La travesti que me esperaba frente al espejo
El cuarto olía a perfume dulce y a algo más crudo, ese aroma que deja el deseo cuando lleva demasiado rato esperando. El espejo viejo, de marco dorado y pesado, devolvía cada detalle sin piedad: el cuerpo delgado de Nadia temblando apenas, el bikini negro con flores rosas que casi no contenía sus pezones duros, el bulto evidente bajo la tela ya mojada en la entrepierna.
Las medias blancas le subían hasta el muslo. Los zapatos de plataforma la estiraban, la volvían más alta y más frágil al mismo tiempo. Su pelo negro, larguísimo, le caía como una cortina por la espalda hasta rozarle el culo. Se miraba a sí misma y se mordía el labio.
Yo había llegado quince minutos antes de lo prometido, a propósito. Quería encontrarla así, todavía preparándose, todavía creyendo que tenía tiempo. Me quedé un instante en el pasillo, escuchando el roce de la tela contra su piel, su respiración agitada del otro lado de la puerta. Sabía exactamente lo que estaba haciendo ahí adentro, sola.
Abrí la puerta de golpe. Sin delicadeza, sin aviso.
Tiré la campera de cuero al piso de un manotazo y entré pisando fuerte el parqué. La encontré con la mirada apenas la crucé desde el umbral, y ella se quedó quieta, como un animal que sabe que ya no tiene salida.
—Te dije que te prepararas… y mirá cómo estás —gruñí, la voz más ronca de lo que esperaba—. Ya chorreando sin que te toque.
Nadia se giró despacio, apoyando una mano en el espejo para no perder el equilibrio. Las piernas le temblaban.
—Estuve tocándome pensando en vos —susurró, la voz entrecortada, los ojos brillando detrás de los anteojos finos—. En cómo me ibas a romper hoy.
—¿Cuántas veces? —pregunté, sin acercarme todavía, disfrutando la distancia.
—Dos. —Bajó la mirada—. Pero no me dejé terminar. Las dos veces paré para guardarme para vos.
Sentí algo tensarse en el pecho, una mezcla de poder y de hambre. Que se hubiera contenido, que se hubiera negado el placer solo para ofrecérmelo entero, me prendió fuego más que cualquier cosa que pudiera decir.
Crucé el cuarto en tres pasos. La agarré del pelo con una mano y tiré hacia atrás, fuerte, hasta dejarle el cuello expuesto. Con la otra le bajé la bombacha de un tirón. La tela cedió en el costado con un ruido seco.
—¡Ah…! —gimió ella, y no supe si era dolor o el principio del placer.
Su verga saltó libre, dura, goteando en hilos largos que llegaban hasta el piso. Pequeña, tiesa, palpitando contra su propio vientre.
—Mirá esto —dije, y escupí directamente sobre el glande—. Toda dura y chiquita para mí. Te voy a hacer llorar de placer, putita.
La empujé contra el espejo. El vidrio frío le tocó las tetas y la hizo jadear, empañándolo con su aliento. Me bajé los jeans con furia y mi polla saltó hacia afuera, gruesa, la punta brillante y oscura.
—Abrí las piernas. Más.
Obedeció. Separó los muslos hasta que sintió el aire entre las nalgas. Escupí dos veces en mi mano, me lubriqué rápido y apoyé la punta contra su agujero apretado, sin más preámbulo.
—Hoy no voy despacio. Vas a sentir cada centímetro.
Y empujé.
—¡Aaaah…! ¡Está muy gruesa… me estás partiendo…! —gritó, las uñas raspando el espejo, dejando marcas que chirriaban.
Entré hasta la mitad de una sola embestida. Su cuerpo se arqueó y los ojos se le fueron para atrás un segundo. No esperé. Retrocedí casi por completo y volví a clavarme hasta el fondo, las bolas golpeándole el culo.
Plap. Plap. Plap.
El sonido era violento, seco, llenaba todo el cuarto. Cada embestida la estampaba más contra el espejo y el marco crujía, amenazando con soltarse de la pared.
—Decime cuánto te gusta que te cojan el culo —exigí, tironeándole el pelo más fuerte.
—¡Me encanta…! ¡Me encanta que me rompan…! —sollozaba ella—. ¡Más fuerte… por favor… destrozame…!
Las lágrimas le corrían por las mejillas y le arrastraban el rímel en dos líneas negras. No eran de pena. Eran de algo que la desbordaba y que ni ella entendía del todo.
Aceleré. Los golpes se volvieron salvajes, uno detrás de otro sin pausa. Mi polla entraba y salía completa, su agujero abierto y rojo, tragándosela entera cada vez que volvía a hundirme.
De pronto la saqué de golpe. Nadia soltó un gemido de frustración y arqueó la espalda buscándome.
—No… no pares…
—Callate —dije, y la giré de un manotazo.
La levanté del piso como si no pesara nada. Le pasé las piernas alrededor de mi cintura y la estampé contra la pared, al lado del espejo, ahora de frente a mí. Volví a entrar de una sola embestida profunda.
