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Relatos Ardientes

Aquella travesti del bar me hizo perder el control

No voy a presumir de tener un cuerpo perfecto, porque no lo tengo. No soy ningún modelo de revista, pero sí es verdad que con las mujeres nunca me fue mal. Tengo algo, no sé bien qué, que funciona. Si una noche cualquiera decido salir y terminar acompañado, lo consigo sin demasiado esfuerzo. Conocida o desconocida, da igual.

Aquel viernes, sin embargo, no salí con esa intención. La semana en la oficina había sido un infierno y lo único que quería era un par de copas tranquilas. Fui al bar de siempre, ese sitio pequeño cerca del río donde el camarero ya me conoce. Me senté en la barra a charlar con Damián, un amigo de toda la vida, sin más plan que dejar pasar las horas.

Entonces entraron las tres.

No eran del barrio, eso se notaba enseguida. Tres desconocidas, las tres muy guapas, pero una de ellas tenía algo que cortaba el aire. Llevaba un vestido ajustado de minifalda que dibujaba cada curva: la cintura estrecha, las caderas, unos pechos que parecían pedir guerra. Y había algo más, algo que no sabría definir. Quizá fuera la mirada. Una mirada profunda, oscura, que parecía saber cosas que yo todavía no sabía.

Esa mirada me sacó de golpe del sopor en el que llevaba toda la noche. Esta noche va a ser otra cosa, pensé. Empecé a observarla sin ningún disimulo, y al rato ella se dio cuenta. Sus ojos se clavaron en los míos. Nos cruzamos insinuaciones a distancia, miradas que se sostenían demasiado tiempo, sonrisas a medias. Nos estábamos deseando antes de cruzar una sola palabra.

De pronto, sin avisar a sus amigas, se separó del grupo y caminó hacia la salida sin dejar de mirarme por encima del hombro. Salté del taburete como movido por un resorte y la seguí.

Estaba esperándome en la calle, apoyada en la pared, en una postura que era una invitación entera.

—Me llamo Bianca. ¿Y tú? —preguntó.

—Adrián —contesté.

—No te conozco. No sueles venir por aquí.

—Es la primera vez. Me gusta moverme por la ciudad, probar ambientes distintos —dijo ella, y lo dijo con un tono que sonaba a clave secreta.

—Ya veo. ¿Damos una vuelta?

—¿A tu casa?

Me quedé descolocado con la rapidez. Yo aún estaba calculando los tiempos y ella ya había saltado tres pasos.

—Sí, claro. Vivo cerca —acerté a decir.

***

Caminamos hasta mi edificio, en una zona nueva de la ciudad. No me va mal económicamente. Soltero, sueldo decente, un piso amplio y bien puesto para mí solo. Abrí la puerta y entramos. Encendí una lámpara, ella se quedó de pie en el centro del salón, observándolo todo con esa calma de quien ya ha decidido lo que va a pasar.

—¿Quieres tomar algo? —ofrecí.

—Solo tu polla.

Volví a quedarme sin palabras. Iba todo demasiado rápido, pero desde luego no pensaba frenarlo. Bianca me agarró de la nuca con una mano firme y acercó mi boca a la suya. No fue un beso, fue un asalto. Enroscó su lengua con la mía, empujándola, jugando, retirándose. Su saliva se mezclaba con la mía sin ninguna delicadeza, y cada vez que separaba los labios quedaba un hilo brillante colgando entre los dos.

—Saca la lengua y ponla de punta —me ordenó.

Obedecí sin pensarlo. La rodeó con sus labios y empezó a chuparla, marcando el ritmo con la mano que seguía sujetándome el pelo, moviéndome la cabeza adelante y atrás. De repente paró, apartó la cara y me miró.

—¿Te gusta? Pues imagínate lo que puedo hacer con tu polla.

Sonrió de un modo que tenía algo de amenaza. Volvió a besarme mientras me amasaba el culo con las dos manos, sin pedir permiso. Yo intenté tomar las riendas, porque no estaba acostumbrado a que me llevaran de esa forma. Empecé a besarle el cuello, a bajar hacia los pechos, a sobarle las tetas por encima de la tela. Tenía un cuerpo que daba vértigo.

Ella me apretaba el bulto del pantalón con una mano furiosa. Yo tenía la erección más bestia de toda mi vida, no había tela que la disimulara. La abracé fuerte, me agaché un poco para cogerla en brazos y llevarla a la cama a horcajadas.

