Me tocaba pensando en él cuando llegó su mensaje
Yamila estaba desnuda sobre la cama, con la persiana a medio bajar y la luz de la tarde colándose en franjas tibias que le cruzaban el vientre. El calor le pegaba el pelo a la nuca y le hacía brillar la piel, esa piel que las hormonas habían suavizado mes a mes hasta volverla otra. Tenía veintidós años y un cuerpo que por fin sentía propio: los pechos firmes, las caderas redondas, y entre las piernas el sexo a medio despertar, latiendo despacio mientras ella decidía por dónde empezar.
En la mano derecha sostenía su juguete favorito, uno curvo y negro con control remoto que había aprendido a usar sola, a tientas, hasta encontrarle el punto exacto. Lo cubrió de lubricante sin prisa, observando cómo el gel resbalaba por el silicona. Respiró hondo. La tarde era suya, la casa estaba en silencio, y nadie iba a interrumpirla.
Separó las rodillas y guió la punta hacia atrás, buscando su entrada con paciencia.
—Despacio… así… —murmuró para sí, empujando apenas.
El juguete cedió hacia dentro con una facilidad que la hizo suspirar, acomodándose justo donde ella sabía. Una oleada de calor le subió desde el centro del cuerpo y le endureció el sexo de golpe. Tomó el control y lo encendió en el nivel más bajo. Un zumbido suave empezó a vibrar contra su interior, constante, paciente, y Yamila echó la cabeza hacia atrás contra la almohada.
—Mmm… qué bueno… —gimió, arqueando la espalda.
La mano izquierda bajó sola. Se rodeó con los dedos y empezó a acariciarse con movimientos lentos, deliberados, sintiendo cada centímetro. El sonido húmedo del lubricante llenaba la habitación vacía, y ella subía y bajaba sin apuro, dejándose llevar. Cerró los ojos.
Y ahí apareció él, como siempre.
Bruno. El grandote del segundo piso, el de los hombros que no pasaban por las puertas, el de la voz grave que la hacía temblar con solo decir su nombre en el ascensor. Lo imaginó encima de ella, esas manos enormes abriéndole los muslos, ese cuerpo pesado aplastándola contra el colchón. Quiero que me agarres como agarrás todo, sin pedir permiso.
—Bruno… —susurró, y subió un nivel el vibrador.
El zumbido se volvió más profundo, más insistente, y su cuerpo respondió con una sacudida. Empezó a acariciarse más rápido, el ritmo de la mano marcando el compás de su respiración entrecortada. Las caderas se le movían solas contra el juguete, persiguiendo la vibración.
—Sí… ahí… justo ahí… —jadeó, mordiéndose el labio—. Bruno, subí de una vez, no aguanto…
El placer le venía en oleadas, una sobre otra, cada una más alta. Tenía la frente perlada y los muslos temblando. Se imaginó su boca en el cuello, sus dedos clavados en las caderas, y el sonido húmedo de su propia mano se volvió rápido, urgente, mezclado con gemidos que ya no podía contener.
Entonces el teléfono vibró sobre la mesita de noche.
Yamila abrió los ojos, agitada, y estiró el brazo sin apagar el juguete. La pantalla iluminaba la penumbra. Era él. No puede ser. Un mensaje de Bruno, como si la hubiera escuchado pensar:
—«Eh, en un rato paso a buscarte y damos una vuelta. ¿Estás lista?»
Se rió sola, sin aliento, asombrada por la coincidencia. El vibrador seguía zumbando dentro de ella, y la sola idea de tenerlo cerca le multiplicó la urgencia. Escribió con los pulgares torpes:
—«Sí, vení. Te espero.»
Dejó el teléfono boca abajo y volvió a cerrar los ojos. Va a venir. Va a venir y yo estoy así. La idea la encendió todavía más. Se acarició con furia, el juguete presionando justo en el punto que la hacía perder la cabeza, las piernas tensas, los dedos de los pies curvados.
—Ya viene… ya viene… —repetía entre dientes.
El orgasmo le llegó desde adentro, una presión que creció y creció hasta desbordarse. No fue como otras veces; fue todo interno, una contracción seca y larguísima que la recorrió entera, ola tras ola, sin necesidad de nada más. Se mordió el dorso de la mano para no gritar, el cuerpo sacudiéndose contra el colchón, los músculos cerrándose alrededor del juguete una y otra vez.
—Mmm… ah… ah… —tembló durante segundos que parecieron eternos, hasta que el placer fue cediendo y la dejó deshecha, jadeante, satisfecha y, al mismo tiempo, todavía con hambre.
Apagó el vibrador y lo retiró con cuidado, sintiendo un vacío extraño y placentero. Se quedó un momento mirando el techo, recuperando el aire. Después se levantó con las piernas todavía flojas y caminó hacia el baño.
***
La ducha fue rápida, el agua tibia bajándole por la espalda y llevándose el sudor, dejándola fresca pero no menos encendida. Se enjabonó despacio, demorándose donde el cuerpo todavía le latía, y por un instante pensó en volver a empezar. Pero él estaba en camino. Cerró el grifo. Se secó frente al espejo empañado, pasó la palma para abrir un círculo en el vaho y se miró un segundo a los ojos antes de arreglarse. Una falda corta y ajustada que le marcaba las curvas, una blusa con un escote que sabía que funcionaba, tacones. Se delineó los ojos con cuidado, se pintó los labios de rojo y se observó.
