El juego del odio terminó en la oficina vacía
Nadia Velarde tenía fama de ser la empleada perfecta de la cuarta planta. Menuda, de curvas suaves, voz dulce y una sonrisa capaz de cerrar cualquier negociación. Caía bien a todos en la consultora. A todos menos a uno.
Damián Rivas la detestaba. O eso repetía él, una y otra vez, como si necesitara convencerse.
Cada mañana se repetía el mismo ritual. Nadia entraba con su falda de tubo y su blusa impecable, y Damián levantaba apenas la vista de la pantalla para mirarla de arriba abajo con esos ojos fríos, color hielo. Ella le devolvía una sonrisa cargada de veneno.
—Buenos días, genio —murmuraba ella al pasar junto a su escritorio.
—Buenos días, enana —respondía él sin mover un músculo de la cara.
Llevaban dos años así. Dos años de pullas, de informes saboteados con comentarios al margen, de reuniones convertidas en duelos. Nadie en la oficina entendía de dónde salía tanta tensión entre ellos. La verdad era que ni ellos mismos querían nombrarla.
Pero aquel viernes no era un día cualquiera.
***
El resto del equipo se había marchado a las seis. Ellos dos seguían atrapados hasta tarde cerrando el informe trimestral, el más importante del año. La oficina entera quedó en silencio, salvo por el zumbido de los fluorescentes y el tecleo furioso de ambos, cada uno en su esquina, fingiendo que el otro no existía.
Llevaban cinco horas trabajando sin apenas dirigirse la palabra. Cada vez que uno necesitaba un dato del otro, lo pedía con una frialdad cortante, como si las palabras le costaran dinero. Pero algo había cambiado en el aire conforme avanzaba la noche. Los silencios se habían vuelto más largos, más cargados. Nadia notaba la mirada de Damián clavada en su espalda cada vez que se inclinaba sobre el teclado, y él fingía no darse cuenta de que ella también lo observaba por el reflejo del ventanal.
A las once, Nadia se levantó para ir al baño. Cuando volvió, Damián la interceptó en el pasillo estrecho que conducía a la sala de juntas.
—¿Otra vez esa falda? —dijo él, plantándose tan cerca que ella sintió su aliento en la mejilla—. La usas para distraernos a todos.
Nadia no retrocedió ni un centímetro. Alzó la barbilla y sonrió, peligrosa.
—Y tú vas por la vida con cara de no haber tocado a nadie en años, Damián. Debe de ser agotador estar tan amargado.
Él dio un paso más. La acorraló contra la pared. Sus cuerpos casi se rozaban, y el aire entre ambos se volvió espeso, eléctrico.
—¿Quieres comprobar lo amargado que estoy? —dijo él, con la voz más ronca de lo que pretendía.
Nadia notó cómo el cuerpo de Damián reaccionaba contra el suyo. Sintió su erección presionando, dura, contra su cadera. Tragó saliva, pero no apartó la mirada.
—Hazlo —susurró ella, desafiante—. A ver si te atreves.
Damián no se lo pensó dos veces. La agarró por la cintura y la besó con rabia, mordiéndole el labio inferior hasta arrancarle un gemido. Nadia le clavó las uñas en la nuca, devolviéndole el beso con la misma furia, como si quisiera castigarlo y devorarlo al mismo tiempo.
—Te odio —dijo ella entre dientes, sin separar la boca de la suya.
—Y yo a ti —respondió él, deslizando una mano por debajo de su falda.
***
Los dedos de Damián subieron por el muslo de Nadia hasta encontrar el borde de su ropa interior de encaje. La apartó sin miramientos. Y entonces se quedó quieto un instante, al rozar lo que no esperaba encontrar.
Nadia lo miró a los ojos. Quiso leer rechazo en ellos, prepararse para el golpe. Pero alzó la barbilla, orgullosa.
—¿Qué pasa, Damián? ¿Te asusta?
Él la observó largamente. Y, por primera vez en dos años, sonrió de verdad. Una sonrisa lenta, hambrienta, que le cambió la cara entera.
—Al contrario —dijo en voz baja, acercando los labios a su oído—. Me gusta. Me gusta todo de ti, aunque me haya pasado dos años fingiendo lo contrario.
Aquella confesión la desarmó más que cualquier caricia. Nadia sintió que algo se rompía dentro de ella, una represa que llevaba demasiado tiempo conteniendo.
Damián se arrodilló frente a ella sin dejar de mirarla. Le subió la falda hasta la cintura y le bajó la ropa interior con una lentitud deliberada, casi reverente. La miró como nunca la había mirado nadie en la oficina: como si fuera lo más excitante que hubiera visto en su vida.
—Eres preciosa —murmuró.
Y entonces la tomó en su boca.
Nadia echó la cabeza hacia atrás y se mordió la mano para no gritar. Se aferró al pelo de Damián mientras él la trabajaba con una avidez que no le conocía, sin prisa y con prisa al mismo tiempo, como si llevara meses imaginándolo. Ella temblaba contra la pared fría, las piernas a punto de fallarle.
