El motociclista que me deseó tal como soy
Renata sabía que su verdadero yo aparecía cuando se ponía la falda plisada roja, la blusa ajustada que marcaba las curvas que las hormonas le habían ido regalando en secreto, y los tacones que la hacían sentir más alta y más dueña de sí misma. Tenía veintitrés años y esa noche decidió que no iba a esconderse de nadie. El baile de carnaval del barrio era el lugar perfecto: luces parpadeando como estrellas caídas, reggaetón vibrando en el pecho, y una multitud lo bastante densa como para perderse en ella.
No iba a buscar nada. Solo quería bailar, sentir el ritmo en el cuerpo y dejar de dudar de sí misma por unas horas.
Había pasado las últimas semanas ensayando esa noche frente al espejo de su pieza. Probándose la falda, midiendo la altura de los tacones, practicando cómo iba a caminar si alguien se le quedaba mirando. Tenía las hormonas guardadas en una caja de zapatos en el fondo del placard, lejos de los ojos de su familia, y cada pastilla era una pequeña promesa que se hacía a sí misma. Esta era la primera vez que iba a salir vestida como de verdad se sentía, sin medias tintas, sin pedir permiso.
Entró al salón comunitario con el corazón golpeándole las costillas. La falda se mecía con cada paso, rozándole los muslos depilados, mandándole cosquilleos por la piel sensible. Algunas miradas la siguieron desde la puerta. Hubo murmullos, silencios tensos, vecinos que apartaron la vista demasiado rápido. Renata se mordió el labio, sintió el sabor metálico del lápiz rojo, y caminó directo a la pista sin darles el gusto de detenerse.
Empezó a moverse sola. Dejó que la música la envolviera, las caderas trazando círculos lentos, el sudor perlándole el cuello. Por primera vez en mucho tiempo no le importaba quién la miraba ni qué pensaba. El bajo le subía por las piernas y se reía sola, con los ojos cerrados.
Que miren. Esta noche soy yo y nada más.
Entonces, entre la gente, apareció él. Un motociclista del barrio, alto, de hombros anchos, con una chaqueta de cuero gastada que olía a gasolina y a noche. Después supo que se llamaba Damián, que tenía fama de tipo callado y de manejar como un loco por las avenidas vacías. Sus ojos oscuros se clavaron en ella, y no había burla en esa mirada. Había hambre.
Se acercó con paso seguro, cortando la distancia entre ellos como si el resto del salón no existiera. Renata sintió su olor antes de tenerlo encima: cuero, sudor limpio y algo amaderado que le encogió el estómago de anticipación.
—¿Bailamos? —dijo él, con una voz grave que vibró contra su oído.
Le tendía una mano grande, áspera, con callos de trabajo. Renata parpadeó, sorprendida. Ese gesto tan simple lo cambió todo. Asintió, y sus dedos se entrelazaron con los de él, su manicura pulida contra esa piel rugosa.
La pista se volvió un mundo privado. Damián la atrajo hacia sí y sus cuerpos se pegaron al ritmo de la canción. El calor de su pecho presionaba contra el de ella, y los pezones, sensibles bajo la tela fina, se le endurecieron de inmediato. Sintió la entrepierna de él, dura, apretándose contra su falda con cada vuelta, palpitando al compás del bajo.
—Te movés increíble —murmuró Damián contra su cuello, las manos bajándole a la cintura, los dedos hundiéndose en sus caderas.
—No pares —pidió ella en voz baja, arqueando la espalda, presionando el trasero contra él.
El baile había empezado inocente, pero la tensión lo fue volviendo otra cosa. Las caderas de Damián empujaban contra las suyas con insistencia, el roce convirtiéndose en un vaivén constante que la hacía jadear despacio, con la boca entreabierta.
—No sos como las demás —le dijo al oído, el aliento caliente erizándole la nuca—. Me gustás así, como sos.
—¿En serio? —susurró ella, ronca, girando entre sus brazos para enfrentarlo—. Demostrámelo.
Sus labios se rozaron como por accidente, pero no fue accidente. El beso llegó como una descarga: lenguas enredadas, el regusto a cerveza en él y el dulzor del brillo de ella, las salivas mezclándose, un beso húmedo y desordenado que les arrancó un gemido a los dos.
—Bésame más fuerte —pidió Renata contra su boca, y él obedeció.
Las manos de Damián bajaron por su espalda y se metieron debajo de la falda, los dedos ásperos trazando la línea del encaje de su ropa interior. Encontró la humedad que ya empapaba la tela, el calor irradiando de ella. Y descubrió su secreto: el miembro semierecto, suave y depilado, que respondió al toque de su mano endureciéndose de golpe.
Damián no se apartó. Al contrario.
—Qué linda sorpresa —dijo con media sonrisa, la voz entrecortada, sin dejar de acariciarla.
—Tocala —gimió Renata, empujando las caderas contra su mano—. Por favor.
—Acá no —gruñó él—. Vení.
La tomó de la muñeca y la guio entre la multitud hacia la salida. Renata lo siguió con el cuerpo temblando, el deseo más fuerte que cualquier duda. Cruzaron una puerta lateral y salieron al callejón de atrás, donde la moto de Damián esperaba bajo la luz blanca de la luna. El metal estaba frío; el aire de la noche, fresco contra su piel acalorada.
