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Relatos Ardientes

La primera vez que me sentí Valeria de verdad

Este es mi primer relato y es completamente real. Lo escribo con las manos un poco temblorosas, igual que aquella noche, porque todavía me sonrojo al recordar cada detalle. Espero que lo disfruten tanto como yo disfruté viviéndolo.

Por aquel entonces había dejado mi pueblo para mudarme a Toluca a estudiar en la universidad. Era el año 2011 y rentaba un cuarto en una pensión de estudiantes en una colonia tranquila a las afueras, llamada La Loma. Entre semana aquello era un hervidero de gente, pero los fines de semana se vaciaba por completo. Hasta la señora que administraba el lugar desaparecía el viernes por la tarde y no volvía hasta el domingo de noche. Lo descubrí por casualidad, cuando tuve que quedarme un sábado a terminar un trabajo en equipo.

Con esa información me preparé durante meses. Me inventaba tareas, prácticas, cualquier excusa para no volver a casa de mis padres el fin de semana. Mientras tanto, me pasaba las noches viendo videos en internet sobre maquillaje y trucos para chicas trans y travestis. Me daba muchísima vergüenza comprar mis propios cosméticos, pero no tenía más remedio, así que de a poco fui juntando una buena cantidad de cositas para practicar en la intimidad de mi habitación.

Cuando sentí que ya dominaba el arte del maquillaje, empecé a comprar ropa y accesorios de mujer. Eso me costó un poco más de trabajo, porque en esa época estaba algo rellenita. Por suerte me hice de una faja que me ajustaba de maravilla y me marcaba una cintura que yo ni sabía que tenía. Como tenía algo de grasa en el pecho, con la faja y un brasier lograba un escote bastante convincente.

Pasé un montón de fines de semana perfeccionando mi look y, sobre todo, aprendiendo a caminar con tacones altos sin parecer un potrillo recién nacido. Muchas veces me pasaba el sábado y el domingo enteros vestida de mujer, entretenida en internet, leyendo, aprendiendo más y más sobre cómo mejorar mi apariencia. Tenía el cabello hasta los hombros, y aunque no era un corte propiamente femenino, lo peinaba con esmero y se me veía lindo. Para cuando entré al segundo semestre, había conseguido una apariencia respetable y suficiente ropa para combinar cuatro o cinco conjuntos distintos.

***

Para ese tiempo ya me carcomía la curiosidad de estar con un hombre. Buscaba en algunas páginas de chat, pero siempre eran de gente de muy lejos, así que nunca podía concretar nada, y la verdad todavía me daba pánico salir a la calle. Hasta que una noche di con un chat gay de Toluca. Me conecté varias veces y conocí a algunos chicos interesantes, pero siempre me acobardaba en cuanto proponían vernos en persona.

Una de esas noches apareció un chico llamado Marcos. Empezamos a charlar y conectamos enseguida. Volvimos a coincidir muchas veces solo para conversar, y me inspiraba una confianza que no había sentido con nadie más. Un día me dijo que le encantaría conocerme. Como siempre, me dio miedo y le dije que no podía, pero él se portó tan comprensivo y tan dulce que seguimos hablando unas semanas más, hasta que sentí que por fin había llegado el momento.

Quedamos en charlar un sábado por la noche, como si fuera una cita de verdad. Me arreglé con muchísimo esmero. Me puse mi lencería favorita, un conjunto de bra y panti tipo bikini en color beige, pero antes oculté mis genitales con cinta, tal como había aprendido en los videos, para que no se notara nada. Encima un vestido negro corto, de cuello alto y sin mangas, medias color natural y unos tacones rojos. Hacía poco me había perforado las orejas, así que estrené unas arracadas doradas. Me maquillé con el delineado un poco cargado, las pestañas largas y los labios con un gloss rojo sabor cereza. Un toque de perfume y estaba lista.

Nos conectamos cerca de las diez. Charlamos con esa familiaridad de siempre, hasta que un par de horas después volvió a insistir en que nos viéramos. El corazón me latía a mil cuando escribí que sí. Le conté que vivía en La Loma y él respondió que estaba cerquísima, que en quince minutos podía verme. Más nerviosa que nunca, le dije que lo esperaba en la explanada de la iglesia de la colonia. Conocía el lugar de sobra.

***

No estaba nerviosa por salir. Estaba nerviosa por verlo, por saber que al fin lo conocería en carne y hueso. Me aterraba no gustarle. Temblando entre el miedo y la emoción, guardé algunas cosas en mi bolso de mano, me eché encima una chamarra negra y me asomé al pasillo para confirmar que no quedaba nadie. Cuando estuve segura, me quité los tacones, crucé el patio descalza para no hacer ruido y salí a la calle con el corazón en la boca.

Me calcé de nuevo los tacones y caminé hacia el punto del encuentro disfrutando del aire frío de octubre en las piernas. La explanada me quedaba a media cuadra. Iba pensando mil cosas, pero sin dejar de avanzar. Cuando llegué, lo vi: estaba parado en mitad de la plaza, girando justo hacia mí. Supuse que el repiqueteo de mis tacones contra el silencio de la noche me había delatado. Iba a cruzar la calle cuando él se me adelantó.

—¿Valeria? —preguntó.

—Hola, Marcos… buenas noches —le sonreí con timidez.

Era muy alto. Aun con los tacones puestos apenas le llegaba al pecho. No soy alta, y aunque los tacones me sumaban unos doce centímetros, frente a él me sentí pequeñita. Era delgado, de piel morena clara, ni guapo ni feo, pero tenía una sonrisa que me derretía por dentro. Al saludarme me tomó de la cintura y me plantó un beso en los labios que, pese a lo sorpresivo, no tardé en corresponder.

