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Relatos Ardientes

La morocha de la esquina sin luz me cambió la noche

Eran cerca de las dos de la mañana y yo manejaba sin rumbo por una de las avenidas que conozco de memoria. Había salido a despejarme después de una semana larga, con la radio baja y la ventanilla apenas abierta. La ciudad a esa hora se vuelve otra: las veredas vacías, los semáforos parpadeando en amarillo, el asfalto todavía tibio.

Llegué a una esquina con muy poca luz, casi a oscuras, y giré hacia la izquierda. Los faros del auto barrieron la vereda y entonces la vi por primera vez. Una morocha alta, de piernas larguísimas, parada contra una pared con una pose que no dejaba lugar a dudas. Estaba ofreciendo compañía a cambio de unos pesos, y lo hacía como quien sabe perfectamente el efecto que produce.

No lo pensé demasiado. Frené, bajé el vidrio y me asomé.

—¿Tenés frío ahí parada? —le pregunté, más por romper el hielo que por otra cosa.

—Depende de quién me pregunte —contestó, agachándose hasta la altura de la ventanilla.

Tenía una sonrisa pícara, los ojos oscuros muy marcados y una voz grave y suave a la vez que me dio un cosquilleo en la nuca. Cruzamos un par de palabras, pregunté por la tarifa, ella la dijo sin vueltas, y entre miradas y sonrisas terminé invitándola a pasar un rato conmigo. Abrió la puerta del acompañante y se subió como si el auto fuera suyo.

—Soy Bianca —dijo, acomodándose el vestido sobre los muslos.

—Martín —mentí a medias, porque a esa altura ya casi no me importaba nada salvo el perfume que había traído consigo.

Le pregunté adónde podíamos ir y ella señaló con la barbilla hacia las afueras. Conocía un descampado arbolado, alejado del centro, donde la gente del lugar va a buscar intimidad. Acá todos lo llaman «el bosquecito», un nombre tonto para un lugar oscuro y tranquilo, perfecto para no ser visto. Manejé los pocos kilómetros mientras ella me hablaba de cualquier cosa, apoyando una mano en mi pierna que subía y bajaba con una lentitud calculada, cada vez más cerca de la bragueta, hasta que sus dedos rozaron sin disimulo el bulto que ya se me marcaba en el pantalón.

Estacioné bajo unos árboles, lejos del camino. Apagué los faros y el mundo se redujo al interior del auto y al sonido de nuestras respiraciones.

—Vení atrás —dijo ella, y se pasó al asiento trasero antes de que yo respondiera.

La seguí. Apenas me senté, sus manos ya estaban sobre mí. Empezamos a besarnos despacio y después no tan despacio, mientras nos recorríamos el cuerpo por encima de la ropa. Le toqué la cintura, la espalda, las piernas firmes y tibias. Ella me mordía el labio y me clavaba las uñas en el cuello, y yo sentía que esa noche iba a ser de las que uno no olvida. Todo pintaba perfecto.

Y justo en ese momento, en lo mejor, Bianca frenó. Apoyó una mano en mi pecho para tomar distancia y me miró con una seriedad nueva.

—¿Te diste cuenta, no? —preguntó.

—¿De qué? —contesté, genuinamente desconcertado.

Sin decir nada más, me tomó de la muñeca y me llevó la mano entre sus piernas.

Vaya sorpresa.

Ahí, bajo la tela del vestido, había una polla dura que crecía a medida que yo tardaba en reaccionar. La morocha despampanante que esa noche me había deslumbrado con su figura era una travesti, y el descubrimiento me cayó encima como un balde de agua helada.

***

Por un segundo no supe qué hacer. Pensé en echarla del auto, en putearla, en arrancar y volver a casa como si nada de eso hubiera pasado. El corazón me golpeaba en las costillas y la cabeza era un torbellino. Pero al mismo tiempo, una parte de mí no había soltado su mano. Es más: los dedos, casi solos, seguían pegados a esa verga tibia por encima de la bombacha, midiéndola, reconociéndola, sintiendo cómo latía.

Miré para todos lados. Me aseguré de que no hubiera nadie cerca, ni un auto, ni una sombra. Recién entonces hablé.

—¿Y ahora qué hacemos? —pregunté, y mi propia pregunta me sorprendió más a mí que a ella.

