Un día cualquiera con mi esposa trans
Me llamo Marina y crecí en una familia donde el cuerpo nunca fue motivo de vergüenza. Mis padres siempre fueron nudistas, así que la desnudez en casa era tan normal como poner la mesa o regar las plantas. Cuando me casé con Daniela, ella tardó apenas unas semanas en adoptar la misma costumbre. Desde entonces dormimos sin ropa, piel contra piel, y rara vez nos acordamos de que existen los pijamas.
Daniela es trans. Es un poco más alta que yo, de pecho generoso y caderas que llaman la atención cuando camina. Su miembro es grueso, de buen tamaño, y a primera hora de la mañana tiene vida propia. Yo soy de estatura media, de senos discretos y un trasero amplio que heredé de mi madre y que ella adora con las manos abiertas.
Cuento todo esto porque, para entender un día normal en nuestra vida, hay que entender que en nuestra casa el deseo no espera a ningún horario.
***
Despertamos abrazadas, de cucharita, como casi todas las mañanas. Sentí su pecho contra mi espalda antes de abrir los ojos, y enseguida su mano subió hasta uno de mis senos y lo acarició despacio, todavía medio dormida ella, ronroneando contra mi nuca.
Su mano bajó con una lentitud premeditada. Me rozó el vientre, se demoró en la cadera y terminó entre mis piernas, frotando suave, como quien tantea el terreno. Yo ya estaba húmeda. Detrás de mí sentí su erección dura, deslizándose entre mis nalgas sin prisa, marcando el ritmo de la mañana.
—Buenos días —murmuró contra mi oído.
Giré la cara hacia atrás y la besé. Fue un beso lento al principio, de lengua perezosa, que se fue calentando cuando sus dedos empezaron a hurgar dentro de mí. Me di vuelta entera, me trepé encima y froté mis pechos contra los suyos. Sus pezones estaban duros, erguidos, y al rozar los míos me arrancaban un escalofrío en cada pasada.
Acomodó su miembro con una mano y lo deslizó contra mi sexo. Levanté las caderas, lo busqué y dejé que entrara despacio, sintiendo cómo me abría centímetro a centímetro. Empecé a cabalgarla con suavidad, apoyando las manos en su pecho, mientras ella me sujetaba el trasero con las dos manos y, de vez en cuando, me daba una palmada que me encendía más.
Bajé a sus senos y los lamí, los apreté, los mordí. A ella le gusta que le deje marcas, y a mí me gusta que ella me muerda el hombro cuando se pone ruda. Nos dejamos señales como quien firma un acuerdo silencioso.
Cuando empezó a gemir distinto supe que estaba cerca. Aceleré el ritmo, sentí cómo se tensaba debajo de mí, y entonces se vino dentro con un temblor largo. Esa última oleada me arrastró a mí también. Me derrumbé sobre su pecho, todavía latiendo, y la besé en los labios sin decir nada.
—Te amo —susurró.
—Y yo a ti —le respondí, antes de subir hasta sentarme sobre su cara y dejar que me limpiara con la lengua, despacio, hasta el último rincón.
***
Después vino el ritual de cada mañana: la ducha compartida, enjabonándonos la espalda mutuamente, y el agua caliente cayendo sobre las mordidas frescas que ninguna de las dos pensaba esconder.
A mí me gusta la ropa que insinúa sin gritar. Esa mañana me puse un sostén negro semitransparente, medias color piel, un liguero y nada más debajo de la falda tableada. Me gusta sentir el aire entre las piernas; es un secreto que llevo conmigo todo el día. Encima, un saco entallado que disimula el resto.
Daniela eligió un sostén color carne, medias blancas, una falda ajustada y un saco con un escote tan abierto que apenas contenía su pecho. Cuando se inclinaba, las mordidas de la noche anterior asomaban como un mapa privado que solo yo sabía leer.
Nos maquillamos la una a la otra frente al mismo espejo, riéndonos de las muecas, y bajamos a desayunar algo ligero antes de salir. Ese día le tocaba conducir a ella, así que me senté detrás en la motocicleta, la abracé por la cintura y, en algún semáforo, mi mano se coló bajo su falda para jugar durante todo el camino. Ella conducía mordiéndose el labio.
***
Trabajamos en el mismo lugar: el despacho de abogados del padre de Daniela. Mi suegro se llama Esteban, y antes de empezar la jornada pasamos siempre a saludarlo. Las dos le dimos un beso, dejamos los bolsos y nos fuimos cada una a su puesto. Yo a contabilidad; ella, como secretaria de su padre.
El despacho parece, de lejos, una oficina cualquiera. Teléfonos, expedientes, café recalentado. Pero quien trabaja ahí sabe que por las mañanas todo es formal y por las tardes, cuando la carga afloja, el ambiente cambia de temperatura. Los abogados de la casa son insaciables, y las mujeres que aceptan quedarse saben perfectamente a qué ambiente entran.
La mañana transcurrió sin sobresaltos. Números, planillas, una diligencia afuera que me tocó hacer a mí. La hora de la comida la pasamos juntas, hablando de tonterías como cualquier matrimonio. Hasta ahí, un día absolutamente normal.
***
Volví de la diligencia pasadas las cuatro. El puesto de Daniela estaba vacío. Conozco esa señal mejor que nadie, así que me acerqué a la puerta de Esteban y, en efecto, del otro lado se escuchaban gemidos contenidos.