Me invitó a subir a su auto y fuimos a su casa, que estaba realmente cerca, en la misma colonia pero al otro extremo. En el camino me acariciaba las piernas y no paraba de halagarme. En pocos minutos llegamos. Era una casa pequeña pero acogedora, con ese desorden inconfundible de hombre soltero que vive solo.

***

Nos sentamos primero en la sala y seguimos besándonos. Luego puso algo de música y empezamos a bailar. Se movía divinamente al ritmo de la cumbia y me guiaba con una soltura que me hacía sentir liviana, aprovechando cada giro para acariciarme las nalgas o pegarme contra él. Bailamos así una media hora, hasta que los besos y las caricias subieron de intensidad.

Cuando me di cuenta, él me besaba el cuello con mordiscos suaves que me hacían estremecer entera. Me tocaba sin pudor mientras me mordisqueaba las orejas. Yo le devolvía cada caricia, con la excitación creciendo a la par de la emoción. Por desgracia, otra cosa también empezó a crecer dentro de mí, y como estaba aprisionada por la cinta, comenzó a dolerme. Pero era mucho más fuerte lo que Marcos me hacía sentir, sobre todo cuando deslizó la mano por dentro de mis medias y mi panti para masajearme los glúteos con autoridad. Instintivamente busqué su bulto por encima del pantalón.

En ese momento ya no pensaba en nada más que en entregarme. Por fin aceptaba quién era yo, por fin me sentía completamente mujer. Sin nada que me frenara, terminé de desabrochar su pantalón y dejé que mis manos exploraran su miembro, palpándolo, deseando tenerlo dentro. Él me dejó sentir cómo crecía y entonces me tomó de las manos y me llevó a la recámara.

Se recostó y me invitó con la mirada a chuparlo. Había fantaseado tantas veces con ese momento que se me fue el aliento. Con algo de torpeza empecé, descubriendo su sabor, su textura, su aroma, todo me volvía loca. El deseo de probar cada sensación prohibida era embriagante. A pesar de mis movimientos inexpertos y de alguna que otra arcada, sentí cómo sus caderas aceleraban. Sin previo aviso, un chorro tibio me inundó la boca y me salpicó el rostro y el escote.

Por un instante se quedó congelado y enseguida empezó a disculparse, pero por todo lo que había leído y visto, decidí tragármelo entero. Era salado, con un toque ácido al final. Me sentí sucia y a la vez más satisfecha y excitada que nunca. Empecé a masturbarlo con una mano mientras con la otra me bajaba las medias y la delicada panti, lista para él. Mi propio sexo me estaba matando por la cinta que lo apretaba, pero nada me iba a impedir disfrutar de mi hombre esa noche.

***

Me costó bastante trabajo lograr que volviera a estar listo, pero al final lo conseguí. Se incorporó de la cama y me tomó de la cintura. Quise besarlo y no me dejó: aún tenía rastros de él en la boca. «Cosas de hombres», pensé sonriendo. Me giró, me puso en cuatro, me levantó el vestido y comenzó a penetrarme despacio. Dolía mucho. Untó un poco de lubricante y entonces todo se volvió más suave, su sexo abriéndose paso hacia mi interior, una sensación dolorosa y placentera a la vez.

Cada centímetro era un mundo nuevo. Cuando lo sentí entero dentro, con sus caderas rozando mis nalgas, sus jadeos y mis gemidos se mezclaron en algo perfecto. Empezó a salir despacio, dejándome una sensación deliciosa, y volvía a entrar, repitiendo el vaivén, aumentando poco a poco la velocidad. Sus manos se aferraban a mis caderas mientras me decía al oído que era suya, que era su mujercita. Yo asentía entre gemidos, orgullosa de cada palabra, apretando para abrazarlo con fuerza desde dentro, rendida por completo a él.

Las embestidas se volvieron más rápidas y profundas. Siguió acelerando hasta que sentí mi cuerpo estremecerse de la cabeza a los pies. El dolor de la cinta desapareció de golpe y un placer inmenso me recorrió entera. Era mi primer orgasmo así, y fue magnífico. Sentí algo mojar mis muslos y, casi al mismo tiempo, su calor derramándose dentro de mí. Todo junto me arrancó un grito ahogado que él interpretó como lo que era: había llegado al límite, y no se equivocaba.

Me quedé quieta unos segundos, disfrutando. Si alguna vez quedó en mí un resto de aquello que se suponía que debía ser, murió esa noche. Y para mí fue lo mejor que pudo pasarme.

***

Nos recostamos un rato. Después de un poco de enjuague bucal volvimos a besarnos con calma. Marcos estaba realmente agotado, pero, todo un caballero, se ofreció a llevarme a casa. Lo vi tan cansado y yo estaba tan a gusto entre sus brazos que le pedí que durmiera, que no se preocupara. Me acurruqué contra él y dormimos abrazados hasta casi el amanecer.

Despertamos enredados el uno en el otro. Luego me llevó a casa aprovechando la poca oscuridad que quedaba. Me dolía todo, pero estaba segura de que eso era lo que quería para mí, para mi vida. Esa era mi verdadera naturaleza.

Hubo un segundo encuentro ese mismo día, no tan intenso porque todavía me dolía, pero ni eso me detuvo de buscar una nueva aventura. Espero que les haya gustado mi relato, y prometo contarles pronto cómo fue aquel segundo encuentro entre Marcos y yo.

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Comentarios (1)

Karlita_v

que hermoso!! me llegó de verdad

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