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Relatos Ardientes

Esa noche una trans me eligió como su primer cliente

Lo que voy a contar pasó hace ya bastantes años, cuando todavía no sabía casi nada de mí mismo. Por eso lo recuerdo con esa mezcla de vergüenza y nostalgia que tienen las cosas que uno hizo antes de entenderse. En aquel entonces viajaba mucho por trabajo, dormía en hostales baratos y mataba las noches caminando por ciudades que no eran la mía. Esa costumbre de andar solo, sin nadie esperándome, me llevó a más de una situación de la que tardé años en hablar.

Era una noche fresca y yo caminaba sin prisa por el centro de Guadalajara. Venía saliendo de una plaza concurrida, en dirección a la estación de tren ligero más cercana al hostal donde me hospedaba esos días. Pasaba frente a una hilera de locales cerrados, con las cortinas metálicas abajo y el aire oliendo a asfalto mojado, cuando escuché que alguien decía mi nombre. No era una voz cualquiera: decía mi nombre completo, con seguridad, como quien no se equivoca.

Me giré buscando quién me hablaba. Apoyada contra una pared, había una chica trans, algo más alta que yo, ni gorda ni delgada, que me hacía señas para que me acercara. La conozco de algún lado, pensé. Cuando llegué hasta ella nos saludamos y se presentó con el nombre que usaba en sus redes. Entonces caí: era cierto, ya habíamos cruzado mensajes por internet hacía meses, y recordé también a qué se dedicaba.

—Te vi desde que cruzabas la calle —me dijo—, pero no atinaba a ubicarte. Tuve que buscar tu foto en el teléfono para estar segura.

Me preguntó qué hacía por ahí a esas horas. Le conté que volvía del trabajo y que iba directo a descansar. La verdad es que para ese entonces apenas tenía experiencia con nadie, y mucho menos con alguien como ella.

—¿Por qué no te vienes un rato conmigo? —soltó, sin rodeos—. No te vas a arrepentir.

Me quedé pensando un segundo más de la cuenta.

—Suena atractivo —admití.

Me contó que estaba trabajando esa noche y que aún no había tenido suerte. Que si aceptaba, sería su primer cliente. Insistía en que lo pasaríamos muy bien, que de verdad lo iba a disfrutar, mientras me pedía el número de teléfono. Hablaba mirándome a los ojos, sin la urgencia torpe que yo habría esperado, y eso me desarmaba más que cualquier promesa. Se lo di casi por inercia.

—Déjame pensarlo —le dije—. Tengo que pasar primero por un sitio.

Me despedí con amabilidad y seguí mi camino hacia donde tenía que llegar.

Apenas había avanzado unos minutos cuando el celular empezó a vibrar sin parar. Me detuve a mirarlo. Eran varios mensajes suyos, uno tras otro, repitiendo que no me arrepentiría, que me daría placer, que quedaría más que satisfecho. Me quedé ahí parado, leyendo, indeciso. Entonces llegó otro mensaje, esta vez con una foto: su verga dura, sin disimulo, acompañada de una sola línea. «De lo que te estás perdiendo. Anímate.»

Me quedé mirando esa imagen más tiempo del que debía. Y justo cuando iba a guardar el teléfono, vibró de nuevo. El tono había cambiado.

—Si no es ahora, bloqueo tu número y te olvidas de mí —escribió.

No sé qué me movió. Tal vez la amenaza de perder algo que ni siquiera había tenido. Di media vuelta y volví casi corriendo hasta el lugar donde la había dejado. Seguía ahí, apoyada en la misma pared.

—Pensé que de verdad no te animarías —dijo con media sonrisa—. Pero ya que estás aquí, vamos a un hotel que conozco cerca.

***

Caminamos un par de cuadras hasta un hotel de paso con la fachada despintada y un letrero de neón que parpadeaba. En el camino casi no hablamos; ella iba un paso por delante, segura del rumbo, y yo la seguía sintiendo cómo el corazón me latía en la garganta. Pedí una habitación en una recepción con vidrio polarizado, sin mirar a nadie a la cara. Subimos por una escalera angosta que olía a desinfectante. Apenas cerré la puerta detrás de mí sentí su cuerpo contra el mío. Me empujó hasta dejarme con la cara pegada a la pared.

—Estoy ansiosa por probarte —me susurró al oído, mientras una de sus manos me apretaba las nalgas por encima del pantalón.

Después me soltó. Empezó a quitarse el pantalón y la ropa interior, y con un gesto me indicó que yo hiciera lo mismo con todo lo que llevaba puesto.

Cuando terminó de desnudarse, lo vi. Una verga gruesa, de unos dieciocho centímetros, de piel morena tirando a oscura, ya con una gota brillando en la punta. Se la agarró con la mano y empezó a acariciársela despacio, mirándome fijo.

—Mira lo que te vas a comer, papi.

