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Relatos Ardientes

Mi primer encuentro anal como travesti con un viejo amigo

Este es mi primer relato, así que les doy la bienvenida y me alegra que me acompañen en esta historia. Leo mucho, me encantan las experiencias que cuenta la gente, pero lo mío tiene que ver con el camino que recorrí hasta convertirme en la travesti que soy hoy. Empiezo por el principio, por aquella tarde que lo cambió todo.

Era un sábado que esperé con ansias. Hacía como tres meses que me había reencontrado con Mateo, o Teo, como le decía yo de cariño. Fue mi amigo de la infancia y ya rondábamos los veintiséis años. Era moreno, delgado, muy alto. Yo también soy bastante alta, pero él me conoció de chico, como un varoncito tímido, y esta vez por fin me animé a confesarle mis inclinaciones.

Le dije que era travesti de clóset, que me gustaba desde siempre y que, si le interesaba, podíamos vernos para que se lo demostrara. Por esos días andaba inquieta, caliente, con unas ganas de sexo que no me dejaban dormir. Teo siempre me había dado confianza, así que aproveché y le solté que me moría por él. Si quería, que me llamara. Los tiempos cambian y no perdía nada, total ya casi no lo frecuentaba.

En esa época me masturbaba casi todas las noches. Me sobaba los pezones largo rato porque los tengo muy sensibles y eso me prende como nada. Justo una de esas noches, desnuda en la cama, viendo porno de chicas trans y con un dildo metido en el culito, sonó el teléfono. Era él. Me invitaba a almorzar el fin de semana, a pasear después y, al final, a terminar la tarde en su cama. Viajaba pronto fuera del país y quería despedirse de un viejo amigo que ahora era una travesti pasiva.

—Encantada —le contesté, mordiéndome el labio—. Nos vemos el sábado.

Quedamos en un restaurante bonito de una calle conocida del centro de Arequipa.

***

Toda la semana me preparé. Me masturbé rico cada día, jugaba con el dildo e imaginaba a Teo penetrándome en mil poses, soñaba con la forma que tendría su pinga, con tenerla en la boca. La sola idea me ponía a temblar. Compré lencería, unos tacos nuevos, maquillaje y una peluca negra preciosa. Me depilé con muchísimo cuidado, sobre todo la zona anal, me pasé crema por todo el cuerpo y me pinté las uñas de los pies de un rojo brillante. Compré también unas medias de encaje negro, todo a juego, todo precioso.

Llegó el sábado y fui al restaurante vestido como chico. Conversamos un buen rato de los viejos tiempos, de cuando éramos adolescentes. Le confesé que siempre me había gustado, que nunca me atreví a decírselo por miedo a perder su amistad, pero que ahora estaba desinhibida y no dejaba pasar oportunidades como esa.

Teo pidió de todo: pollo a la brasa con papas, anticuchos, ensaladas, vino. Yo había desayunado fuerte esa mañana, con pan, jugo y café, pero de la emoción tenía un hambre voraz. El vino estaba riquísimo y me abrió todavía más el apetito. Reímos mucho, nos relajamos por completo. Terminamos el almuerzo bien servidos y salimos a caminar por un parque grande.

Me invitó un helado de dos bolas, como me gusta. Yo ya estaba medio caliente, derretida por mi Teo. No aguanté: le di un beso en plena vereda. Él no se apartó, me devolvió el beso y me dio una palmada en la nalga ahí mismo, a la vista de todos.

—Vamos a mi departamento —me dijo al oído—, ahí estaremos más cómodos. Tengo unas ganas de comerme ese potito que cargas.

—Mi potito está a mil —le respondí—. Ya no aguanto.

Paró un taxi y salimos disparados. Recién entonces caí en cuenta de algo: habían pasado como tres horas del almuerzo y me sentía cargada, con ganas de ir al baño. Pensé que al llegar podría encerrarme un momento y hacerme un lavado para estar a punto. De tan relajada que estaba, no había planeado nada de eso. Bueno, ya veré qué hago, pensé, y dejé el problema para después.

***

El viaje fue largo y, para cuando llegamos, las ganas habían crecido. El departamento era hermoso, con unos ventanales enormes y vista al mar. Teo ni me dejó hablar; me mandó directo a su habitación a que me cambiara.

Me puse de inmediato la ropa que con tanto cuidado había comprado para ese momento. La excitación me ganaba, ya no pensaba en nada, solo quería que Teo me hiciera su hembra durante horas. Salí maquillada, con los tacos altos dejando ver mis deditos de uñas rojas, un babydoll negro lleno de encaje, una pantie de malla y la cara más golosa que se puedan imaginar. Estaba hambrienta de él.

Modelé en la sala, me contoneé frente a Teo, le mostré las piernas, parte de las nalgas. Sentía la barriga un poco llena, pero no le hice caso.

—Estás preciosa, nena —me dijo, recorriéndome con la mirada—. Eres toda una puta y ahora vas a ser mía.

Creo que me mojé con esa frase. Sentí cómo me salían unas gotitas de mi pinguita de travesti, los pezones se me pararon —los tengo un poco largos y me encanta verlos así— y un cosquilleo me recorrió el agujerito.

***

Teo me jaló al sofá y se desnudó por completo. Me acarició entero, me besó con intensidad y yo estaba en las nubes. Empezó a quitarme la ropa. Pensé en pedirle un minuto para ir al baño, que me sentía llena, pero no me dio tiempo. Me puso de rodillas y se sacó la pinga del bóxer.