***
Él la apoyó contra el asiento de cuero, que crujió bajo su peso y olía a aceite y a kilómetros. Le subió la falda con urgencia y el aire de la madrugada le besó los muslos desnudos, poniéndole la piel de gallina. Su miembro ya estaba completamente duro bajo el encaje, tensando la tela.
—Tranquila —murmuró Damián—. Mirame.
Se arrodilló sobre el asfalto sin importarle nada. Le bajó la ropa interior despacio, el roce de su barba incipiente raspándole la cara interna de los muslos, y la tomó en la boca. La chupó con una calma que la desarmó, la lengua girando alrededor del glande, los labios cerrándose con presión, una mano masajeándole los testículos suaves mientras la otra le sostenía la cadera para que no se escapara.
—No pares —jadeó Renata, aguda, hundiendo los dedos en el pelo de él, empujando despacio hacia adelante—. Así, justo así.
Damián la soltó un instante para mirarla desde abajo, los labios brillantes, los ojos encendidos. Después se incorporó, se desabrochó el pantalón con un tirón y se liberó. La tomó de la mano y la apoyó sobre la suya, para que sintiera lo duro que estaba.
—Mirá lo que me hacés —dijo, frotándose contra su cadera.
—Metémela ya —suplicó ella, dándose vuelta contra la moto, ofreciéndose, apoyando los antebrazos sobre el asiento—. No aguanto más.
Damián escupió en su mano, la preparó con cuidado, dos dedos abriéndose paso despacio mientras le besaba la nuca. Cuando la sintió lista, empujó. El primer empellón le arrancó un quejido a Renata, un dolor que se transformó en fuego al avanzar centímetro a centímetro, llenándola por completo, su calor latiendo dentro de ella.
—Sos tan estrecha —gimió él, deteniéndose para dejarla acostumbrarse—. Avisame y sigo.
—Seguí —exhaló ella—. Más fuerte.
Damián empezó a moverse, las caderas chocando contra el trasero de Renata con un ritmo que fue creciendo, el sonido de piel contra piel mezclándose con la música amortiguada que seguía rugiendo dentro del salón. El sudor le goteaba por la espalda y se juntaba donde sus cuerpos se unían.
—Decime que te gusta —jadeó él, una mano cerrándose sobre su hombro para tener más fuerza.
—Me encanta —gimió Renata, la voz alta y temblorosa rebotando en las paredes del callejón—. No pares, por favor.
El callejón olía a noche y a metal, y cada empujón de Damián le sacaba un gemido nuevo. Renata se aferró al asiento de la moto, las uñas raspando el cuero, mientras él la sostenía de las caderas y marcaba el ritmo. Sentía el cuerpo entero encendido, la piel erizada por el aire frío y caliente al mismo tiempo, dividida entre la dureza de él dentro de ella y la sensación de estar, por fin, completamente deseada tal como era.
Una de las manos de él se deslizó por delante y la envolvió, masturbándola al ritmo de las embestidas. Renata sintió el placer multiplicarse, atrapada entre la mano de Damián y su miembro duro dentro de ella, sin saber hacia dónde empujar. Apoyó la frente contra el cuero frío del asiento y se dejó llevar, gimiendo cada vez más fuerte, sin importarle quién pudiera oírlos desde la fiesta.
—Me voy a venir —avisó ella, la voz quebrándose.
—Vení para mí —gruñó Damián, acelerando—. Quiero sentirlo.
El orgasmo la atravesó como una ola. Renata se vino en la mano de él, el cuerpo entero estremeciéndose, los músculos cerrándose alrededor de Damián con espasmos que lo arrastraron a él detrás. Dos embestidas más y él se hundió hasta el fondo, soltando un gemido ronco contra su espalda, vaciándose dentro de ella mientras la sujetaba con las dos manos para que no se cayera.
Se quedaron así un momento, jadeando, el pecho de él subiendo y bajando contra su espalda. Después Damián salió despacio, le bajó la falda con una delicadeza que no encajaba con el resto de la noche, y la giró para besarla otra vez. Este beso fue distinto: lento, casi tierno, los labios hinchados rozándose sin prisa.
—Esto no termina acá —dijo él, todavía sin recuperar del todo el aliento—. Quiero verte de nuevo.
Renata sonrió, acomodándose la ropa con las manos temblorosas. La música seguía retumbando del otro lado de la pared, el carnaval continuaba, pero para ella la verdadera fiesta acababa de empezar.
—Mañana —dijo ella, mirándolo a los ojos por primera vez sin ninguna duda—. Vení a buscarme con la moto.
Damián se rió, le acomodó un mechón detrás de la oreja y montó en la moto. Le tendió el casco.
—¿Te llevo a casa?
Renata se subió detrás, le rodeó la cintura con los brazos y apoyó la mejilla contra su espalda de cuero. El motor rugió, el callejón quedó atrás, y por primera vez en años se sintió completamente ella misma, llevada por la noche hacia donde fuera que aquello terminara.