para no dejarme escapar. Se me llenaron los ojos de lágrimas y el rímel corrió en dos líneas negras por las mejillas.

—Usá la lengua, jugá con la punta —me guiaba Bianca—. Envolvela con los labios, no muestres los dientes. Eso, así, buena nena. Chupá bien fuerte cuando sale, como si no quisieras que se vaya nunca.

Obedecí. Lamí la corona, hundí la lengua en el pequeño hoyo del meato, chupé como si le sacara jugo. Leandro gruñía por lo bajo, empujaba un centímetro más cada vez, hasta que sentí el vello púbico contra la nariz y una náusea corta que me hizo babear. La saliva me chorreaba por el mentón, caía en hilos gruesos hasta los pechos falsos que Bianca me había apretado bajo la blusa, y se descolgaba de la punta de mis pezones.

—Ahora yo —dijo Bianca. Le sacó la verga de la boca a Leandro y me metió la suya. Era más delgada, más fácil de tragar, y me llegó rápido hasta el fondo de la garganta. Ella no era paciente: me la clavaba con embestidas cortas y rápidas, agarrada de las dos coletas como si fueran riendas, mientras yo tragaba y me atragantaba y volvía a tragar.

—Mirala, Leandro. Mirá cómo mama esta putita virgen. Le encanta. La cara de puta que pone. ¿Verdad que te encanta, nena?

—Mmmhmm —fue todo lo que pude responder, con la boca llena.

Mientras tanto, Leandro había dado la vuelta y se paró detrás de mí. Sentí sus manos calientes separarme las nalgas y un chorro frío de lubricante caer directo sobre el plug y correr por el perineo. Después sus dedos, dos a la vez, se colaron alrededor del plug, presionándolo, moviéndolo en círculo dentro de mí.

—Qué culito tan apretadito tiene tu colegiala —le dijo a Bianca—. Vamos a abrirlo bien.

Retiró el plug con una succión que dejó un vacío repentino y me hizo gemir con la boca aún llena. El agujero le quedó abierto un momento, latiendo, pidiendo que lo llenaran de nuevo. Metió primero un dedo, hasta el nudillo, y lo giró; después dos, abriéndolos en tijera; después tres. Con cada dedo yo gemía más fuerte contra la verga de Bianca, y ella se reía y me pegaba pequeñas cachetadas cariñosas con el pijazo mojado.

—Bianca, esta va a estar lista.

—Ponétele el forro. La quiero bien follada.

Escuché el chasquido del látex del preservativo. Después sentí la cabeza de su verga apoyándose en mi entrada, resbalosa de lubricante, empujando con paciencia. El anillo cedió con un ardor eléctrico que me atravesó de la nuca al ombligo. La cabeza entró de un empujón y me sacó un grito ahogado, y después el resto avanzó despacio, milímetro a milímetro, abriéndome, llenándome, hasta que sentí las bolas apoyarse contra el perineo y las caderas de él estamparse contra mi culo.

—Tenías razón, Bianca: una virgen. Bien apretada. Te felicito.

—Gracias. Todavía la entreno, pero enseguida vi su potencial. Miralá, ni un rulo suelto, y ya la tenés hasta el pomo.

Empezó a moverse dentro de mí con embestidas largas, sacándola casi hasta la punta y volviéndola a hundir hasta el fondo. Cada empujón mandaba oleadas de calor por todo mi cuerpo, un placer que no había sentido nunca, hecho de dolor y llenura y humillación mezclados. Yo, con la boca llena de la polla de Bianca, solo podía gemir ahogada, con los ojos en blanco.

—Más rápido —pidió Bianca—. Cogela más rápido, que la quiero ver desarmarse.

Leandro obedeció. Me agarró de las caderas con las dos manos, hincó los dedos en la carne y empezó a embestirme sin piedad. El sonido de sus muslos chocando contra mis nalgas llenaba la habitación, un chapoteo húmedo, obsceno, que se mezclaba con mis gemidos y los gruñidos de Bianca. La jaula de castidad rebotaba entre mis piernas con cada embestida, arrancándome una tortura dulce en la polla presa, que hubiera querido crecer y no podía.

—Miralá, Bianca. Se le corre solo el culito. Está chorreando lubricante y baba.

—Es que le encanta que la partan al medio. Mi colegiala putita.

Cambiaron posiciones sin sacármela: Bianca me soltó las coletas, dio la vuelta y se paró detrás de Leandro. Se untó su propia verga con un chorro de lube, la apoyó en el culo de él —Leandro llevaba, descubrí, otro plug pequeño que Bianca extrajo con un tirón limpio— y de un empujón la ensartó también. Y entonces empezaron a follarme en cadena: cuando Bianca embestía a Leandro, él me embestía a mí; el impulso de una polla se transmitía a la otra y el culo de tres cuerpos temblaba al unísono. Me lo estaban partiendo en dos y me estaban partiendo la cabeza al mismo tiempo.

