Le di aventón a la travesti del pueblo
Soy un hombre maduro, de manos grandes y voz grave, de los que en el pueblo saludan fuerte y palmean la espalda. Estoy casado desde hace años y nadie sospecharía lo que les voy a contar. Porque a escondidas, cuando la casa queda vacía, me gusta ponerme alguna prenda suave, sentir la seda contra la piel y, por un rato, dejar de ser quien todos creen que soy.
Nunca tuve una relación con otro hombre. Solo fantasías. Solo deseos que aprendí a esconder muy bien.
Les cuento cómo empezó todo, porque hubo un día exacto en que dejó de ser fantasía.
De joven me escapaba a ver shows de travestis en la ciudad. Me quedaba en la última fila, en la penumbra, mirando cómo se arreglaban con una feminidad que me dejaba sin aire. La forma en que cruzaban las piernas, el brillo de las medias bajo las luces, esa voz grave saliendo de unos labios pintados. Volvía a casa con el pulso acelerado y me imaginaba acariciando esas piernas enfundadas en seda, una y otra vez, hasta quedar agotado.
Después me casé. La vida me arrastró al trabajo, a la rutina, a las cuentas por pagar. Y enterré todo eso tan hondo que llegué a creer que se había muerto.
No se había muerto. Solo esperaba.
***
Fue una tarde de mucho calor. Volvía solo en mi auto por la carretera que une mi pueblo con la cabecera, una franja de asfalto agrietado bordeada de campos secos. Iba con la ventanilla baja, el codo afuera, sin pensar en nada. Paré en la gasolinera que está a la salida, una de esas viejas con un solo surtidor y un perro durmiendo a la sombra.
Y ahí estaba ella.
De pie junto al muro, con un vestido corto color vino y unas medias oscuras que le subían por unas piernas largas. Era Marisol, una travesti conocida de la zona; todos sabían quién era, aunque nadie lo dijera en voz alta. Tenía esa feminidad estudiada, cada gesto medido, y cuando me vio bajar a pagar, vino hacia mí haciendo sonar los tacones sobre el cemento.
—Buenas tardes —me dijo, y me tendió la mano.
Se la estreché por cortesía. Su piel era cálida y suave, y juro que sentí algo parecido a una corriente eléctrica subirme por el brazo. Solté la mano demasiado rápido, como si me hubiera quemado, y ella lo notó. Sonrió apenas.
—¿No irás para el pueblo? —preguntó—. Me quedé tirada aquí.
—Sí, voy para allá —respondí, y la voz me salió más ronca de lo normal—. Subí, te llevo.
Pagué la gasolina sin registrar el monto. Cuando volví al auto, ella ya estaba acomodada en el asiento del acompañante, con el bolso sobre las rodillas y un mechón de pelo cayéndole sobre la cara.
***
Arranqué despacio. Más despacio de lo que necesitaba, la verdad.
—Discúlpame el estado en que me ves —dijo, y se le quebró un poco la voz—. Vine con un tipo y me dejó botada. Se hizo el ofendido.
La miré de reojo. Tenía los ojos un poco rojos, brillantes, como si hubiera estado a punto de llorar.
—¿Por qué se molestó? —pregunté, solo por seguir oyéndola hablar.
—Porque dice que no sabía lo que yo era. —Soltó una risa amarga—. Llevo diciéndoselo desde el principio. Pero salimos, nos besamos, y de repente se acordó de que tenía dignidad y me bajó del coche en plena carretera.
Conducía cada vez más lento, estirando los kilómetros como si pudiera detener el tiempo. La carretera estaba vacía. Solo nosotros, el motor ronroneando bajo y su perfume llenando el habitáculo.
—No te merecía —dije—. Ya vas a encontrar a alguien que te quiera de verdad.
Y entonces hice algo que no había planeado. Solté una mano del volante y la apoyé sobre su rodilla, sobre la media, en un gesto que pretendía ser de consuelo y que los dos sabíamos que no lo era.
No la quité.
El tacto de esa media tensa sobre su piel me provocó una erección inmediata, dura, casi dolorosa contra el pantalón. Ella bajó la mirada hacia mi mano, después la subió hasta mis ojos, y no dijo nada. Solo respiró un poco más hondo.
***
Tuve que parar. Le dije que necesitaba orinar, aunque era mentira; necesitaba un segundo para respirar, para pensar si de verdad iba a hacer lo que mi cuerpo me estaba pidiendo a gritos. Me bajé al acotamiento, me quedé un momento mirando los campos secos y volví al auto sin haber decidido nada.
Cuando me senté, ella se había repintado los labios. Un rojo intenso, recién puesto, brillante.