Bianca no contestó con palabras. Se inclinó sobre mi regazo, me desabrochó el pantalón con una destreza tranquila, me bajó el bóxer de un tirón y mi verga saltó afuera, dura y goteando ya en la punta. Antes de hacer nada, murmuró:

—No es el fin del mundo.

Y entonces empezó a chupármela, profundo y sin apuro, como si tuviéramos toda la noche por delante. Me la metió entera en la boca de una, hasta que sentí la punta chocarle contra el fondo de la garganta, y se quedó ahí, apretándome con la lengua desde abajo, tragando saliva alrededor de mi polla. Yo eché la cabeza hacia atrás contra el respaldo y dejé de pensar. Que sea lo que tenga que ser, me dije. La sensación borró de un plumazo todas las dudas que me habían cruzado un minuto antes.

Su boca sabía exactamente qué hacer. Subía y bajaba con un ritmo que me arrancaba el aire, cerraba los labios apretados alrededor del tronco y volvía a bajar, chorreando saliva sobre mis huevos. Sacaba la lengua y me lamía desde la base hasta el glande, morosa, y después escupía sobre la punta y volvía a tragarme entero. Se detenía justo cuando sentía que yo no aguantaba más, apretaba la base con la mano para que no me viniera todavía, y me miraba desde abajo con una sonrisa de puta que sabe exactamente qué está haciendo.

—Todavía no te vengas —me dijo, la voz ronca, un hilo de saliva colgándole del mentón—. Recién empezamos.

Le agarré el pelo, oscuro y abundante, lo enrollé en el puño y la guie hacia abajo, cogiéndole la boca despacio, empujándole las caderas contra la cara. Ella se dejaba, gimiendo con la boca llena, mientras me sostenía los huevos con la otra mano y me los masajeaba. Levantaba la mirada de tanto en tanto, los ojos vidriosos y brillando en la penumbra, y esos ojos me terminaban de enloquecer.

Después de un rato se enderezó, se limpió la comisura con el dorso de la mano, abrió su cartera y sacó un pomo de lubricante y unos preservativos. Me miró por encima del hombro mientras se acomodaba de rodillas sobre el asiento, dándome la espalda, y se levantó el vestido hasta la cintura. No llevaba nada abajo salvo la bombacha corrida a un costado; el culo se le abría redondo, blanco en la penumbra, y entre las piernas su verga colgaba dura, apuntando hacia el asiento.

—Vení —dijo, simplemente, y se abrió una nalga con la mano para que le viera el ojete brillar de lubricante.

Yo seguía caliente y, mirándola así, de espaldas, con esa cintura estrecha y esas caderas, lo único que mi cabeza registraba era una hembra pidiéndome que la cogiera. Me puse el forro con dedos torpes, apreté un buen chorro de lubricante en la palma y le embadurné el culo, metiéndole un dedo primero, después dos, sintiendo cómo se abría alrededor de mis nudillos. Ella gimió y empujó hacia atrás contra mi mano. Me unté la polla con lo que me quedaba en la palma y apoyé el glande contra ese anillo apretado.

Empecé despacio, con cuidado, tanteando. Me costó al principio. Ella respiraba hondo, me pedía que fuera de a poco, y yo le hacía caso. Sentí la resistencia, la cabeza de mi verga forzando la entrada, ese calor increíble apretándome. De a poco fui entrando, un centímetro, dos, tres, hasta que de golpe cedió y me la tragó entera, y estuve del todo adentro, con los huevos pegados a su culo. Bianca soltó un gemido largo, gutural, y empujó hacia atrás, pidiendo más.

—Cogeme fuerte —jadeó—, ya está, dale, rompeme.

Le agarré la cintura con las dos manos y empecé a moverme, primero con embestidas cortas y después más profundas, sacándola casi entera y volviendo a metérsela de una. El culo le apretaba como un puño caliente y húmedo, y cada vez que entraba a fondo ella gemía y arqueaba la espalda. Yo le miraba mi verga entrar y salir de su ojete abierto, brillante de lubricante, y no podía creer lo que estaba pasando. Ella acompañaba cada movimiento, empujando hacia atrás con las caderas, gimiendo, diciéndome que no parara, que le diera más, que era mío.