—Ay, ay, ay —era todo lo que atinaba a decir, con la baba colgando.

Siguieron así un buen rato hasta que Leandro se tensó, aumentó el ritmo, y en una última embestida profunda y ardiente terminó con pulsos calientes dentro del preservativo. Sentí cada latido de su verga contra mis paredes, cada chorro de semen empujando el látex hasta hincharlo. Se quedó unos segundos así, hundido hasta el fondo, respirando pesado, antes de retirarse despacio. El vacío que dejó fue enorme. Bianca salió también del culo de él y se colocó a mi lado, con la verga brillante de lube y saliva.

—Ahora te toca a mí. Abrí la boca y preparate para recibirme.

Se paró frente al cepo, se agarró la polla con la mano y empezó a masturbarse con furia a dos centímetros de mi cara. La cabeza estaba morada, hinchada, con una gota gruesa colgando de la punta. Yo saqué la lengua para recibir, obediente, mientras la miraba desde abajo con los ojos empañados de rímel.

—Sí, así, mostrame la lengua. Ay, ay, colegiala puta, ay que me corro, que me corro toda en tu carita —gemía, sacudiéndose la polla más rápido.

El primer chorro me golpeó la mejilla y bajó hasta el labio; el segundo cayó directo en la lengua, caliente y espeso; el tercero y el cuarto me llenaron la boca y me manchó las coletas rubias. Me obligó a tragar todo de un solo golpe, presionándome la mandíbula con la mano. El sabor era desconocido —salado, un poco amargo, con un fondo raro— y, para mi sorpresa, me fascinó. Me pasé la lengua por los labios, recogiendo lo que me había quedado en la comisura, y le sonreí con la cara pintada de semen.

—Buena chica —dijo, y me limpió el mentón con el pulgar—. Chupámelo bien limpio ahora.

Metió otra vez la punta blanda entre mis labios y yo la chupé despacio, sacando cada gota, hasta dejársela limpia y brillante. Mientras Leandro se vestía, se inclinó a mi oído:

—Un placer conocerte. La semana que viene me gustaría visitarte de nuevo. Y la próxima traigo un amigo. Quiero verte con dos vergas adentro a la vez.

Bianca lo acompañó a la salida, después me liberó del cepo entre clics metálicos. Me temblaban las piernas, se me caía la peluca de costado, tenía el maquillaje corrido y semen seco sobre las mejillas, la blusa manchada de saliva. Pero sonreía. Bianca me llevó al baño, me limpió con una toalla húmeda, me acomodó las coletas y me dio un beso largo en la boca, saboreando lo que quedaba del semen de ella misma.

—Estuviste excelente. Creo que Leandro se enamoró de vos. Tomá tu parte.

Me alcanzó un fajo de billetes crujientes con olor a tinta fresca. Cuando los conté, había mil ochocientos dólares.

***

De aquella noche pasaron casi seis meses, y mi vida cambió por completo. Me mudé al edificio de Bianca, dos pisos más abajo, y armamos un negocio muy rentable. A los mecenas que ella sigue encontrando en las computadoras que repara sumamos una clientela selecta: ella consigue los clientes, yo edito los videos que distribuimos.

Cumplimos fantasías que parecen no agotarse nunca. He sido secretaria con falda ajustada y tacones —una que se dejó follar sobre el escritorio del jefe con las medias rotas—, enfermera entre olor a antiséptico y guantes de látex —que le mamó la polla a un paciente atado a la camilla—, institutriz severa —que le partió el culo a un abogado con un strap-on mientras él lloraba pidiendo más—, profesora frente a un pizarrón —que hizo que dos «alumnos» se corrieran en su cara antes de la campana— y hasta una madrastra perversa. Leandro, eso sí, me visita todos los martes, ahora en mi departamento. Le cocino con la falda apenas cubriéndome el culo desnudo, lo recibo con un «¡papi, qué bueno que viniste!» y él me trata como a su niña, con caricias y besos que saben a deseo compartido, con una verga que ya conozco de memoria y que siempre encuentra el camino hasta el fondo de mi coño de recambio.

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Comentarios(8)

TransFan22

Buenisimo!!! Me tenia en tension desde el primer parrafo.

Caro_Baires

Que final tan tenso, necesito saber como termina esto. Por favor una continuacion!!

LucasH_Cba

Muy bien escrito, se nota que hay trabajo detras. El giro del tecnico que ya sabia todo lo cambia completamente. Sigue asi que tenes buen estilo.

ElGato_Rd

La computadora como excusa... clasico jajaja

Marian_B

Me recordo a esa sensacion de cuando alguien sabe tu secreto y vos no sabes si eso es bueno o malo. Muy bien logrado.

lector777

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Sole22

¿Hay segunda parte? No puede quedar asi, justo en lo mejor!

RositaVzla

increible como lo contaste, muy natural

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