La última tarde de Bianca en el cine
Todo termina. Así es la vida, y hay que aceptarlo, aunque duela hacerlo con una sonrisa puesta. Después de tantos años de doble identidad, llegué a entender que esta parte de mí también tenía su final, y que lo mejor era despedirla con gratitud por cada cosa que me dio.
Ella se llamaba Bianca. Era esa chica que vivía para el deseo, para entregarse a cualquier hombre que la necesitara, para sentirse el centro de todas las miradas durante unas horas robadas. Hoy dejaba de existir. Y antes de irse, eligió disfrutar una última tarde en la oscuridad de una sala de cine, rodeada de hombres calientes que, sin imaginarlo, le daban la mejor de las despedidas.
Hubo invitados. Amigos de verdad, algunos muy cercanos, otros que apenas conocía. Unos pocos no llegaron a la cita, pero los que estuvieron fueron más que suficientes para que la tarde valiera cada minuto.
***
En la penumbra del baño me preparé despacio, como quien arma un ritual. Las medias subiendo por las piernas, el liguero ajustado en la cintura, los tacones que tanto me gustaban y una blusita de tirantes muy coqueta. Quería lucir bella y deseable en esta, la última cita. Me miré en el espejo manchado y, por un instante, vi a Bianca completa: lista, dispuesta, hermosa.
—Esta es la tuya —me dije en voz baja—. Que no quede nada pendiente.
Salí a la sala. Estaba llena, con esa luz azulada que la pantalla derrama sobre las butacas. Caminé hasta una fila apartada y me senté, cruzando las piernas, sintiendo cómo varias cabezas se giraban en mi dirección. No tuve que hacer nada más que estar ahí.
***
Como si aquellos hombres supieran lo que estaba pasando, empezaron a acercarse poco a poco. Primero una mano que rozaba mi cabello. Después otra sobre los hombros descubiertos. Luego dedos que subían lentamente por mis piernas, tanteando, midiendo si yo iba a apartarme. No lo hice. Dispuesta como siempre, respondí a cada uno con una sonrisa y con alguna caricia directa a sus entrepiernas, como diciéndoles sin palabras: «vengan, soy suya por última vez».
Mis amigos, a quienes agradeceré siempre que hayan venido, me habían dado total libertad. Hoy no había restricciones ni cuidados de más. Bianca se iba, y no pensaba quedarse con ganas de nada.
Así empezó todo. Manos por todo mi cuerpo, miembros endurecidos asomando entre los pantalones abiertos a mi alrededor. Uno de esos hombres se animó a acercar su verga a mi boca, y yo, complaciente como soy, la recibí de inmediato. Supongo que lo hice bien, porque lo escuché jadear apenas mis labios y mi lengua empezaron a recorrerlo. No tardó mucho en terminar, y yo tragué todo sin apartarme.
Apenas saboreaba lo que me había dejado cuando otro ocupó el lugar del que se marchaba. Lo tomé con una sonrisa, rodeando el glande con la lengua. Era grueso, grande, y latía dentro de mi boca de una manera que me encantaba. Pasaron unos minutos así, hasta que se inclinó hacia mi oído.
—¿Traes condón? —murmuró—. Te quiero coger.
—Sí —le respondí.
Iba bien preparada, con varios condones y suficiente lubricante en la mochila. Saqué uno y se lo entregué. Lo colocó con prisa, casi temblando, y se acomodó detrás de mí. Yo ya estaba lista y dilatada; me había encargado de eso antes de salir de casa.
***
Empezó a entrar despacio, con cuidado, como si temiera lastimarme. Pero yo no quería cuidados esa tarde.
—Métela hasta el fondo —le pedí, casi sin aire.
Al notar mi urgencia, empujó con fuerza hasta hundirse del todo, arrancándome un grito de placer que hacía mucho no sentía. Fue como recuperar de golpe una parte de mí que creía dormida.
Al escucharme, uno de mis amigos ocupó el lugar frente a mi cara y empujó su verga hasta el fondo de mi garganta. Mientras tanto, otros dos me ofrecían las suyas en cada mano, y yo las apretaba y las movía con un morbo que me hervía por dentro. Para entonces ya había varios hombres alrededor, masturbándose, tocándome los pechos, las piernas, la espalda. Estaba loca de placer. Siempre me gustó ser el centro del deseo de muchos a la vez, sentir que todos me querían al mismo tiempo.
Entre todos me cambiaron de posición. Quedé boca arriba, con los pies apoyados en los hombros de aquel hombre que me cogía sin pausa. Sentí cómo unas manos me quitaban los tacones y empezaban a acariciar y a chupar mis pies, y eso, que siempre me ha vuelto loca, me hizo arquear la espalda contra la butaca.
—Cójanme todos —les dije, perdida ya en la sensación—. Esta tarde soy de ustedes, hagan lo que quieran conmigo.
Varios empezaron a terminar sobre mi pecho, otros sobre mis piernas, justo cuando el que me penetraba se vació dentro con un gemido ronco y mi amigo terminaba en mi boca al mismo tiempo. Por un segundo me quedé quieta, sintiéndolo todo, dejando que la oscuridad me cubriera.
***
Era el turno de los que esperaban. Tomaron sus posiciones uno tras otro y siguieron cogiéndome sin descanso. Para eso había nacido Bianca: para dar placer, para entregarse. Y esa última tarde lo hacía como en sus mejores tiempos, sin medir, sin guardarse nada.
La tarde transcurría caliente y deliciosa, entre hombres que me llenaban una y otra vez y me decían cosas sucias al oído.
—Estás bien rica —susurró uno mientras me empujaba contra el respaldo—. Te lo comes todo, eres deliciosa.
Esas palabras me encendían tanto como las manos. Quería escucharlas, quería sentirme deseada hasta el último segundo.
Cuando terminó la película llegó el intermedio, ese rato en que aprovechan para limpiar la sala. Hicimos una pausa, pero la mayoría se quedó cerca, conmigo, esperando a que la función volviera a empezar. Y apenas la pantalla se encendió otra vez, dos vergas llenaban de nuevo mi boca mientras otro hombre se encargaba de mi parte de atrás con la lengua, hundiéndola profundo. Adoro sentir una lengua ahí, lenta y húmeda; me mantiene encendida y la sensación no se parece a ninguna otra.
Así, entre cuerpos y susurros, se fue gastando la tarde. Y con cada hombre que pasaba, Bianca se iba apagando un poco, despidiéndose en silencio. Esta sería la última vez, y yo lo sabía, y por eso cada caricia se sentía más intensa, más definitiva.
***
Al final empecé a desprenderme de la ropa, como siempre hice. La fui regalando a los hombres que la quisieran: la tanga, las medias, todo lo que llevaba guardado en la mochila. A mis amigos les di mis zapatillas más queridas, porque sabía cuánto les gustaban mis pies. Era mi manera de dejar un pedazo de mí en cada uno de ellos.
Terminó la tarde, y con ella se fueron las vivencias de esta servidora. Bianca, la más entregada de todas, la que nunca se quedó con ganas de nada durante su vida travesti, la que vivió para el placer de los hombres, la que muchos amaron en secreto y la que otros se quedaron con las ganas de conocer.
Esta fue su última tarde, y este es su último relato.
Bianca se ha ido.
Buen viaje, diosa del deseo.
Gracias por leer, queridos. Todo termina, y así lo hago yo ahora, con nostalgia y con la memoria llena de tardes como esta. Aquí conocí gente hermosa: algunos solo a través de un mensaje, otros entre las sábanas. A todos los recuerdo. Y a cada uno le dejo un beso en la puntita, como siempre.