—Damián… —jadeó—. Joder, Damián.
Él levantó la vista un segundo, los ojos brillantes, antes de volver a su tarea con más ganas. Cada gemido de Nadia parecía alimentarlo.
***
Cuando ella estaba a punto de perder el control del todo, Damián se incorporó de golpe. Se desabrochó el cinturón con dedos torpes, impacientes, y dejó libre su propia erección, gruesa y palpitante. El contraste entre ambos cuerpos era obsceno, y a los dos les encendía por igual.
—Quiero hacerlo —dijo él, con la frente apoyada contra la suya—. Aquí. Ahora. Llevo demasiado tiempo deseándote.
—Entonces hazlo —respondió Nadia, agarrándolo del cuello de la camisa—. Y no te atrevas a ser delicado.
Damián la giró contra la pared con un gesto firme. Le terminó de bajar la ropa interior, que cayó al suelo enmoquetado, y le separó los muslos con la rodilla. Se humedeció los dedos y la preparó con paciencia, una paciencia que contradecía toda la rabia acumulada entre ellos, hasta que la sintió lista, abierta, deseosa.
—Más —pidió ella, apoyando las palmas contra la pared—. No te quedes corto ahora, Rivas.
Él entró en ella con una embestida lenta y profunda. Nadia ahogó un grito contra su propio brazo. Dolía y ardía y era exactamente lo que llevaba dos años deseando sin atreverse a confesarlo.
—¿Estás bien? —jadeó él, deteniéndose, conteniéndose.
—Estoy mejor que bien —respondió ella, empujando las caderas hacia atrás, buscándolo—. Sigue. No pares.
Damián la tomó por las caderas y empezó a moverse. Despacio primero, después con un ritmo cada vez más urgente, marcándole la piel con los dedos. Cada embestida la hacía gemir contra la pared, y él respondía con un gruñido grave, hundiendo la cara en su cuello.
—Eres mía —le dijo al oído, con la voz quebrada—. Desde el primer maldito día. Y yo soy tuyo, aunque me haya pasado dos años negándolo.
Nadia sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas, mitad placer y mitad alivio. Toda la guerra fría entre ellos había sido esto: deseo disfrazado de odio, miedo disfrazado de desprecio.
—Pues deja de negarlo —jadeó ella—. Y fóllame como si lo dijeras en serio.
***
Damián obedeció. La embistió con una intensidad que hizo temblar los cuadros baratos colgados en el pasillo. Una mano la sujetaba por la cadera; la otra rodeó su cuerpo y la atrajo hacia él, acariciándola al mismo ritmo, atento a cada estremecimiento de Nadia como nunca había estado atento a nada.
—No te aguantes —le ordenó él contra la nuca—. Quiero notar cómo te corres conmigo dentro.
Nadia ya no podía más. El placer la recorrió entera, partiendo de muy abajo y subiendo en oleadas hasta dejarla sin aire. Se corrió temblando, con un gemido largo que rebotó en las paredes de la oficina vacía, aferrada al brazo de Damián como a un salvavidas.
Verla deshacerse fue suficiente para él. Damián la embistió dos, tres veces más, profundo, agarrándola con fuerza contra su pecho, y se vino con un gruñido ronco que le nació de muy adentro. Se derrumbó contra su espalda, los dos cubiertos de sudor, jadeando como si hubieran corrido kilómetros.
Fuera, la ciudad seguía iluminada e indiferente. Dentro, en aquella oficina a oscuras donde tantas veces se habían herido con palabras, por primera vez no había nada que demostrar. Solo dos cuerpos que habían dejado de pelear.
Se quedaron así un largo minuto, encajados, sin separarse, escuchando latir el corazón del otro.
***
Cuando por fin se despegaron, Damián la giró con cuidado para mirarla de frente. Le apartó un mechón de pelo húmedo de la cara y, por una vez, no había ni rastro de hielo en sus ojos.
—¿Sigues odiándome? —preguntó él, medio en broma, medio aterrado por la respuesta.
Nadia soltó una risa cansada, todavía recuperando el aliento.
—Profundamente —dijo—. Pero a lo mejor podemos cenar el sábado y discutirlo con calma.
Damián sonrió de nuevo, esa sonrisa nueva que ella acababa de descubrir y que ya quería volver a ver.
—Trato hecho —respondió—. Con una condición.
—¿Cuál?
—Que vuelvas el lunes con esa falda. Y que me sigas odiando igual de fuerte.
Nadia se inclinó y le mordió el labio inferior, justo donde él la había mordido a ella una hora antes.
—Solo si tú vuelves a perder, Rivas —susurró—. Como esta noche.
Y mientras recogían sus cosas y apagaban las luces de la cuarta planta, ambos supieron que el informe trimestral había dejado de ser lo más importante de aquel viernes. Porque entre ellos, el odio siempre había sido la forma más sucia, y más honesta, de decir otra cosa muy distinta.