Y entonces lo noté.

En esa posición sentí algo duro y voluminoso apretándome el estómago. La bajé despacio al suelo y miré hacia su entrepierna. Bajo la tela ceñida de la minifalda se marcaba, sin lugar a dudas, una barra de carne.

—Joder… pero si eres una travesti —solté, entre el susto y el asombro.

—Cállate —dijo ella, y su voz cambió por completo.

***

Me agarró la cabeza y me obligó a agacharme a la altura de su vientre. Tenía brazos de mujer, pero la fuerza con la que me sujetaba era de otra cosa. En cualquier otra circunstancia, si hubiera tenido enfrente a un hombre intentando doblegarme así, me habría revuelto. Pero yo estaba en un estado raro, una mezcla de estupor, curiosidad y, para qué negarlo, una excitación que no entendía.

Me dejé hacer. Consciente o no, me dejé hacer.

Bianca se subió la minifalda. Lo que saltó debajo era enorme. Se había escapado por un lado de un tanga negro minúsculo, completamente rasurado, sin un solo pelo, con unos testículos grandes y tensos que parecían a punto de estallar.

—Huélelo —ordenó, apuntándome la polla directa a la cara.

Lo olí. Olía a hombre y a mujer al mismo tiempo, olía a deseo, a excitación, a algo húmedo y ácido que me nubló la cabeza. Nunca había olido nada parecido y, contra toda lógica, me gustó.

—Lámelo.

Como si no fuera dueño de mis actos, lo hice. Un lengüetazo tímido, apenas un roce, suficiente para notar el sabor. Y en ese segundo entendí lo que pasaba de verdad por mi cabeza. La sorpresa, la duda, la sensación de estar sometido… todo eso se apartó de golpe y dejó paso a una sola cosa: el deseo en estado puro.

Un solo lengüetazo me bastó para saber que lo único que quería era hacer correr esa polla que tenía delante de la boca. Sin pensarlo más, me la metí entera hasta donde pude. Jamás había chupado a nadie, pero algo instintivo me iba diciendo cómo moverme, cómo usar la lengua, dónde apretar. La lamí con un hambre que no sabía que tenía.

A ella no le pareció suficiente. Me cogió de la cabeza con las dos manos y empezó a mover las caderas rápido, hundiéndomela hasta la garganta. Me asfixiaba a medias, pero por nada del mundo iba a apartarme. Quería que se corriera en mi boca, así que sorbía el glande como quien mama con verdadera ansia.

—Así… así. Más fuerte —me decía.

Yo obedecía. La polla entraba y salía a una velocidad increíble, y en las comisuras de mis labios se había formado una espuma espesa de saliva y fluidos. Era lo más excitante que había probado nunca. De repente frenó las caderas, tiró de mi pelo hacia atrás y me obligó a mirarla.

—Abre la boca.

La miré sin entender, expectante, y aun así obedecí. Se inclinó un poco y me escupió dentro.

—Vamos, sigue. Ahora resbala mejor.

***

Estuvimos así un buen rato. Bianca no se corría por mucho empeño que yo le pusiera. Al cabo de unos minutos volvió a tirar de mi pelo y apartó mi cara de su miembro.

—Ahora me vas a lamer bien lamida.

Se tumbó en la cama boca arriba y levantó las piernas, ofreciéndome la polla, los testículos y el culo de una sola vez. Esa imagen hizo que mi propia erección se pusiera aún más dura dentro del pantalón, que todavía no me había quitado.

—Chúpame los huevos —dijo.

Me acerqué a cuatro patas hasta poner la cara a la altura de sus testículos. Los lamí, los chupé, jugué con ellos, los sorbí, los empapé de saliva hasta dejarlos brillantes. Después, casi solo, mi lengua bajó hacia su ano. Me detuve un instante en la base, y desde ahí vi cómo su esfínter se contraía y se relajaba, como llamándome. Aquello desprendía un olor dulzón que me hipnotizaba.

No lo dudé. Recorrí el orificio con un lametón largo e intenso. Ella gimió bajito.

—Mmm… sí…

Un lametón tras otro, y los gemidos fueron creciendo en número y en fuerza. Entonces metí la lengua en aquel agujero cálido y resbaladizo. A esas alturas ya me daba exactamente igual que tuviera delante a una mujer o a una travesti. Es más, creo que la idea de que fuera una travesti me ponía todavía más.