—Gracias por escucharme —murmuró.
Y se acercó. Despacio, dándome todo el tiempo del mundo para apartarme. Pero no me aparté. Sus labios tocaron los míos en un beso húmedo y suave, y sentí el labial pegándose al mío, dejando su marca. Fue el beso más delicado que me habían dado en años, y por mi cabeza pasaron mil cosas a la vez: mi esposa, mi casa, el pueblo, todo lo que tenía que perder.
Pero mi mano no se movió de su pierna. Al contrario: empezó a subir.
Nos separamos un instante y su mirada me sostuvo, oscura y segura. Suspiró bajito. Ya eran mis dos manos las que recorrían sus piernas, de la rodilla hacia arriba, sintiendo cada centímetro de esa media tensa bajo mis palmas. Ella se giró hacia mí en el asiento, subió una pierna y la cruzó sobre las mías, en el poco espacio que quedaba entre mi vientre y el volante.
Le saqué un zapato con cuidado y acaricié su pie por encima de la media, el empeine, el tobillo. Me miraba fijo, sin parpadear, y su respiración llenaba el silencio del auto.
***
No lo pude evitar. Mi mano se metió bajo el dobladillo del vestido y, debajo de la pantimedia, encontré su dureza. No llevaba ropa interior. Nada entre la tela y su piel.
La rodeé por encima de la media. Era grande, firme, y por un segundo absurdo me comparé con ella y me sentí pequeño en todos los sentidos. Cuando la apreté con suavidad, soltó un suspiro largo y echó la cabeza hacia atrás, recostándose contra el cristal de la ventanilla con los ojos cerrados. Sentí algo tibio y húmedo manchándome los dedos a través de la tela.
Era una invitación, y la acepté.
La acaricié despacio, de arriba abajo, sintiendo cómo crecía aún más en mi mano. No hubo palabras. Solo sus suspiros, algún gemido contenido, el ruido del motor en ralentí y mi propia respiración acelerada. Verla así, abandonada al placer, con los labios entreabiertos y el pelo pegado a la frente, me tenía al borde sin que nadie me hubiera tocado a mí.
El otro hombre la había encendido y la había dejado a medias. Lo entendí enseguida, porque no tardó nada. Con un gemido grave, muy suyo, esa voz que recordaba de los shows de mi juventud, empezó a descargarse contra la pantimedia, empapándome los dedos, la palma, la muñeca.
No retiré la mano hasta sentir que la había exprimido por completo.
***
—Me raspa la media —murmuró, todavía agitada.
Y ya sin importarme nada, metí la mano por dentro de la pantimedia. Embarré los dedos en su humedad, sentí la piel cálida de su miembro aún semierecto, el vello alrededor, la palpitación que se iba calmando poco a poco. Me quedé ahí, quieto, abarcándola con la mano, mientras su respiración volvía despacio a la normalidad.
—Perdoname —dijo al fin, abriendo los ojos—. No aguanté más.
—Está bien —le respondí, y lo decía en serio—. Fue precioso verte así.
Sacó del bolso una prenda diminuta y me secó la mano con una delicadeza que me derritió. Después se inclinó y me dio otro beso, suave, agradecido. Terminó de limpiarse, dobló la prenda y me la ofreció con una sonrisa amplia.
La tomé casi por reflejo. Pero antes de que cerrara los dedos, ella me la quitó de la mano.
—No, esto no —dijo, riendo bajito—. Tu mujer la encontraría. Y yo quiero que esto sea un secreto. Solo tuyo y mío.
Guardó la prenda en el bolso, me dio un último beso en la comisura de los labios y susurró:
—Vámonos.
***
Reanudé la marcha. Esta vez sin estirar los kilómetros; ya no hacía falta. Conversamos como si nada, como dos conocidos que comparten un trayecto. Me contó que aquel galán solo la había usado para calentarse y la había abandonado, y me agradeció, con una sinceridad desarmante, por haberla liberado de toda esa tensión acumulada.
—Que quede entre amigos —me dijo al bajarse, ya en la entrada del pueblo.
—Entre amigos —repetí.
Y así fue. Aquel encuentro en la carretera me marcó como pocas cosas en la vida, y desató después una larga historia de situaciones que ya les iré contando con calma, porque cada una merece su propio relato.
A Marisol la he vuelto a cruzar muchas veces. En la plaza, en el mercado, a veces sola, a veces rodeada de gente. Me sonríe con dulzura y me dice «adiós» como si no pasara nada. Pero nuestras miradas se buscan un segundo de más, cómplices, y en ese instante los dos volvemos a ese auto detenido en el acotamiento, a ese recuerdo que guardo muy adentro.
Muy en secreto.