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Relatos Ardientes

La séptima noche en que desperté llamándome princesa

La transformación se había acelerado, aunque yo —o lo que quedaba de Damián— apenas lo notaba. Cada mañana me sentía más cómodo en mi piel suave, depilada, envuelta en nylon y en ropa interior que ya consideraba normal para nuestros juegos. Carla me animaba sin presionar: compraba prendas femeninas «para divertirnos», y yo las aceptaba sin discutir, convencido de que todo era una fase de exploración entre dos adultos curiosos.

Pero los sueños eran otra cosa. Se habían vuelto un torbellino que me dejaba exhausto y, al mismo tiempo, anhelante al despertar. No los recordaba enteros. Recordaba fragmentos, sensaciones, una voz.

Esa noche de sábado, después del espectáculo de Madame Vesna —donde, como siempre, me había «quedado dormido» sin guardar memoria de nada—, Carla me besó la frente y susurró:

—Buenas noches, princesa.

Fue como accionar un interruptor. Caí de golpe en un abismo de imágenes más nítidas que cualquier cosa anterior.

***

No estaba en nuestra cama ni en el salón del espectáculo. Me encontraba en una sala enorme, forrada de espejos, iluminada por candelabros que parecían flotar y proyectaban sombras que se movían solas. Mi reflejo me devolvía una imagen imposible: era yo, pero con curvas pronunciadas, pechos plenos que se agitaban con cada respiración, caderas anchas, la cintura ceñida por un corsé de encaje negro.

Llevaba un vestido rojo, escotado hasta el ombligo, con una abertura que dejaba ver piernas interminables enfundadas en medias oscuras y tacones de aguja que me obligaban a caminar con un contoneo que no controlaba. El rostro del espejo tenía maquillaje cargado, labios pintados de escarlata, ojos ahumados. Una peluca de ondas negras me caía sobre los hombros, y sentía el peso de unos pendientes largos rozándome el cuello.

Madame Vesna apareció frente a mí, ya no como la presentadora del escenario, sino como una figura de poder absoluto, con una fusta en una mano.

—Mírate —ronroneó, y su voz rebotó en los espejos como un eco que no terminaba—. Esto es lo que siempre fuiste. Siente cómo lo de antes se disuelve, gota a gota.

No es real, pensé. Es un sueño. Despierta.

Pero no desperté. Y, lo peor, una parte de mí no quería hacerlo.

***

Carla entró en la sala acompañada de dos de sus amigas. Las tres iban vestidas como versiones exageradas de sí mismas: látex, botas hasta el muslo, arneses con prótesis que parecían latir con vida propia. Me rodearon. Sus manos enguantadas recorrieron mi cuerpo transformado, y yo me dejé hacer, incapaz de apartarme y sin verdaderas ganas de intentarlo.

Una de ellas, la que en sueños anteriores había aparecido sin rostro, me empujó contra el cristal. Levantó el bajo del vestido y dejó al descubierto que ya estaba abierto, preparado, esperando.

—¿Sientes el vacío, princesa? —dijo la voz dentro de mi cabeza, más insistente que nunca—. Necesitas que te llenen.

Carla se colocó detrás de mí. Sentí la presión de su arnés contra mi entrada y luego el avance lento, centímetro a centímetro, estirándome hasta un límite que dolía y a la vez encendía algo más profundo. Las otras me sujetaban. Una me lamía los pechos que en el sueño tenía, mordiéndome pezones que enviaban descargas hasta el bajo vientre. La otra me besaba, su lengua invadiéndome la boca mientras me arañaba la espalda con las uñas.

El ritmo creció. Carla empujaba con fuerza, golpeando un punto exacto que me hacía temblar en cada embestida. La letanía volvió, esta vez amplificada, como un coro de voces que se superponían:

—Siente cómo cambias, princesa. Tus formas crecen, tu deseo se ablanda. Esto no es un sueño: es lo que de verdad eres, saliendo a la luz.

—Anhela que te tomen. Anhela rendirte. El de antes se apaga en placer.

—Prueba lo que derramas. Es dulce, como tu nueva piel.

Una de las amigas recogió en la mano el líquido que yo goteaba sin haberme tocado nadie y me lo untó en los labios. Lo lamí, instintivamente, y el placer se multiplicó hasta marearme. La sala giraba. Los espejos reflejaban infinitas versiones de mí: de rodillas, a cuatro patas, suspendido por cadenas que no veía, tomado por todas a la vez.

El final llegó en oleadas. Me corrí sin que nadie me rozara, el cuerpo convulsionando mientras las voces gritaban: «¡Más adentro! ¡Acéptalo!».

Desperté empapado, con el corazón a mil y la sábana pegada a la piel. Tardé un rato largo en recordar quién era, dónde estaba, qué nombre me correspondía. Carla dormía a mi lado como si nada hubiera pasado, con una media sonrisa que en la penumbra me pareció demasiado tranquila para alguien que no sabía nada.