Entré sin tocar. Daniela estaba sentada sobre su padre, de espaldas a él, montándolo despacio, con la falda arremangada y la blusa abierta. Esteban la sujetaba de las caderas y marcaba el ritmo desde abajo.
No dije nada. Me desabotoné el saco, me quité la falda y el sostén, y me arrodillé frente a ella. Le tomé el miembro con una mano y empecé a lamerlo de abajo hacia arriba, atenta a cada estocada que Esteban le daba por detrás. Cada vez que él la embestía, el movimiento la empujaba hacia mi boca, hasta el fondo.
Esteban tiene una manera particular de avisar que está por terminar: gruñe, como si la voz se le rompiera. Lo escuché gruñir, sentí a Daniela estremecerse entera, y me aparté justo a tiempo para recibir su descarga en la cara y en el pecho. Me quedé ahí, de rodillas, con la respiración agitada y la piel marcada de ella.
Daniela se levantó, se apoyó sobre el escritorio y se abrió ella misma para mí. Hundí la cara entre sus nalgas y la limpié con la lengua, despacio, hasta dejarla impecable. Después fue su turno de arrodillarse frente a su padre. Mientras ella lo hacía, Esteban y yo nos besamos por encima de su cabeza, como si aquello fuera la cosa más natural del mundo, que en nuestra familia lo es.
***
Nos acomodamos la ropa y volvimos a nuestros puestos. Yo no me molesté en ponerme el sostén otra vez; me lo llevé en la mano y dejé el saco abierto, con la piel todavía brillante. Cuando entré a contabilidad, la escena ahí adentro tampoco era de oficina de manual.
El contador principal estaba doblado sobre su propio escritorio, recibiendo a uno de los auxiliares con la cara hundida en los papeles. Es un hombre que no concibe un día de trabajo sin esa parada. En el rincón, la otra auxiliar —una señora mayor que, según contaba, en su juventud había sido acompañante de lujo antes de cambiar de oficio— levantó la vista y se relamió al verme entrar así.
Se acercó sin prisa, con la seguridad de quien tiene años de experiencia. Me dio un beso largo y empezó a recorrerme la cara con la lengua, limpiando lo que Daniela había dejado, bajando después al pecho. Mientras lo hacía, una de sus manos se metió bajo mi falda y la otra me guio la mía hasta sus senos.
—Quédate quieta —me dijo en voz baja—, déjame trabajar.
Cuando terminó de dejarme limpia, se arrodilló y bajó hasta mi sexo. Lo lamió con una pericia que solo dan los años, sin apuro, leyendo mis reacciones. De fondo seguían los gemidos del contador, montado ahora sobre el escritorio mientras el auxiliar lo masturbaba. No tardé mucho en terminar contra su boca, sujetándome del borde de un archivero para no perder el equilibrio.
Así, satisfecha y despeinada, me quedé el resto de la tarde con el saco abierto y un pecho al aire, y entre todos sacamos adelante lo que quedaba de la jornada como si nada hubiera pasado.
***
A la salida, Daniela pasó a buscarme. Me abotoné, nos despedimos de todos y salimos juntas. Esta vez conduje yo. Ella se sentó detrás, me levantó un poco la falda para acomodar su miembro contra mis nalgas y me tomó de las caderas.
Vivimos en las afueras, detrás de la casa de mis padres, a unos metros de la carretera. En cuanto enfilamos la recta, una de sus manos subió bajo mi saco para acariciarme un pecho mientras la otra bajaba al frente, jugando entre mis piernas mientras yo intentaba no soltar el manillar. Llegamos a casa encendidas las dos.
Al entrar a la propiedad nos quitamos las faldas y los sacos, y nos quedamos en ropa interior. Pasamos a saludar a mis padres, como siempre. A veces los encontramos descansando junto a la piscina, otras enredados en el sofá; ese día solo estaban tomando algo en el porche. Un beso a cada uno y seguimos camino a nuestra casa.
***
Adentro nos terminamos de desnudar, encendimos la televisión y nos tiramos en el sofá. Me acosté boca abajo y Daniela no perdió el tiempo: me abrió las nalgas y hundió la cara, comiéndome con la lengua hasta que estuve completamente lista para ella.
Después me penetró. Llevaba todo el día esperando ese momento y me lo hizo saber, embistiendo fuerte, clavándome las uñas en la espalda y mordiéndome la oreja. Alternaba: ráfagas rápidas y cortas, luego una retirada casi completa y una estocada profunda que me cortaba el aliento.
Me giró boca arriba y volvió a entrar, mirándome a los ojos esta vez. Yo le mordí los senos y le enterré las uñas en los costados. Se abrazó a mí, me tiró del pelo y la sentí vaciarse adentro con un temblor largo, sin sacarla hasta el último estremecimiento.
Se quedó sobre mí unos segundos, respirando agitada, antes de levantarse a preparar la cena. Comimos desnudas en la cocina, riéndonos de las marcas nuevas que nos habíamos dejado. Después, otra ducha rápida, y de vuelta al sofá, abrazadas, hasta que el cansancio nos fue cerrando los ojos.
Un día cualquiera. Mañana, si nada cambia, será exactamente igual. Y eso es justo lo que más me gusta.