Me arrodillé ante él en la ducha al amanecer
Desperté tarde, con las sábanas revueltas y el cuerpo todavía marcado por la noche anterior. Adrián me había tomado durante horas, sin prisa y sin permiso, hasta dejarme deshecha sobre el colchón. Estiré una pierna y sentí el ardor delicioso de lo que quedaba de él en mí.
El otro lado de la cama estaba vacío. Desde el baño me llegaba el rumor del agua golpeando los azulejos, ese sonido tibio que conozco de memoria. Me quedé un momento escuchando, con los ojos entrecerrados y una sonrisa que nadie veía.
No necesitaba pensarlo. Mi cuerpo ya sabía hacia dónde iba.
Me levanté desnuda, sin molestarme en buscar nada con qué cubrirme. El frío de la madrugada se me pegó a la piel y se me erizó todo, los pezones duros, la nuca tensa. Caminé descalza por el pasillo, atenta a no hacer ruido, como una ladrona que entra a robar lo único que de todos modos ya le pertenece.
Empujé la puerta del baño apenas unos centímetros. El vapor escapó hacia mí, cálido y espeso, y dentro de la mampara empañada lo vi a él.
Adrián estaba de espaldas, con la cabeza echada hacia atrás bajo el chorro. El agua le bajaba por los hombros anchos, le resbalaba por la curva de la espalda y se perdía entre sus piernas. Tenía las manos enredadas en el pelo, enjuagándose, los ojos cerrados, ajeno a todo. La luz blanca del baño lo recortaba como una estatua que respira.
Me quedé mirándolo más de lo que debía. La forma en que el jabón le dibujaba líneas blancas sobre la piel. La manera en que su sexo colgaba pesado y tranquilo entre sus muslos, todavía dormido. Sentí la boca llenárseme de agua.
Es mío. Toda esta mañana es mía.
Abrí la mampara con cuidado y entré. El agua caliente me recibió de golpe y me hizo cerrar los ojos un segundo. Cuando los abrí, él seguía sin volverse, confiado, dejándose lavar por el chorro.
No dije nada. Estiré la mano y lo tomé entre los dedos, despacio, con la palma resbaladiza de jabón. Lo sentí tibio y blando en mi mano, y empecé a acariciarlo apenas, de la base a la punta, sin urgencia.
Adrián se tensó. No de sorpresa, sino de reconocimiento. Sabía que era yo. Nadie más entraría así, en silencio, a buscarlo con la boca abierta.
—Buenos días —murmuró, con la voz ronca, todavía sin abrir los ojos.
No le contesté con palabras. Bajé.
Me arrodillé sobre los azulejos, indiferente a lo duro del suelo, indiferente al agua que me caía en la espalda y me empapaba el pelo. Desde ahí abajo él se veía enorme. Lo miré crecer en mi mano mientras lo acercaba a mi cara, y antes de tomarlo dejé que mi aliento lo rozara, que sintiera el calor de mi boca antes que mi lengua.
Lo besé primero. Un beso lento en la punta, otro en el costado, mientras con la mano lo sostenía firme. Lo sentí endurecerse contra mis labios, despertar al fin, y esa transformación me encendió más que cualquier caricia que él pudiera hacerme.
Entonces lo metí en mi boca.
Despacio al principio, dejando que se acostumbrara a mi calor, que el agua y el jabón se mezclaran con mi saliva. Lo tenía a medias, jugando con la lengua sobre el glande, deteniéndome ahí donde sabía que más le gustaba. Lo sentí palpitar, lo escuché soltar el aire entre los dientes.
Adrián abrió los ojos.
Bajó la mirada y me encontró ahí, de rodillas frente a él, con su sexo entre los labios y los ojos clavados en los suyos. Me gusta ese momento. Me gusta que me mire mientras lo hago, que vea quién soy cuando me rindo: una mujer completa para él, de cuerpo distinto pero de deseo igual de húmedo, su putita de la mañana arrodillada en el agua.
—Mírate —dijo, y su voz se quebró un poco—. Mira cómo te gusta.
Y me gustaba. No por obligación, no por costumbre. Me gustaba el peso de él en mi lengua, el sabor salado que empezaba a asomar, la manera en que su control se iba deshaciendo con cada movimiento de mi cabeza.
***
Me llevó las manos al pelo mojado. No tiró todavía, solo me sostuvo, marcándome el ritmo que él quería. Yo me dejé. Aflojé la mandíbula, relajé la garganta, le entregué el control que tanto le gusta tomar.
—¿Te acuerdas que me cabes entera? —pensé decir, pero no podía hablar, así que se lo dije con el cuerpo. Lo dejé entrar más hondo.