Me quedé mirando el techo hasta el amanecer. Es solo un sueño, me repetí. Pero por primera vez la frase me sonó hueca, como una excusa que ya nadie se creía.

***

Durante la semana, los sueños se volvieron más vívidos y más frecuentes. Invadían hasta las siestas de quince minutos. Cada uno añadía una capa nueva. En uno me inyectaban algo y sentía los pechos crecer en tiempo real, una presión cálida bajo la piel. En otro participaba de una orgía donde varias mujeres trans me enseñaban a moverme, a caminar, a ofrecerme, mientras repetían una frase que se me quedó grabada:

—Tu mente no lo sabe todavía. Pero por debajo, ya obedeces.

Despertaba excitado y confundido a partes iguales. Lo achacaba al estrés del trabajo, a las copas del fin de semana, a cualquier cosa menos a lo evidente.

Carla notó mi inquietud y «sugirió» más juegos. Una tarde llegó con una caja: unos pechos de silicona y una peluca de ondas idéntica a la del sueño.

—Solo para probar —dijo, encogiéndose de hombros, como si fuera la idea más natural del mundo.

Me los puse esa noche. El sexo fue explosivo. Ella me tomó por detrás mientras yo me miraba en el espejo del armario, y juro que reconocí el reflejo: era el mismo de mis sueños, solo que ahora estaba despierto. Algo encajó en mi cabeza con un chasquido silencioso, y dejé de saber dónde terminaba el juego y dónde empezaba otra cosa.

***

Sin darme demasiada cuenta, empecé a tomar unas pastillas que ella dejaba «por descuido» en el borde del lavabo. Pensaba que eran vitaminas; tenían el mismo aspecto que las suyas. Las tragaba por la mañana con el café, automáticamente. La piel se me fue suavizando aún más. El vello dejó de salir. Y mi humor oscilaba de un extremo a otro sin motivo, con una sensibilidad nueva que me hacía llorar en los anuncios y reír por nada.

Debería preguntarle qué son, pensaba a veces, con el frasco en la mano y la duda en la punta de la lengua. Y luego, sin saber por qué, la duda se diluía sola y dejaba pasar otro día más. Era como si una parte de mí hubiera decidido en mi nombre, mucho antes de que yo me enterara.

El viernes siguiente, Carla propuso otro espectáculo.

—Verás como esta vez no te duermes —bromeó, ajustándome el cuello de la camisa frente al espejo del recibidor.

Llegamos temprano. El local olía a incienso y a algo dulce que no supe identificar. Nos sentaron en la primera fila, casi pegados al escenario. Madame Vesna salió entre aplausos, con su vestido largo y esa mirada que parecía buscarme entre el público hasta encontrarme.

Me clavó los ojos. Levantó una mano. Dijo mi nombre, o la versión de mi nombre que ella usaba, una que yo no recordaba haberle dado.

Y todo se volvió negro.

***

El sueño de esa noche fue el más intenso de todos. En él, la transformación ya estaba completa. Me veía con un cuerpo de mujer que sentía mío, sin rastro de duda ni de extrañeza. Caminaba por un pasillo largo, vestida de blanco, y al final me esperaba Carla con una sonrisa que conocía bien.

Era una ceremonia. Una boda, o algo que se le parecía, presidida por Madame Vesna, que recitaba votos que yo repetía sin pensar. «Prometo rendirme. Prometo obedecer. Prometo ser lo que ella decida que soy.» Las amigas de Carla aplaudían desde unas sillas doradas, y el coro de voces de las semanas anteriores cantaba bajito, de fondo, como una nana.

Carla me tomó la cara entre las manos y me besó. Y mientras me besaba, susurró contra mis labios la misma palabra de siempre, la que ya no me sonaba a juego sino a verdad:

—Princesa.

***

Desperté en nuestra cama, ya entrada la mañana. La luz entraba filtrada por las cortinas y Carla canturreaba en la cocina. No recordaba el final del espectáculo, ni el camino de vuelta, ni cómo había llegado a la cama.

Me llevé una mano al pecho, casi sin querer. Lo noté distinto. Más blando. Más mío de un modo que no sabía nombrar.

Y entonces sentí el anhelo. Un anhelo profundo, físico, de que llegara el sábado. De volver al salón de espejos aunque fuera dormido. De que la voz volviera a contarme quién era yo en realidad.

Me levanté, fui hasta el armario y abrí el cajón donde Carla guardaba la lencería «de los dos». Pasé los dedos por el encaje. No me pregunté por qué lo hacía. Ya no me preguntaba casi nada.

—¿Café, princesa? —llamó ella desde la cocina, como quien pregunta lo más normal del mundo.

—Sí —respondí. Y mi propia voz me sonó extraña, suave, dócil—. Ahora voy.

Cerré el cajón despacio, con una prenda de seda todavía entre las manos, y me di cuenta de que ya no quería despertar del todo.

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Comentarios (1)

NocturnaMx

Increible relato, se me fue el tiempo leyendolo. Bravo!!!

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