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Relatos Ardientes

La vecina de abajo me convirtió en la mujer que era

Habían pasado tres meses desde que Daniela empezó a llamarme Lucía. Para entonces ya no me reconocía en el chico tímido que vivía en el piso de arriba. Era Lucía, y la sola palabra me ablandaba por dentro. Las pastillas que ella me daba cada mañana, con un beso en la frente y un vaso de agua, estaban haciendo su trabajo en silencio.

Mi cuerpo cambiaba de a poco, casi sin que yo lo notara hasta que me miraba al espejo y me sorprendía. La piel se me había puesto más fina, más suave. Los pezones se me hinchaban y me dolían apenas si los rozaba con la remera. Las caderas se me empezaban a marcar, el culo se me redondeaba, y aquello que antes me definía como varón se había vuelto pequeño, casi un detalle inútil que solo me recordaba lo que estaba dejando atrás.

Pero en mi casa, todo eso era una bomba esperando estallar.

***

Una noche mi mamá entró a mi cuarto sin golpear. Yo estaba frente al espejo con la peluca puesta, una bombacha de encaje rosa y una musculosa corta que dejaba ver los dos bultitos firmes que me crecían en el pecho. Se quedó dura en el marco de la puerta, como si hubiera visto un fantasma.

—¿Qué es esto? ¿Qué carajo te está pasando? —gritó.

Mi papá llegó a los segundos. La discusión fue brutal. Me dijeron enfermo, degenerado, una vergüenza para la familia. Mi papá levantó la mano y me cruzó la cara de una cachetada que me tiró contra la cama. Esa noche me prohibieron salir, me revisaron el teléfono y me juraron que si seguía «con esa locura» me iban a echar de casa.

Lloré hasta quedarme dormida. Pero a la mañana siguiente, apenas pude, bajé igual al departamento de Daniela. Le conté todo entre lágrimas, con la mejilla todavía caliente. Ella me abrazó fuerte contra su pecho, me besó el pelo y me habló con esa voz firme que siempre me calmaba.

—No llores, mi amor. Vos sos Lucía. Una mujer hermosa. Si te echan, te venís a vivir conmigo y yo te cuido como te merecés.

Me quedé así, pegada a ella, sintiendo el latido de su corazón. Era lo único que tenía sentido en todo aquel caos.

***

Los problemas en casa siguieron durante semanas. Mi mamá me vigilaba todo el tiempo, controlaba a qué hora entraba y salía. Pero, de a poco, algo en ella empezó a aflojar. Una noche entró a mi pieza cuando yo estaba sola, sentada en la cama, y me miró el pecho largo rato sin decir nada. Los bultitos ya se notaban incluso bajo la ropa.

—Te están creciendo… —susurró, con la voz quebrada—. No entiendo nada de esto. Pero sos mi hija ahora, ¿no?

Fue la primera vez que dijo esa palabra. Hija. No era una aceptación completa, lo sabía, pero a mí me alcanzó para respirar otra vez. Mi papá seguía sin dirigirme la palabra, aunque al menos había dejado de amenazarme con la calle.

Esa misma noche se lo conté a Daniela, y decidió que teníamos que celebrarlo.

***

Me preparó con una dedicación que me hacía temblar. Peluca negra, larga y ondulada. Un maquillaje suave pero con intención: labial rojo mate, una línea fina de delineador que me agrandaba los ojos. Un vestido corto color crema que se ajustaba a mis caderas nuevas y unos tacos que no eran demasiado altos, para que pudiera caminar. Cuando terminó, me hizo girar y me miró de arriba abajo.

—Estás preciosa, Lucía. Vení acá, mi chica.

Me llevó hasta el sillón y me sentó sobre su falda. Me besó despacio, sin apuro, mientras una de sus manos subía por mi muslo. Yo me dejaba llevar, con la respiración cada vez más corta. Me corrió el vestido hacia arriba, me bajó la bombacha y empezó a acariciarme con la palma entera mientras me hablaba bajito al oído.

—Mirá cómo te van creciendo las tetas. En unos meses van a ser grandes y lindas. Tu cuerpo ya es de mujer. Solo falta terminar de moldearlo.

Me dio vuelta con suavidad y me puso en cuatro sobre el sillón. Sentí su lengua recorrerme entera, lenta, paciente, hasta que se me escapó un gemido más agudo de lo que había sido nunca mi voz.

—Daniela… así… —murmuré, apretando los dedos contra la tela.

Se tomó su tiempo. Cuando por fin se acomodó detrás de mí, me penetró despacio, centímetro a centímetro, esperando a que mi cuerpo se abriera para ella. Gemí largo, sin reconocerme.

—Llename, por favor… —dije, y la voz me salió de mujer.

Empezó a moverse con un ritmo profundo, agarrándome de las caderas, marcando cada embestida. Mis pechos incipientes se movían apenas con cada golpe, y yo me agarraba del respaldo mientras el placer me subía por la espalda.

—Gemí para mí, mi amor. Decime lo que sentís —me pidió, sin frenar.

—Me encanta… seguí, no pares. Soy tu chica, soy toda tuya.

Aceleró hasta hacerme temblar. Me corrí sin tocarme, con un estremecimiento que me recorrió de la nuca a los pies, soltando apenas un hilo mientras gemía con la voz entrecortada. Daniela terminó poco después, abrazándome fuerte desde atrás, hundiendo la cara en mi pelo.