***

En algún momento el cansancio del ángulo incómodo me ganó. Me senté en el asiento y ella, sin que se lo pidiera, se montó encima mío de espaldas, agarrándome la verga con una mano y guiándola hasta su culo. Esta vez me recibió sin esfuerzo, sentándose de un solo golpe hasta el fondo, como si su cuerpo ya se hubiera acostumbrado a mí, y empezó a cabalgar con una intensidad que me dejó clavado contra el respaldo.

Subía y bajaba con una fuerza que yo no esperaba, apoyando las manos en mis rodillas para tomar impulso, dejándose caer con todo el peso sobre mi polla. Le veía el culo abrirse y cerrarse alrededor de mí en cada bajada, sonidos húmedos, la piel de sus nalgas chocando contra mis muslos. El auto se movía con nosotros, los vidrios se empañaron. Yo le agarré las caderas y la ayudé a subir y bajar más rápido, y con la otra mano le agarré la verga que le rebotaba contra el vientre, dura y goteando, y se la empecé a masturbar al ritmo de los envites.

—Así, así, no pares, hacéme acabar —gimió ella, echando la cabeza hacia atrás sobre mi hombro, la boca abierta, la voz quebrada.

Gemía sin contenerse, a esa altura ya no le importaba si alguien escuchaba. A mí tampoco. La fui acompañando, sintiendo cómo se le apretaba el culo alrededor de mi polla cada vez que la corrida se le acercaba, hasta que terminé yo primero, clavándomela hasta el fondo, descargándome dentro del forro con un gruñido, agotado, con la respiración entrecortada y el cuerpo flojo.

Nos quedamos en silencio. Bianca se sentó a mi lado, con mi semilla todavía adentro del preservativo goteando entre sus piernas, yo prendí un cigarrillo y bajé un poco el vidrio para que entrara aire. Ella me acariciaba la nuca con una ternura que no esperaba, y yo me sentía raro. No por culpa, sino porque nunca había estado con alguien como ella y no sabía bien qué hacer con todo lo que sentía. Ella también parecía rara, callada, como si algo le faltara.

—¿Qué te pasa? —le pregunté.

—Nada —dijo, y después de un silencio—: sigo caliente. No me vine.

La miré. Tenía razón: por debajo del vestido su polla seguía dura, marcándose contra la tela. Y ahí, fumando, mirándola de costado en la penumbra, sentí una curiosidad que jamás me había permitido. Apagué el cigarrillo en el cenicero.

No te puedo explicar por qué. Solo sé que volví a mirar hacia los cuatro costados, me aseguré una vez más de que estuviéramos solos, y me incliné sobre ella. Le levanté el vestido, le corrí la bombacha, y su verga saltó frente a mi cara, gruesa, con el glande morado y una gota de líquido brillando en la punta. Lo que un rato antes me había parecido el fin del mundo ahora era una invitación.

Me la metí en la boca sin pensarlo demasiado, torpe al principio, atragantándome cuando quise ir muy profundo, encontrando el ritmo después. La sentí latir contra mi lengua, caliente, salada. Bianca contuvo el aliento, sorprendida, y enredó los dedos en mi pelo.

—No tenés que hacerlo —susurró, pero no me apartó, sino todo lo contrario: me empujó suave la cabeza hacia abajo.

—Quiero —dije, sacándomela un segundo de la boca, y era verdad.

Volví a chupársela, imitando lo que ella me había hecho a mí, cerrando los labios apretados alrededor del tronco, jugando con la lengua sobre el glande, tragándomela hasta donde podía. Le agarré los huevos con una mano y se los amasé despacio. Ella empezó a gemir bajito, echando la pelvis contra mi cara, y yo me dejé, la boca llena, dejándome coger la garganta al ritmo que ella marcaba.

***

Lo que vino después lo decidí yo, aunque hasta el día de hoy no sé bien de dónde salió la decisión. Le solté la verga de la boca con un hilo de saliva y me acomodé en el asiento, de rodillas, dándole la espalda, bajándome el pantalón hasta los tobillos. Ella entendió enseguida. Tomó el lubricante de nuevo y me lo pasó por el culo con una delicadeza que contrastaba con todo lo brusco de la noche, metiéndome primero un dedo, después dos, moviéndolos en círculo, abriéndome. Yo no decía nada, solo sentía cómo mi propio cuerpo cedía, cómo un calor nuevo me subía desde la panza. Me imaginaba lo que venía y, lejos de frenarme, esa anticipación me tenía duro otra vez.

