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Relatos Ardientes

La trans que mi mujer trajo para humillarme

Era una noche cualquiera, de esas en las que el cansancio del trabajo me dejaba tirado en el sofá con el portátil apoyado en las rodillas. Marta había salido a cenar con sus amigas y yo, como un imbécil confiado, ni siquiera pensé en cerrar las pestañas del navegador cuando terminé.

Estaba mirando vídeos de chicas trans. Esas mujeres con algo de más que siempre me habían fascinado en secreto, desde mucho antes de casarme. No sabría explicar de dónde venía, pero la idea de quedar a merced de una de ellas, de que me usara a su antojo, de que me metiera su polla hasta el fondo de la garganta y me follara el culo sin preguntar, me llevaba al límite en cuestión de segundos.

Aquella noche no fue distinta. Me la casqué deprisa, apretando la verga con la mano mientras miraba a una morena de tetas pequeñas metérsela entera a un tipo casado como yo. Me corrí casi con culpa, con el semen caliente escurriéndome entre los dedos, y me dormí sin borrar nada. Un descuido tonto. El tipo de descuido que te cambia la vida.

***

A la mañana siguiente, Marta entró en la cocina mientras yo preparaba el café. Tenía esa sonrisa juguetona que siempre me desarma, pero esta vez había algo más: un brillo afilado en los ojos, como quien guarda una carta bajo la manga.

—¿Qué tal anoche, amor? —preguntó, sirviéndose una taza—. ¿Te entretuviste solo?

Asentí, sin sospechar nada.

—Vi una peli y caí redondo en el sofá.

Se rio, un sonido bajo que me erizó la piel sin que yo entendiera todavía por qué.

—¿Una peli? Qué tierno. Usaste mi portátil, ¿verdad? Te dejaste las pestañas abiertas. Vi perfectamente lo que estabas mirando. Y también vi los pañuelos en la papelera, guarro.

Se me derramó un poco de café en la mano. No sentí el calor del líquido, sino el otro, el que me subía por el cuello hasta las orejas. Bajé la mirada como un crío al que pillan en falta.

—Marta, no es lo que parece. Fue solo curiosidad.

—Curiosidad —repitió ella, alargando la palabra. Se acercó y me apoyó una mano en el hombro, despacio—. Pero vi cómo lo buscabas. Vi las palabras exactas que escribiste: «trans dominante folla marido sumiso». No te hagas el inocente conmigo.

No había forma de escapar de aquello.

Quise negarlo, encogerme, desaparecer. Pero mi cuerpo me traicionó antes que mi boca. Noté la polla hinchándose contra el pantalón del pijama, empalmándose sola con la humillación, y ella lo notó también. Bajó la vista sin disimulo y arqueó una ceja.

—Mira eso —dijo en voz baja, pasándome la palma por encima del bulto sin apretar, solo rozando lo justo para que se me escapara un jadeo—. Se te pone dura de que lo sepa. Mírate: tan seguro de ti mismo todo el día, y por dentro fantaseando con que una tía con más polla que tú te ponga en tu sitio.

Sus palabras deberían haberme molestado. En lugar de eso me encendieron de una manera que no había sentido en años de matrimonio. Lo nuestro funcionaba, pero se había vuelto cómodo, predecible. Aquello no tenía nada de predecible.

—No es así —insistí, sin fuerza—. Es solo una fantasía.

—Una fantasía que vas a vivir —replicó, y la voz le cambió, se volvió grave y tranquila, la voz de alguien que ya ha tomado una decisión—. La voy a cumplir. A mi manera. Te vas a poner tan colorado, tan abierto de piernas, que no se te va a olvidar nunca.

***

Pasaron varios días sin que Marta volviera a mencionarlo. Pero yo sentía sus miradas. Cuando salía de la ducha, cuando me cambiaba de ropa, cuando cruzábamos el pasillo. Sonreía para sí misma, como quien saborea un secreto que aún no ha jugado del todo.

Yo vivía en una mezcla extraña de vergüenza y espera. Me sentía expuesto, desnudo incluso vestido, y eso, lejos de apagarme, me mantenía en un estado constante de anticipación. Me despertaba con la polla dura y la mano en el culo sin querer. No sabía qué planeaba. Tampoco me atrevía a preguntar.

El jueves por la tarde me llegó un mensaje suyo al móvil: «Vente a casa pronto. Hay sorpresa. Y ven duchado por todos lados».