Bianca empezó a mover las caderas de una forma salvaje, incansable, mientras yo le metía y sacaba la lengua. Estaba como poseída. Yo le agarraba los muslos con las dos manos y todos los músculos del cuello me ardían por mantener el ritmo, la lengua jugando entre los pliegues como si tuviera vida propia.

—Más… más adentro… dame gusto… —chillaba sin control.

Estaba claro que solo con la lengua no iba a correrse. Me chupé el dedo corazón y se lo metí sin avisar, entero, hasta el nudillo. No encontré ninguna resistencia. Empecé un metesaca rápido, pero era evidente que pedía más. Metí otro dedo, y luego otro, hasta que tres dedos le entraban y le salían a la vez. Tampoco bastaba.

—Más… necesito más.

Quedó claro lo que quería. Junté la mano, encogí el pulgar y, despacio al principio, empecé a empujar. El chapoteo era brutal. El puño y medio antebrazo le entraban y le salían sin ninguna dificultad. Los jugos, mi saliva, el sudor de los dos, todo era sexo húmedo y resbaladizo llevado al extremo.

Sus caderas se movían a una velocidad endiablada. Notaba cómo el esfínter se le cerraba con fuerza cada vez que llegaba al fondo. La sábana ya estaba manchada de todo lo imaginable. Aceleramos los dos hasta el límite, tanto que ni siquiera veía mi propia muñeca moverse.

Y entonces, sin previo aviso, reventó por donde tenía que reventar. Bianca arqueó la espalda y de su polla empezaron a salir chorros de leche espesa. Fue indescriptible. Borbotón tras borbotón, que le caían en el pecho, en la cara, en el pelo, en la almohada. Una de las gotas le entró en la boca y se la tragó, sacando luego la lengua para rebañarse los labios buscando más. Más de una docena de chorros, hasta que los testículos parecieron deshincharse.

—Joder… mira que eres cerdo… Has hecho que me corra —jadeó.

***

Aquel espectáculo me hizo perder la noción de todo lo que me rodeaba. Tenía la cabeza llena de pura lujuria y la polla a punto de estallar. Allí estaba yo, tirado en el suelo, arqueando la espalda, moviendo las caderas, convulsionándome entero… corriéndome dentro de los calzoncillos y el pantalón que todavía no me había quitado. Fue un placer absurdo, casi humillante, y al mismo tiempo enorme.

La estampa lo decía todo. Encima de la cama, la travesti más bella que había visto nunca, desnuda, con su polla ya floja descansando sobre el vientre, el pelo lleno de semen, la almohada manchada, el cuerpo brillando de sudor y de leche resbalando entre los pechos. Y en el suelo yo, deshecho de placer, jadeando de cansancio, con una mancha enorme en la entrepierna del pantalón.

Nos quedamos así unos minutos que a mí me parecieron una eternidad. Hasta que de pronto Bianca saltó de la cama. Era incansable. Con una soltura tremenda me desnudó del todo, me colocó a cuatro patas y empujó.

Sentí cómo aquella vara descomunal me abría sin piedad. No me resistí. Noté los restos de su propia leche resbalándome por la espalda mientras me embestía.

Y en medio de aquel placer que no sabía cómo describir, me pasaron dos pensamientos fugaces por la cabeza. Uno: esto era el límite más alto de desenfreno al que yo podía llegar. Dos: era un afortunado, porque el ser más hermoso que podía existir —un rostro y un cuerpo perfectos de mujer pegados a una polla excepcional— me estaba empalando sin contemplaciones.

Y eso, no lo voy a negar, me gustó. Me gustó como nunca me había gustado nada.

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Comentarios (6)

NicoFromBsAs

Tremendo... no esperaba ese final. Muy bien llevado el relato, se nota que sabes escribir

SoraMx

por favor una segunda parte!!! quede con las ganas jejeje

CarlitosLector

muy bueno, me gusto bastante. Sigue publicando :)

DiegoRlect

me recordo a algo que me paso hace unos años jaja, diferente pero la misma sensacion de no saber bien que esperar

GabiRdz

Increible como capturas esa tension desde el principio. Se siente real sin ser burdo, eso es dificil de lograr

PatoV

Se hizo cortisimo!!! Mas de este tipo de relatos por favor

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