Adrián gimió bajo, ese sonido grave que le sale del pecho cuando ya no finge calma. Empezó a moverse. Primero suave, midiéndome, y al ver que yo no me apartaba, que abría más, que lo recibía hasta el fondo, perdió la paciencia.
Me sujetó la cabeza con las dos manos y me empezó a coger la boca como si fuera otra parte de mí. Con fuerza, con hambre, hundiéndose hasta que mi nariz casi tocaba su vientre. Yo respiraba cuando podía, en los segundos que él me daba, y cada vez que volvía a entrar sentía la garganta abrirse para él.
El agua nos caía encima a los dos. Yo tenía las manos en sus muslos, las uñas clavadas en su piel mojada, sosteniéndome de él mientras él me usaba. No había nada digno en esa escena y eso era exactamente lo que la hacía perfecta. Yo de rodillas, empapada, ahogándome a propósito en él. Él de pie, dueño de todo, gobernando mi boca a su antojo.
—Así —jadeó—. Justo así, no te muevas.
No me moví. Me quedé quieta, ofrecida, dejando que él hiciera todo el trabajo, que se sirviera de mí. Sentí cómo se ponía más duro, más urgente, los empujes más cortos y más profundos. Lo conocía. Sabía que estaba al borde.
Y yo lo quería ahí. Quería su final en mi boca, su rendición a cambio de la mía.
Adrián echó la cabeza hacia atrás, los músculos del cuello tensos, y dejó escapar un grito ronco que rebotó contra los azulejos. Lo sentí estallar en mi garganta, chorro tras chorro, caliente y espeso, y me lo bebí todo sin perder una gota. Cada latido de él me recorría entera, me hacía sentir más mujer que nunca, esa mujer suya, insaciable, que sueña despierta con momentos como este.
Lo mantuve en mi boca hasta el último temblor. Lo limpié con la lengua, despacio, recogiendo lo que quedaba, sin soltarlo hasta dejarlo impecable. Él me miraba desde arriba, agotado, con una sonrisa floja de hombre satisfecho.
—Eres increíble —susurró, acariciándome la mejilla con el pulgar.
Lo solté al fin y me levanté, con las rodillas marcadas por los azulejos y el cuerpo encendido sin que él me hubiera tocado. Le di un beso en el pecho, justo donde le latía el corazón todavía acelerado, y le dejé que terminara de bañarse.
***
Salí de la ducha desnuda y goteando, sin secarme apenas. Me eché una bata sobre los hombros mojados y fui a la cocina. El día le esperaba, una jornada larga de trabajo, y yo quería que saliera de casa contento, llevándose mi sabor con él.
Puse café. Batí huevos, corté pan, exprimí naranjas. Me gusta cuidarlo después, tanto como me gusta rendirme antes. Son las dos caras de lo mismo: ser suya en la ducha y ser suya en la cocina, atenta a sus mañanas como nadie más lo está.
Adrián apareció vestido, oliendo a limpio, anudándose la corbata frente al espejo del pasillo. Vino a la cocina, me abrazó por detrás y me besó el cuello mientras yo servía el café.
—Vas a hacer que llegue tarde todos los días —dijo contra mi piel.
—Te quejas, pero no te apartas —le respondí, riéndome.
Desayunó de pie, con prisa, mirándome de reojo cada vez que yo me movía por la cocina con la bata abierta. Cuando terminó, dejó la taza en el fregadero y me tomó la cara entre las manos para darme un beso largo, sin importarle saborearse a sí mismo en mi boca.
—Esta noche te toca a ti —prometió.
—Esta noche —repetí.
Lo acompañé hasta la puerta y lo vi irse, ese hombre que es mío todas las mañanas. Mío, sí, aunque los dos sabemos que no soy solo suya. Él lo acepta. Le gusta, incluso, saber que otros me desean, que hay quien sueña con lo que él tiene cada día. Esa libertad es parte de lo nuestro, y ninguno de los dos la cambiaría.
Cerré la puerta y me apoyé en ella un momento, todavía caliente, todavía pensando en él.
Subí al cuarto, me solté la bata y me miré en el espejo. La mujer que me devolvió la mirada tenía el pelo revuelto, los labios hinchados y una idea en la cabeza.
Porque la mañana había sido para él. Pero la tarde la tenía planeada para otra cosa.
Una sorpresa, pensé, y la sola idea me hizo sonreír. Algo que llevaba días preparando, algo que lo iba a dejar sin palabras cuando volviera del trabajo.
Pero esa, mis amores, es otra historia. Y se las contaré pronto.