Leí esas palabras de pie en mitad de la oficina y se me secó la boca. Ese «por todos lados» era una orden que entendí perfectamente. Salí antes de tiempo, con una excusa torpe, y conduje de vuelta con el corazón golpeándome las costillas y la verga a medio empalmar apretándome contra la bragueta.

***

La encontré en el salón. Llevaba un conjunto negro ajustado que le marcaba cada curva, el pelo recogido, los labios pintados de rojo oscuro. Estaba preciosa y peligrosa a la vez. Pero no estaba sola.

En el sofá, con una pierna cruzada sobre la otra y una copa de vino en la mano, había una mujer trans que me cortó la respiración. Alta, melena negra que le caía sobre los hombros, labios carnosos, unas piernas interminables que asomaban bajo un vestido corto. Se le adivinaba el bulto grueso apretado contra la tela del muslo. Me miró de arriba abajo con una calma absoluta, como si ya supiera de mí más de lo que yo sabría nunca admitir.

—¿Qué… qué es esto? —balbuceé, con el pulso disparado.

Marta se levantó y me tomó de la mano, tirando de mí hacia el centro de la habitación.

—Tu fantasía, tonto —dijo con dulzura venenosa—. Ella es Vanessa. La conocí por una amiga. Le conté lo tuyo, tu pequeño secreto del navegador. Le dije que mi marido se muere por que una tía con polla se la meta hasta la campanilla. Y resulta que le encantan los hombres como tú.

Vanessa dejó la copa sobre la mesa y se rio, una risa grave y segura que me recorrió la columna entera.

—Así que tú eres el que sueña conmigo sin saberlo todavía —dijo, descruzando las piernas muy despacio, dejando que se le abriera el vestido lo justo para que yo viera el arranque del muslo y la sombra oscura de algo grande esperando ahí debajo—. Marta me ha contado que finges ser muy duro de puertas afuera. Vamos a ver cuánto te dura la pose cuando la tengas metida entera.

Me quedé clavado en el sitio, ardiendo de una vergüenza que no se parecía a ninguna otra. Marta me empujó suavemente por la espalda, acercándome a Vanessa.

—Quítate la ropa —ordenó mi mujer al oído—. Despacio. Que ella vea con qué está trabajando.

***

Obedecí. Mis dedos temblaban con cada botón. Me sentía ridículo y, al mismo tiempo, más excitado de lo que recordaba haber estado nunca. Cuando me quedé desnudo, mi polla ya me delataba, dura, apuntando al techo, con la punta brillante mojada de la gota que llevaba goteando desde el coche. Imposible de esconder.

—Mírate —dijo Marta, dando una vuelta lenta a mi alrededor, deteniéndose a mi espalda y separándome las nalgas con dos dedos, sin ningún pudor, para que Vanessa mirara todo—. Si es que se te nota a la legua. Llevabas años guardándote esto y bastó una tarde para que se te cayera la máscara. Y mira qué culito más apretado tiene mi marido, Vanessa. Nunca lo ha usado. Es todo tuyo.

Vanessa se puso de pie. Se bajó las tiras del vestido sin prisa, dejando que la tela resbalara hasta el suelo. Su cuerpo era una contradicción perfecta: pechos suaves y firmes con los pezones oscuros y erectos, caderas estrechas y, entre las piernas, colgándole pesada y a medio empalmar, una polla gruesa, de venas marcadas, con los huevos tirantes debajo. Mucho más grande que la mía. Se la agarró con la mano y se la sacudió un par de veces, apuntándome a la cara mientras se hinchaba a ojos vistas. No pude apartar la vista.

—Esto es lo que querías, ¿no? —preguntó, acercándose hasta que la punta caliente me rozó los labios—. Algo que te haga sentir pequeño. Algo de lo que no puedas hacerte el jefe. Una polla más grande que la tuya, cabrón.

Me puso una mano en la nuca, firme pero sin violencia, y me guio hacia abajo. Caí de rodillas sobre la alfombra como si mi cuerpo ya hubiera decidido por mí.

—Abre la boca —dijo en voz baja—. Bien abierta. Vamos a empezar por aquí, para que entiendas lo que viene después.

La obedecí. Sentí el peso, el calor, el sabor salado y a piel limpia de su glande llenándome la boca de golpe. La empujó hasta el fondo sin miramientos, y yo me atraganté con arcadas mientras ella me sujetaba la cabeza y me la metía y la sacaba a un ritmo lento pero implacable. La saliva se me escurría por la barbilla, colgando en hilos hasta mis muslos. Vanessa me la sacaba entera y me daba un par de bofetadas en la cara con la polla mojada, aplastándomela contra las mejillas, contra los labios hinchados.