—¡Nnngh…! ¡Me estás matando…! —gritó, clavándome las uñas en la espalda a través de la remera.
La cogía en el aire, sosteniéndola del culo con las dos manos, abriéndole las nalgas para llegar más adentro. Cada empujón hacía rebotar su verga pequeña contra mi abdomen y me dejaba la piel pegajosa.
—Mirá cómo te chorrea —me burlé, mordiéndole el cuello hasta dejar marca—. Te estás corriendo sin que te toque, ¿no?
—¡Sí… sí… me voy a correr…! —jadeaba, la voz quebrada—. ¡No pares…!
***
La bajé al piso de golpe y la puse en cuatro frente al espejo. Le agarré el pelo como si fueran riendas y volví a entrar desde atrás, esta vez con toda la fuerza que tenía guardada.
Plap, plap, plap, plap.
El culo le temblaba con cada impacto. Su verga goteaba sin parar y formaba un charquito en el parqué, debajo de ella. Verla así, doblada, mirándose a sí misma deshacerse en el reflejo, me volvía loco.
—Te voy a llenar hasta que te chorree por las piernas —gruñí—. Y después te voy a hacer lamerlo todo.
Ella ya no armaba frases. Solo gemía, incoherente, la cabeza colgando.
—Ah… ah… ¡sí… lléname…! ¡Quiero sentirlo todo adentro…! ¡Aaaah…!
Me clavé hasta el fondo, me quedé quieto un segundo —ese segundo eterno antes del salto— y exploté.
—¡Tomá… toda…! —rugí, descargando dentro de ella en chorros calientes y espesos.
El calor que la inundó fue lo que la mandó al límite. Sin tocarse, su verga empezó a disparar contra el espejo: hilos blancos que salpicaban el vidrio y bajaban despacio, dejando rastros.
—¡Me corro… me corro…! ¡Aaaah…! —chilló, el cuerpo entero convulsionando, las piernas temblándole tanto que casi se cae de rodillas.
Seguí bombeando despacio, exprimiendo cada gota dentro de ella. Cuando salí, un hilo espeso empezó a gotear por sus muslos, mezclándose con lo que ella misma había dejado en el piso.
Se quedó en cuatro, jadeando, el culo rojo e hinchado, el agujero todavía abierto y palpitando al ritmo de su respiración.
Me arrodillé detrás. Le separé las nalgas con los pulgares y metí la lengua directo adentro, lamiendo lo que acababa de dejar.
—¡Dios…! ¡Qué sucio sos…! —gimió, empujando el culo hacia atrás, contra mi cara, en vez de escaparse.
Lamí fuerte, succionando, haciendo ruidos obscenos que la hacían estremecer. Después me levanté, la agarré del pelo y la obligué a girarse hacia mí.
—Abrí la boca.
Obedeció, la lengua afuera, los ojos vidriosos clavados en los míos. Escupí dentro de su boca lo que me había quedado en la mía.
—Tragá todo, mi putita.
Cerró los labios, tragó con un gemido largo y me miró desde abajo, todavía temblando.
—¿Otra ronda? —preguntó con la voz ronca.
***
Sonreí. Ya me estaba poniendo duro de nuevo, sin haberme bajado del todo.
—Contra la ventana —dije—. Quiero que los vecinos vean cómo te cojo hasta que no puedas caminar.
La levanté otra vez y la llevé hasta el ventanal grande que daba a la calle. Abajo, las luces de los departamentos de enfrente estaban encendidas, algunas ventanas sin cortina. La pegué de cara al vidrio, el culo hacia mí, las manos abiertas contra el cristal.
—Si alguien mira… que mire —le susurré al oído—. Quiero que sepan lo que sos.
Le pasé la mano por el vientre, por la verga todavía dura, y sentí cómo se estremecía entera con ese solo roce. Afuera, en uno de los balcones de enfrente, una luz se apagó y otra se encendió. No sabía si alguien nos miraba y, la verdad, en ese momento no me importaba demasiado. Lo que me importaba era ella: la forma en que su aliento empañaba el cristal en círculos cada vez más rápidos, la manera en que se le marcaban los tendones del cuello cada vez que me clavaba.
Nadia tembló, pero no se apartó. Apoyó la frente en el vidrio y abrió las piernas sola, ofreciéndose, mirando hacia afuera como si buscara esos ojos ajenos que la observaran.
Volví a entrar sin aviso. Ella gritó contra el vidrio y el grito se ahogó en el cristal empañado.
Y así siguió la noche. Embestida tras embestida, gemido tras gemido, mi mano en su pelo y la otra en su cadera, los dos reflejados a medias en el ventanal y en el espejo del fondo. En algún momento dejé de contar las veces que se corrió, las veces que me corrí, las veces que la di vuelta solo para volver a empezar.
El amanecer nos encontró exhaustos, pegajosos, tirados en el piso del cuarto. El espejo, el ventanal, las sábanas y nuestros dos cuerpos quedaron cubiertos de la prueba de cuánto nos habíamos deseado. Ella se acurrucó contra mi pecho, todavía con las medias blancas puestas, y se durmió antes de que pudiera decirle que ya quería más.