Lista para Bruno.
Pero la verdad era que el orgasmo seco la había dejado más caliente que antes, como si solo hubiera abierto el apetito sin saciarlo. Sentía el sexo despierto bajo la falda, recordándole a cada paso lo que en realidad quería.
No tardó mucho. Un bocinazo sonó abajo, en la calle. Yamila se asomó por la ventana y lo vio: Bruno apoyado contra su camioneta, enorme como siempre, con una camiseta que parecía a punto de rendirse contra sus brazos y el pecho. Levantó la vista y le sonrió.
—¡Bajá, dale, vamos a dar una vuelta! —le gritó.
Ella bajó las escaleras con el corazón golpeándole. Pero en lugar de subirse a la camioneta, se acercó a la ventanilla del conductor y se inclinó, mordiéndose el labio.
—Bruno… no quiero salir —dijo en voz baja—. Subí vos. Estoy tan caliente que no aguanto. Te necesito ahora, arriba.
Bruno levantó una ceja, entre sorprendido e intrigado. Una sonrisa lenta le cruzó la cara.
—¿En serio? —apagó el motor sin dejar de mirarla—. Me volvés loco cuando hablás así.
Salió de la camioneta y la siguió escaleras arriba sin decir una palabra más. Apenas cerraron la puerta del departamento, Yamila se dio vuelta y se le tiró encima, buscándole la boca con un hambre que llevaba semanas guardando. Lo besó hondo, las manos en su cuello, sintiendo el cuerpo enorme de él responder contra el suyo.
—Tocame —murmuró contra sus labios—. Te siento duro contra mí…
Bruno la levantó del piso como si no pesara nada, las manos grandes cerradas sobre ella, y caminó hacia el dormitorio con Yamila colgada de su cuello.
—Estás impaciente, ¿eh? —dijo con la voz ronca—. Vení para acá.
La dejó caer sobre las sábanas todavía revueltas de hacía un rato y empezó a sacarse la ropa a tirones. Yamila lo miraba desde la cama, apoyada en los codos, con la respiración agitada. Cuando él quedó desnudo, ella se incorporó despacio.
—Mirá lo que provocaste —dijo Bruno—. ¿Es esto lo que querías?
—Sí… dios… vení —respondió, y se arrodilló en el borde del colchón.
Lo tomó con las dos manos y se lo llevó a la boca, despacio primero, después con ganas, escuchándolo respirar cada vez más fuerte sobre su cabeza. El sonido húmedo llenaba el cuarto. Lo soltó un segundo para mirarlo desde abajo, los labios rojos brillando.
—Me encantás —murmuró, y volvió a hundirse en él.
—Ah… así… —gruñó Bruno, enredándole los dedos en el pelo—. Carajo, Yamila.
Le costó separarla. La tomó de los hombros, la giró sobre la cama y le subió la falda con una sola mano. Yamila quedó de rodillas, el pecho contra el colchón, ofreciéndose. Lo escuchó escupirse en la mano, prepararse, y se mordió el labio anticipando.
—Aguantá —dijo él—. Voy despacio.
—No tan despacio —contestó ella, y empujó hacia atrás.
Bruno la sujetó de las caderas y entró de a poco, ganando terreno con cada empuje corto, hasta que Yamila sintió que la llenaba entera. Echó un gemido largo contra la almohada.
—Ahí… ay, sí… así… —jadeó—. No pares.
Él empezó a moverse, primero con un ritmo medido, midiéndola, y después más fuerte, el sonido de los cuerpos chocando llenando el dormitorio. Las manos de Bruno la mantenían firme de las caderas, y cada embestida la corría unos centímetros sobre las sábanas hasta que volvía a tirar de ella hacia atrás. Yamila sentía el peso de él en cada empuje, la cama crujiendo bajo los dos, y se aferró a la almohada con las dos manos.
—¿Así te gusta? —preguntó él, sin aliento.
—Sí… más fuerte… —gimió Yamila, empujando hacia atrás para encontrarlo—. No te detengas, por favor…
El placer la tenía otra vez al borde, ese mismo cosquilleo profundo que había empezado sola y que ahora él terminaba con cada golpe. Sentía las piernas temblar, el cuerpo entero apretándose alrededor de él.
—Me vengo de nuevo —avisó, con la voz quebrada—. Bruno… me vengo…
—Vení conmigo —gruñó él, acelerando—. No aguanto más…
Yamila se dejó ir por segunda vez esa tarde, otra contracción larga que la recorrió de adentro hacia afuera, y enseguida lo sintió a él tensarse, clavarse hondo y soltar un gemido grave que le retumbó en la espalda. Se quedaron así un momento, encajados, jadeando, antes de derrumbarse juntos sobre la cama deshecha.
El aire del cuarto estaba espeso, tibio, con olor a los dos. Bruno la atrajo contra su pecho con un brazo pesado.
—Eso fue increíble —murmuró él, todavía recuperando el aliento.
Yamila apoyó la cabeza en su hombro y sonrió, con esa media sonrisa de quien sabe algo que el otro todavía no.
—Y eso que recién empezamos —dijo, y le pasó una mano por el pecho—. La vuelta en camioneta la dejamos para otro día.