—Chúpala bien —gruñía—. Ensáliva mi verga, guarro. La vas a necesitar bien mojada para lo de después.

Detrás de mí, Marta se había sentado en el brazo del sofá, se había subido la falda hasta la cintura y se había apartado las bragas a un lado. Tenía dos dedos metidos en el coño, hundiéndolos y sacándolos brillantes, mientras miraba cada detalle con una sonrisa de propietaria.

—Qué imagen —murmuró, con la voz espesa—. Tan formal siempre, tan correcto, y mírate ahora, arrodillado, mamándola como una furcia. Y lo mejor es que estás encantado. Se te sale la baba y se te sale la polla goteando. No me lo niegues.

No podía negarlo. No quería. Cada palabra suya me hundía un poco más y, en la misma medida, me llevaba más cerca del borde. Vanessa me la clavaba hasta la garganta, cortándome el aire, y cuando yo empezaba a agitarme la sacaba un segundo, me dejaba respirar y volvía a metérmela hasta los huevos, aplastándome la nariz contra su pubis liso.

—Este marido tuyo tiene la garganta de puta, Marta —dijo, riéndose—. Le ha costado nada acostumbrarse.

—Ya te lo dije. Lo llevaba dentro desde siempre.

***

Después de un rato, Vanessa me levantó tirándome del pelo y me empujó contra el respaldo del sofá, doblado hacia delante, con el culo alto y bien ofrecido. Marta se acercó por detrás, deslizando las manos por mi espalda baja y separándome las nalgas de par en par.

—Mira qué agujerito más rosita —susurró, y sentí su lengua caliente lamiéndome de arriba abajo la raja, hundiéndose en el ojete, ensalivándomelo mientras yo temblaba y gemía sin poder contenerme—. Relájate, amor. Al principio molesta, pero sé que lo llevas deseando desde aquella noche del portátil.

Escupió sobre mi entrada, extendió la saliva con el pulgar y me metió el dedo entero de una vez. Yo di un respingo y gruñí. Metió y sacó, abriendo camino, añadiendo un segundo dedo, retorciéndolos dentro de mí hasta que empecé a empujar el culo hacia atrás yo solo, buscando más.

—¿Ves qué golfo? —le dijo a Vanessa, riéndose—. Ya me está follando la mano él solo. Métesela ya, que se muere.

Vanessa se colocó detrás. Sentí la cabeza gruesa y caliente de su polla apoyarse en mi ojete, empujando, presionando, buscando entrar. Entró en mí con cuidado, milímetro a milímetro, dándome tiempo. El primer instante fue un latigazo, una mezcla de presión y ardor que me hizo apretar los dientes y agarrarme al cuero del sofá con las dos manos. Me sentí abierto, partido, invadido.

Y entonces, despacio, esa sensación se transformó en algo distinto, una corriente que me subía por la espalda y me arrancaba un gemido grave que no reconocí como mío. Vanessa siguió empujando, centímetro a centímetro, hasta que sentí sus huevos calientes chocando contra los míos y su pubis pegado a mis nalgas.

—Ya está toda dentro —jadeó en mi oreja, quieta un segundo, dejándome sentir el bulto grueso llenándome por completo—. ¿Lo notas? Hasta el fondo. ¿Ves? Tu cuerpo lo sabía mucho antes que tu cabeza.

Empezó a moverse. Salidas largas, casi hasta sacarla del todo, y entradas profundas que me hacían resoplar contra el cuero. Pom, pom, pom, un ritmo lento y demoledor que me sacudía el cuerpo entero. Mi polla, atrapada entre mi vientre y el sofá, se restregaba sola con cada embestida, dejando un rastro pegajoso.

Marta me besaba el cuello, me mordía el lóbulo de la oreja, me metía dos dedos en la boca para que se los chupara mientras Vanessa marcaba el compás.

—Admítelo —me decía mi mujer al oído, con la voz ronca de excitación—. Cuanto más te recuerdo lo que eres, más te gusta. Cuanto más te la mete, más abres las piernas. Lo veo. Lo siento. Estás siendo follado por una tía con polla delante de tu mujer y no quieres que pare.

—No pares —supliqué, y ni yo mismo me reconocí—. Por favor, no pares.