Se puso otro forro, se untó bien la polla y me hizo girar con suavidad las caderas. Fue entrando despacio, apoyando el glande contra mi ojete y empujando de a poco, atento a cada reacción mía. Yo apreté los dientes ante el dolor del principio, mudo, dejando escapar apenas un quejido cuando la cabeza pasó el anillo. Se sintió como si me partieran en dos. Bianca esperó a que me acostumbrara, quieta, hundida hasta la mitad, una mano en mi cadera y la otra en mi espalda, calmándome.

—Respirá —me dijo al oído, agachándose sobre mi espalda—. Relajate. Ya está lo peor.

Le hice caso. Solté el aire y sentí cómo se hundía otro poco, otro poco más, hasta que la sentí entera adentro mío, sus pelvis pegada a mis nalgas. Y cuando el dolor empezó a transformarse en otra cosa, en una presión rara y placentera que no había sentido nunca, ella se movió, primero suave, sacándomela apenas y volviéndola a hundir, después con ganas, agarrándome de las caderas con las dos manos y empezando a cogerme en serio.

Cada embestida me arrancaba un gemido que yo no reconocía como mío. Me agarré del respaldo del asiento delantero y bajé la cabeza, dejándome coger, sintiendo cómo su polla me golpeaba adentro un punto que me hacía ver luces. Mi propia verga había vuelto a ponerse dura, colgando entre mis piernas, y ella me pasó una mano por debajo y me la agarró, masturbándome al mismo tiempo que me la metía atrás.

—Qué apretado que sos —gimió contra mi nuca, sin dejar de embestir—, me vas a hacer acabar.

Me dio y me dio, cada vez más rápido, los muslos chocando contra mi culo, el auto crujiendo con cada envión, hasta que la sentí tensarse, clavármela hasta el fondo, gemir largo y ronco contra mi nuca y terminar, temblando, con la polla latiendo dentro del forro apretada por mi culo. Me dejó la piel caliente y húmeda, sus dedos hundidos en la cintura. Un segundo después, con dos o tres tirones más de su mano en mi verga, me vine yo también, disparando contra el asiento, vaciándome en un espasmo largo que me dejó sin aire.

Me quedé un instante quieto, con ella todavía adentro, agitado, procesando todo lo que acababa de pasar. Cuando por fin salió, despacio, sentí un vacío raro, casi triste.

Nos vestimos en silencio, los dos. Ella se acomodó el vestido y el pelo frente al espejo retrovisor; yo me abroché el pantalón con las manos todavía temblando un poco. Le pregunté si la acercaba a algún lado y me pidió que la dejara de nuevo en su esquina, que tenía que seguir trabajando.

Manejé de vuelta sin hablar. Ella miraba por la ventanilla, perdida en sus pensamientos, y yo en los míos. Cuando llegamos a la esquina oscura donde la había levantado, frenó mi mano cuando saqué la billetera.

—Esta es gratis —dijo, y me devolvió los pesos que le había pagado al principio.

Antes de que pudiera contestar, abrió la puerta, se bajó y se alejó caminando rápido por la vereda. La vi achicarse en el espejo hasta que la oscuridad de la madrugada se la tragó por completo. Me quedé un rato ahí, con el auto en punto muerto y el dinero en la mano, sabiendo que esa noche había cambiado algo en mí que ya no iba a poder ignorar.

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Comentarios(8)

MarcosNocturno

tremendo relato!!!

IvanBsas_22

Estas cosas pasan mas de lo que la gente cree, y contarlo tan bien se agradece. Bravo!

NocheConsorte

Me dejo con la boca abierta jajaja. Esperando la continuacion urgente!

pasajero_curioso

El detalle de bajar el vidrio y cruzar dos palabras... eso es lo que hace que te creas todo. Muy bueno.

Gaspar_CR

Los relatos trans son mis favoritos de esta seccion. Este es de los buenos, se hace cortito pero vale cada linea.

Yessenia

Jaja esa sorpresa que describe... de las que se cuentan años despues. Increible!

NoctámbuloBCN

Segunda parte por favor!!! Nos quedamos con ganas de saber como siguio esa noche

ViajeInsolito_BA

Que bien narrado, te creis cada palabra. El final no me lo esperaba para nada, eso es lo que hace bueno a un relato

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