Se acercó. Con una mano sostenía su verga y con la otra me empujó suave de los hombros hasta que quedé de rodillas frente a ella. Me restregó la punta por la cara, por los labios, jugando, antes de empujarla dentro de mi boca. Empecé a chupársela sin saber bien cómo, dejándome llevar por la presión de su mano en mi nuca.

—Qué rico la mamas —gemía—. Sigue así. Qué boca tan rica tienes.

No me dejó seguir mucho rato. Me levantó y me llevó hasta la cama, donde me acomodó en cuatro, con el pecho y la cara contra el colchón y el culo en alto. Sentí un escupitajo caliente y luego uno de sus dedos abriéndose paso, entrando y saliendo, moviéndose en círculos. Después un segundo dedo. El placer me sorprendió: no me lo esperaba, pero me estaba gustando esa sensación nueva.

En un momento sacó los dedos y noté que algo más grande empezaba a empujar contra mí. Su verga intentaba entrar con dificultad. Dolía, porque era bastante más gruesa que cualquier cosa que hubiera sentido antes. La retiró, volvió a escupir, lo intentó de nuevo. Esta vez avanzó un poco más. La sacó, presionó otra vez, y entró por completo, hasta el fondo, de una. Se me escapó un grito corto de dolor; a ella, un gemido largo de placer.

Por un momento creí que no aguantaría. Apreté las sábanas con las dos manos y respiré hondo, obligándome a relajar el cuerpo, mientras ella esperaba paciente a que me acostumbrara a tenerla dentro. Sentía cada centímetro, el calor, el peso, la forma en que me llenaba por completo.

Se quedó quieta un instante, sin moverse, acercando la cara a mi oído.

—Qué rico culo tienes —dijo—. Me estás apretando bien rico. Estás bien apretadito.

Empezó a sacarla a medias y a volver a meterla. Se detenía, repetía en voz baja lo apretado que la sentía, y poco a poco el dolor fue cediendo. En su lugar empezó a crecer otra cosa, un placer espeso que no había sentido nunca, el de estar siendo ensartado por esa verga que ya no me parecía tan ajena.

***

La sacó otra vez, ahora del todo. Sentí sus manos abriéndome las nalgas, dejándome expuesto.

—Ahora sí tienes el culito bien abierto —murmuró.

Se acomodó y me la metió de golpe hasta el fondo. Esta vez el sonido que solté fue de puro placer. Empezó el vaivén lento, metiéndola y sacándola hasta la mitad, hasta que de pronto se detuvo.

—Ábrete tú las nalgas con las manos —me ordenó.

Obedecí. La sentí salir por completo, oí el clic de su celular tomándome una foto en esa posición. Después colocó otra vez la punta en la entrada y me la clavó de una sola embestida. El gemido que me arrancó retumbó en la habitación.

—Ah, qué rico culo —jadeó ella—. Hacía tiempo que no cogía un culo así.

Volvió a entrar y salir, acelerando poco a poco. Con cada embestida soltaba algo, frases sueltas sobre mi culo, sobre lo bien que me sentía. En un momento, sin dejar de moverse, me avisó.

—Ya estoy por terminar. Te lo voy a dejar todo dentro.

El ritmo se volvió frenético. Sus gemidos subieron de volumen hasta convertirse en gritos, y de pronto se hundió hasta el fondo de un solo golpe. Sentí algo caliente inundándome por dentro, mientras ella temblaba sobre mi espalda.

—Qué delicia de culo —dijo entre jadeos—. Ahora sí me vine mucho.

Sacó la verga despacio. No me dejó levantarme. Volvió a tomar el celular y me pidió que me abriera las nalgas de nuevo para tomar un par de fotos más. Yo, todavía con la respiración entrecortada, hice lo que me decía.

***

Cuando terminó, me dejó ponerme de pie. Con su cuerpo me empujó otra vez contra la pared y deslizó la verga, ya más blanda, entre mis nalgas.

—Me gustó mucho —me dijo al oído—. Espero que pronto podamos repetirlo.

—Sí —respondí, y no estaba mintiendo.

Recogí mi ropa del suelo y empecé a vestirme en silencio, todavía aturdido por lo que acababa de pasar. Ella me miraba desde la cama, sin prisa, fumando un cigarrillo que había sacado de su bolso. Me dio su número otra vez, por si lo había borrado, y me pidió que le avisara la próxima vez que pasara por la ciudad. Se acercó, me dio un beso corto en los labios y me dejó salir. Crucé la recepción sin levantar la vista, salí a la calle fresca y emprendí el camino de vuelta al hostal.

Mientras caminaba, con el cuerpo todavía caliente y la cabeza dando vueltas, me sorprendí pensando una sola cosa: cuándo podría volver a verla.

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Comentarios (2)

TatoRosario

buenisimo relato!!! de los mejores que leí en esta categoría

Curiosa22

Espero que hayas escrito mas de esto, quede con ganas de la segunda parte

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