Vanessa se rio y aceleró. Me clavó las uñas en las caderas, tiró de mí hacia atrás para embestirme más fuerte, con más fondo. El sofá empezó a golpear contra la pared. Cada embestida me apretaba justo donde me volvía loco, ese punto interior que yo no sabía ni que existía y que ahora me hacía ver estrellas. Me agarró de los hombros, arqueándome la espalda hasta encontrar ese ángulo exacto, y me machacó ahí dentro, rápido, sin piedad.

Yo me deshice. Llegué al final sin que nadie me tocara la polla, derramándome a chorros contra el cuero del sofá con un temblor largo, gimiendo como un animal, apretando el culo alrededor de su verga en espasmos que la ordeñaban desde dentro. Vanessa gruñó, aumentó el ritmo unas embestidas más y se hundió hasta los huevos, quedándose quieta.

—Ahí va —jadeó—. Toma. Toma toda.

Sentí su polla palpitar dentro de mí, chorro tras chorro, llenándome de semen caliente. Marta soltó un gemido a mi lado, con la mano frenética entre las piernas, y se corrió también, mordiéndome el hombro.

—Joder, qué desastre —dijo después, riéndose, divertida, pasándome un dedo por la mejilla encendida y luego por el reguero blanco que me escurría del culo cuando Vanessa se retiró despacio—. Mírate. Ni siquiera ha hecho falta mucho. Y te ha dejado bien lleno.

***

Vanessa se dejó caer en el sofá, recuperando el aliento, con la polla todavía brillante y a medio empalmar entre las piernas, y una sonrisa satisfecha. Marta me tomó de la barbilla y me obligó a levantar la cabeza para mirarla.

—Anda, ve al baño y mírate al espejo —me dijo, casi con ternura, mientras un hilo tibio seguía escurriéndome muslo abajo—. Quiero que veas la cara que tienes ahora mismo. Lo colorado y lo feliz que estás a la vez. Y quiero que veas cómo te chorrea. Para que no se te olvide.

Me levanté con las piernas flojas y fui hasta el espejo del pasillo. Lo que vi me devolvió a un hombre que no parecía yo y que, sin embargo, era más yo que nunca: despeinado, sonrojado, con los labios hinchados de mamar, con los ojos brillantes de algo que llevaba demasiado tiempo escondiendo, y con el semen ajeno resbalándome por la cara interna del muslo.

Cuando volví al salón, Vanessa ya se estaba vistiendo. Me guiñó un ojo antes de despedirse de Marta con dos besos, como dos viejas amigas que acaban de cerrar un favor.

—Cuídamelo —dijo desde la puerta—. Y avísame cuando quiera repetir. Que querrá. Y la próxima vez me lo traes ya con el culo ensanchado, que quiero follármelo de rodillas mientras te lo comes tú a él.

***

Desde aquella tarde, algo cambió entre Marta y yo. No para mal, todo lo contrario. Mi mujer usa lo que descubrió aquella noche para provocarme, para recordármelo con una mirada en mitad de una cena con amigos, con una frase al oído cuando menos lo espero, con la mano deslizándose entre mis nalgas cuando pasa por detrás de mí en la cocina.

Y yo, que durante años lo guardé como una vergüenza, ya no puedo fingir lo que no es. No puedo negar que me gusta que me follen. No puedo negar que se me hace la boca agua cuando pienso en Vanessa. No puedo negar que, en el fondo, agradezco haber olvidado cerrar aquellas pestañas.

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Comentarios(8)

Curioso_76

buenisimo!!! me enganche desde el principio, no pude parar

Ros_lecto

Necesito saber como sigue esto, por favor continua. No me puedo quedar con ese final.

LectorSensible

La escena de la mañana siguiente es genial, se siente tan real y cotidiana. Muy bien escrito, de verdad.

FacuMdq

jajaja ese final me mato, no me lo esperaba asi para nada

Pelu_Mdq

Me recordo a cierta situacion que viví... en fin, hay relatos que te tocan de cerca jajaja. Muy bueno.

AndreaBaires

La narrativa esta muy cuidada, nada de vulgaridad innecesaria. Me gusto mucho el tono que le diste al relato.

Rocoloco_33

Se hizo cortisimo, quiero mas!!

NocheRelatos

Que tension tan bien manejada durante todo el relato. Me quede pensando en ese final un buen rato. Saludos desde Buenos Aires!

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