Era enorme. Lo había subestimado por completo: un falo larguísimo, grueso, venoso, curvado hacia arriba. Me lo metió a la boca de golpe y yo, como buena maricona, le di la mamada de mi vida. Era delicioso saborearlo e imaginar que ese mazo de carne me iba a perforar.

Me ahogaba con su líquido preseminal, pero me encantaba su sabor. Me lo tomé entero, le lamí los huevos, lo masturbé con las dos manos mientras me sobaba los pezones. Entonces noté que el anito empezaba a latirme con fuerza. Me preocupé y pedí una pausa, pero me la negó.

—Teo, necesito ir al…

—¡Cállate, Roxana! —me cortó. Ese era mi nombre de travesti, creo que no lo había dicho.—. Necesito follarte ya. Ponte en cuatro y dame ese culo.

Dudando un poco, me puse en cuatro. Me dio un beso negro riquísimo que me hizo gemir y jugó con mi culito un buen rato. Los dos goteábamos. Mi pinguita seguía diminuta y flácida; toda mi atención estaba en el ano.

Me metió un dedo. Le pedí otro.

—¡Qué zorra eres! —se rió, y me hundió los dos un largo rato.

Cuando los sacó se me escapó un pedo, por suerte sin olor, y su reacción fue de pura excitación. Se puso un condón amarillo y apoyó el glande contra mi orificio.

—¡Qué rico ano tienes, Roxana! Te lo voy a abrir más todavía. Veo que ya no estás tan cerradita, pero no importa, con esta verga te agrando el recto, ya verás.

Empezó a abrirse camino dentro de mí. Al principio me dolió bastante, lo tenía grande y muy largo. Aguanté, pero me tuvo como loca en cuatro patas, metiéndomela sin piedad, un mete y saca de locura. Y de pronto sentí que me ganaba, que iba a pasar algo que no quería.

—¡Ay, Teo, me estás perforando! Muy adentro, papito… ¡me gusta! Pero me vas a sacar algo, papito, espera, por favor…

—¡Calla, putita! —gruñó, dándome más duro—. Siento que te estoy empujando un tronco. No importa, te voy a dar fuerte para que te acuerdes de esto siempre.

Me volteó sobre la cama y me la volvió a clavar. Mi pinguita goteaba muchísimo, estaba mojadísima, en pleno éxtasis.

—¡Ay, Teo, sácamela, por favor! Por favor, papito… ¡ay, qué rico!

***

Me la sacó de golpe. La pinga salió limpia y yo me sentí dilatada como nunca. No aguanté y solté otro pedo, esta vez más sonoro, y noté que el ano empezaba a expulsar algo desde adentro.

—¡Ay, Teo, es un orgasmo anal! —grité, entre la vergüenza y el placer.

Salió un tarugo grande y luego otro más pequeño. El anito me quedó latiendo como si tuviera vida propia, abierto como un volcán. Por suerte no ensucié demasiado y, para mi alivio, Teo se lo tomó bien. Se rió un montón y siguió igual de caliente.

—Ven aquí, chúpamela, que me corro, cerda cochina. Ven a recibir tu leche.

Acudí de inmediato a chupar ese fierrazo. Recibí cinco cargas de esperma caliente: tres en la boca y dos que me cayeron en las mejillas. Fue delicioso. Me lo tomé todo, no sin antes jugar un poco con la lechita entre los labios y la lengua.

Después me agarré la pinguita y me la sobé hasta correrme. Teo puso la mano para recoger mi leche. Me salieron tres chorritos sin mucha fuerza, pero gocé como nunca. Me hizo lamerle la mano para que me tomara también lo mío.

—¡Qué zorra eres, Roxana! Eres la más cerda de todas, no sabía que te gustaban estas cochinadas. Ahora limpia todo, por favor, que dejaste la habitación hecha un desastre.

***

Limpié todo, nos duchamos y me lavé bien el culito. Después me folló tres veces más, hasta la madrugada. Su pene me reventó: el ano me quedó boquiabierto, en modo túnel. La última vez fue en la cocina, cuando lo cabalgué como una demente y tragué con el recto todo ese fierro grueso y largo hasta quedar completamente abierta.

Al día siguiente seguía dilatada, no podía ni sentarme. Las piernas me temblaban y el ano me ardía, inflamado, pero con una sensación de vacío que pedía más.

Fue un encuentro especial y loquísimo por todo lo que pasó. Desde aquel día, mi anito dejó de ser ese puntito apretado que era antes. Ahora tenía forma de rayita, de letra «Y», roto y distinto, y nada volvería a ser igual. Me sentí contenta. Empecé a entrenar con dildos cada vez más grandes y gruesos, como si me hubiera graduado de algo.

No volví a ver a Teo. Pero mi camino para convertirme en una sissy mucho más zorra apenas comenzaba.

¡Escríbanme sus impresiones, espero sus comentarios!

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Comentarios (6)

LectorNocturno7

excelente!!! me tuvo pegado de principio a fin

TeteSantafe

Muy bueno, se nota que esta escrito con sentimiento real. Nada mecanico, se agradece

mochilera_k

jajaja lo de que el cuerpo te traiciona justo en el mejor momento... eso pasa siempre, tipico. Le da un realismo que se agradece, gran relato!

AndresNocturno

tremendo, sigue escribiendo asi 👏

Marcos23

De lo mejor que lei en esta categoria. Gracias por animarte a contarlo, no es facil

Romi_Gdl

Se me hizo corto!! Quiero saber como siguio todo. Por favor una segunda parte, quede con ganas de mas

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