—Cada día sos más mujer —me dijo al oído—. Mi mujer.

***

Dos semanas más tarde salimos juntas a la calle por primera vez. Como Lucía, de verdad, a la vista de todos.

Daniela me maquilló con paciencia, me puso un vestido negro bien corto, tacos altos y una cartera diminuta que no servía para nada más que para completar la imagen. Cuando me vi en el espejo, casi no me reconocí: una chica alta, delgada, con las caderas marcadas, el pecho asomando y la cara bonita. Me quedé mirándome un rato largo, como si fuera otra persona la que me devolvía la mirada.

Salimos del edificio tomadas de la mano. Caminamos por la avenida Santa Fe, y yo movía las caderas como ella me había enseñado, un pie delante del otro, la espalda recta. La gente nos miraba. Algunos hombres me clavaban los ojos sin disimulo. Sentí miedo, vergüenza y, debajo de todo eso, una excitación nueva que no sabía cómo nombrar.

—Mirá cómo te desean —me susurró Daniela, apretándome la mano—. Sos una mujer hermosa, Lucía. No bajes la cabeza.

Entramos a un bar de luces tenues, lleno de parejas que no nos prestaban atención. Ella me sentó a su lado, pidió dos tragos y, en mitad de la charla, me besó delante de todos. Me deslizó la mano bajo el vestido, sobre el muslo, y yo me derretí en la silla. Por primera vez en mi vida me sentí completamente viva. Deseada. Mujer.

***

La operación llegó un mes y medio después. Daniela pagó todo sin que yo se lo pidiera. Me operaron en una clínica discreta, de esas que no hacen preguntas. Implantes de 350 centímetros cúbicos, redondos, proporcionados a mi cuerpo.

Cuando desperté de la anestesia, lo primero que hice fue llevarme las manos al pecho vendado. Estaban ahí. Firmes, redondos, míos. Se me llenaron los ojos de lágrimas y no supe si era por el dolor o por la felicidad.

Daniela estaba sentada al lado de la camilla, esperándome. Me agarró la mano y sonrió.

—Bienvenida a tu nuevo cuerpo, mi amor.

La recuperación fue lenta, pero la viví como algo hermoso. Ella me cambiaba las vendas, me cocinaba, me bañaba con cuidado. Cuando por fin me sacaron los puntos y me destaparon el pecho frente al espejo, no pude hablar. Eran perfectos: redondos, parados, con los pezones sensibles a la más mínima caricia. Daniela se acercó y los besó con una delicadeza que me hizo cerrar los ojos.

—Mirá qué lindas te quedaron, Lucía. Ahora sí sos una mujer completa.

***

La primera vez que me hizo el amor después de la cirugía fue distinta a todo lo anterior. Me recostó boca arriba en su cama, me abrió las piernas con cuidado y me penetró mirándome a los ojos, despacio, observando cómo mis pechos nuevos se movían apenas con cada embestida.

—Mirá cómo te mueven las tetas —me dijo, y yo gemí con la voz suave que ya sentía mía.

Me apoyó las dos manos en el pecho, me lo apretó con cuidado, me rozó los pezones con los pulgares mientras se hundía más profundo. Cada caricia me mandaba una corriente por todo el cuerpo.

—Seguí… más fuerte —le pedí—. Soy tuya, Daniela. Toda tuya.

Me corrí mirando mi propio pecho moverse, temblando entera, con un gemido largo que se me escapó sin que pudiera contenerlo. Ella terminó poco después, gruñendo mi nombre contra mi cuello, y se quedó abrazada a mí, las dos sudadas y sin aliento.

***

Con el tiempo, mi mamá terminó aceptándolo del todo. Ya me llamaba Lucía sin esfuerzo, y a veces hasta me ayudaba a elegir ropa cuando iba a visitarla. Una tarde me acomodó el pelo frente al espejo de su pieza y me dijo que estaba linda, y a las dos se nos llenaron los ojos. Mi papá seguía distante, midiendo las palabras, pero ya no había gritos en esa casa.

Ahora salgo a la calle vestida casi todos los días. Tengo el pecho que siempre quise, las caderas marcadas, la piel suave y, por fin, una identidad que siento del todo mía. Camino con la cabeza en alto, sin pedir permiso.

Daniela me abraza cada noche antes de dormir y me susurra al oído lo mismo, como un rezo.

—Sos mi mujer, Lucía. Y cada día estás más hermosa.

Yo le sonrío en la oscuridad, con el pecho apretado contra el suyo, sabiendo que esto recién empieza. Que por primera vez en mi vida soy exactamente quien quise ser.

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Comentarios (6)

rosita92

Que relato tan hermoso y sensible. Me llegó al alma de verdad.

ElenaG_MP

Esperando la segunda parte!!! Quede con ganas de saber como sigue Lucia. Por favor no pares aqui.

LunaEnero_

Me hizo acordar a cosas muy personales. No es facil leer estas cosas sin que te remuevan por dentro. Gracias por escribirlo con tanta delicadeza.

Romi_23

Hermoso!!! Una de las mejores que lei en este sitio en mucho tiempo.

Juanchi_BA

Muy bien narrado, se nota que hay sentimiento detras de cada palabra. Seguí escribiendo!

MiguelViajero

¿Habrá continuación? Me quedé pensando en Lucia bastante rato despues de terminar.

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